Actualizado el 11 de abril de 2011

Lezama:

Amo el coro cuando canta

Por: | Fotos: . 12|8|2010

¿A qué edad comenzó a leer?

José Lezama LimaTodo tiene su origen, como usted sabe. Yo vivo de rastrear orígenes, de fundar orígenes. ¿Mi primera página leída? Bueno, tendría que remontarme al diluvio o a las glaciaciones. Fue allá por el siglo tanto. Caminaba desnudo por un páramo, rocas a am­bos lados, un tigre perfumado pisaba sobre mi huella, calculando que iba a ser su desayuno. El viento entonces: sopló. Arrastró un periódico de ese día del Pleistoceno en que informaban, con esa perspicacia de la prensa diaria, que un gordón le iba a ser­vir de salchichón a los felinos. Me dije: No. Y vine y me encaramé en mi sillón, donde estoy a salvo de tales infaustos alcatraces de tierra. Fue un acto insensible, prenatal. Un golpe precordial de letras antes de que fuera inaugurada la lec­tura. Y el culpable fue el incienso, el tigre rastreador, la ignorancia de que el desayuno estaba a punto de ser inventado. Pero no me agradó ser la materia prima del primer invento, ni ser leído ni lectura. Yo quería en ese instante inicial ser el múltiple lector.

¿Qué libro prefiere leer?

Yo prefiero. O prefiero preferir. Mi preferencia ocurre dentro de la diversidad. La preferencia tiene mil y un rostros multi­plicados por las once mil vírgenes y luego por los cuatro jinetes del Apocalipsis, lo que da una suma aproximada al hormiguero. Todo lo ofrecido tentador, en materia de páginas o tomos, entra a mi jardín sobreponiéndose a los letargos. A continuación, cami­nar ensoñado sin mover ni las pestañas ni los pies, lo que desemboca a otro acto mañanero de resucitar. Para mí, si entro al baile de los ideales, el ideal debe acercarse a una constela­ción donde seleccionar no sea mutilar, ni tomar solo un aplaza­miento en la oscuridad. Leo, pero sobre todo procuro descifrar, que resulta una invitación a fondo y no el simple saludo de acera a acera. En mi sobrenaturaleza íntima y en las sobrenatu­ralezas creadas, imaginar agregando es la alternativa frente a la mansedumbre de una entrega apagada y liviana. Prefiero la poes­ía, que es un hecho sin invalidez entre la imagen y la metáfora. Prefiero la novela, que es la majestad danzando entre sombras chinescas, el sempiterno diálogo observado a pulso y a diario, de la cuna a la tumba, del tambor al trono, del cepillo dental al edredón. Prefiero el ensayo, que es el bailarín en punta, una segunda remesa de poiesis, un sustratum incombustible. ¿Qué prefiero cuándo: hoy o ayer? Soy supersticioso, a veces. Por tal vestigio y atavismo, no deseo ni pensar qué prefiero, para que ninguna sombra me devele alguna obtusa querencia. Mi matri­monio es con el harem, soy amante de muchas caricias. No hay la preferida: amo el coro cuando canta.

¿Cualquier libro, con ser libro, cualquier lectura, con ser lec­tura, ya es suficiente?

Ah, qué va. No, amigo. El yoga Yogananda previene contra el exceso infundado y los hábitos sin reflexión. Resulta decisivo escoger: el tiempo es corto y no a cualquiera le toca. La bre­vedad de la existencia, el vértigo de la mano inapelable que te toma alguna vez, en la cuna quizás, en el pañal quizás, y te deposita en cualquier médano, y te contemplas ya con los 60 enci­ma del hombro, la reducción de los pulmones a dos lamparitas casi sin llamas, obliga a la selección. Lo bueno, si es posible o si es imposible. Aunque, ¿cómo sabe quien escoge que escoge lo mejor? Para eso se inventaron algunas asignaturas, como la His­toria de la Literatura, se inventó la crítica literaria, que no siempre acierta con sus gongs, y se inventó el amigo y la amis­tad, que recomiendan. Resulta que necesitamos guías. Por su­puesto, no hay infalibilidad en los consejos. El mejor consejo tiene siempre una pata de palo. Pero entre esas sobras y esos asideros, escoger lo mejor. Escoger lo mejor, que no es ni lo más placentero ni lo más fácil ni el último hermoso tomo que te vendieron o compraste. Escoger y escoger lo mejor: dos actos fecundantes, no iguales, acompañantes o no. Y mientras puedo escoger, persiguiendo las luciérnagas más fascinantes, permanez­co con un pie aquí, con los libros y bibliotecas y la humanidad narrada, toda la humanidad narrada, delante de mis ojos todavía inmortales.

