Actualizado el 27 de junio de 2013

Animo, luego existo

Por: . 26|6|2013

Animo, luego existoQuien intente una taxonomía seria o al menos cartografiar dignamente el panorama del animado cubano contemporáneo, se las verá con un obrar plurilocalizado y heterodoxo, soportado en un hervor de influencias fundamentalmente foráneas y un perenne redimensionamiento formal. Lo cual evidencia, en primer e importante lugar, una fractura generacional con el desarrollo marcado por la bicéfala industria ICRTICAIC desde las décadas previas de 1960 a (más o menos) 2000.

Producción estable y bastante numerosa fue la de esas épocas, signada mayoritariamente por una concepción infanto-juvenil y didáctica, que se consagró a la divulgación de la cultura, la historia de Cuba y América Latina, la ciencia, los valores cívico-morales y políticos. Todo lo cual no fue óbice para la creatividad y la experimentación estético-discursiva de altos quilates. Existía, además, cierta área más lúdica y picaresca dedicada al público adulto, suerte de zona franca para la catarsis autoral bajo el protectorado de los variopintos e hilarantes Filminutos y su más discreto epígono televisual Coctelitos.

Las estéticas consolidadas de Juan Padrón (toda la franquicia de Elpidio Valdés y ¡Vampiros en La Habana!), Modesto García (Los Indocubanos, El Pararrayos), Tulio Raggi (El Negrito Cimarrón), Hugo Alea (Papobo), Manuel Lamar (Matojo), Cecilio Avilés (Cecilín y Coti) Reinaldo Alfonso (Marinero quiero ser, El abuelo de la Sierra) Hernán Henríquez (El agua y la higiene, La historia del fuego), Mario Rivas (El Bohío, Una leyenda americana), Gaspar González y Luis Castillo con su horda de Chuncha, Paco Perico, Guaso y Carburo, estaban sostenidas por un sistema de producción cuando menos estable que si bien no tan voluminoso como para equiparar el consumo extranjero de guisa soviética, estadounidense y japonés de esos tiempos, a cambio consiguieron un espacio importante dentro de las preferencias de los públicos, mediante una sólida estrategia de programación, la enjundiosa concepción, el seductor y efectivo gracejo “criollo” de muchos.

Pero no fueron perdonados estos animados por los aciagos años ´90 del XX, que vinieron a sajar la lógica de creación-producción, en un momento tan clave para el mundo como la consolidación de la Sociedad de la Información y la expansión de las nuevas tecnologías de realización, almacenamiento, compresión y reproducción de audiovisuales, que conllevaron a la descentralización de los canales de distribución y la desjerarquización temático-cualitativa en el mejor y el peor de los sentidos. Súmese a esto el retroceso de los “muñequitos rusos” (junto a sus epígonos del campo socialista europeo) y el remonte monstruoso de corrientes tan contundentes como el anime japonés en todas sus vertientes, junto a las actualizadas legiones USA de Cartoon Network, Hanna-Barbera, el fenómeno The SimpsonsSouth Park y sus disímiles epígonos de acre humor socio-anarquista, Pixar, Disney y demás consorcios norteños, que prefiguraron una nueva esfera perceptual para los públicos y realizadores de esa generación.

Junto al tsunami más comercial, los cubanos re-accedieron desde nuevas dimensiones a prácticas casi desconocidas (o rechazadas) hasta el momento a pesar de lo añejas de algunas, entre las cuales destaca el stop motion y el claymation (animación de elementos de arcilla o plastilina), que han conquistado cúspides en los recientes decenios, con las ya clásicas obras de europeos como Trnka y Švankmajer. Hasta cierto punto fueron soslayadas o simplemente desconocidas las experiencias cubanas en estas lides, cuya cúspide es sin dudas el ignoto Papobo (1986) de Hugo Alea.

El divorcio con una realidad audiovisual cuya subresaturación ameritó una verdadera desintoxicación por parte de las audiencias, representada aún por la cierta tozudez de los viejos autores en activo de la industria por replicar hasta el infinito una postura añeja a todas vistas, desde el torpe tránsito de lo analógico a lo digital, redundante además en el embotamiento estético-discursivo de dinosaurios supervivientes como Chuncha, Paco Perico, Cecilín & Coti y El Negrito Cimarrón, más la inmersión en un océano referencial que no deja de seducir con sus constantes bizarrías, el ritmo trepidante y la innegable calidad de muchos; todo esto ha determinado prácticamente el reboot o “reseteo” creativo de toda una generación que ha asumido la animación casi desde cero, mimetizando y metabolizando los nuevos paradigmas y signos dramatúrgico-visuales, fundamentalmente nipones y estadounidenses.

DE LA INDUSTRIA (SOCIO)CULTURAL

La propia industria cubana del animado, con una irregular producción de franquicias de muy lento desarrollo, concentrada más en cortos unitarios, es así un hervidero estético donde no dejan de confluir las casi antagónicas generaciones mencionadas, coexistiendo y contrastando, para un mayor subrayado de la grieta.

