Actualizado el 14 de noviembre de 2014

Los “nuevos” cines argentinos:

Cuerpos anómalos, de Lucía Puenzo

Por: . 12|11|2014

 XXY (2007); un filme de apariencias que “en apariencias”, parece mostrar mensajes simples en su contenido y descontextualizados de la realidad; sin embargo, cada personaje es encuadrado para, desde su peculiaridad, arremeter contra modos de vida y de pensamiento._Alex es una adolescente de 15 años. Su aparato genital corresponde al de una pseudo-hermafrodita o intersexual; o sea, tiene pene y vagina. No es importante si esta condición implica que no sea “hermafrodita auténtica” sino que será esta particularidad el núcleo de la historia de XXY (2007); un filme de apariencias que “en apariencias”, parece mostrar mensajes simples en su contenido y descontextualizados de la realidad; sin embargo, cada personaje es encuadrado para, desde su peculiaridad, arremeter contra modos de vida y de pensamiento.

Las preguntas (devenidas casi ejes dramáticos) ¿el sexo, los genitales, nos convierten en hombres o mujeres? y ¿la inclinación sexual condiciona la apariencia, el comportamiento social, las relaciones con los hombres y las mujeres?, harán pensar en lo relativo de los esquemas de conducta instituidos socialmente. De este eje, quizás el más importante de todos, dependerán las decisiones de Alex y la relación con sus padres; la búsqueda del yo de Álvaro y las contrariedades con su padre; las preocupaciones de la primera familia y los prejuicios de la segunda.

De esta forma, comienza a articularse la diégesis de un personaje que entra a escena para romper con todo convencionalismo. No solo es rara su historia desde el punto de vista biológico, sino que la autora la cuenta de un modo aún más atractivo para el espectador: Alex será criada como niña y, aparentemente, decidirá ser varón. Así, la directora destierra del relato cualquier prejuicio, y tal parece hablarle de frente a aquellos que vivan y piensen con esquemas normativos conservadores.

Por su parte, en la más reciente película de Puenzo, Wakolda (2013), a través de un drama histórico, también se cuentan las anomalías del cuerpo adolescente de una niña. Aunque el centro de la trama sea la estancia en Argentina del médico nazi Josef Mengele, la autora —primero de la novela homónima y ahora de su puesta en pantalla— arma su relato con tics dramáticos, que se modulan para no hacer caer al protagonista “en el estereotipo del malvado”. Como expresara la cineasta en entrevista concedida para La Ventana, de Casa de las Américas: “ninguno de estos perversos tenía un cartel que anunciara quiénes eran, pegado en la frente. Eso los hacía tanto más peligrosos, sobre todo en las décadas que se camuflaron entre los nuestros en diferentes países de Latinoamérica. Muchos de ellos pudieron esconderse en envases de hombres cultos, refinados, hasta sensibles (es conocido el amor de Mengele por la ópera, por la música clásica, por la literatura…).”

Así, más que armar su ficción de una manera explícitamente escabrosa, la prefiere más personal, íntima, contada a manera de thriller, en el que el espectador esté la mayor parte del tiempo viviendo a un ritmo y en una atmósfera de suspenso. Aunque, si se quiere, es Wakolda “un canto helado al terror”.

En la geografía dela Rutadel Desierto, comienza esta cinta. El desierto, primero, y el Sur, bello pero lejano, son en 1960 el refugio, no de cualquier simpatizante de las atrocidades hitlerianas que por esos años se refugiaban en algunos países del sur de América Latina (tras los cuales estuvo el MOSSAD), sino que se trata de Mengele, el apodado “Ángel de la Muerte”. El discurso de la crítica ha señalado el valor de haber reconstruido “el paisaje humano de la época en el sur argentino. Puenzo ha tomado de la historia del siglo XX, la conexión local con los genocidas nazis, inmigrantes ricos de identidad y ocupación difusas”.

