Actualizado el 12 de octubre de 2016

El Muke y compañía

Por: . 8|10|2016

“Lo que más me gusta del Muke —explica el Mojo— es que no me dice comemierda por ser vegetariano”. “Lo que más me gusta del Muke —explica el Mojo— es que no me dice comemierda por ser vegetariano”.

Durante diez años el Mojo militó solo, con su abstinencia y sin proselitismo, en contra del consumo de todo tipo de carnes. “Puedo estar sin comer un día entero, me pones un bistec del tamaño de un plato y no lo toco, lo tengo incorporado”.

“Había una cuestión ética en el medio —abunda el Mojo—; leyendo me di cuenta de que no hacía falta comer carne roja para que tu organismo funcione óptimamente. Por otro lado, estaba  también eso de matar animales. Saqué un cálculo, ¿cuántos millones de habitantes hay en la tierra? ¡Imagínate, que todos quieran comer carne como quieren comer los cubanos!”

Un día, delante del Muke, mordió una hamburguesa y se dijo que no había que ser tan radical. A partir de entonces admitió pescado y pollo, pero nunca carne roja.

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Sobre el único asunto que el Muke modula la voz para hablar y se manifiesta circunspecto, es Dany y el Club de los berracos. Inicialmente no creyó en el proyecto. Aún cuando le dio su apoyo y conocía ya la historieta de Víctor Alfonso, una corazonada, acaso un tecnicismo lógico de programador, le hizo creer que la serie no iba a funcionar. El Vito, resuelto y silencioso —es practicante de Tai Chi—, se saltó el mal augurio y le pidió al Muke que solo le buscara un software fácil de aprender. Usualmente puede ver explotar una vaca delante de sí sin mover una ceja. La vaca se despedaza y el Vito sigue adelante. El Muke adiestró a su amigo en Flash, y meses después el Vito distribuyó de memoria en memoria el divertido y desparpajado primer capítulo de Danny y el club de los berracos.

Para el lector no avisado, esta es la primera serie de dibujos animados salida de un proyecto independiente en Cuba. La erección más larga —figura retórica que el Muke suele usar—. La erección más cumplida y sistemática, con estándares específicos de calidad, con licencia de estilo y autoría, sin que medien distracciones como un trazo de alta precisión, ni catalizadores en metálico, sino las pulsiones creativas de un grupo de inclasificables artistas de las artes marciales, la programación y la música, nucleados alrededor de la carrera de Arquitectura de la Facultad de Construcciones de la Universidad Central de las Villas.

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“Antes tenía miedo”, confiesa el Mojo, “le tenía miedo a perder el trabajo. Me daba vergüenza decir que había dejado la universidad porque me había aburrido, pero ahora no, ahora me siento bien, rico, chévere”.En la sala de la casa del Mojo hay un par de retratos enmarcados: uno de Buda y otro de Taisen Deshimaru, primer patriarca de Occidente del budismo zen. Sobre un pequeño librero descansa un tarro con incienso y un japamala, especie de rosario para la meditación con 108 cuentas en el que podrían estar grabados, según Wikipedia, cada uno de los 108 nombres principales del dios Visnú. El Mojo ha leído varios libros sobre el tema, como mismo los ha leído sobre programación, Capoeira, Aikido, Ishayas, guitarra clásica y barroca.

El Mojo aprueba la acción de congregarse en cuanto esta no tupa el entendimiento individual del universo. Para él no hay pasado ni futuro, sino presente inmediato. Encontró una autoconfirmación en el ensimismamiento del budismo zen y la lutería. “Y ahora está realizando lo que para él es un viejo sueño”, advierte el Muke.

“Cuando tengo un instrumento frente a mí —El Mojo se refiere a una guitarra, una viola, o un chelo—, no hay otro interés que me mueva, sino solucionar un pequeño y determinado problema en sí. Eso es muy zen.”

El Mojo es famoso por dos propiedades que se complementan con el zen: a) puede hacer cualquier cosa de valor agregado que se proponga, b) siempre y cuando su interés no se agote. Cuando está motivado se convierte en lo que Steve Jobs llamaba “un jugador de primera”; si pierde el interés se vuelve una piedra indiferente.

