Actualizado el 13 de julio de 2015

¿Y después? ¿En el siglo XXI, cine en función del cristianismo?

Por: . 2|7|2015

 

“¿Y después?” Le pregunta Ida repetidamente al joven saxofonista luego que este le propusiera continuar juntos, casarse, tener una casa, varios hijos, hasta un perro. “Los problemas normales de la vida”, le responde él, y ella ofrece en primer plano el mismo silencio, el mutismo introspectivo que la caracteriza durante la mayoría de las escenas. Y es que toda reflexión ontológica concerniente al ser humano siempre es acompañada por preguntas esenciales respecto a la naturaleza, el futuro, la forma de actuar o pensar de este. ¿Y después? Interrogante en la cual está implícita una comparación por parte de la protagonista entre la vida mundana y la religiosa, una elección de quién desea ser, una búsqueda de lo trascendente. Por eso el filme consiste en un viaje espiritual del personaje hacia la esencia de ella misma.

Quinto de los largometrajes de ficción del polaco Pawel Pawlikowski, el primero realizado por el cineasta en su tierra natal, ganadora en el apartado de mejor película extranjera en los Oscar del 2015, Ida puede catalogarse como una obra de enseñanza religiosa, evangelista. Sostiene su fundamento en la contraposición entre las convicciones religiosas, adoptadas por Ida, y las cualidades humanas negativas, los hábitos dañinos y el dolor que encuentra ella al enfrentarse a la sociedad. Si bien se exponen claramente en la película los valores rigurosos a los que se someten las monjas: pobreza, obediencia y castidad, tal como lo promete una de las novicias en la ceremonia del voto; ninguna escena tiene el propósito de hacer sentir al espectador la opresión del enclaustramiento conventual, la curiosidad de esas mujeres por conocer otro tipo de vida, o la indecisión de ellas ante cometer pecado o mantenerse firmes en su régimen. Sin embargo, la vida exterior al recinto se muestra como una existencia llena de dolor, de desequilibrio e injusticia, menor e insignificante respecto a la otra. El retorno de Ida al convento, final cerrado, precisa el mensaje que quiso comunicar el cineasta.

En Ida se establece una clara contraposición: Wanda, la tía mundana, viciosa, dada a la bebida y al placer sexual con los hombres; Ida, estricta en su régimen religioso, contenida, callada, refugiada en su fe. Este tratamiento de los personajes femeninos le resta profundidad e intelecto al filme. Pawlikowski y su guionista cayeron en el mismo demérito del cine tradicional hegemónico, que visualiza y muestra a la mujer mediante determinados estereotipos. La mujer santa, ya sea por su castidad, por dedicarse a su casa, a su esposo e hijos, en  este caso a un dios; y su rol contrario, la mujer mala, bruja, diabla, que le causa daño a los hombres, que les provoca la lujuria, los engaña, la que gusta de la aventura y de no hacer caso de las reglas sociales impuestas. En el desenlace del filme resalta la posición hegemónica patriarcal asumida dentro de este arte. ¿Cuál es el destino de Wanda, mundana, promiscua y viciosa? La muerte. ¿Cómo finaliza Ida, la dedicada a dios, al enclaustramiento en el convento? Segura, decidida de que ese es su camino después de desvariar, de experimentar la existencia pagana. La razón, categoría asociada por la visión patriarcal a lo masculino, en el filme prevalece sobre lo emotivo o sentimental, adjudicado como propiedad a lo femenino. Una representada por la decisión de Ida, “avalada” por los preceptos religiosos, lo otro identificado con el dolor extremo sentido por Wanda, con su final. Si el dolor que encuentra la protagonista proviene de las secuelas de la segunda guerra mundial, de la discriminación a los judíos, va a ser el personaje de su tía Wanda quien lo va a personificar. Tan así es que su final es el suicidio, como evidencia de la no superación del sufrimiento, el no alivio de la angustia. Convenientemente, lo más razonable para la ideología patriarcal es el retorno de Ida al convento, donde no tiene que valerse de su independencia, ni de su criterio individual para resolver problemas, donde todo el tiempo rinde cuenta de sus acciones a un dios al cual le debe devoción.

