Actualizado el 7 de junio de 2011

Canal Habana:

El por qué de una preferencia

Por: . 16|5|2011

Ser periodista y pasarse más de dos meses en la casa, con una salida semanal a extraerte sangre para un análisis, sin poder dormir mucho porque el andador metálico de tu madre de 99 años te despierta con frecuencia, obliga a leer o a ver televisión.

Pero si tienes el esternón partido en dos y un acceso de tos te ocasiona tal dolor que se te salen las lágrimas, la lectura no es recomendable porque tanto acostada boca arriba como sentada en un butacón, el libro te llega a pesar toneladas en las manos. Sólo resulta relativamente fácil leer en computadora, más, igual, el dolor torácico y en las espaldas no te permite estar mucho tiempo en el ciberespacio.

Si a ello le agregas que el Dr. Ángel Manuel Paredes Cordero fue tu cirujano y es un profesional tan seguro de lo que hace, que te exige incorporarte a la vida de la misma manera o mejor que antes de abrirte el pecho, entonces obligatoriamente tienes que buscar una manera útil de emplear tu tiempo. Yo, que pasé por el proceso quirúrgico, creo haber conseguido utilizar mis horas de asueto obligatorio: vi durante casi todo ese tiempo la programación del Canal Habana (CH), que el 28 de enero último cumplió sus primeros cinco años de vida.

Por primera vez lo vi en conjunto, sin discriminar espacios, escuchando y “viendo” cada imagen. Y la verdad es que encontré muchísimas cosas buenas y muy pocas regulares. De entrada, ese joven medio televisivo ocupa el local donde operó la primera planta televisiva cubana (Unión Radio Televisión, Canal 4). Parece que algo quedó en las paredes de aquel impulso renovador y fundacional.

Lo primero que distingue a CH es su marca de identificación; no se necesita ver el número 27 para saber que ese es el canal. El azul intenso obliga a pensar en el Malecón, símbolo de la capital y de Cuba; luego, sus presentadores y periodistas, casi todos tan jóvenes como osados, nos hablan con un sabor distinto al que se usa por lo general en los canales nacionales.

Claro, cuando nació en el 2006 sus hacedores no iniciaron su labor como una propuesta hecha a base de gustos personales. El Marketing y la Comunicación Social en sus más diversas variantes dijeron por donde debía caminar la señal. De ahí que saliera al aire con una imagen propia, un modelo de comunicación participativa y el uso de una publicidad inteligente y novedosa.

Su creadora y primera directora fue Amada Montano, una excelente periodista que al año de fundado el CH, cuando le preguntaron cuánto había de ella en el medio televisivo, dijo: “No me gusta personalizar, prefiero tomar las decisiones en colectivo; así es como trabajamos en este lugar donde se fundó la televisión cubana el 24 de octubre de 1950, por eso nos asiste la historia y la voluntad revolucionaria de fundar. Somos los herederos de CHTV, la televisora de la capital que trabajó durante quince años. Ella fue el embrión que ahora ensanchó sus horizontes para intentar llegar a las dos Habanas, con una programación mucho más amplia y diversa”.

Y acerca del nacimiento de ese medio explicó: “Cuando asumimos la idea de crear un nuevo canal, lo primero fue estudiar detenidamente cada una de las propuestas de los ya existentes. Encontramos puntos débiles y de ahí salieron algunos de nuestros programas musicales, como Música del mundo, y cinematográficos, como X Distante, que proyecta animados para adultos. Para el diseño de la programación nos apoyamos también en el Centro de Investigaciones Sociales del ICRT”.

Otro dato de interés es que los televidentes agradecen que el setenta y tres por ciento de los programas sean hechos en Cuba; de ellos, el cincuenta y cuatro por ciento realizados en el CH.

Uno de los fines trazados hace cinco años fue descrito por Amada: “Aspiramos a marcar la diferencia a partir de una televisora de proximidad, que pone énfasis en la identidad. Desde el principio cuidamos el perfil y el contenido de los programas, el diseño de caracteres, la escenografía, la música, el uso de los colores, la visualidad, el sello de los conductores… todo, de manera que cuando la gente nos sintonice, sepa que está viendo CH. Tratamos de romper la relación jerárquica entre emisor y receptor. En realidad, más que imponer ideas, queremos compartirlas y que las personas se sientan identificadas con los temas que abordamos”.

Pienso que en general este objetivo se cumple. Existen varios programas con muy buen empaque y un contenido que contribuye al enriquecimiento espiritual del televidente. Los espacios de Juan Carlos Travieso, el de exquisitos spots (Habaneros), sobre cine (Secuencia), promocionales (Coordenadas), juveniles y de opinión (Paréntesis), humorísticos (El motor de arranque) y musicales (Entre manos), constituyen un buen ejemplo.

