Ven y enséñame a jugar, con tu Playstation…
I
Habanastation supone un punto y aparte dentro de la cinematografía cubana contemporánea. Y lo supone ante todo por su capacidad para “perturbar”, para “estremecer” sentimentalmente al público (un espectador por demás bastante reticente para con los estrenos del cine cubano en la última década, atendiendo a su dudosa calidad).
Alguien dijo en una ocasión que el arte de hoy ya no tiene la capacidad de “emocionarnos”, en tanto está compitiendo con una visualidad demasiado fuerte, que lo supera con creces: guerras por doquier (estetizadas por los medios hasta trocarlas en bombardeos de estrellas), derrames de petróleo, destrucción acelerada del medio ambiente, potenciación del sexo y la pornografía como prácticas cotidianas, drogadicción, violencia física y psicológica, proxenetismo, hambruna in crescendo… Pareciera que el arte no puede contra todo eso, que el receptor de hoy se ha tornado insensible, acostumbrado como está a los shocks de la vida misma. La realidad y los medios se presentan demasiado agresivos, y el público tiene el corazón de “piedra”: la creación artística ha extraviado su facultad para generar conmoción.
Puede que haya un tanto de razón en lo anterior; sin embargo, debo confesar que Habanastation me erizó la piel de pies a cabeza, me hizo temblar en el lunetario del Chaplin, algo que hacía rato no me provocaba una obra de arte. Siento que estamos ante una película excepcional, como no la hubo y no la habrá en muchos años. Ian Padrón la tiró buena. Se fue de liga.
II
¿De qué va entonces el filme? ¿Cuál es el secreto de su éxito? Más allá de sus virtudes en materia de lenguaje audiovisual (véase la excelencia de la fotografía, el trabajo con la cámara, la banda sonora, el montaje), el gran valor del filme está en su hondura sociológica, en sus repercusiones humanas, en la manera tan audaz y certera con que nos coloca ante dos Habanas (dos Cubas) en apariencia antagónicas, pero que al cabo colindan justo en sus extremos: de un lado La Habana de los márgenes, del día a día, de ese cubano de a pie que padece en silencio, más allá de los grandes relatos del poder; de otro, la gran urbe abierta al mundo, pletórica de bondades y de triunfos, no exenta sin embargo de sus dosis de vacío y frivolidad (¡esa frivolidad tan necesaria, tan deseada a veces!). El acierto mayor de la cinta está en que no se parcializa en una u otra dirección, sino que apuesta por el complemento entre ellas. El realizador parece decirnos que ambas experiencias de vida son necesarias, por cuanto una comporta el crecimiento espiritual y humano de la otra, desde una retroalimentación que conoce la valía de los matices. Vivir en una burbuja de cristal no es malo, en lo absoluto; el error está en invalidar, por desconocimiento, otras realidades. Como tampoco hay que satanizar a priori las costumbres, los registros del habla y el comportamiento cívico de los grupos humanos que habitan el “límite” social. Ser “guapo” puede ser también una virtud, siempre que se lo sea con dignidad. Los dos infantes (Mario y Carlos) representan dos caras de una misma moneda, y cada uno viene a fungir como catalizador para el autoconocimiento y la anagnórisis de su contraparte. El uno descubre que existe algo más valioso que un Playstation o una buena comida: el valor de la amistad. El otro comprende que hay maneras más nobles de encarar al “enemigo”, sin necesidad de llegar a los extremos a los que llegó su padre; entiende la importancia de la contención, de la mesura.
Habanastation nos habla entonces del respeto a la diferencia, de la legitimidad y valía de ciertos antagonismos. Nos dice que entre ambas Habanas está la clave de nuestro futuro, el aprendizaje de nuestro destino. Ambas infancias se necesitan, se oxigenan. No quisiéramos que ninguno de nuestros chicos viviera en condiciones difíciles, pero sí desearíamos que todos tuvieran la integridad y la transparencia de Carlitos, quien desde su estrechez material le ha dado una lección de principios al mundo. No nos gustaría recibir la educación enclaustrada y ególatra de Mayito (según la cual el mundo no va más allá de nuestras narices, al tiempo que las relaciones humanas se basan en el poderío y alcance económicos), pero no hubiera estado mal el haber disfrutado durante nuestra infancia de un Playstation de tercera generación, o de un buen auto para ir a diario a la escuela. Nada de eso está mal, es parte de la vida misma. El gris antes que el blanco o el negro; es ahí donde nos gana Ian Padrón, donde nos retiene en su mano: en el espacio de la sutileza.
