Actualizado el 2 de mayo de 2011

De camellos en la Isla y el último cine cubano

Meditaciones del sub al desarrollo

Por: . 27|4|2011

Un par de horas atrás terminé de ver Memorias del desarrollo* y todavía en mi cabeza hace piruetas la cuestión de qué tiene de irreductiblemente cubana la película cosmopolita de Miguel Coyula, en donde Sergio, aquel hombre que miraba al mundo tras los anteojos desde el clásico sesentista de Tomás Gutiérrez Alea, vuelve ahora como ser trashumante, que va de La Habana a Nueva York a París a Londres a Arizona a ¿Marte?… Tal vez porque Coyula menciona al Che Guevara y pone en boca del personaje la aseveración de que no fue argentino ni cubano, que no era de ninguna parte, sino un místico; recuerdo entonces a otro nacido en Argentina y uno de sus ensayos célebres,** ese en donde Jorge Luis Borges presume que la prueba más irrefutable de la autenticidad del Corán, el libro árabe por excelencia, reside en la total ausencia de camellos dentro de este.

De ahí que el perspicaz escritor afirme que “podemos creer en la posibilidad de ser argentinos sin abundar en color local”; y a mí se me antoje oportuno trasladar esa lección al cine cubano de hoy, para concluir que podemos tener un cine irreprochablemente nativo sin “camellos”; lo que, en el caso nuestro y acudiendo a una metáfora más bien pictórica, podría significar la exclusión del paisajito con palmas y bohíos.

Que no se entienda, por favor, la invitación a prescindir del color local como incitación a abandonar el territorio de lo real para encarrilarse hacia un cine más metafórico o de una universalidad pretendida a través del escenario foráneo o la fábula encajada en contexto mítico. Estoy pensando, en verdad, en el ejemplo lamentable de “color local” que las producciones autóctonas (y aún más las coproducciones) de los 90 implantaron como marca for export, a base del sarcasmo a propia costa ante la dura circunstancia y la mulata que intercambia cuerpo y alma con el poderoso y extranjero Don Dinero.

Aunque tampoco estoy llamando siquiera a hacer leña de aquellas películas a las que sirva ese sayo ni a emprenderla con rebeldía feroz contra la herencia del cine cubano y sus “camellos” (entiéndase aquí sus obsesiones y recurrencias). En definitiva, los cineastas cubanos de hoy, y los de mañana, son los hijos de un ADN fílmico del que no pueden sustraerse, los descendientes de un mapa genético al que no cabe borrarle, por amnesia o conveniencia, ni la gama costumbrista pre-59, ni el cromatismo magnífico y desmesurado de los 60, el tono menguante de los 70 o el esmalte festivo pero semicondicionado de la década siguiente. Y son también los descendientes del tornasol mundial, de la influencia que la filmografía de otras partes ejerció siempre sobre el cine nuestro. Y ahí estaban ya, en esas primeras Memorias, las de Titón y del Subdesarrollo, los matices del Free Cinema, del Neorrealismo italiano, de Bergman y de Tarkovski, como mismo late en las creaciones de Humberto Solás el forcejeo de atmósferas entre un Visconti y un Rosellini.

De vuelta a Coyula y sus Memorias del desarrollo, siento que en su película se nos ha dicho cuál es esa experiencia del ser cubano que conviene resguardar en el trasfondo y convertir en el acicate para el cine nuestro del porvenir. “La intensidad”, dice Coyula, porque eso “es lo único que queda. Todo lo demás es irrelevante”. Es sólo a través de esa “intensidad” de la experiencia que subyace en los avatares de una identidad y su conformación en la Historia, y en el devenir de esa singular sociedad que es la cubana, que podremos seguir enhebrando el hilo de una “cinematografía nacional”, en medio de este presente de porosas fronteras y cambios políticos y tecnológicos tan vertiginosos.

Al reflexionar sobre el “nuevo cine cubano” (no dicho esto como una etiqueta, sino apenas una manera de referirse a los filmes realizados por cubanos en lo que va del nuevo milenio), se me antoja que ya es hasta posible obviar el asunto más socorrido, el de la alternatividad e independencia propiciadas por las últimas tecnologías, y enfocarse en las temáticas preferidas y los nuevos abordajes; ahí donde regresaría la trama de cuáles y dónde están hoy “nuestros camellos”, las señas reconocibles de un cine que todavía pueda llamarse cubano.

Para ello, introduzcámonos en la mirada de los realizadores actuales. Esteban Insausti, en una película que pudo haber sido más de lo mismo, observa ahora desde la Larga distancia, la emigración desde el “afuera”, y reconstruye la visión de la patria, no ya entendida como marco geográfico sino como territorio afectivo. “La patria son los amigos”, dice Insausti.

Chamaco de Juan Carlos Cremata, La Casa Vieja de Lester Hamlet y La Anunciación de Enrique Pineda Barnet, cada cual desde sus peculiares credos estéticos, exponen las cicatrices de la familia cubana y revalorizan a un núcleo esencial de la sociedad que ha sido lastimado por los vaivenes de un proyecto acaso demasiado entronizado hacia lo colectivo.

Hay un Martí de mármol para bustos y manuales de Historia, ideal para reforzar mitologías nacionales desde una perspectiva del cine épico. Pero Fernando Pérez elige un protagonista más íntimo, al estilo de la llamada “microhistoria”, y fabrica su bildung roman, su relato de formación a partir del adolescente José Julián y su gradual descubrimiento de los dolores y amores del mundo.

Si puede subrayarse una constante como manía del cine cubano, esta es la puesta en pantalla de la conflictiva interrelación del individuo y la Historia, de la situación límite en que la persona elige presionada ante las demandas del contexto o de la época. Sofía se ciñe las vestimentas del arquetipo de la Libertad guiando al pueblo en la epifanía insurrecta con que concluye El siglo de las luces de Humberto Solás; mientras que el Sergio de la película de Titón se repliega a mirar desde la barrera de sus preceptos de clase el ruedo vertiginoso de un proceso revolucionario. Ahora, un nuevo Sergio, el del homenaje o secuela que ha hecho Coyula del filme de Alea, prosigue su soliloquio y pone cada vez más metros entre la realidad y su yo privado. Una distancia que le aportará más lucidez analítica, es cierto, pero que lo tornará también cada vez más espectral, más vacío de contenido humano. Al final, sólo va a quedarle, como apoyo y único interlocutor, el bastón con cabeza de perro…

Por eso, aunque el personaje de Sergio alegue “Esa isla cada vez más abstracta”, en sí la película de Coyula y todas las otras que vienen articulando el panorama del cine cubano más contemporáneo, a mi entender lo que nos están diciendo realmente es “esa isla cada vez más compleja, más diversa y heterogénea”. Esa Isla “intensa”…

*Premio a la Mejor Ficción de la 10ma. Muestra Joven.

**”El escritor argentino y su tradición”: Jorge Luis Borges, Discusión (Madrid, Alianza, 1997).

Categoría: Audiovisuales | Tags: | |

El Caimán Barbudo © Todos los derechos reservados