“Antes tenía miedo”, confiesa el Mojo, “le tenía miedo a perder el trabajo. Me daba vergüenza decir que había dejado la universidad porque me había aburrido, pero ahora no, ahora me siento bien, rico, chévere”.

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El Muke es “el prota”. Está nervioso, lleno de sangre y muy cansado. Huye de alguien. Le rodean escombros, latas, papeles, charcos de orine. Avanza a grandes zancadas hasta que se deja caer detrás de una pared medio destruida. Acerca su cabeza al borde y mira: el Robot, una especie de arácnido estúpido con tronco, brazos, cabeza y un gran ojo ciclópeo, pasa de largo, camina un par de metros hasta que se detiene y se vuelve hacia donde se esconde el Muke. Del brazo tenaza le surge un cañón de ametralladora, y se abalanza hacia la pared detrás de la cual se esconde su objetivo.

Tanto la animación como su inserción en el video son perfectas. Al diseño general, sobrio y sin efectismos, se suman los movimientos fluidos y un cuidado por la textura metálica color mostaza de la coraza del robot, que simula el ordinario desgaste de la pintura sobre el acero inoxidable de equipos que han sido sujetos a un largo uso, o frecuentes reparaciones. Han logrado algo muy competitivo. Pero con esta última criollización han ido más allá. Un robot estilo transformers suele pecar de cierto narcicismo hollywoodense, que la escala tercermundista del robot del Mojo y el Muke hace regresar a la tierra, a la realidad real.

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El Muke decidió ser músico y fue a convencer a Silverio, el promotor del Mejunje, para que le diera un espacio a su grupo Pan Caliente, que apenas tenía cuatro o cinco días de constituido y ninguna canción montada. El Muke, el Vito, el Mojo, y otros amigos, estaban entusiasmados con los discos de Habana Abierta y querían hacer algo parecido. El “rockason” no era solo una mezcla explosiva de rock con timba que se podía bailar como casino, era un desparpajo, una manera también de cagarse en todo. Como para ese entonces los tres tenían ya asimilado el imperativo de ser protagonistas y no espectadores, cuando Silverio les concedió un espacio para la semana próxima, se motivaron más y montaron unos números que el Muke no le muestra hoy a nadie.

Aventuras similares se repitieron en su decisión de aprender Capoeira. Buscaban información, aventuraban hipótesis, trabajaban según el principio del ensayo y el error. Según el Mojo, el Muke estuvo más de 15 años estudiando por sí solo el 3D Studio, dándose cabezazos, y había encontrado una metodología para asimilar conocimientos sin la ayuda de instructores. El precio es el tiempo. “Lo que yo tardé años en aprender porque en Santa Clara no había nadie que nos enseñara —explica el Muke—, un profesor te lo puede transmitir en tres meses”.

Por la fecha de Pan Caliente pasó por Santa Clara una gira del grupo Síntesis. El Muke observó a la multitud que acudió al concierto y le pareció ridículo el papel de esperar. Esperar una gira de estas. Pan Caliente era la protoforma de respuesta a ese problema, que ahora comienza a cuajar en Onirama. Onirama es el grupo de animación que necesita su ciudad. Su propuesta de desarrollo, su fuente moral.

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Desde el tercer año de la carrera de Arquitectura, el Muke había logrado un viejo sueño de la niñez: ser científico. Había sido captado para el Centro de Investigaciones de Métodos Computacionales y Numéricos en la Ingeniería perteneciente a la UCLV y había cumplido el encargo, junto a un amigo, de programar un videojuego con gráficos 3D para un empresario extranjero.