Una perspectiva diametralmente opuesta a la brindada por Ida sobre la relación entre la mujer y la religión la ofreció María Luisa Bemberg en su obra Yo, la peor de todas (1990), basada en la figura de Sor Juana Inés de la Cruz. Tal como en la vida real sucedió, la película refleja los conflictos surgidos entre Sor Juana  y sus superiores, los cuales, con sus imposiciones, provocaron que la talentosa poeta con el transcurso del tiempo dejara de lado su creación. Yo, la peor… ,sin ocultar los aspectos también negativos de la vida pagana, muestra el poder aplastante que puede ejercer el régimen católico sobre las personas, en especial sobre la mujer.

1.

A pesar de tener mujeres en los roles protagónicos, Ida se propone discursar, reflexionar no sobre problemáticas propias del género femenino dentro de la iglesia,  la sociedad o la familia.

A pesar de tener mujeres en los roles protagónicos, Ida se propone discursar, reflexionar no sobre problemáticas propias del género femenino dentro de la iglesia,  la sociedad o la familia. Ida y Wanda, desacuerdan,  polemizan acerca de la existencia humana en sí, sobre su raíz ontológica y su filosofía más acertada. En la proyección de la feminidad, como cualidad y problemática de ambas protagonistas, el filme no se sumerge. No obstante, hay un cierto guiño que nos remite a la cuestión,  cuando Wanda le comenta al amante de turno que Ida tiene un pelo rojo precioso pero que prefiere ocultarlo. El personaje del joven saxofonista, sin que se deba esperar más de su caracterización, pues como está concebido cumple su función, prácticamente simboliza la libertad a la cual podría aspirar Ida. Él no permanece en una misma ciudad, viaja y lleva su arte a diferentes lugares, además, la música que lo escuchamos interpretar pertenece al género del jazz, donde la libertad de improvisar tiene un rol fundamental.

Los acontecimientos ocurridos durante la segunda guerra mundial, el dolor y el horror vividos durante la misma, aunque están presentes en la película, no constituyen el elemento de mayor interés dentro de Ida. Integran el argumento, aportan a la concepción de los personajes, pero no tienen una función priorizada en la obra. Pawel, en una entrevista, aclaró su decisión en este sentido: “En mi película hablo sobre la fe, la fe católica, el comunismo, Polonia en los años sesenta. El holocausto es uno de esos elementos. No he querido centrarme simplemente en ese tema. De hecho, me esmeré por no hacer una película solo sobre ese tema. Preferiría leer un libro antes que ver un filme que hable solo de esto.”(1)

No estamos en presencia de un filme que dialoga con la historia en pos de su deconstrucción, de mostrarnos una visión desconocida y nueva de la misma. La ubicación temporal y geográfica de la trama solo fue un buen meandro por donde conducir la circunstancia espiritual de cada protagonista. No es que se minorice, se le reste relevancia a la significación del conflicto bélico, sino que las historias personales, individuales, se engrandecen, tienen tanta importancia e interés para el cineasta como la historia relacionada con la sociedad en sentido general. Ganancia posmoderna: lo individual y lo subjetivo son tan válidos y dignos de interés como aquellas cuestiones que atañen en sentido general a la humanidad. Lástima que las protagonistas, por una parte concebidas con ingredientes históricos e ideológicos distintivos, devengan en arquetipos femeninos conocidos.

2.

A la historia del cine, cada cultura y país han legado obras que critican, defienden o simplemente reflexionan sobre determinada religión. El crimen del padre Amaro (Carlos Carrera, 2002) y Agnus Dei: Cordero de Dios (Alejandra Sánchez, 2011) representan la filmografía mexicana. Dios y el Diablo en la tierra del Sol (Glauber Rocha, 1964)  enriquece el imaginario y la cinematografía brasileña. Madre Juana de los Ángeles (Jerzy Kawalerowicz, 1961) arroja una visión sumamente diferente de la cultura polaca sobre el cristianismo.

