Actualizado el 28 de abril de 2014

Apuntes sobre Velas

Por: . 25|4|2014

13 Muestra Joven 2014Un alud de historias sobre la senectud viene siendo recurrente en la creación cinematográfica cubana de los últimos años1. Por fortuna, se ofrecen casi siempre aspectos diversos del asunto y se agradece la variedad de estilos, enfoques y conflictos. Certeza reafirmada ante la presentación de materiales como Velas, documental de Alejandro Alonso, cuya mirada es, sin duda, reveladora.

Replanteando el tópico de la tercera edad, o bien del tiempo y la memoria, su obra alcanza en este momento un estado de madurez creativa, perceptible en el tan atinado modo de experimentar y conjugar recursos ya advertidos en sus trabajos anteriores. Alejandro siempre apela a soluciones muy autorales que dan cuenta de una clara demarcación de las formas convencionales de representación cinematográfica.

La deformación de lo material y el uso de imágenes difusas, desenfocadas, indiscernibles; la utilización de reflejos y transparencias, y la presentación de personajes a través de superficies traslúcidas, ya sean cristal (Evocación, 2010; Delirio, 201, en codirección con Lázaro Lemus), rejillas (Cierra los ojos, 2012, en codirección con Lázaro Lemus) o espejos (Velas, 2014) son elementos que evidencian un extrañamiento y sensación de inmaterialidad característicos en sus historias. En este sentido se genera en su obra un rejuego visual que presupone pensamientos dictados más desde el subconsciente que desde la conciencia plena; más por los sueños que por la realidad inmediata, y sobre todo por las memorias que aunque irresolutas muchas veces, casi nunca desvanecen por completo los momentos vividos.

Olga y Enrique son ahora los personajes a los que el joven realizador dirige su mirada. Los unen lazos estrechos, familiares. Son sus tíos abuelos quienes resuelven esta vez la firme propensión de Alejandro por hurgar en historias muy personales. Lo hizo en Evocación cuando filma a su mamá en el ritual con los santos y parientes fallecidos; en Delirio, cuando refleja a través del sueño colectivo su propio sueño: ver a su provincia transformada en un lugar mejor, ideal; en Cierra los ojos cuando discursa desde el cine sobre el propio cine (que en definitiva es su medio de expresión más afín y en esto radica lo personal) y sobre la respuesta sensorial-comunicativa de un público que accede a la manifestación desde sus diferentes niveles de conocimiento.

Velas es, de todas, su obra más personal e intimista. La más arriesgada en tanto pone a prueba sus límites como realizador y el compromiso ético tan vigilado en el género documental. Los peligros de volcar historias que comprometan las emociones de quienes están unidos filialmente a él, fue la premisa —según Alejandro— más atendible en el material.

Se intuye a ratos en la historia un distanciamiento de esa espontaneidad característica del documental de observación, dentro del cual pudiese insertarse esta obra. La videocarta y la acertada colocación de la voz en off en escenas muy puntuales dentro de la narración, el video casero escogido para preámbulo de la historia, y especialmente el fotomontaje, son algunos de los recursos más evidentes que dan fe de una premeditada manipulación de la realidad.

Habrá quien recele de la puesta en escena viendo en ello no más que una treta dramática que pretende manipular la sensibilidad de un espectador avisado. Mas, si las construcciones bajo las que se opera no cambian el sentido de la vida real de los personajes sino que reafirman actitudes y emociones intuidas a medida que se fue penetrando en sus historias de vida, entonces sean válidas y pertinentes. En definitiva, desde Nanuk, el esquimal (1922) los límites entre documental y ficción son asunto irrelevante.

Puede advertirse en Velas un claro homenaje a obras como La Jeteé de Chris Marker, o a aquellas de Nicolás Guillén Landrián donde se privilegia el fotomontaje. Alejandro retoma una técnica que desde hacía muchos años estaba en desuso dentro del documental cubano. No es gratuito su empleo. La foto-animación adquiere aquí una total coherencia con el discurso propuesto. No imagino ahora un mejor modo para el planteamiento fílmico de una historia donde el tiempo y la memoria juegan el papel matriz.

Este viaje nostálgico por las fotografías emerge casi como una obsesión  en el trabajo de Alejandro. Ya en materiales anteriores-piénsese en Evocación- se percibe una intención similar. Conservar el hálito de los que ya no están, constituye sin duda, una de las inquietudes más constantes de este realizador.

Ahora bien, al contrario de obras como Coffea Arábiga o Mother Natures´Son, por mencionar algunos ejemplos donde el montaje se estructura a partir de imágenes fraccionadas —a la manera de flashazos que ante todo apelan a sensaciones, y nunca dejan muy claro un sentido sino hasta terminar de armar el discurso visual en su totalidad—, en Velas se percibe un rejuego diferente con la imagen, digamos, más reposado. Alejandro ralentiza el tiempo del texto visual. Se detiene en cada secuencia, plano, o imagen fija. El espectador no debe quedar inmune ante la sensación de soledad y estatismo que prima en la vida de Olga y Enrique. Para ellos el tiempo es ahora demasiado lento. De manera que se pretende hacer cómplice al espectador de esta dilación temporal. La banda sonora, especialmente el sonido del viento, del sonajero, también son elementos que van conformando esta atmósfera de aislamiento y vacío.

Sin dudas, se trata de una historia muy bien contada. Dramatúrgicamente sin desenfrenos ni altisonancias, exceptuando la secuencia donde Enrique sube a la terraza y se escucha, casi de modo teatral, el sonido de sus pasos y de la puerta abriéndose. El balance sonoro y la atmósfera de recogimiento logrados hasta entonces quedan fracturados. Ya la imagen por sí sola advertía esa sensación de aprisionamiento e imposibilidad de acceder al mundo exterior que se pretendía provocar.

Seguramente existe una mayor verdad latente en esta historia, y Alejandro, debido a su relación con los personajes, no llega a mostrar con total transparencia y profundidad el relato. De todos modos, Olga y Enrique terminan siendo los abuelos de cualquiera; los abuelos que se quedaron solos. Y no hay reparos ante la emoción que brota y nos arrastra irreverentemente en la búsqueda de la historia familiar, que nos incumbe una vez vivida esta experiencia fílmica. Solo resta preguntarse: ¿Dónde están nuestros abuelos?

NOTA

Me refiero a materiales como Memorias de un abuelo (Marcel Beltrán, 2011), Oslo (Luis Ernesto Doñas, 2012), Viejas Monedas (Karel Ducasse, 2013), Esther en alguna parte (Gerardo Chijona, 2013) entre los más recientes. En ellos, cuando la senectud no es propiamente el tema central, el anciano está en el papel protagónico.

Categoría: Audiovisuales | Tags: | |

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