Actualizado el 21 de diciembre de 2012

Dossier en torno al programa A otro con ese cuento

Imagen de la mujer en el humor televisivo

Por: . 16|12|2012

A otro con ese cuento¡A OTRO CON ESE CUENTO!

Por Yadira de Armas Rodríguez

Hablar de humor en la Televisión Cubana resulta, en estos últimos tiempos, un tema peliagudo y controversial. El género ha acaparado los más recientes debates y polémicas en el medio televisivo y, si bien es cierto que varias han sido las propuestas humorísticas estrenadas a raíz del verano, en la mayoría de los casos la hechura y calidad de los programas dejan mucho que desear. En este sentido, uno de los espacios más cuestionables resulta A otro con ese cuento, que bajo la dirección de Delso Aquino se trasmite actualmente en las tardes del domingo por la señal de Cubavisión.

Concebido como el sucesor de Pateando la lata, el espacio retoma algunos recursos y personajes que caracterizaron a aquel en su momento. Pero cabe cuestionarse: ¿es que acaso se pretenden retomar estereotipos, actitudes pretéritas y poco hilarantes que en su día identificaron a Pateando…? Desafortunadamente la respuesta parece ser positiva. Por lo que hasta el momento se puede apreciar en pantalla, los viejos axiomas y presupuestos de dicho programa para nada han sido desterrados. Las diversas secciones con las que cuenta su más reciente versión representan situaciones e instantes humorísticos que en muchos casos carecen de risibilidad. Actuaciones poco convincentes, chistes anodinos y poco elaborados, que lindan con lo banal y superficial, son algunos de los elementos que atentan contra la eficacia del espacio.

Sin embargo, uno de los aspectos más preocupantes resulta sin dudas la imagen de la mujer que desde este se construye y difunde. En él solo se potencian las cualidades físicas y sensuales de las féminas, mientras que su capacidad intelectiva queda relegada a un segundo y hasta tercer plano. Basta recordar la presentación donde las conductoras (Laura Moras y Heydy González) aparecían con unos pullovers en los que se leía “Mango”, donde la marca se convertía en mera excusa para exponer el producto femenino. Y es que si bien, los programas televisivos deberían “contribuir de manera eficaz a la difusión de la imagen y el papel que realmente desempeñan las mujeres en nuestra sociedad” (como reza en la Política de Programación del ICRT), en este caso sucede todo lo contrario. Muchas de las bromas conciben a las féminas como “tontas”, ingenuas, confinadas a las labores domésticas y, por supuesto, no faltan los chistes donde ellas son constantemente acusadas de promiscuas e infieles.

Los modelos trasmitidos en A otro… recolocan los paradigmas que históricamente han sido creados sobre las mujeres, reforzados y legitimados por el patriarcado; todo ello potenciado por un casting donde las elegidas resultan ser solo jóvenes bonitas, de cuerpos esbeltos, sexys, perfiles que para nada responden a la imagen real de la mujer cubana. Desgraciadamente, hoy día son muchas las que, una vez en pantalla, disfrutan de dichas representaciones debido a la naturalidad con que el tema suele abordarse en los medios de comunicación masiva.

Es por ello que, mientras no se establezcan mejores mecanismos para evaluar la calidad de los programas; mientras no se razone y se dialogue en torno a los límites que imponen la ética de los espacios televisivos, propuestas como estas nos harán cuestionarnos hasta dónde se ha avanzado “realmente” en términos de representación de la mujer y cuál es el futuro del humor en la pequeña pantalla. Por ahora, ¡a otro con ese cuento!

A otro con ese cuentoA OTRA CON ESOS CHISTES

Por Loliett Marrero Delachaux

Reír ha sido siempre el consejo de los sabios, por el bienestar que brinda tanto al cuerpo como al alma del individuo. Reír de felicidad, de alegría, o simplemente por escuchar buen humor. Sin embargo, hace ya un tiempo, el pueblo cubano no puede disfrutar de un buen programa humorístico de televisión. Esa es quizás la pata conque cojea la División de Dramatizados del ICRT. Actualmente, pudiéramos decir que, salvo una excepción, que está haciendo su mayor esfuerzo por crear situaciones de comicidad, a la vez que reflexiona acerca de la vida — el caso de Vivir del cuento—, el resto de la parrilla humorística, que no es cuantiosa tampoco, exhibe programas de un humor burdo como en A otro con ese cuento o mantiene al aire guiones agonizantes a los que hay que dejar morir como Deja que yo te cuente.