¿Puede ofrecerme una lista de títulos preferidos?

José Lezama LimaPodría quizás hacer una lista, pero le anotaría una docena de millares de títulos de una docena de centenares de autores. Todo buen libro que leí, que son muchos, estarían en la lista, además de algunos que no leí, porque voy a leer mañana, además de otros que no se han escrito, pero que voy a leer algún día, además de otros que no se han escrito y no voy a leer nunca. No soy de los que sueltan una frase, con pose en la nuca de estatua de parque. ¿Por qué iba a decir grandilocuente y oportunistamen­te ahora: ésta es la lista? En mi caso no hay listas, listas de nada. No hay lista ni estoy listo para hacer la lista.

¿Alguna definición para biblioteca o libro?

En primer lugar, la biblioteca es un bosque: bosque asiático, teutón, eslavo, noruego o cubano y tropical. Y tal como dijo el poeta, el libro es un árbol, o un sol, que viene auroreando uno por aquí y el otro en el espejo. Porque el sol, a su distancia, envía luz, pero luz que quedaría trunca, trabada, disuelta, si no encuentra la hoja que la convierta en energía primigenia y en oxígeno. Así que el árbol es como el representante de Dios, es decir, homólogo del hombre, si el hombre se decide a ser el representante del sol en la Tierra. La hoja del árbol, si vamos a definirlo por lo hemostático, impide que la sangre escape, la humana, y vaya al río animal como turbión: si lo alimenta en directo o si lo alimenta en indirecto, a través de la bestia vegetariana, el hombre por fin se levanta de la eventual condi­ción de cuadrúpedo. La hoja del libro homologa esa acción, pero ya en otra intersección secuencialmente posterior. La casuali­dad no arma trampas de tan poco costo: es lo paralelo y lo tan­gencial haciendo coro en la causalidad. La hoja verde es una biblioteca vegetal, la hoja industrial es la biblioteca razona­da. La del árbol es razón primigenia, la del libro es otra arremetida del sol.

¿Algún libro mayor?

Una antigua doctrina árabe anuncia triunfante que el universo es un enorme libro. Más, atravesada de olivos, olvida decir que el libro, o todos los libros, es el universo decantado a la ignoran­cia y a la sustancia inerte. Los chinos reconocen milenariamente al libro como símbolo de poder que mantiene a distancia aceptable la malignidad de los espíritus. La estructura del libro no es mensurable por fuera. Desde los libros de papiro y manuscritos al industrial libro de hoy, el ego y la persona humana resbalaron hacia muchos corrales y de todos lograron salir, cojos o bizcos, no importa, trucidados sus genitales o vomitando esperma, no importa. ¿Y salieron gracias a qué? A que alguien les tendía una furtiva página amiga. El libro ha sido, y es, conspirador, fugi­tivo, orador de barricada, cimarrón de la montaña, el quemado en la hoguera, el perseguido hasta el mosaico, la hoguera misma. Ser absoluto es también una manera de cenizar, pero dígame, ¿alguna guerra perdió? Según el Mohyiddin ibn Arabi, las letras trascen­dentes trasegaban con el secreto de los secretos de todas las criaturas, quienes, a cincel y a fuerza de soplo divino, descen­dieron cuadrupeando al universo material y habitaron prados y cerros, adoptaron cencerros, se hundieron en las vías fluviales y bajaron a las costas y aguas pelágicas. Es un supón que no asom­bra, un mito hilvanado con sombrillas. Antes que la criatura humana redactara sus libros, quizás existía el libro mayor que lo contenía todo. Pero eso es conjetura, mitología seráfica, apo­logía mayor, y no sé si el polvoriento libro de nuestros estantes merece que lo castiguemos con tales desmesuras. Cualquier buen libro leído es el libro mayor. O cualquier buen libro es el li­bro, porque mayor es un grado bélico que le sobra a la lectura.

¿Es realmente bueno leer libros?