Al mismo tiempo hacía bufonadas que lo distinguían como una especie rara entre el alumnado: salir en calzoncillos y envuelto en una sábana a almorzar, y en la puerta del comedor decir que estaba ensayando una obra de teatro sobre los romanos y la crucifixión de Cristo; o demostrar en carne propia —el vapor de agua estuvo a punto de asfixiarlo— que su cuerpo podría asearse con todo y ropa en la máquina fregadora de bandejas del comedor universitario. Obtenía casi todo lo que se proponía bajo el signo de “solo tienes que hacerlo y ya”, pero estaba aún lejos de lo que más le apasionaba.

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La madre del Muke, al tanto de su ardor por la animación, se había enterado de un curso que convocaba el ICRT en La Habana. El Muke y el Vito eran apasionados del tema, hablaban, imitaban voces, y gesticulaban como cartoons, así que se presentaron a pruebas. Pero el Vito no pasó. Según el Muke, que vio el examen de su compañero, hizo algo lo suficientemente raro como para que lo creyeran no apto. “Seis años después, con el éxito de Dany… —cuenta el Muke—, el renovado personal de animación del ICRT besaba las alfombras por donde pasaba el Vito”.

A la hora de la arrancada del curso, comenzaba el segundo semestre del último año de la universidad, tendría que escoger entre Arquitectura o Animación. Su curiosidad por el 3D y la programación, su personalidad cómica, todo parecía un sedimento de su afición por el dibujo animado. Calculó, además, que, de graduarse, seguirían dos años de servicio social, suficiente tiempo para rendirse y desaparecer en la multitud bovina que marca tarjeta y hace cumplir planes. Redactó una petición de baja y se corrió la voz. Un profesor fue a por él y le aconsejó que probara primero, que al menos inventara una excusa y pidiera una licencia estudiantil. El Muke siguió el consejo.

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El Muke no tenía ni amigos ni familiares en La Habana. La pisaba por primera vez gracias a aquella prueba de animación. No sabía dónde meterse. Para el examen, Vito y él habían logrado colarse en la Beca de 12 y Malecón, en un cuarto de cinco muchachas, estudiantes de Biología, a las que él luego pidió albergue durante los tres meses que permaneció en el curso.

Como su abuelo materno, que fue un notable tramposo de naipes marcados y dados cargados, el Muke ideó un truco para poder alimentarse sin que le agarraran. Al enterarse de que no todos los estudiantes iban a efectuar comida, recogió del cesto de la basura las planillas numeradas donde se llevaba el control de los becados al entrar al comedor. Entre los números que nunca eran tachados, eligió el que consideró menos memorable. Escaneó un carnet, lo retocó en Photoshop, y teniendo en cuenta el piso donde pernoctaba, se autoasignó a la carrera de Biología.

Según el Muke, el curso quedó por debajo de sus expectativas, de sesenta participantes quedaron seis, pero la principal causa del éxodo fue que no todos tenían un interés genuino por la animación. Para hacer la menor estancia posible en la residencia, pasaba todo el día en el edificio del ICRT de 23 y M, pues las clases comenzaban al medio día. Se arrimó a una mesa de animador poco preferida, que le permitieron usar para librarse un poco de él; y allí, con abundante papel, comenzó a experimentar el verdadero oficio, el control del tiempo del animado, y otros trucos básicos. Dibujaba mucho, y al final del día lo montaba en un aparato de fotografía que propiciaba la animación. Ahí aprendió a animar.

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Este grupo creativo de Santa Clara ha conseguido, gracias a una sinergia única, que una mujer dirija a un equipo sin ser precisamente animadora.Se puede decir que Gabi, como directora de animados, es una rareza. Este grupo creativo de Santa Clara ha conseguido, gracias a una sinergia única, que una mujer dirija a un equipo sin ser precisamente animadora. La regla dice que casi siempre el director es un lobo solitario y miope, que se aleja de la civilización durante meses ante una pantalla de computadora y programas gráficos, hasta salir con un material de cinco minutos al que él mismo y un primo-hermano sin brújula, le han puesto voces. Este caso se distingue porque Gabi solo crea la historia y da órdenes, que un equipo de dibujantes, pagados o no, ejecuta coordinado por la labor de producción y atracción del Muke. Ella elabora el storyboard, encarga dibujos, fondos y examina el trabajo hecho.