En la concepción de los personajes de Mario y Carlos afloran un grupo de rasgos en común. Ambos son víctimas de sus circunstancias: el primero, de una crianza fallida; el segundo, del malestar económico de una familia sumida en la pobreza. Los dos sufren de soledad, de necesidad de afecto paterno (uno de los padres permanece mucho tiempo en el extranjero, el otro se encuentra en prisión). Ambos son además en suma inteligentes, uno en lo que respecta a los estudios y el otro para la supervivencia del “diario”, para la “lucha” cotidiana, de la calle. Tanto uno como el otro poseen un objeto de deseo que llegará a convertirse en fetiche, y que les cambiará sus vidas: de un lado el Playstation, de otro el “Coronel” o papalote de grandes dimensiones. Cada uno recibirá de su homólogo enseñanzas de capital importancia en el orden humano: Mayito aprenderá lo que significa ganarse la vida con sacrificio y sudor, conocerá la dura realidad más allá de su mundo de príncipes y hadas, se dará cuenta de que hay cosas que el dinero no puede comprar; Carlos comprenderá que hay momentos en que “correr” también resulta digno, sabrá que existen razones muy profundas que no han de ser estropeadas con la bravuconería. Para los dos el mundo dio un giro bien fuerte en solo unas pocas horas: se hicieron “hombrecitos” de la noche a la mañana.
III
Las virtudes o mezquindades humanas no necesariamente guardan relación con el factor dinero, sino con verdades más recónditas y esenciales. La amistad no tiene fronteras: ni económicas, ni culturales, ni geográficas, ni educacionales, ni de carácter… Esas son probablemente las dos tesis que defiende con mayor vehemencia Habanastation, las cuales, aunque parezcan simples como Perogrullo, tienen mucho que decir aún a nuestra gente, a nuestra Isla, a nuestros padres y adultos, a nuestros niños. Qué bueno que el cine cubano no va esta vez del “panfleto” y la “politiquería”, sino de valores espirituales de acento universal. Qué bien que el Caimán no se muerde la cola.
Y antes de finalizar, una valoración insoslayable: Ernesto Escalona y Andy Fornaris son actores de primer nivel, con un futuro artístico enceguecedor, envidiable. Como diría un amigo, se han echado la película en el bolsillo. A mí, por lo pronto, ya me tienen a sus pies. Me hicieron reír y sollozar, ambas acciones con la misma intensidad. La manera tan sagaz con que caracterizaron a sus personajes, su encomiable proyección gestual y vocal, la expresividad de sus miradas y de sus transiciones dramáticas, entre otros méritos, me hacen pensar en una prominente carrera en ciernes. Enhorabuena.
PD:
Un amigo que acaba de leer estas líneas me sugiere profundice en las especificidades del montaje, los movimientos y grados de angulación de la cámara, la dirección de arte, la fotografía, el sonido, etc. Dice que me concentro demasiado en la historia, y descuido los posibles aportes de los elementos y leyes del lenguaje cinematográfico. Puede haber dos razones por las cuales esto haya ocurrido: en primer lugar, ese tipo de análisis se me torna un tanto aburrido (quizás le tengo cierta fobia a la Academia, tan viciada con esas manías); en segundo lugar, una cinta como la que nos ocupa pedía a gritos un enfoque alejado de retóricas formalistas. La interpretación cultural siempre será más seductora que las descripciones tecnicistas —al menos para quien esto suscribe. Más interesante que enumerar los signos de puntuación y marcaje, o perseguir como un lunático el porqué de cada travelling, resulta repensar algunas de las interrogantes que nos lanza el filme: ¿cuál de las dos infancias queremos para nuestros pequeños, la del Playstation o la del papalote y la chivichana?; ¿cuánta responsabilidad tenemos los adultos en las (mal) formaciones de las personalidades y psiquis del mañana?, ¿cuánto de nuestra niñez se proyecta en esta sugestiva historia?; ¿cuánto de Carlos y Mario sobrevive aún en nuestro interior? Detengámonos en ello, y luego volvamos, si nos place, a las ligerezas de la Forma.
