Actualizado el 6 de octubre de 2012

Sí, después de la guerra, existe el amor

Por: . 3|10|2012

Los desastres de la guerraAferrarse a la vida ha sido la consigna del hombre durante su existencia. Sin importar la hostilidad del medio, el ser humano no ha perdido la fe a través del tiempo y siempre ha emprendido el camino (figurativo o no) para recomenzar. Lo cierto es que, en ocasiones, cuando parece que la humanidad ha decaído hasta llegar a sus instintos más básicos, también se las ha ingeniado para, de forma milagrosa, (y digo milagrosa con toda intención) no perder la espiritualidad. Esto lo sabe el realizador Tomás Piard y lo aplica en su más reciente producción cinematográfica, Los desastres de la guerra, estrenada el pasado 25 de septiembre en el cine Charles Chaplin de La Habana.

Protagonizan esta nueva obra de Piard los jóvenes Orián Suárez, Edgar Valle, Dayron Moreno, Carlos Vives y Adrián Olivares, algunos recién egresados y otros estudiantes de la Facultad de Medios de Comunicación Audiovisual del Instituto Superior de Arte (FAMCA), junto con actores de experiencia como Renny Arozarena. En formato 16,9 mm y con sonido digital 5.1 se exhibirá en toda Cuba a partir del 4 de octubre.

Los desastres de la guerra es un homenaje al cineasta japonés Akira Kurosawa y a su pueblo, única nación del mundo víctima de un bombardeo nuclear. Piard afirmó que la idea de realizar esta película surgió a partir de las noticias que a diario ofrece la televisora multinacional teleSUR sobre la violencia en el mundo. De manera particular “me inquietan y entristecen mucho las muertes que ocurren en Siria y otros países de Oriente Medio, porque es una región que conozco en lo personal”, acotó.

La cinta de ciencia ficción, coproducida por el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos, el Instituto Cubano de Radio y Televisión y la FAMCA, cuenta la historia de siete personajes que se enfrentan a una situación límite, reducidos a un estatus poco más que bestial, y su lucha por mantener los valores en el entorno adverso.

Los viajeros se deciden a buscar el mar (principio de todas las cosas y al que, según el autor, se debe retornar para dar origen a un nuevo ciclo evolutivo), después de la devastación provocada por un ataque nuclear. La travesía les servirá de pretexto para explorar las más hondas pasiones humanas y también los vicios. El camino que seguirán hasta el océano será la materialización del ciclo vida-muerte-vida y además el móvil para la evaluación propia de ellos como sujetos y de la humanidad.

Guiados por un “mesías”, hombre distinto que viste de blanco —uno de los aciertos de la dirección de arte—, los siete sobrevivientes conforman una suerte de familia (de esta forma se autodenominan) que restaurará la concepción de esa institución como núcleo social y que les permitirá, no solo transformar su entorno al entrar en contacto unos con otros, sino transformase a sí mismos e ir recuperando la condición humana que les fuera arrebata.

Apoyada en la tesis de que el hombre solo puede sobrevivir si no pierde la fe, la cinta derrocha espiritualidad, demostrándonos que, sin importar los conflictos, de manera latente en cada uno de nosotros, hay un creador de milagros. Los desastres de la guerra aboga por el amor en su sentido más amplio, el amor entre los hombres de forma genérica, única y verdadera forma de salvación que yace latente y que permite reinventarse constantemente.

Paralelamente a lo anterior —y a su vez en contraposición—, la película sostiene la premisa de la crueldad del hombre contra sí mismo y contra los suyos, el odio visceral que de continuar creciendo llevaría a la destrucción de la humanidad tal y como la conocemos. Muestra, además, las más libidinosas pasiones, llevadas a grado extremo. La deshumanización, la crueldad, el canibalismo, el robo, el asesinato, el hambre y la muerte son mostrados con el más cruento salvajismo, causados por la desesperación y, sobre todo, por la soledad y la alienación de los sujetos. Es por esto que la sangre (abundante también en las escenas) se contrapone al agua purificadora del océano. Razón que le ha valido a la cinta el título de futurista y violenta.

Por supuesto que los siete no llegarán al final del camino y esto es otro de los aciertos de la película: la referencia a aquellos que perecen sin ver la solución. Pero su mayor virtud es, sin dudas, la visión esperanzadora de la misma, nada de Lars Von Trier aquí; el hombre puede salvar su esencia mientras no se rinda en su búsqueda. El hombre puede dudar, pero no puede dejar de creer, de esta forma poseerá siempre el milagro de la vida.