Cuando el Muke se planta, rompe su camisa y le canta al universo que él está entre los dos o tres mejores animadores en 3D que tiene el país, Gabi levanta una ceja y sonríe. Los registros del Muke son tan histriónicos que, a veces, es difícil saber cuándo está haciendo un chiste o hablando en serio. Ella es una muchacha enfocada e inteligente, cuya punta de la nariz comienza a hincharse por el embarazo.

El Muke, que tiene una fuerte vena pedagógica, habla de cosas técnicas y ella escucha. El Muke se distrae de sus obligaciones como marido y Gabi monta cara y lo llama a contar.

Como pasa a menudo, ambos se juntaron en la universidad siendo él profesor y ella alumna. Ella cursaba el tercer año y el Muke había sido su profesor en modelación 3D. La colaboración entre ambos se extendió; y el Muke fungió como su tutor en una tesis bastante rara en la carrera: crear una herramienta informática para lograr soluciones arquitectónicas simuladas en 3D. Lo que más le atrajo al Muke de Gabi fue que no solo le interesaban los temas de conversación que él le solía ofrecer, también los estudiaba. El Muke no es precisamente un hombre guapo, pero Gabi se rindió frente a su pesado egocentrismo respaldado por años de estudio.

Sobre un pequeño librero descansa un tarro con incienso y un japamala, especie de rosario para la meditación con 108 cuentas en el que podrían estar grabados, según Wikipedia, cada uno de los 108 nombres principales del dios Visnú. No era una alumna ordinaria. Se inclinaba hacia la programación, una disciplina más afín a las matemáticas cibernéticas que a la arquitectura y, por su rendimiento académico, a finales del cuarto año fue seleccionada para un viaje a esa especie de gran museo de la arquitectura moderna que devino Alemania a partir de la segunda mitad del siglo XX. Que su vida rebotase hacia la animación después de conocer al Muke, puede tener una explicación comprensible: en Cuba a un arquitecto se le hace casi imposible desarrollar el filón artístico de su oficio. La animación, que lleva elementos de diseño y arte, le pareció una buena puerta de salida. Y no le ha ido mal; de hecho, ha obtenido resultados inmediatos. Estando en el cuarto año de la carrera y sumada ya a Onirama, realizó Huesitos, su primer cortometraje, por el que obtuvo el premio de animación de la Muestra Joven de 2015.

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Como tienen un solo libro, el Muke y Gabi se alternan A Breef History of Time: from the Big Bang to the Black Holes, de Stephen Hawking. La ley de gravedad, el universo de las partículas elementales y las conjeturas del astrólogo parapléjico, son actualmente un tema frecuente de sobremesa. El Muke también hace conjeturas. Algunas, reconoce que son soberanos disparates, otras están por el camino correcto. Desde hace un tiempo trabaja en dos cortometrajes de animación que fueron apoyados en la Sección Haciendo Cine de la Muestra Joven del ICAIC. A la par, organiza y enseña a un grupo de animadores que capta en sus clases opcionales de animación en la Academia de Artes Plásticas local y coordina el equipo que trabaja para Gabi, también apoyada por el Haciendo Cine. Estos muchachos que forma, podrán ser los futuros animadores de Onirama. Al final de cada encuentro, que va a impartir a sus domicilios, puede desviarse hacia la física, la astronomía o la música.

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Las dos mejores obras de Vito, Lavando calzoncillos y los seis capítulos de Danny y el club de los berracos, pueden tomarse como extensiones de este grupo de artistas. Lavando calzoncillos da cuenta de cómo se teje el conformismo contra el cual el Mojo, el Muke y Vito se han plantado. Las berraquerías del club de Danny se podrían tomar como las ingenuidades propias de esa adolescencia prolongada, que ciertas personas de ingenio arrastran hasta edades avanzadas.

El Vito ha decidido distanciarse de la animación y probar el cine de ficción. El Muke, luego de dos cortometrajes difíciles de desentrañar: Dios que un pepino y Otro animado que no es para niños, se ha propuesto contar historias lineales que puedan ser comprendidas por el gran público. El Mojo —voz oficial de Mauricio en Danny…— continúa con su potencial en clave zen, que a veces le permite llegar a niveles impresionantes de rendimiento intelectual.