Está claro que las condiciones para la realización a veces no son las mejores, pero hacer un humor aceptable no exige mucho, sólo buenos artistas y buenos guiones. Un programa donde está faltando uno de esos dos ingredientes es el ya mencionado A otro con ese cuento, y considero que específicamente falta el segundo. No creo que la escogencia de los personajes haya sido el mayor conflicto, sino que más bien el error radica en un guión superfluo, de chistes absurdos, poco inteligentes y repetitivos.

La mezcla de artistas consagrados con nuevas figuras siempre es saludable, en tanto los primeros tributan con la experiencia y los segundos aportan la frescura. Pero ello no cuajó en este proyecto, lo que se hace perceptible cuando vemos a un humorista como el que interpreta el papel de Pipe (en Pipe y Papo) estancado en un personaje y embobecido con los mismos chistes que años atrás nos hicieron reír. Por otra parte, jóvenes que han incursionado en este género como Heydy González, se han visto atrapadas en personajes que dejan mucho de que desear respecto a sus trabajos anteriores.

Precisamente, una de mis mayores preocupaciones radica en el tratamiento de las féminas en el programa. Alrededor de estas han construido un arquetipo de mujer cubana, es decir, un modelo ideal, supremo, caracterizado por la belleza física, la buena figura y, según el guión, la poca inteligencia. Los chistes de mujeres —los cuales tienen incluso una sección—, no hacen más que acentuar esta descripción. Por lo tanto, de arquetipos pasan a ser estereotipos de mujer, pues lo que las actrices proyectan no es más que una concepción simplificada de la mujer cubana, creada por un grupo de personas y transferida al espectador. El llamado chiste feminista está totalmente vaciado de contenido, pues no hace relucir la libertad que han logrado las mujeres, sino que crea un tipo específico de ellas.

Otras discusiones podrían derivar de un análisis más detallado de este programa. En lo que a mí respecta, el tema de la mujer es el peor tratado y prefiero, antes que seguir la filosofía de Joseph Klatzmann de “reír para no llorar”, cuestionarlos, para luego poder decir: “a otra con esos chistes”.

LA SUTILEZA DEL SIMULACRO

Por Ariadna Rivero González

A otro con ese cuento es actualmente uno de los programas humorísticos que transmite la televisión cubana. Anclado sobre la base de la comedia de situación —donde el humor se da esencialmente a través del desarrollo de una breve trama, la personalidad de sus protagonistas y sus reacciones— nos presenta zonas específicas de nuestra realidad, resaltando la arista absurda, ridícula, y en ocasiones risible.

A través de disímiles secciones: cámara oculta, tablazos o el espacio del clip, A otro con ese cuento nos recuerda a uno de los programas más aclamados por la audiencia nacional en su momento: Pateando la lata. A diferencia de este último, mucho mejor elaborado en cuanto a dramaturgia, puesta en escena y selección de actores, el programa evidencia ciertas lagunas e insuficiencias que dejan mucho que desear.

En este sentido, una de las faltas que más salta a la vista es la representación estereotipada del sexo femenino. Otra vez vemos a la mujer como el sexo débil, ingenuo, pasivo que reafirma la tesis y el deseo de la entronización del sujeto masculino. La visión de la fémina como ama de casa, objeto sexual y ente superficial parece que no ha sido superada; la mujer debe ser bonita o no es mujer, parece decirnos Delso Aquino en cada emisión. La supremacía de lo masculino se erige, minimizando la sentencia de que el género humano no existe fuera de la dualidad masculino-femenina, y que la sociedad se desarrolla y evoluciona a través de relaciones fundadas en la alteridad de los sujetos.

El programa nos lanza constantemente un cúmulo de interrogantes respecto a la mirada que tienen los medios sobre este tópico, y sobre la posición de la mujer en la sociedad contemporánea. ¿Será que estamos retrocediendo en la historia? ¿Giramos nosotros en una órbita aparte del resto del mundo con un desfasaje considerable de aliento moderno? No, por supuesto que no, esto no debe ser más que una broma pesada.

