Actualizado el 8 de julio de 2011

III Festival Internacional de Video Arte de Camaguey

En plena prosperidad

Por: . 25|2|2011

Surgido con el movimiento Fluxus, cuyos objetivos (más sociales que estéticos) pretendían dinamitar la condición contemplativa del arte para reintegrar su capacidad creadora a la vivencia diaria, el videoarte se ha caracterizado desde sus inicios por una constante irreverencia a los límites:

Alterar la sintaxis del lenguaje de la televisión; reordenar sus códigos provocando otro tipo de comunicación; registrar la realidad bajo una óptica que transgreda los patrones del documental y del reportaje (muchas veces de forma más descarnada, directa y ajena a toda norma cinematográfica); resignificar la narración de las secuencias de una historia rompiendo su concebida condición aristotélica; edificar como una obra independiente el registro de otro hecho artístico (videodanza, videoperformance); explorar las posibilidades expresivas de los recursos visuales del video…

Esta compleja modalidad artística no cuenta con la tradición histórica ni con la popularidad de otras expresiones audiovisuales. Organizar un Festival Internacional de Video Arte en una ciudad del interior del país como Camagüey presupone un reto mucho mayor que preparar un evento de cine, teatro o cualquier manifestación tradicional de las artes. A pesar de esto y a diferencia de experiencias anteriores (no es este el primer festival de video arte en nuestro país)1 existe en este suceso un acercamiento muy interesante a un público mayor, porque gran parte de la muestra en concurso se exhibe en la Plaza del Carmen y el público no especializado también tiene la oportunidad de asistir.

La otra parte de las obras concursantes se exhibe en la Galería de Arte Universal, allí encuentran sitio las video instalaciones, las obras de larga duración, las que requieran un tipo de comunicación más íntima con el receptor o las más agresivas para el espectador medio por su nivel de violencia o explícita sexualidad. Paralelamente se organizan performances, exposiciones colaterales u otras experiencias artísticas que, fuera de concurso, enriquecen el panorama de este significativo acontecimiento.

Durante su primera y segunda edición varias instituciones otorgaron premios; pero en esta última, además de los estímulos de Camaquito, Ceiba, Premio Unesco Sidacult Arte y Arquidiosis de Camagüey, fue otorgado el Gran Premio III Festival Internacional de Videoarte que correspondió al canadiense Patrick Bergeron por su obra Looploop. Sin duda una obra maestra, una muy especial encarnación de ese estado contemplativo y distante de los viajeros. La peculiar manera en que resuelve la multiplicidad de la mirada, la oscilación del movimiento del tren —apoyándose en la banda sonora y el desplazamiento de la cámara de izquierda a derecha y viceversa— es imposible de traducir a las palabras. Pero más allá de sus virtudes formales y de su exquisita edición, este corto viene cargado de espiritualidad y nos convierte al lenguaje del video arte aquellas sensaciones que sentimos al deslizarnos por contextos ajenos dentro de esa actividad, cada vez más presente en nuestros tiempos, que es el viaje.

Aunque es un festival internacional algunas de las distinciones se otorgan únicamente a artistas cubanos, con el fin de estimular a nuestros creadores en el desarrollo de este lenguaje, el que a veces resulta costoso en su producción. Por ejemplo, el jurado del premio Ceiba, sólo analizó las obras cubanas y eligió Tengo una idea de Amilkar Feria Flores, uno de los videos cubanos más perspicaces de los allí presentados, con un lenguaje muy cercano al del spot publicitario y de gran agudeza comunicativa. Esta pieza fue muy aplaudida por el público durante su presentación. La reacción nos conduce a algunas consideraciones ya analizadas, pero que se hace imprescindible recordar, porque ya se van haciendo cada vez más claras las características que diferencian al video arte cubano del que se produce en otros contextos.

En Cuba existe una estrecha relación entre el videoarte y el cine; y es en el campo de este último y no en las artes plásticas donde encontramos los primeros indicios de lo que se ha dado en llamar el “video arte cubano”. Es con la popularización de las nuevas tecnologías que los artistas plásticos comienzan a introducirse más intensamente en el mundo del video arte, pero las primeras experiencias cubanas las encontramos en el contexto del cine.

