Actualizado el 1 de agosto de 2011

Ven y enséñame a jugar, con tu Playstation

Por: . 31|7|2011

I

Habanastation supone un punto y aparte dentro de la cinematografía cubana contemporánea. Y lo supone ante todo por su capacidad para “perturbar”, para “estremecer” sentimentalmente al público (un espectador por demás bastante reticente para con los estrenos del cine cubano en la última década, atendiendo a su dudosa calidad).

Alguien dijo en una ocasión que el arte de hoy ya no tiene la capacidad de “emocionarnos”, en tanto está compitiendo con una visualidad demasiado fuerte, que lo supera con creces: guerras por doquier (estetizadas por los medios hasta trocarlas en bombardeos de estrellas), derrames de petróleo, destrucción acelerada del medio ambiente, potenciación del sexo y la pornografía como prácticas cotidianas, drogadicción, violencia física y psicológica, proxenetismo, hambruna in crescendo… Pareciera que el arte no puede contra todo eso, que el receptor de hoy se ha tornado insensible, acostumbrado como está a los shocks de la vida misma. La realidad y los medios se presentan demasiado agresivos, y el público tiene el corazón de “piedra”: la creación artística ha extraviado su facultad para generar conmoción.

Puede que haya un tanto de razón en lo anterior; sin embargo, debo confesar que Habanastation me erizó la piel de pies a cabeza, me hizo temblar en el lunetario del Chaplin, algo que hacía rato no me provocaba una obra de arte. Siento que estamos ante una película excepcional, como no la hubo y no la habrá en muchos años. Ian Padrón la tiró buena. Se fue de liga.

II

¿De qué va entonces el filme? ¿Cuál es el secreto de su éxito? Más allá de sus virtudes en materia de lenguaje audiovisual (véase la excelencia de la fotografía, el trabajo con la cámara, la banda sonora, el montaje), el gran valor del filme está en su hondura sociológica, en sus repercusiones humanas, en la manera tan audaz y certera con que nos coloca ante dos Habanas (dos Cubas) en apariencia antagónicas, pero que al cabo colindan justo en sus extremos: de un lado La Habana de los márgenes, del día a día, de ese cubano de a pie que padece en silencio, más allá de los grandes relatos del poder; de otro, la gran urbe abierta al mundo, pletórica de bondades y de triunfos, no exenta sin embargo de sus dosis de vacío y frivolidad (¡esa frivolidad tan necesaria, tan deseada a veces!). El acierto mayor de la cinta está en que no se parcializa en una u otra dirección, sino que apuesta por el complemento entre ellas. El realizador parece decirnos que ambas experiencias de vida son necesarias, por cuanto una comporta el crecimiento espiritual y humano de la otra, desde una retroalimentación que conoce la valía de los matices. Vivir en una burbuja de cristal no es malo, en lo absoluto; el error está en invalidar, por desconocimiento, otras realidades. Como tampoco hay que satanizar a priori las costumbres, los registros del habla y el comportamiento cívico de los grupos humanos que habitan el “límite” social. Ser “guapo” puede ser también una virtud, siempre que se lo sea con dignidad. Los dos infantes (Mario y Carlos) representan dos caras de una misma moneda, y cada uno viene a fungir como catalizador para el autoconocimiento y la anagnórisis de su contraparte. El uno descubre que existe algo más valioso que un Playstation o una buena comida: el valor de la amistad. El otro comprende que hay maneras más nobles de encarar al “enemigo”, sin necesidad de llegar a los extremos a los que llegó su padre; entiende la importancia de la contención, de la mesura.

Habanastation nos habla entonces del respeto a la diferencia, de la legitimidad y valía de ciertos antagonismos. Nos dice que entre ambas Habanas está la clave de nuestro futuro, el aprendizaje de nuestro destino. Ambas infancias se necesitan, se oxigenan. No quisiéramos que ninguno de nuestros chicos viviera en condiciones difíciles, pero sí desearíamos que todos tuvieran la integridad y la transparencia de Carlitos, quien desde su estrechez material le ha dado una lección de principios al mundo. No nos gustaría recibir la educación enclaustrada y ególatra de Mayito (según la cual el mundo no va más allá de nuestras narices, al tiempo que las relaciones humanas se basan en el poderío y alcance económicos), pero no hubiera estado mal el haber disfrutado durante nuestra infancia de un Playstation de tercera generación, o de un buen auto para ir a diario a la escuela. Nada de eso está mal, es parte de la vida misma. El gris antes que el blanco o el negro; es ahí donde nos gana Ian Padrón, donde nos retiene en su mano: en el espacio de la sutileza.