Nuestro escenario está ávido de nuevas e interesantes propuestas si del terreno humorístico se trata. Mucho nos queda por hacer en este sentido, pero podríamos empezar por eliminar las visiones retrógradas y nostálgicas que tanto daño nos hacen. A otro con ese cuento podría ser una de esas atractivas proposiciones siempre y cuando intente —desde el más sano humor—, entretener, sí, pero también educar.

A otro con ese cuentoHAY QUE TENER CUIDADO

Por Dagneli Abad López

Muy pocas veces me siento un fin de semana frente al televisor, pero mi sorpresa fue grande cuando a las siete de la tarde del domingo pasado transmitieron por Cubavisión el habitual programa A otro con ese cuento. Más allá de su débil factura técnica y de su dudable intención humorística, este espacio televisivo se regodea en la ridiculización de determinados entes sociales —y hasta estereotipos— que se han generado con la propia situación de nuestro país, utilizando para ello “chistes” que muchas veces resultan banales y poco atractivos.

Problemas estéticos, de guión, técnicos… Pero lo que más preocupa es que sus realizadores no parecen enterarse de que la televisión funciona como medio de información masiva y que puede ser utilizado como vía de comunicación para generar, combatir, e incluso afianzar ideas, pensamientos o nociones —establecidas o no—, ante un público amplio. De ahí que afloren concepciones entendidas como “machistas”, vinculadas a creencias y prejuicios muy arraigados en el imaginario del hombre desde su surgimiento, arrastrando consigo preocupaciones morales que aún hoy influyen en gran parte de la vida humana y que este espacio, sin darse cuenta, está reforzando.

Surge entonces el problema de género en la televisión como punto importante. Sin quererlo, A otro con ese cuento pone de relieve la supremacía del hombre sobre la mujer, prevalece la idea del macho como dueño y la dominante masculinidad se impone. Las féminas quedan relegadas a la imagen de sex symbol a lo Marilyn Monroe, objeto surtidor de erotismo y sensualidad cuyo designio debe ser siempre otorgar placer al hombre, siendo su rol satirizado y transformado en aras de hacer reír.

A través de la comedia, y sin intención aparente, la mujer queda estereotipada de dos maneras: aquella en la que se presenta como una joven atractiva de buen cuerpo y poca mente, u otra donde la fealdad, la bata de casa y los rolos son sus accesorios preferidos. En cualquier caso se ridiculiza su imagen y se desvirtúa su papel como ser humano que también forma parte de la sociedad.

No pocos han hablado de la difícil tarea de hacer cine y más aún televisión. Este universo lleno de códigos, símbolos e imágenes complejas —aptas para ser organizadas coherentemente—, es un medio que trabaja sobre el público y tiene grandes influencias en él. Y hay que tener cuidado, pues en muchos de los casos puede resultar fatal.

A otro con ese cuento debería ser reevaluado; no funciona como programa para hacer reír, sino para poner de relieve, desde la vulgaridad y el mal gusto, los problemas sociales y de género. Lo que se necesita son espacios que hagan reflexionar a los televidentes.

LAS MUJERES CAPACES HABLAN POR SÍ MISMAS

Por Yudinela Ortega Hernández

No se nace mujer, se llega a serlo.
Simone de Beauvoir

A otro con ese cuento, programa humorístico que durante la temporada estival retomó el concepto que anteriormente había encarnado el espacio Pateando la lata, parece que ha llegado para quedarse en la preferencia del público nacional. Si bien podemos considerarlo una opción televisiva refrescante —por las caras jóvenes que le otorgan ese aire veraniego y por la concordancia entre su estructura desenfadada y el momento para el cual fue pensado—, suman más los desaciertos que lo colocan en la siempre trillada fórmula del “más puro humor cubano”.