Comprender a plenitud el razonamiento propuesto en uno de esos filmes, recepcionar el entramado de ideas implícitas en la obra desde varias perspectivas, implica el estudio filosófico y sicológico de los componentes etnográficos, geográficos e históricos en los cuales radique la esencia del argumento. Solo avizorando el discurso de la obra desde el entendimiento fusionado de estas aristas del conocimiento humano, es posible apreciar la complejidad de la propuesta artística. Ida es un certero ejemplo en este sentido. El personaje protagonista no se convierte en una monja común, sino en una monja judía, implicando el pasado histórico polémico existente entre el pueblo judío y Jesucristo. La historia no se ubica en cualquiera de los países relacionados con la segunda guerra mundial, sino en Polonia, nación de una participación controversial en la misma. Además, la tía Wanda en su pasado no había sido una jueza típica, sino una jueza comunista. Son elementos que le confieren originalidad al argumento, vida auténtica a los personajes. Sin estos matices caracterizadores perdería encanto la historia.    

El guión se muestra conciso y dramatúrgicamente equilibrado entre imágenes y palabras. Visualmente, la fotografía, a través de sus encuadres y planos generalmente fijos, se propuso describir los hábitos religiosos llevados por Ida; así como descubrir quién es y quién fue su tía Wanda. Las imágenes las caracterizan de manera espiritual, son capaces de trasmitir su estado anímico y la forma en que piensan. Basta solo mencionar el primer plano de Wanda segundos antes de suicidarse o el rostro de Ida luego de la citada conversación con el saxofonista. La fijeza de la mayoría de los planos le confirió una plasticidad llamativa a las imágenes, inculcándole belleza, sobre todo en los planos generales exteriores del paisaje y del convento. Por su parte, los diálogos le revelan información esencial al espectador para la comprensión total de la historia, lo conducen aristotélicamente y sin ocultarle elementos importantes. Los parlamentos connotan el pensamiento de las protagonistas (“¿Y si vas y descubres que Dios no existe?”), reflejan  el carácter de ellas (“¿Vendrás a mis votos? —No, pero me emborracharé en tu honor”) y revelan puntos de giros, como cuando Ida confiesa no estar preparada para tomar los votos, o cuando el dueño de la antigua casa declara: “No fue mi padre, fui yo quien los mató”.

Ida trasluce la idiosincrasia, el pensamiento de su realizador respecto a su país de origen y a la religión católica. Su argumento está narrado y resuelto de manera que el espectador se identifique positivamente con la protagonista, acepte como conveniente y correcta su decisión de retornar al convento. El guión no le brinda al espectador duda sobre el futuro de Ida, la oportunidad de imaginar otra salida emocional para ella, no le confiere una dosis de inseguridad o inquietud a su decisión final. También evidencia el vínculo estrecho entre el pensamiento del realizador y el filme, el hecho de que le impregnase un sentido autobiográfico, relacionado con su infancia.

Él mismo confesó haberse valido de sus recuerdos para seleccionar y elaborar las locaciones, su fotografía. En cuanto a la dirección de arte, se puede precisar que sin proponerse recrear en detalles la arquitectura o la estructura de los conventos de aquella época, las calles, las construcciones de la Polonia de la década del sesenta, fue cuidadosa en no parecer anacrónica, en estar acorde con la caracterización de los personajes y en mostrar cuál era el ambiente cultural que se vivía. A la eficaz representación visual de la época y del carácter de los personajes, se sumó la banda sonora en el empeño de lograr una obra en la cual todos sus elementos funcionaran coherente y orgánicamente en pos de un mismo propósito estético. Utilizada de forma precisa, limitada o extensamente en determinadas escenas, la banda sonora resulta muy expresiva y caracterizadora de los diferentes estados anímicos, espirituales y sociales que se presentan en la película. Así, diversamente, los espectadores escuchamos un compositor tan clásico como Johan Sebastian Bach, hasta un defensor muy conocido del jazz como John Coltrane.

3.