Sobre cómo se puede hacer una buena televisión, Juan Carlos me dijo: “A mí se me hace imprescindible contar con un buen equipo. Gente que le ponga ganas a lo que hace. Y no dejo de reconocer que eso depende en buena medida de lo que uno como director logre mover a los demás que están contigo en algo. El equipo es lo primero, las buenas energías después, y entre todos pensar lo que hacemos y contar con la experiencia y el criterio de todos los que participan en él. Esa es mi fórmula, y creo que todos los resultados que he tenido dependen de esto”.

Acerca de qué es una buena televisión, respondió Travieso: “La verdad que no lo sé. Creo que tengo ganas de verla. Ni siquiera es un fenómeno de que en Cuba la TV es mala, no, hay lugares donde es mucho peor. Lo que sucede es que esos nunca serán mis referentes. Creo que para uno crecerse no puede fijarse en los que están peor que uno, sino mirar siempre a los que están mejor. Es como los planes de las empresas, se cumplen y sobrecumplen porque los planes están por debajo de las necesidades y las posibilidades. A mí me gusta no poder cumplir nunca. Me gusta quedarme siempre en deuda conmigo y con la gente, y con lo que se espera de mí, porque eso me permite no creerme nunca que llegué a la cima (de hecho uno nunca llega a la cima). Y surgen motivaciones para empezar a buscar dentro de uno qué puedo hacer para cambiar esto, y cómo puedo hacer aquello mejor. Solo así se propicia el crecimiento intelectual y creativo de uno. Y soy muy inconforme. Sufro mucho mirando televisión. Me recondeno cuando veo cosas muy facilistas y cuando escucho a gente que por llevar veinte o más años en la TV se creen que se las saben todas (peor los que llevan tres y también creen que se las saben todas). La televisión necesita de un aprendizaje constante. Eso es lo mejor que tiene.”

Otro espacio es El Triángulo de la Confianza, conducido por Rolando Almirante, quien me confesó: “Es un proyecto que comencé casi de conjunto con la inauguración del Canal Habana. Desde que se diseñaba la programación, los directivos del canal habían pensado en un programa así, y me hicieron la propuesta. Te confieso que pensé en presentarles un proyecto que yo mismo prepararía, pero estaba convencido de que en términos de producción ese sería un tanto más engorroso. Y entonces me dije: caramba, esto tiene mucho que ver con el deseo que estoy experimentando de volver a los medios masivos. Este programa, si bien me resulta un ejercicio imprescindible como comunicador público, es un espacio donde se revelan las necesidades del público por el diálogo, por abordar problemas de la cotidianidad que la mayoría de las veces pasan inadvertidos o no existen en los grandes canales nacionales, y ahí está el aporte más sustancial de El Triángulo… El público, que además nos lo hace saber siempre, se siente identificado con los temas que tratamos y dialogan sobre ellos en sus hogares, intercambian en sus centros laborales… Yo me siento muy satisfecho de formar parte de un colectivo de guionistas y realizadores empeñados en ofrecer este servicio a los televidentes del Canal Habana. Entonces, ya no pensé más en realizar mi propio proyecto y me dediqué a este”.

Resulta imposible detallar cada uno de los espacios, pero Como me lo contaron ahí va, con el papel protagónico de Ciro Bianchi, tiene una singular forma de acercarse a la Historia. En otro polo, y también necesario, está La jugada perfecta, con Héctor Villar como conductor, que sabe sacarle partido las polémicas deportivas tanto nacionales como internacionales.

En la revista Hola Habana existe variedad de ofertas: desde asuntos jurídicos hasta siembra de plantas, permutas; el útil Papelitos hablan, un espacio crítico muy bien llevado por el colega Pepe Alejandro, y otros tantos miniprogramas que interesan a la población. El espacio Saludarte ha tocado temas importantes de la salud con un criterio amplio, que incluye desde la medicina alopática hasta la fitoterapia. Música del mundo, un buen y como siempre diferente programa de Guille Vilar, comenzó a transmitirse por este canal y ahora se retransmite por el Canal Educativo Dos.

Bárbara Doval ha logrado mantener el programa crítico Libre acceso, donde se escudriñan peliagudos asuntos de la ciudad; aunque, por supuesto, algunos han tenido mejores resultados que otros. En el caso de Habana Noticiario, si bien ha ido perdiendo el hálito crítico con el que nació, todavía sigue diferenciándose por la forma.

Lo cierto es que Canal Habana, visto por unos tres millones de personas y con una señal que llega a veces hasta Ciego de Ávila, demuestra que la televisión nacional puede ser mucho mejor de lo que es. Que seis de cada diez capitalinos prefieran esa señal por encima de las otras dice mucho.

Este telecentro forma parte del sistema de televisión territorial, que entre centros provinciales y municipales llega a ciento un puntos en todo el país desde los cuales puede transmitirse.

En la programación veraniega se ven diversos espacios producidos “en el interior” y que muestran piezas de mucha calidad. Una de las reglas de la televisión territorial es acercarse a los problemas de las personas que viven en el área para la que se emite la señal. CH lo intenta y en un alto por ciento lo consigue. Por eso, y por su empaque, es preferido por los capitalinos y la gente de otras provincias adonde llega su imagen y su sonido.

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