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Nelly, la perra del Muke, debe ser asistida tres veces al día para orinar. El Muke la carga, le busca la vejiga, se la aprieta, y hace salir un chorro amarillo-verdoso con un fuerte olor a azufre salado. La perra enfermó de moquillo hace más de un año y quedó totalmente paralítica. El Muke la ayudó a recuperarse: le preparó un andador, le compró vitaminas y controladores del sistema neurológico. En términos prácticos, es una perra inútil que apenas ladra y que mira a su dueño, a las visitas, a todo el que le pasa por el lado, con una extraña y terrible humildad. Todo el cuerpo y la cabeza le tiemblan de forma permanente. Cuando defeca sobre un almohadón impermeable que le hicieron, se arrastra para no ensuciarse y para que no la anden lavando siempre. Por la noche duerme en el comedor, por el día el Muke la entra a su cuarto y le habla. Cuando come, el arroz y el resto de la comida se salen del plato, y se riega en un radio pegajoso de 30 centímetros. Nadie en su hogar habla en términos de dignidad animal, pero a Nelly la tratan como a un ser humano.

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La idea inicial del Muke fue quedarse en la Habana después del curso. Se hace inminente una propuesta de trabajo como animador en el propio ICRT, pero un accidente doméstico le cambia los planes. Por esos días su abuela de 70 años sufre una caída en el baño, se fractura el fémur y él tiene que regresar a cuidarla. Durante el año en que Carmita permanece en cama, el Muke la atiende por las noches, funda Pan Caliente y termina la carrera por el día. Este episodio, la abuela postrada, ¿pudo tener algún peso en su decisión de quedarse? La pregunta es: ¿por qué un individuo como el Muke llega a tomar conciencia o partido por una opción que el resto de la personas generalmente no asume, aunque generalmente considera plausible?

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Carmita es quien mejor lo cuenta: Harold tiene unos seis años y su maestra lo regaña por no querer dibujar. Carmita recibe la queja y le pregunta por qué al nieto; Harold responde: “porque no me dio la gana”. Es castigado, no puede jugar, y se sienta durante horas en la acera mirando una rastra. La rastra se retira; Harold agarra una tiza y comienza a dibujarla justo en donde estuvo parqueada. La memorable pieza abarca sólo la parte inferior del vehículo, los cables, las tuberías, la barra de transmisión, el chasis, las gomas, las cajas de herramientas y el guardapolvo. La abuela y la madre se aproximan y examinan la obra. La madre, que es sicóloga pediatra, lo asume como otro indicio de que su hijo puede ser especial (un hijo, aun siendo especial, es un ciclista que avanza a ciegas). Carmita le pregunta por qué ha dibujado solo la parte inferior; Harold se encoge de hombros. Carmita le pregunta por qué, si ha dibujado la parte de inferior del camión, no dibujó en la clase como le ordenó la maestra. Harold responde: “porque no me dio la gana”.

Una década y media después, aproximadamente, y por una actitud similar, Harold decidió tener un apodo diseñado por él mismo: “El Muke”.

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El-Mojo-monto-su-taller-de-luteria-en-la-sala-de-su-casaEn el quinto piso del Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográficas, donde ha radicado desde su fundación la Muestra Joven, hay una serie de fotografías de grandes cineastas cubanos. El primero que salta a la vista es Tomás Gutiérrez Alea; en la foto lleva una carpeta en la mano, parece que va molesto por algo. Y es comprensible. Siguen otros: Sara Gómez, Nicolás Guillén Landrián, Santiago Álvarez… Justo al lado de la foto de Fernando Pérez hay un espacio vacío. Durante más de un año estuvo pegado allí un trocito de cartón que identificaba a una hipotética figura del cine cubano. El rotulado ya no está, algún malintencionado eliminó un cartoncito que decía: “El Muke”.

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