El primer síntoma de lo que sería luego esta vertiente en Cuba lo hallamos, como ya se ha dado a conocer, en la obra Cosmorama, realizada en 1964 por el cineasta Enrique Pineda Barnet y basada en la obra del artista plástico Sandú Darié. Siendo un país poseedor de una amplia cultura cinematográfica es lógico que esto ocurriese, pues las fronteras entre el cine experimental y el video arte son tan difusas que prácticamente no existen. Si detallamos la muestra internacional y la comparamos con el envío cubano a este festival, veremos con claridad que en nuestro contexto hay un marcado acento cinematográfico. Obras que obtuvieron mención, como Dienteperro de Celia y Júnior o la animación El Traje de Abdel de la Campa Escaig (premiada por Camaquito), son materiales que pudieran estar en cualquier Festival de Cine sin necesidad de hablar de video arte.

No ocurre así en el caso de Invernadero (mención especial) de Reinier Quer Figueredo, quien registró el espanto de los insomnios de su padre durante un largo período de tiempo. En este caso, la falta de nitidez de la imagen aporta a la obra un importante contenido dramático que nos acerca a ese intento trasgresor de los orígenes del video arte: subvertir los criterios establecidos de calidad, utilizar la capacidad expresiva de aquello que en el sentido tradicional se considera un error.

En general, se siente en los videoartistas cubanos la herencia de cierta narratividad documental heredada de la escuela de Santiago Álvarez. Esa raíz cinematográfica marca una diferencia interesante con el video arte internacional, más anclado en las raíces de las artes plásticas que en el cine, divergencia que se ve incluso con respecto a las obras latinoamericanas, como la de la argentina Mara Paz La circulación inversa del amor materno, que obtuvo el Premio Unesco Sidacult Arte.

Un video de indiscutible calidad fue el de Yamil Garrote titulado Yo soy el que soy. En él se describe cómo una imagen de Cristo en la cruz fabricada en plástico se convierte en la tinta con la que un individuo se tatúa una imagen de Buda. Las implicaciones conceptuales de esta obra y el ingenio con que se soluciona la idea subrayan la calidad del envío cubano.

La pluralidad de lenguajes, contenidos en una amplia muestra internacional, fueron una parte importante de este evento; pero también el coloquio se hizo sentir. En él se discutieron importantes temas relacionados con la promoción del video arte, como la curaduría, la difusión, la manera de abordar los temas políticos, la memoria y las lecturas de género. Javier González Vilatella (España) con su conferencia Videoarte y Documental: Los problemas de su delimitación nos proporcionó un nuevo punto de vista sobre este controversial asunto. El escabroso tema provocó no pocos encontronazos con profesionales del mundo de la televisión que debatieron acerca de los valores que se ponen en crisis en el lenguaje del video arte.

Nuestra Magaly Espinosa no se limitó a su conferencia Contenidos Políticos y Culturales de la Video Creación, sino que intervino desde el público en todas las mesas y su opinión especializada resultó esclarecedora para muchos de los que allí estuvimos.

Siendo aún demasiado temprano para emitir opiniones concluyentes sobre un género en pleno desarrollo, se puede afirmar sin temor la validez de este evento. Por supuesto, no todas las obras expuestas fueron de alta calidad, ni entre las cubanas ni entre las de otros países, pero la gran mayoría de ellas tenía algo que decirnos y poseían un mínimo de profesionalidad. Tampoco resultaría grato un festival excluyente o con un comité de selección intolerante, de esos que en base a un criterio de calidad prepotente no nos dejase ver un amplio panorama de lo que se está produciendo en este lenguaje.

Se trata de la tercera edición de un Festival que, casi sin recursos, ha logrado con el esfuerzo de sus organizadores y la colaboración de algunos amigos, una calidad irrefutable. Un Festival que si se deja crecer va a convertirse en un evento de dimensiones insospechadas.

NOTA

La Fundación Ludwig de Cuba realizó el Primer Festival Internacional de Video Arte en el año 2000.

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