En el caso de los Estudios de Animación del ICAIC, conviven obras como el mencionado Negrito… de Raggi (cuyos diseños característicos nacidos en el celuloide, rehúyen las técnicas digitales) con la muy formalmente “SouthParkariana” Fernanda, de Mario Rivas, el más actualizado de los “clásicos”, quien brega por sincronizarse; con un largometraje 3D de Meñique en lontananza, casi mítico como promesa postergada al infinito y más allá.

Perenne es el timoneo por sostener las premisas socioculturales históricas, basadas en la educación en los valores de las audiencias infanto-juveniles, ahora coqueteando con los códigos “novedosos” de los nuevos autores, como el caso de la serie Pubertad, de Ernesto Piña, o la más ágil estrategia de redimensionar añejos temas musicales para niños desde el video clip, con obras muy dignas como Vinagrito, El Gato Andaluz, El Niño Robot, Adivinador Adivina, Juan me tiene sin cuidado, Cae una gotica de agua o las canciones de la más actual Liuba María Hevia, como Estela, granito de canela y El Despertar.

La influencia japonesa, en relación a la economía de la animación además del trazo sencillo de alta expresividad, se advierte en la metabolización autoral de Ernesto Piña (M-5, Todo por Carlitos, Sin pelos en la lengua, Wajiros), realizador de guisa independiente, asumido por la industria para desarrollar la serie Pubertad, en pos de sincronizarse con el ritmo contemporáneo. Aunque no son escasas en este serial de dos temporadas, las ocasiones en que el didactismo engulle el gesto artístico y, restringe el explayamiento creativo de otras obras de Piña donde no se repara en la ejemplaridad y lo ejemplarizante de los personajes-tipos concebidos como protagonistas

Animo, pero existoOtro tanto tiende a suceder con la simpática detective Fernanda, concebida para públicos más pequeños, requeridos y receptivos de un tono más doctrinario en temas de los valores espirituales transmitidos por producciones foráneas como Dora, la exploradora y Go, Diego, Go!. Candidata a un largometraje que marcaría el desperezamiento saludable de una industria con sólo cuatro películas registradas, Fernanda deviene orgánica aprehensión de signos internacionales de probada efectividad, en función de una historia donde lo cubano no es forzado pintoresquismo sino sutil esencia que va auto-regenerándose desde nuevos estratos de sentido.

Esto sucede también con el hilarante Los Ninjas (René Martínez, 2012), afortunado rescate audiovisual por parte de la División de Programas para Niños y Jóvenes del ICRT de la historieta homónima que el humorista José Luis publicó a finales de la década de 1980, en la extinta revista Cómicos. Donde lo educativo es norma, la diversión más llana, la heredera del natural choteo cubano deviene alternativa. Nada de “positivos” ni “morales” tienen este par de puros antihéroes: Kukio Matraka (el gordito ninja de negro) y Pepichiro Tareko (el delgado ninja de blanco), cual reencarnación de inefables duetos a lo Laurel & Hardy y Abbott & Costello.

También apreciable intento por desafiar cualquier reduccionista concepción es el cortometraje realizado en los Estudios ANIMA, del ICAIC en Holguín, intitulado Abdala: El retorno de los señores de Xibalbá (Adrian López, 2011), dotado de una impactante e inusual (para Cuba) visualidad de pretensiones realistas, tributaria directa de las estéticas del anime realista (Vampire Hunter D: Bloodlust y Dante´s Inferno), de temáticas caras a la space opera (Titan A.E. y Los hijos de la lluvia) y a la aventura fantástica (Atlantis: The Lost Empire). El propio diseño antropomorfo de los personajes, la complejidad de sus personalidades, la explícita violencia de las escenas de combate y la trágica densidad de la trama trascienden todo prejuicioso menoscabo a la animación como arte menor, en franca apelación a zonas etarias más diversas. Abdala… intenta ser consecuente con la más ecuménica percepción latinoamericanista de Martí. Salva toda estrecha barda nacionalista, hacia una más ambiciosa revalidación del mythos y el epos de Nuestra América toda, sin hacer ascos de los códigos estatuidos por las grandes productoras occidentales y niponas de animados y videogames.

Hacia las aristas más líricamente elaboradas a que conduce el stop motion gira una vez más el compás de la industria cubana en épocas recientes. Dentro de esta emergente tendencia en Cuba, sin dudas logran destacar como signos de una futura plenitud, la comedidamente emotiva y cualitativamente facturada 20 años (2009), del matancero Bárbaro Joel Ortíz, quien también dotó de unos bellos minutos stop-motion a la coral y multinacional producción El camino de las gaviotas (co-dirigida con Alexander Rodríguez, Sergio Glenes & Daniel Herthel, 2010/2011); y el muy reciente La Luna en el Jardín (Yemelí Cruz & Adanoe Lima), suerte de sumatoria referencial y pastiche técnico donde se distinguen claramente la estética del australiano Anthony Lucas (The Mysterious Geographic Explorations of Jasper Morello) en las secuencias inicial y final, resueltas desde la más pura CGI; y los presupuestos del mencionado dueto Burton-Selick (generadores de cintas antológicas como The Nigthmare before Christmas, y James and the Giant Peach) en las escenas principales.

