Actualizado el 10 de abril de 2015

Un día más en la eternidad de las almas vacías

Por: . 8|4|2015

Desde sus calidades y complejidades estético-discursivas, Un día más desafía los anquilosados y acendrados prejuicios que aún rigen en Cuba las concepciones sobre la animación como “género” menor, como patrimonio exclusivo de la educación y los públicos bisoños. Tres minutos y una veintena de segundos le bastan al realizador Marcos Menéndez (Bienvenido al cielo, La prisión) para desarrollar la fantasmagórica historia, y estructurar el kafkiano contexto de su más reciente propuesta Un día más, merecedor del Premio de Animación en la recién concluida 14ta. Edición de la Muestra Joven del ICAIC.

En este mini-cortometraje animado, como ya es costumbre en el obrar de este creador que anima desde Puerto Padre, Las Tunas, Menéndez evade apostar todo al “sorpresivo” clímax —para nada abrupto, ni reñido con el tono general— que reduciría toda la pieza al ingenio del golpe de efecto: la revelación al protagonista de su status de muerto que habita una dimensión paralela al mundo “vivo”; algo por demás ya empleado indistintamente en cintas tan conocidas como Pura formalidad (Giuseppe Tornatore, 1994), El sexto sentido (M. Night Shyamalan, 1999) y Los otros (Alejandro Amenábar, 2001).

Menéndez engrosa con sentidos existenciales y sociológicos mucho más complejos el argumento básico, cuyo desarrollo, primero que todo, reta y juega curiosamente con la percepción temporal del receptor, a partir de la verdadera bizarría que fue para este autor, aventurarse en tan breve cronosfera con dilatados planos secuencia, complementados por un ritmo calmo que remite a las nuevas dinámicas del extraño “limbo” —prefigurado como una leve pero decisiva distorsión de su entorno habitual— donde se ve inmerso el malva y apenas bocetado protagonista. Gracias a un óptimo y muy lúcido sentido del decir y del narrar fílmicos, no sobran elementos ni fotogramas; mucho menos se omiten signos definitorios que harían trastabillar el decursar de las acciones.

Desde los mismos segundos iniciales, saturados por la perturbadora titilación del reloj despertador, inaugural, con cierto cinismo, de la aún velada nueva circunstancia del personaje, junto a él, el espectador se ve involucrado en la monótona y lóbrega diégesis de este día más. Jornada donde la muerte significa apenas un tenue pero incordiante matiz en la absoluta grisura circundante, verdadera proyección del estado del ser donde, antes de morir, ya se encontraba suficientemente anegado este hombrecillo mediocre. Adscrito como estaba a una rutina de vida vacía tanto de virtud como de pecado, que pondría en jaque a cualquier fuerza kármica a la hora de sopesar las virtudes y pecados de tal nulidad —que no existencia— para impartir su metafísica justicia.

La dualidad maniquea de los status de vivo y muerto, de existir y no existir, acorde el simple rasero de la edad se relativiza entonces: longevidad en lo absoluto es igual a vida; la acumulación de años para nada implica vivir. El tiempo como linealidad matemática, se diluye en el corto de marras, pues resulta una dimensión de la existencia tan relativa como cualquier otra. Se expande y contrae acorde la densidad o la intensidad de los sucesos que transcurren en su seno, dígase la vida humana toda. De ahí la sensación de fugacidad que acompaña los acontecimientos dichosos, y la de perpetuidad que emana de las circunstancias aciagas. Tal principio también se cumple a cabalidad en el relato audiovisual, en cuya diégesis o cosmos interno el tiempo resulta igualmente dependiente de las habilidades expresivo-narrativas de los realizadores para relativizar la duración “real” matemática de cada producción, a fuerza de montaje, ritmo y atmósfera. Una obra de dos horas puede acusar apresuramiento y fragmentación. Una de pocos minutos, como Un día más, puede dejar en la preceptiva la sensación de eones transcurridos.

Marcos Menéndez vuelve provocar la mirada allende las fronteras geoculturales de La Habana...Desde sus calidades y complejidades estético-discursivas, Un día más desafía los anquilosados y acendrados prejuicios que aún rigen en Cuba las concepciones sobre la animación como “género” menor, como patrimonio exclusivo de la educación y los públicos bisoños. Marcos Menéndez vuelve provocar la mirada allende las fronteras geoculturales de La Habana, sobre los realizadores que de manera independiente asumen la animación como lenguaje predilecto para expresarse, con resultados tan variopintos y que delatan singular autoralidad, como sucede con las obras del más consolidado cienfueguero Víctor “Vito” Alfonso (Dany y el Club de los Berracos, Lavando calzoncillos), y las búsquedas del grupo villaclareño aunado alrededor de Harold “El Muke” Díaz-Guzmán.

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