Si Alex, en XXY, era intersexual; en Wakolda, Lilith se diferencia de las demás niñas de su edad por ser mucho más pequeña. Tales motivos harán que no escape del sufrimiento y del peso de la discriminación. Los espacios dramáticos, tanto en la cinta de 2007 como en la de 2013, tendrán un rol casi protagónico. Para XXY el mar “se convierte en un espacio simbólico fundamental, de un modo similar a la significación del agua como alegoría de nacimiento y purificación en El niño pez (2009) [otra película de la autora]. En el mar gestan a Alex y a la vez es el obstáculo que le aparta del mundo, y de él viene el peligro en ocasiones”. Será esta inmensidad acuosa el refugio de Alex, y a la vez a donde se le ha confinado.

Por su parte, en la más reciente película de Puenzo, Wakolda (2013), a través de un drama histórico, también se cuentan las anomalías del cuerpo adolescente de una niña. La seductora presencia del frío paisaje argentino, naturaleza inhóspita en medio de su imponente belleza, caracteriza a la cinta nominada al Goya y finalista de Una cierta mirada, en Cannes 2013, y hace un paralelo con la personalidad fría y turbia de Mengele, así como con la perfección que tanto buscaba. A pesar de esto último, a la escritora le parecía contradictorio que “un tipo” como el médico nazi, alérgico a la sangre no pura, acabara en un continente tan mestizo como Sudamérica y viviera allí sus últimos 30 años, que pasó entre Argentina, Paraguay y Brasil. “Se sumergió en el caldo que detestaba. Es increíble la impunidad con la que se movió, porque hasta su nombre aparecía en la guía telefónica”.

Aunque el cine de Lucía Puenzo afronta temas como la identidad sexual, la construcción de las masculinidades o las feminidades, el deseo sexual no solo como “predestinación de la cual resulta imposible escapar”, sino como actitud inherente a la condición del ser humano, y en los dos casos analizados anteriormente (XXY y Wakolda) como propia de la adolescencia; no puede afirmarse que tenga la escritora —hija del imprescindible Luis Puenzo, director de La historia oficial— un discurso feminista.

No se vive con ella la intención de un cuestionamiento explícito a la situación social de la mujer; tampoco una denuncia abierta de la sociedad. Quizá una muestra de su desarraigo hacia lo social es que la mayoría de los personajes que Lucía pondrá ante el lente estarán hablando desde “la distancia de una clase media alta urbana”.

Ni siquiera en Wakolda Puenzo pretendía arrimar su historia a una suerte de imputación histórica a su país. En ningún momento del largometraje se advierte una acusación al hecho de que en verdad Argentina ofreció protección a esos nazis.

Sin embargo, Iván Giroud, director del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano sugería, en entrevista personal, otro enfoque: “este filme tiene una narración lineal, no hay ninguna innovación tampoco en el montaje ni en la estructura; por tanto, tiene un afán más de comunicación y de encontrar un receptor sensible a un tema tan terrible como ese. Quizás esté diciendo además: esto pasó allí pero mañana puede volver a pasar”.

Mucho más allá de las tipicidades que identifican la oratoria audiovisual dela Puenzo, ella se inserta dentro de esa “camada muy grande de directores nuevos argentinos que están haciendo cosas tan diferentes, al punto de que la temática sobre todo de la política de denuncia hacia la dictadura ha pasado ahora a segundo plano”, ha escrito Victoria Galardi, también joven directora argentina.

El niño pez (2009) Evidentemente, estamos ante otro tipo de cine político argentino, que habla de otros asuntos: no es rareza que hoy puedan verse comedias, cintas que reflexionan sobre los sentimientos, acerca de las personas, las parejas… Galardi, la autora de Cerro Bayo (2011), reconoce en su país a “una generación que está bastante impregnada del cine francés, del italiano, de los clásicos americanos” y apunta que en el más reciente audiovisual rioplatense “hay temáticas que no necesariamente remiten a lo latinoamericano sino a lo universal, que podrían ser películas hechas en cualquier otro sitio, aunque no dejan de ser latinoamericanas”.

Si el cine de hoy marcha en busca de “otras historias, para contarlas desde perspectivas inusitadas”, Lucía Puenzo ha sido de las que ha confirmado a esa como una de las características del giro posmoderno en el séptimo arte latinoamericano. Teniendo en cuenta que “en la conjunción entre los siglos XX y XXI se registra un creciente interés del público por relatos más íntimos, que se alejen, en efecto, de la macrohistoria”, viene a ser el cine de esta mujer de 38 años uno de los más importantes medidores.

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