Para lograr que el receptor decodifique estos mensajes de manera eficaz, el filme se vale principalmente de la gestualidad de los personajes, utilizando muy poco el diálogo para dar solución a los conflictos. Al respecto el realizador dijo: “Yo creo que cuando los seres desarrollan una espiritualidad, sobre todo como la del protagonista, las palabras sobran. A partir de esa base fue que yo construí el guión, utilizando el texto sólo cuando era imprescindible. Mis personajes no necesitan hablar porque ellos están en otra dimensión, de ahí que basta un cruce de miradas para comunicarse entre ellos”.

Por su parte, la música es otro elemento que el director apenas utiliza. El encargado de componerla fue Juan Piñera, quien creó para la ocasión varios temas que se acercan y se asocian a la música japonesa.

La dirección de fotografía a cargo de Alán González es una de las joyas de Los desastres de la guerra; la cámara sigue fielmente cada uno de los movimientos de los actores y los dota del significado exacto que el creador persigue, provocando en el espectador las más diversas reacciones.

Los desastres de la guerraSobre las múltiples escenas de batallas, Tomas Piard confesó: “Esta realización posee, durante el transcurso de la trama, innumerables combates. Detrás de ellos están solapados muchos de los objetivos que me tracé cuando concebí el guión. Esta película es muy distinta a mis otros trabajos, pues tiene, en primer lugar, otra manera de narrar los hechos. Quizás se pudiera pensar que ese sea uno de los motivos que la harán merecer una mayor atención por parte de los receptores”.
Por supuesto, no todo es color de rosa y la producción deja mucho que desear en cuanto a dirección de actores, y el poco texto que se dice es, en ocasiones, estereotipado y kitsch. El montaje es otro punto débil de la producción. Según Piard, para el joven equipo de realización este filme fue un gran desafío, caracterizado por numerosos efectos visuales, difíciles de lograr en muchos casos debido a la escasez de equipos tecnológicos y a la inexistencia en Cuba de una industria especializada en esos menesteres.

En cuanto a la progresión dramática el filme obtiene un resultado decoroso, con puntos de giros bien pensados, detonantes realistas y un clímax que nos demuestra la tesis del director: no hay excusas, la vida siempre es posible.

Si revisamos la filmografía del autor de Los desastres…, encontraremos que no es la primera obra de tema catastrófico que emprende. A decir de él mismo: “En 1966, fecha muy lejana, cuando hice mi primer filme, Crónica del día agonizante, con los amigos de la Secundaria Básica, la cinta tuvo como argumento el destino de cuatro personajes durante el último día de la vida en este planeta. Esto sucedió mientras se hablaba que iban a fabricar bombas de neutrones. En 1979, un poco más acá, filmé La Espiral relacionada con otra guerra final y el destino de los sobrevivientes. En 1997, en España, rodé Dies Irae, otra versión apocalíptica del fin del mundo inspirada en la explosión de Chernóbil. En el 2001 rodé una coproducción entre Galicia, Suiza y Cuba, Finis Terrae, inspirada en el filme soviético Cartas de un hombre muerto, de Lupochavski, que solo se proyectó un día en la Sala Varona de la Universidad de La Habana. La noche del juicio fue la primera parte de un díptico, en este caso el posible fin de la vida a consecuencia del cambio climático. Y ahora, en el 2012, la segunda parte, Los desastres de la guerra, es la reafirmación de la vida después de la muerte producida por una guerra global atómica”.

Al preguntarle qué quería decir con su último filme expresó: “Todos los días y noches veo las noticias sobre lo que está sucediendo en el mundo y, precisamente, no son noticias alentadoras. Realmente, siento que si las cosas siguen por donde van, no quedan muchas opciones de continuidad. El egoísmo humano está totalmente desbordado. Por eso en Los desastres de la guerra anuncio: estén alertas… no sigan por donde van; pero si siguen insistiendo en destruir este milagro, a pesar de todo, tiene que haber una esperanza”.

Tomás Piard nació en La Habana el 28 de julio de 1948. Es Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de La Habana y en Arte de los Medios de Comunicación Audiovisual por el Instituto Superior de Arte de Cuba. Máster de Dirección y Realización de Televisión en la Escuela de Imagen y Sonido de Benposta, Galicia, España y ha realizado, además, cursos y postgrados en Museología, Arte Oriental, Psicología Infantil y de la Adolescencia y Dramaturgia de la Telenovela, entre otros. Ha participado en varios festivales de cine y video. Sus películas se han exhibido en París, Venezuela, Puerto Rico, España, Gran Bretaña y Costa Rica.

Ha sido jurado en certámenes cinematográficos nacionales e internacionales. Es miembro de la Unión Nacional de Escritores y Artistas (UNEAC) y profesor de la Facultad de Arte de los Medios de Comunicación Audiovisual del Instituto Superior de Arte, en Cuba, de la Escuela Gallega de Cine, Vigo, España y de la Escuela de Cine de la Universidad Veritas de San José de Costa Rica. Ostenta, además, la Orden al Mérito Artístico, otorgada por el Ministerio de Cultura de la República de Cuba.

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