De los temas caricaturizados, me interesa analizar un único tópico, el referente a la posición de las mujeres dentro del humor que se hace en nuestro país. Para ello, es necesario detenerse en la sección “¡Ay mujeres!”, donde cobran vida las situaciones más triviales, cuyas intérpretes somos nosotras, las cubanas del siglo XXI. Y una vez descubierta la esencia del espacio reservado a nosotras, cabe preguntarse: ¿qué mujer es esta?; ¿la que a simple vista es solo una armazón que se mueve por inercia?; ¿la que ostenta de… pero carece también de…, o la marioneta conducida por los hilos de la sociedad patriarcal? Los sketches dejan mucho que desear, son de mal gusto, sexistas y poco elocuentes, sin hablar de que en muchos casos las actuaciones resultan aparatosas y fingidas. Siempre resaltando la incapacidad, la idiotez que minimiza, pero que hace sexy a la mujer (apelando al estereotipo de rubia tonta) o la rudeza calculadora con que dominan a los hombres para lograr un objetivo. ¿Son estas las mujeres que hablan por la mayoría de las cubanas? No lo creo. Somos más que eso.

Es un hecho que, gracias a la madre natura, muchas somos mujeres hermosas y a la vez suspicaces, ¿por qué entonces ese gusto manido por separar belleza de la inteligencia? Ser mujer no es acatar sumisamente, ni apelar a la ridiculez para parecer interesante, no es crecer a la sombra del machismo ancestral, no es usar falda ni acentuar el escote. Es buscar la posibilidad de expandirse, de demostrar un sentir legítimo sin construcciones banales que degraden nuestra condición, es hacer uso del cuerpo y la mente a favor de nosotras mismas. Ya basta de querer encasillarnos, de restarnos de esto y sumarnos de aquello, hemos sufrido en demasía y hemos luchado para acabar con el estigma que ha marcado desde siempre a nuestro sexo, para que se nos ridiculice de tal manera.

A otro con ese cuento no hace fe a la verdad que intenta profesar, su objetivo es romper con las nociones que se tienen de la mujer, pero lo que consigue es alimentar esta actitud. Se contradice y reproduce hasta el cansancio la vacuidad de un tipo de fémina que, aunque existente, no es patrón a seguir. Su mayor fallo radica en no reconocer que, para ser mujer, se necesita más que una condición sexual y estética: se necesita de una actitud y un compromiso que va más allá de lo individual, para trascender al género universal.

A otro con ese cuentoFEMME FATALE O LA FATALIDAD DE SER MUJER

Por Yudith Vargas Riverón

Escandalizada, estupefacta, indignada y furiosa me dejo el programa ¿humorístico? A otro con ese cuento, ente amorfo donde el mal gusto y la superficialidad pretenden hacer reír —jamás reflexionar— a la teleaudiencia cubana. Amén de la pésima factura estético-técnica con que opera el equipo de realización, su punto más débil es, a no dudarlo el guion, plagado de chistes epidérmicos que en su mayoría promueven esquemas masculinos de dominación, partiendo de habituales clichés (mujer objeto sexual, de escaso intelecto, “mujer florero”).

En ese sentido, es apreciable la tendencia minimalista de la puesta en pantalla: filmación en exteriores, simplicidad escenográfica y de iluminación, elementos que acentúan la baja o casi nula calidad del guion. Un análisis profundo de las situaciones representadas —fundamentadas en el respeto y la lucidez de las temáticas— haría de A otro… un programa mejor logrado.

Si bien se pondera el papel del macho dominante, el rol de las féminas en la sociedad se desvirtúa y ridiculiza. Incluso en el caso de representase a una dama en situaciones de poder el intento queda estropeado por las altas pautas satíricas de la puesta en pantalla. Por ejemplo, la esposa del borracho (Elda) se presenta como una viril señora; el personaje de la intelectual queda relegado a las viejas; las jóvenes atractivas profesionales solo se erigen cual objeto de deseo carnal, etc.

Entonces, ¿cómo es posible que en nuestra sociedad persistan trazas, no ya de machismo sino de irreverencia hacia la feminidad? ¿Es la televisión un espejo social o viceversa? De ser así, ¿por qué no se implementan representaciones efectivas y edificantes y son desterradas la superficialidad y la vulgaridad de tan malos guiones?

Los medios masivos tienen una importante trascendencia y responsabilidad en la educación de los pueblos. Por ello los materiales —incluso humorísticos— puestos a disposición de la audiencia deban revalorizar el papel del individuo en la sociedad sin atentar contra las especificidades de su género. A fin de cuentas humanos somos todos y el estereotipo no constituye definición: mejor es respetar y, sobre todo, amar. He ahí la esencia del buen arte.

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