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Sencillamente,
Bartolo
Ahora, cuando al fin se ha estrenado El Benny, Jorge Luis ha declarado: “Me demoré el tiempo que tenía que demorarme para hacer la película”. Pienso que hay mucha verdad en esa afirmación: es un cineasta más formado y un hombre con mayor experiencia que aquel escritor del guión doce años atrás. Incluso esa primera aproximación escrita entonces recibió retoques, ideas y propuestas en 1996 del dramaturgo recientemente fallecido Abraham Rodríguez, quien, desgraciadamente, no podrá ver el resultado de su obra como coguionista. Primero El Benny se llamaría Divina desmesura, en alusión a la telúrica vida del músico, o El Bárbaro del Ritmo como fue acuñado el compositor, director de orquesta y cantante autodidacta nacido en San José de Las Lajas. Jorge Luis ha insistido en que su película no es un retrato biográfico, sino que se inspira en la existencia del Benny. También ha dicho: “No es un musical. Es una tragedia de un hombre que fue músico”. Pero cuando una sale del cine, luego de haber escuchado, íntegras o en parte, 42 canciones y haber disfrutado de la voz, el baile, las coreografías y arrebatos del músico, ¿cómo no decir que es una película del Benny y un musical, tal vez no clásico, pero musical al fin?
Acerca del trabajo musical en la cinta, Iliana García, pianista, musicóloga y profesora del Instituto Superior de Arte comenta: “Por un lado el trabajo con la voz del Benny fue un acierto. Me parece que habría que apuntar una especial coherencia entre la música propia del Bárbaro del Ritmo, con todo su valor, y la de Ceruto para la banda sonora. Existe una correspondencia entre lo “no académico” del Benny y lo “académico” de Ceruto, porque el tratamiento de los diferentes medios expresivos de la música, parte de una lógica que toma o elabora elementos melódicos-armónicos y rítmicos, implícitos en la música del Benny y los recrea con una excelente factura, propios de un músico que está a la altura de los propósitos estéticos del filme”. La voz real de Moré solo se escucha al final, en la canción “Soy campesino”, número en el que se escucha también al grupo Orishas. Para quien no sepa que se trata de excelente doblaje, la voz que inunda el cine es la del lajero más famoso. Y si el uso de la voz de otro cantante engaña al público no conocedor, en los primeros minutos de la cinta, cuando el Benny dirige a su banda de espalda, una piensa que es de verdad, incluso se pregunta: ¿por qué habrán coloreado las imágenes? Cuando se vira de frente y se descubre que es Renny Arozarena, el actor que hizo sangre y carne suya al popular sonero, ya se sabe que la película va por buen camino. Porque el Benny está ahí, en la música y la actuación del protagonista. El coreógrafo Isidro Navarro pensó que el director se había vuelto loco cuando le dijo que Renny sería el Benny. Pero tras un largo período de trabajo consiguió la metamorfosis.
La fotografía de José Manuel Riera y la dirección de arte de Erick Grass logran crear un ambiente creíble en los escenarios mexicanos, de Ciudad de La Habana y de Lajas. Como siempre, Enrique Molina en Olimpio, está bien, igual Carlos Ever Fonseca en Angeluis, Mario Guerra en Monchy e Isabel Santos en Maggie. Kike Quiñones borra su imagen de cómico para dar un orgánico Pedrito. No creo que El Benny sea una película perfecta. Pienso que hay detalles del guión que quedaron sueltos, historias no cuajadas totalmente, y que no se trata de una película de tesis, ni Jorge Luis se lo propuso. El director ha afirmado que “esta película ya tiene el mayor premio al que pudo aspirar, y es haberla hecho. Vale decir que nos dejaron hacer con toda la libertad y la confianza del mundo”.
También comentó: “esta película
no es intimista ni psicológica, ni sobre un tipo dándose cabezazos contra
las paredes. Es una película que quisimos grande, de bares y neones, de
luces, sensualidad y mucho escenario (…) Yo no quería hacer un musical
convencional, ni tampoco una película lineal y cronológica, por eso está
la etapa mexicana, donde él crece como artista, y por eso están las
retrospectivas, porque me interesaba también inquietar al espectador,
confundirlo un poco. Respecto al diseño del personaje en el registro
trágico, con destino inexorable, yo pienso que somos un país con una
historia llena de tragedias, por eso no entiendo esa costumbre de
representarnos siempre riendo y gozando. A mí me interesa mostrar el
desgarramiento y la tragedia, entiéndase que no la derrota ni el vacío”. Es lo que ha conseguido Jorge Luis: ofrecerles a los aficionados al séptimo arte una visión hecha música del singular sonero. Y hasta ahora ha logrado que el público se identifique con su obra, porque según ha dicho: “veo y siento al espectador como el centro, el punto vital por donde pasan y se encuentran todos los caminos posibles para llegar a la comunicación, la que no tiene que ser absolutamente total, porque el espectador es diverso. Necesito del espectador. Adoro y necesito comunicarme con él. Ser su cómplice. Me propongo metas; que ría, llore, sufra, medite, padezca, se movilice”.
Cálida acogida a El Benny en Suiza
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