Entre las categorías estéticas, lo sublime será la función más acuciante, la que va a sobresalir como elemento sicológico espiritual de la trama y los personajes. Lo sublime, asociado a lo sobrehumano y a lo infinito,  tal como desde la más remota antigüedad (siglo I d.n.e) expuso Pseudo Longino en el Tratado de lo sublime. También relacionado con el pensamiento de un teórico de la modernidad, J. F. Lyotard, al referirse este a como “lo sublime crea un mundo paralelo, donde lo monstruoso  y lo informe tienen su derecho porque pueden ser sublimes…Por ser informe, oscuro, el sentimiento de lo sublime es indeterminado, este es un placer mezclado con lo doloroso, un placer que proviene del pesar.”(2) En la película se cumple, antes de elegir lo sublime, la entrega eterna a Dios. En su trayectoria precedente Ida ve y experimenta el dolor, los hábitos y actitudes humanas negativas, lo oscuro del alma de las personas. Lo trágico, representado fundamentalmente en el filme a través del suicidio de Wanda, no implica una fuerte carga emocional en sí misma como categoría estética; se convierte en solo un puente, un medio para alcanzar o conocer lo sublime.

En la actualidad, cuando en lo histórico y lo artístico existe una búsqueda de lo sublime en lo cotidiano, o de la trivialidad de lo sublime, y de lo cual dan fe cineastas  como Aleksandr Sokúrov  y Apichatpong Weerasethakul, haciendo gala en algunas de sus obras de un nivel mínimo de planteamiento del conflicto, Ida resulta poco frecuente dentro del cine contemporáneo. Expresa una ideología más propia del pasado que del presente, identifica los seres humanos con solo los extremos de sus cualidades, valiéndose de un pensamiento ético-religioso para determinar lo positivo y lo negativo, sin tonos medios o grises. No es de dudar que el filme se inscribe dentro del pensamiento judeo cristiano al interpretarlo a través del siguiente criterio dado por la Dra. Mayra Sánchez: “La carga ética que conformó la cultura judeo cristiana, hizo oponer a lo alto, representado por Dios, lo bajo, asociado a ˋdesviaciones´ de la conducta de los hombres.”(3) Resulta paradójico que mientras en los aspectos formales, Ida resulta arriesgada y atrevida, pues la fotografía en blanco y negro y el formato cuadrado no son precisamente elementos del agrado y la atención del público mayoritario; desde la perspectiva del contenido que envuelven estéticamente estos aspectos, el filme se vuelve muy convencional, poco osado.

4.

Representativo de un empeño estético particular de su autor, que no de un propósito y afán comercial aglutinador de público, Ida establece cierta complicidad con un determinado tipo de espectador. La manera de enfocar el tema en la película, aparejado a su desenlace, determina en un buen por ciento la relación que existirá entre ella y los diversos espectadores, cómo estos la van a recepcionar.

Ida trata un tema tan esotérico y controversial como el mismo origen del Universo; no es una cuestión sobre la cual las personas podamos ser indiferentes, acríticas, o ponernos indistintamente al lado de las dos protagonistas. Para las personas convencidas de su fe religiosa cristiana, la decisión final de Ida es la más correcta. Quien dude o descrea del pensamiento cristiano lo más posible es que se sienta inconforme y desilusionado con el futuro de la protagonista, incluso respecto a las cualidades del género humano, de su existencia diaria. Motivo por el cual Ida puede ser asimilada como una obra deprimente y negativa por quienes no poseemos una fe cristiana.

Un principio en común que deben proponerse todas las obras de arte es propiciar el mejoramiento humano, la superación de todas sus problemáticas. Decisión desacertada es ofrecer como única salida espiritual a las dificultades de la vida el acogimiento a las a las creencias y preceptos de una determinada religión. Significa conferirle importancia superior al credo sobre la existencia humana misma, otorgarle supremacía  a un grupo específico de personas por encima de otro de un pensar diferente. El creador sumergido en la relación arte-cristianismo debe manejar con sumo cuidado el enfoque y la tesis ideológica de su obra. Merecen respeto tanto las personas seguidoras de una religión como las ateas, las descreídas. El vínculo entre ambas refleja en su entramado histórico artístico acaloradas y no bien finalizadas polémicas, tensiones e incomprensiones. Una alerta para el juicio del creador que se motive a navegar en esas turbulentas aguas.