DE LOS INDEPENDIENTES EN COLORES…

En el mismo contexto del stop motion, pero volcados hacia el video clip y las audiencias más crecidas, se mueven los holguineros del proyecto Esporas, validados en el contexto nacional gracias al premio Lucas otorgado a la obra Renacer (2011), de música electrónica, donde tiene un papel predominante la pixilación (animación de seres humanos). Esta tendencia validada por clásicos como Norman McLaren (Neighbours) y recientes como Oren Lavie (Her morning Elegance), es igualmente emulada por Ivette Ávila con La Costurera (2010) y por Karel Ducasse & María Elisa Pérez en Maqueta para un adiós (2012), cortometrajes también dirigidos a públicos juveniles-adultos.

De pretensiones más filosóficas y poéticas es la incursión de Ivette en la claymation, intitulada La Cabeza (2010), co-dirigida con Ramiro Zardoya. Agrupados ambos creadores en la independiente Cucurucho Producciones, han gestado además las minimales y breves series 2D Los Cabezones y Cartoon Sutra (2010), encarnaciones animadas de la concisa gráfica de humor blanco con alta carga simbólica, concebida por quien firma Zardoyas.

Desde el barroquismo preciso, La catedral sumergida (Yolyanko William, 2007) es verdadero poema visual que remonta la senda del video arte con su onírico periplo por un lugar fuera del común espacio-tiempo, compuesto desde el dibujo no articulado, pues a cargo está la cámara de realizar el gran travelling que “anima”en cuestión la obra, adquiriendo todo una subjetiva y polisémica postura, realzada por una banda sonora de ignota solemnidad.

En el panorama del animado contemporáneo cubano para adultos —o pudiéramos llamarlo “de arte”—, los aires contemplativos de la obra de William son compensados con la oscura grandilocuencia de la danza espartana de los refrigeradores suscitada en La segunda muerte del hombre útil (Adrián Replanski, 2010). Este es, probablemente, el material cubano donde el CGI se ha empleado más a fondo, en pos de conseguir la tenebrosa organicidad de un Tomasz Bagiński (La Catedral, Fallen Art), relativamente atemperada al contexto cubano, a la vez que gesto de extrañamiento con el empleo del idioma ruso. Nada gratuito esto, en tanto la huella de la antigua URSS resulta aún arista soslayada del transcurrir cultural cubano.

El diseño sucinto a lo Billie’s Baloon, de Don Hertzfeldt, y la dimensión simbólica caracterizan igualmente al joven animador tunero Marcos Menéndez, cuyas piezas de agrio tono e ínfima duración, como La prisión (2010), Lluvia de estrellas (2011) y Bienvenido al cielo (2012), desembocan, más allá de las respectivas anécdotas política, ecológica y social planteadas, en fábulas lóbregas sobre la naturaleza agresiva del ser humano y su tendencia a la rapiña del prójimo.

El rigor artístico es para nada obligatorio sinónimo de “denso”, pero sí de “sincero”, y no tiene que reñirse incontrovertiblemente con el gracejo y la vivacidad atractivas para los públicos mayoritarios, quienes consumen por vías casi siempre alternativas obras como la del cienfueguero Víctor Alfonso y su serie Dani y el Club de los Berracos (2009, 2010 y 2011). Los simpáticos antihéroes adolescentes Dani, el Chino y Mauricio, triple alter ego de su creador, se desmarcan de cualquier concepción engañosamente ejemplar o ejemplarizante, y se desenvuelven en un redil escolar donde se cubaniza de la mejor manera las desventuras nerd, tipos sociales recreados hasta la total banalización estereotipada en la fílmica estadounidense para adolescentes, pero ausente del audiovisual nacional, con las honrosas excepciones de ya añejos seriales como Blanco y Negro ¡No!.

El contexto independiente resulta un ambiente creativo más sólido para la manifestación analizada. Las estéticas y discursos son gestados son desde la más pura visceralidad, autenticidad y consecuencia personal de cada autor, sin predeterminación alguna, dadas las escasas pretenciones comerciales o forzosamente educativas. Se expande el espectro estético-conceptual de los artistas implicados hacia la plenitud expresiva de la animación y la autonomía de sus códigos, recursos y resortes, para nada destinados a parecerse o replicar la “realidad”, ni ser mero efecto visual.

La economía de recursos, si bien está determinada en gran medida por la falta de producción suficiente para desarrollar proyectos más ambiciosos, también ha devenido signo estético de este dibujo animado cubano independiente, que echa mano de los métodos más sencillos, asequibles y adaptables, y de los soportes tecnológicos de que se disponen, con excepciones de rotundez formal como el mencionado cortometraje de Replanski. Pero a la vez tiende a enfatizar en las historias y los conceptos, ya que estas obras provienen de la más legítima necesidad artística de pensar y luego existir, desde los dibujos u objetos artificialmente puestos en movimiento.

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