Categoría: Audiovisuales | Tags: Artes visuales | Cine Cubano | Cinematografía Contemporánea











1 José Aldana. 1|8|2011 a las 11:56
Píter suscribo ciento por ciento todos los puntos de vista que sostiene en tu comentario, por eso no quiero aventurarme a repetir lo que tan acertadamente has revelado.
Solo me atrevo a afirmar que, en efecto, esta película de Ian es la mejor producción que tendremos durante este año, muy difícil de superar, pues puso una cota bien alta en el cine cubano.
El premio que constituye la asistencia masiva del público a las salas cinematográficas es el inicio de una estela de reconocimientos que le esperan a este excelente filme, que demuestra que no es necesario grandes presupuestos para la realización de productos artísticos de buena factura, sino también sensibilidad estética y artística
2 Pepe Tamayo. 4|8|2011 a las 16:39
Píter, estoy muy emocionado con tu artículo, eres fabulooooooooooooooso, qué derroche de talento, madre mía! Quisiera conocerte para hablar un día de cine contigo, si algún día visitas Madrid hazlo saber por algún medio público y te extenderé una invitación. Un abrazo cariñoso para ti.
3 Tony. 5|8|2011 a las 17:42
Aprovecho que el Caimán se hizo eco de las opiniones provocadas por Habanastation, para compartir una reseña que escribí al otro día del estreno del 25 de julio, en salas de toda Cuba.
Habanastation: retorno a la inocencia
Por: Antonio Enrique González Rojas
Tardía, pero contundentemente, incursionó el cine cubano en el universo de la infancia, cosmos eclosivo donde la personalidad en plena constitución (metabolización, negación y redimensionamiento de los saberes paternos), alcanza temperaturas y densidades magmáticas, salvando las astronómicas distancias ganadas por las cinematografías estadounidense, iraní y otras, en este apartado, que han indagado en los mil y un atajos de la caleidoscópica psiquis del niño, concebido como sujeto axial de los argumentos.
Este cometido ha sido asumido por la nouvelle vague de realizadores cubanos, que desde hace alrededor de una década, vienen consolidando sus nichos estético-discursivos dentro del panorama fílmico. Asumen al niño como simbólica entidad generacional, desprejuiciada, libre de estereotipos y vicios gnoseológicos, que permite una sana reaprehensión de la nación, un redescubrimiento que remonte cualquier esquema previo, articuladas interrogantes peligrosamente básicas con la aguda ingenuidad del infante.
Este rasero fue establecido por la fundacional cinta Viva Cuba (Juan Carlos Cremata, 2005), primer cambiazo estético con que el director de Oscuros rinocerontes enjaulados (muy a la moda) (1990) y Nada (2001), remarcó su atipicidad casi epatante. La pareja de niños protagonistas de esta primera cinta, en clave de road movie, emprenden periplo iniciático por un país en sombras, que van apartándose a la luz de la linterna diogénica, para finalmente desafiar las ficticias fronteras establecidas por los predecesores, en metafórico salto al mar que acuna a la Isla, y a través del cual la nación se ha expandido por todo el mundo. No deja de concomitar con el feminista salto suicida de Thelma & Louise (Ridley Scott, 1991), como manifiesto de libertad o muerte.
Otra Cuba es descubierta por el niño de La edad de la peseta (Pavel Giroud, 2006), liberada la década de 1950, casi por única vez, de estereotipaciones epocales, pletórica en nuestro cine de épicas luchas entre revolucionarios y batistianos. La intimista indagación en el proceso de decodificación y aprendizaje que hace el niño preadolescente de su contexto y de sí mismo, aleja del filme las intenciones historicistas, sin que dejen de aparecer tales circunstancias como música de un fondo technicolor, casi nostálgico.
Martí: el ojo del canario (Fernando Pérez, 2009), singular excursión al génesis de una personalidad tan compleja y preclara como José Julián Martí y Pérez, permite prefigurar al Apóstol cubano desde su mismo tuétano, desde el mero escalón fundacional de su vida, cuando ocurrió la mágica transmutación del niño espectador y expectante, al héroe que besa las llamas más ardientes del holocausto patrio, evitada toda sensiblería panfletaria de kamikaze fanático. Desde la orgánica evolución del niño Pepe, se pueden revisitar, avizorar, etapas de la historia cubana, reducidas a positivistas esquemas en los libros de historia.