5.

Apreciando otros exponentes de la filmografía polaca nos percatamos de que la obra de Pawel presenta ciertos aspectos divergentes en relación a El decálogo de K. Kieslowski: tratan desde perspectivas bastantes diferentes la religión dentro del cine. El afamado director se basó en los mandamientos bíblicos para confeccionar diez ficciones en las cuales los personajes se enfrentan a situaciones relacionadas con ellos; mientras, Pawel, a través de Ida, propone una reflexión más sobre la voluntad de elegir la vida religiosa ante la existencia pagana, que sobre los preceptos religiosos en sí mismos. Los personajes, las historias relatadas por Kieslowski pueden superar sus problemas, sus conflictos, para aprender a sobrellevar la vida común, las actitudes e impulsos negativos del  ser humano. Sin embargo, las dos protagonistas de Ida no encuentran  bienestar y tranquilidad en la vida mundana. Ambas, de manera distinta, huyen de ella. Hacer de alguno de los preceptos bíblicos una decisión en la vida, o incumplirlo, es una opción de los personajes de Kieslowski, que los convertirá en mejores o peores seres. En Ida, tal pareciera que refugiarse en la fe católica es la única escapatoria del dolor y la hostilidad de la existencia pagana.

El personaje del joven saxofonista, sin que se deba esperar más de su caracterización, pues como está concebido cumple su función, prácticamente simboliza la libertad a la cual podría aspirar Ida.

En pleno siglo XXI, cuando aún existen conflictos religiosos entre algunos pueblos, pero en el cual mayormente se aboga por la convivencia tolerante, multicultural, multireligiosa, y de diversidad política, se aprecia Ida, arte en defensa de la religión cristiana y se reconstruye y se revalora la relación arte-cristianismo, partiendo de estas palabras de André Pératé, investigador e historiador francés:  “Parece que la religión de Cristo, en el momento de su primera expansión debe excluir el arte de la vida nueva que ella trae al mundo. El arte, escuela de idolatría e inmoralidad, será el último y más sólido apoyo del paganismo próximo a desaparecer. ¿Cómo podrá él sumergido en la materia servir a un Dios que es todo espíritu? Existe por esencia una especie de contraste fundamental, un abismo al parecer más infranqueable aun si tenemos en cuenta que Judea (de donde procedía el cristianismo) era entre todas las naciones de Oriente la única cerrada al arte.” Risibles me atrevo a decir que pueden parecer estas palabras en nuestro tiempo. El arte, en todas sus manifestaciones ha demostrado ser una vía de expresión sempiterna de todo el pensar humano, tan disímil y complejo como la psiquis y la sociedad humana misma. Es un modo de reflexión, imposible pensarlo un medio de censura, aún a sabiendas del poder de alcance que ejerce sobre las masas públicas, los acontecimientos trastornadores que puede provocar. Un filme como Ida aporta su granito de arena a la inefable y sin fin construcción en que consiste la vida humana, con la cual todo artista debe sentir responsabilidad.

 Notas

 1.- HERNÁNDEZ, Gonzalo: Entrevistahttp://www.elantepenultimomohicano.com/2014/03/entrevista-Pawel-Pawlikowski.html .  Librería Ocho y 1/2, Madrid. Consultado por última vez el 24 de junio de 2015

 2.- Citado por la Dra Mayra Sánchez en “Una vez más sobre las categorías clásicas de la valoración  estética. Historia y actualidad”.  Estética. Enfoques actuales. Colectivo de Autores. Editorial Félix Varela, 2005, p. 159.

 3.- SÁNCHEZ, Mayra: “Una vez más sobre las categorías clásicas de la valoración  estética. Historia y actualidad.”  Estética. Enfoques actuales. Colectivo de Autores. Editorial Félix Varela, 2005, p. 152

 4.- PÉRATÉ, André: “Les commencements de l´art chrétien en Occident.” Citado y traducido por Luis de Soto en “Arte Cristiano primitivo.” Filosofía de la historia del arte (apuntes), Editorial UH, 2013, p. 245

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