José Lezama LimaA cada familia cubana hay un tío que le desmiente la necesidad de leer. ¿Cómo explicar su suerte siempre navegable? Semejante al pulpo de Opiano en las Halieutica, cabezón y lleno de tentáculos, es dueño de bar o de carnicería. Viste guayaberas de orlas, pasea con señoritas de miel y no le falta el fajo adinerado en el bol­sillo. Ese señor, para firmar, se descubre del jipijapa, pero apenas logra temblar cuando estampa la ininteligible y torpe letra. No me otorgaron el don del sermón ni el olor del sal­chichón. Cada chivo hace tambor con su pellejo.

Hasta los confines, el universo, es una enigmática cordillera y un ábaco misterioso y sin fin. La simple razón tríptica, de espacio-tiempo-tierra de nadie, bastaría para varias humanidades y eternidades. ¿Me imagina administrando el bar y hurtando mili­litros de aguardiente? ¿O cargando perniles al frío? ¿Se lee para luego fundar un emporio de highboles o roncolins o de palomillas o boliches? ¿Cómo después reptar hacia Proust o Víctor Hugo, Wihtman o Martí? ¿Cómo destapar la botella que contiene el genio de Dostoievsky o Pascal? Imposible conciliación de trastabilleos. ¿Por qué, en resumen, leo yo? Es una interrogante a la que no puedo dar cabal definición. Lo que leo nadie me lo aconsejó ni ordenó. Leí y leo para lograr el contacto, nigromantear en atmósferas y en la propia tierra firme. Poseo vías laberínticas de buen cotejo, ojos, nariz, boca, tacto, etcétera, que funcionan con aceptable fidelidad obesa. Pero yo, José, para asomar y mi­rar, asumo la longitud del libro como catalejo. Con ojos asomados a la ventana solo veo rendijas de mundo. Con el ubicuo paginado atisbo paisajes de la Polinesia y de Alejandría y de San Peters­burgo, de la Italia donde elogiar a la locura era una locura apenas permitida, presencio tropelías de dos gigantones galos o de dos figuritas que cabalgan entre ínsulas y molinos, o el polo que Ruesch coloca con sumisa gelidez en esta propia penumbrosa y acalorada sala. El libro se alarga y rastrea por los dos extre­mos, o por los tres, orígenes, misterios, anticipaciones. Es la tabla de navegar y acercar latitudes. Para vivir, leía, desde siempre, porque, claro, vivir es tan importante como leer. Más tarde se invirtieron los imanes. Leer fue anticipo, umbral. Ini­ciar el tránsito expectante hacia la posible página escrita. Para aquel estadio, colmo y orgasmo, disnea y frenesí, delirio y aba­rrotamiento, debo pasar y tocarle al vecino, para que open, abra el libro sus puertas y ventanas y permita deambular por entre las inestimables vísceras, donde espera el inmenso bazar de las aventuras, incluidos la palomilla y el boliche intelectual.

¿Qué escogería entre un asado de cordero y un buen libro?

Son lecturas complementarias. Es como si usted diera a escoger entre levantarse por la mañana y acostarse por la noche. No se puede escoger: es inevitable levantarse y acostarse. No puede uno llenarse el estómago de palabras, por más que tenga la cabeza repleta de corderos. Cada cosa en su hora y para su función.

Digo, en alguna parte, que el libro nos convierte en golondrinas, que la casa de los libros, la biblioteca, es la morada del dragón, que la página escrita abre caminos entre el cielo y tie­rra. Digo aún más: el libro, por ser la mano errante, la cabalgadura que lleva y trae y trasiega con las noticias más oficiosas y pródigas, el caballero que se mira en el espejo de las circunvalaciones deslumbrante, es el primer pan del hombre razonable. Después viene el cordero, pero después viene el cordero. Inevitablemente.

Félix Guerra: Fue uno de los firmantes del Nos pronunciamos, manifiesto inaugural de la revista El Caimán Barbudo. Autor de Che Sierra adentro (a cuatro manos con Froilán Escobar), Criaturas insólitas o desaparecidas (en coautoría con José Luis Posada), Islas y otros continentes, El amor de los pupitres, entre otros, recopiló las entrevistas que le realizara a José Lezama Lima en el volumen Para leer debajo de un sicomoro (Letras Cubanas, 1998), del cual se extrajo este fragmento.

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