Luego de otear la Cuba profunda con Viva…, la Cuba cincuentera, con La edad…, y la Cuba preindependentista con El ojo…, otra producción viene a remontar nuevo sendero, abierto nuevo intersticio en el monocromo pendón que homogeniza la plural Isla, asumiendo otro ángulo en el tratamiento de la infancia. Mientras que las cintas precedentes era más caras, por su sino psicológico-intimista, a la recepción de públicos adultos, Habanastation (Ian Padrón, 2011), estrenada en todos los cines cubanos desde el 25 de julio, viene a concretar las intenciones iniciales del filme de Cremata, de producir una obra sobre niños y para los niños, no carente de atractivo para los padres.
Desde la perspectiva ya esgrimida por filmes como Testigo (Peter Weir, 1985), Danzando con Lobos (Kevin Costner, 1990), El último Samurai (Edward Zwick, 2003), Avatar (James Cameron, 2010) y otras, que plantean el (re)descubrimiento por parte de un ente extraño y extrañado (bien por su origen foráneo, bien por el deslinde de sus esencias), de realidades otras que transcurren paralelas y ajenas, se sumerge Padrón, con su primer largometraje de ficción, en el mundo de las relaciones afectivas entre niños procedentes de sajaduras de una Cuba para nada unitaria o monolítica, sino gradada en diversos estratos socioculturales, signados muchos por el patrimonio material como signo de alcurnia de clases, bien perfiladas ya en la cartografía de la Isla.
El Playstation 3, sofisticada generación de consolas de videojuegos, deviene pretexto para desencadenar la acción durante las 24 epifánicas horas, en que el aristocrático Mayito (Ernesto Escalona), impecable pionerito, vanguardia del estereotipo, se extravía durante un desfile del Primero de Mayo, y (re)conoce al “buen salvaje” Carlos (Andy Fornaris), “mala cabeza” del aula. Se articula entonces una armónica relación de reconocimiento mutuo, entre la genérica Habana uptown de Playa, Miramar y Siboney, y la downtown de Centro Habana, Guanabacoa, Regla, Alamar, Habana Vieja y tantos otros barrios ajados, entre cuyas cicatrices circula la savia de la Cuba Profunda, de pandillas, peleas de perros, bembés, fe religiosa, brega cotidiana por la supervivencia y la pecunia.
Se sostiene la cinta en la interacción entre los dos opuestos complementarios, cuyos orígenes no se busca enjuiciar o exaltar, excepto los consabidos rasgos negativos de la excesiva crianza señorial y de la marginalidad extrema, selvática, donde hay que matar para no ser matado y mirar a los ojos cuando se tiene más miedo. Al fin y al cabo, al que Dios se lo dio… El caso es que el despliegue histriónico de los jóvenes actores, formados en la compañía teatral La Colmenita (al igual que Viva Cuba), define la verosimilitud y organicidad de este dueto principal, apoyado por un elenco de niños y consagrados, muy adecuados todos en sus roles, sin excesos ni remontes interpretativos que realcen a nadie en detrimento del resto. Aunque sí es permitido disfrutar los simpáticos cameos del siempre preciso Raúl Pomares, Herón Vega y Rigoberto Ferrera; un coherente secundario de Omar Franco; una sólida abuela de Miriam Socarrás; la orgánica y temperamental madre asumida por Blanca Rosa Blanco, en contraposición con un excesivamente farsesco director encarnado por René de la Cruz (Hijo), y un moderado Luis Alberto García.
El oficio narrativo de Padrón Jr., consigue estructurar una fabulesca historia de suave comicidad, sutiles referencias e influencias estéticas de cinematografías foráneas, que oxigenan cansados y previsibles algoritmos: dígase la secuencia introductoria, donde la rutina matinal de Mayito y Moraima (Blanca R.), mimetiza las comedias domésticas estadounidenses, desarrolladas en urbanizaciones chic, o el sutil guiño hecho a Pandillas de Nueva York (Martin Scorsese, 2002), cuando el grupo de amigos se autodenominan Los Nativos, por motivos semejantes: haber nacido en el suelo patrio, en este caso el ficticio barrio de La Tinta.