En la concepción de los personajes de Mario y Carlos afloran un grupo de rasgos en común. Ambos son víctimas de sus circunstancias: el primero, de una crianza fallida; el segundo, del malestar económico de una familia sumida en la pobreza. Los dos sufren de soledad, de necesidad de afecto paterno (uno de los padres permanece mucho tiempo en el extranjero, el otro se encuentra en prisión). Ambos son además en suma inteligentes, uno en lo que respecta a los estudios y el otro para la supervivencia del “diario”, para la “lucha” cotidiana, de la calle. Tanto uno como el otro poseen un objeto de deseo que llegará a convertirse en fetiche, y que les cambiará sus vidas: de un lado el Playstation, de otro el “Coronel” o papalote de grandes dimensiones. Cada uno recibirá de su homólogo enseñanzas de capital importancia en el orden humano: Mayito aprenderá lo que significa ganarse la vida con sacrificio y sudor, conocerá la dura realidad más allá de su mundo de príncipes y hadas, se dará cuenta de que hay cosas que el dinero no puede comprar; Carlos comprenderá que hay momentos en que “correr” también resulta digno, sabrá que existen razones muy profundas que no han de ser estropeadas con la bravuconería. Para los dos el mundo dio un giro bien fuerte en solo unas pocas horas: se hicieron “hombrecitos” de la noche a la mañana.

III

Las virtudes o mezquindades humanas no necesariamente guardan relación con el factor dinero, sino con verdades más recónditas y esenciales. La amistad no tiene fronteras: ni económicas, ni culturales, ni geográficas, ni educacionales, ni de carácter… Esas son probablemente las dos tesis que defiende con mayor vehemencia Habanastation, las cuales, aunque parezcan simples como Perogrullo, tienen mucho que decir aún a nuestra gente, a nuestra Isla, a nuestros padres y adultos, a nuestros niños. Qué bueno que el cine cubano no va esta vez del “panfleto” y la “politiquería”, sino de valores espirituales de acento universal. Qué bien que el Caimán no se muerde la cola.

Y antes de finalizar, una valoración insoslayable: Ernesto Escalona y Andy Fornaris son actores de primer nivel, con un futuro artístico enceguecedor, envidiable. Como diría un amigo, se han echado la película en el bolsillo. A mí, por lo pronto, ya me tienen a sus pies. Me hicieron reír y sollozar, ambas acciones con la misma intensidad. La manera tan sagaz con que caracterizaron a sus personajes, su encomiable proyección gestual y vocal, la expresividad de sus miradas y de sus transiciones dramáticas, entre otros méritos, me hacen pensar en una prominente carrera en ciernes. Enhorabuena.

PD:

Un amigo que acaba de leer estas líneas me sugiere profundice en las especificidades del montaje, los movimientos y grados de angulación de la cámara, la dirección de arte, la fotografía, el sonido, etc. Dice que me concentro demasiado en la historia, y descuido los posibles aportes de los elementos y leyes del lenguaje cinematográfico. Puede haber dos razones por las cuales esto haya ocurrido: en primer lugar, ese tipo de análisis se me torna un tanto aburrido (quizás le tengo cierta fobia a la Academia, tan viciada con esas manías); en segundo lugar, una cinta como la que nos ocupa pedía a gritos un enfoque alejado de retóricas formalistas. La interpretación cultural siempre será más seductora que las descripciones tecnicistas —al menos para quien esto suscribe. Más interesante que enumerar los signos de puntuación y marcaje, o perseguir como un lunático el porqué de cada travelling, resulta repensar algunas de las interrogantes que nos lanza el filme: ¿cuál de las dos infancias queremos para nuestros pequeños, la del Playstation o la del papalote y la chivichana?; ¿cuánta responsabilidad tenemos los adultos en las (mal) formaciones de las personalidades y psiquis del mañana?, ¿cuánto de nuestra niñez se proyecta en esta sugestiva historia?; ¿cuánto de Carlos y Mario sobrevive aún en nuestro interior? Detengámonos en ello, y luego volvamos, si nos place, a las ligerezas de la Forma.

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