Lo demás es pura disolución de barreras clasistas entre los niños cubanos, sin estigmatizar las castas de “nuevos ricos”, cuya existencia es resultado natural de la competencia y la competitividad inherentes al ser humano. Mayito conoce realidades otras, más allá de su mansión. Carlos accede a placeres lúdicos más allá de su alcance monetario. Mayito aprende a luchar por lo que quiere, a compartir. Carlos aprende a evitar la ira cavernícola que se satisface en la eliminación del adversario, imponiendo respeto sobre las masas. Mayito y Carlos se hacen amigos y se complementan en nostálgica elegía a la infancia montaraz de papalotes, pandillas, deportes bajo aguaceros, pelota de trapo barriotera.
La cinta no busca cuestionamientos sociales o indagaciones filosóficas densas, que enrarezcan la diafanidad de la anécdota, a fuer de pecar de cierto pintoresquismo en la concepción del barrio. Queda garantizada, no obstante, su asequibilidad para los públicos más variados, sin llegar a ser un filme demasiado “doméstico”. Llegando a ser una cinta entrañable, gracias a la hábil facturación de los personajes, adecuadamente matizados e imbricados, como fundamento definitorio de la obra. Súmese a la fórmula la orfebrería narrativa de Ian Padrón, sostenida en el hábil montaje de José Lemuel y la fotografía precisa y cálida (aunque no tropicalista) de Alejandro Pérez.
Habanastation asciende a la palestra del cine cubano como céfiro refrescante, cual niño travieso que diluye el mal humor de los rostros adultos con sus ocurrencias y su visión casi siempre optimista de la vida porvenir.
4 Marcel P. Graham. 20|9|2011 a las 12:01
Pues yo discrepo de principio a fin. Soy Cubano Americano y he programado otras cintas Cubanas que se acercan a la niñez en festivales internacionales y me parecen muy superiores a esta en el sentido cinematográfico, o sea, en como se maneja el lenguaje del cine en ellas y como se insertan sin conflicto en las corrientes narrativas contemporáneas. Pienso en “La edad de la peseta” y “Viva Cuba”. Aunque la primera no es para niños, si se alude al crecimiento de un infante, a la vez que se derrumba una familia y se genera una nueva nación. La segunda, un delicioso filme de aventuras al que Habanastation se acerca en el tono, pero se aleja en muchas otras zonas.
Una cosa es hacer cine para niños y otra es hacer cine como niños. La cinta es obvia de principio a fin, ingenua por completo, ñoña. No se cuanto llevas de espectador cinematográfico, pero los recursos narrativos de esta película están en decadencia tras la época dorada del cine mexicano. Hablar de fotografía no es halagar lo bello u horrible que pueden resultar los encuadres, sino analizar como la cámara narra y en este filme la cámara no nos dice nada, solo narran las palabras muchas veces mal dichas de sus protagonistas. La música, aparte de ser ecléctica en extremo sin sentido alguno, pasa de ser propia de un film de Doris Day (con el encuadre de la regadora del jardín) a acompañamientos anímicos, arquetipo de telenovelas venezolanas. La edición sí está entre los logros de la película, muy atinada y arrítmica; las actuaciones, desiguales. Inmejorable el chico jefe de la pandilla de “los malos”, veo a un gran actor en él. ¿Éxito de público? -0bvio. Nada es más exitoso que un CULEBRÓN y este, aunque compacto en dos horas, lo es. Tienen que ver mas cine, tanto el que escribió este artículo desde una inocencia pasmosa hasta el que escribió este guión y la dirigió. Había que apelar a Mark Twain en “The Prince and the Pauper”, también destinada a niños y jóvenes, también relatando los dos mundos dispares y cercanos, pero desde la intensidad de un adulto culto y maduro, no desde la superficialidad. Aplaudo la intención de los creadores de revelar estas dos habanas, pero detesto la frivolidad del hecho.
Entiendo que te hayas fascinado con el film, está acorde a como escribes, pero no intentes vendernos gato por liebre. No le inventes discursos sólidos a lo que te apasiona, déjate llevar por su ligereza y disfrútalo.
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