Actualizado el 17 de julio de 2011

Diálogo con Pedro Pablo Rodríguez, Premio Nacional de Historia 2010

“Hay que ahondar más en la historia del presente”

Por: . 7|5|2011

Conversar con un historiador es un desafío y un riesgo: desafió de provocar y riesgo de salir trasquilado; pero una conversación inteligente y serena puede resultar fuente de reflexión y nuevas búsquedas.

El historiador Pedro Pablo Rodríguez, quien recibiera en el 2009 el Premio Nacional de Ciencias Sociales, profundo estudioso de la obra martiana y defensor a ultranza de la Historia como disciplina formadora de identidad, atesoró recientemente otro lauro a su fructífera carrera: el Premio Nacional de Historia 2010.

Investigador incansable, ha incursionado en otras esferas como el periodismo e impartido conferencias sobre pensamiento económico cubano, en Cuba y en otros países. Por su labor en pro de la docencia y la ilustración de las nuevas generaciones, podemos calificar a Pedro Pablo no solo como un formador, sino nombrarlo con el honrosísimo título de Maestro.

Alrededor de la Historia como camino recorrido y enseñanza futura, la impartición de las disciplinas sociales en nuestro país, la necesaria cultura económica en que debe formarse la población, y otros temas no menos importantes, conversamos en el espacio de la Feria Internacional del Libro.

—Profesor, a lo largo de su carrera como historiador ha ejercido también el periodismo como una forma de comunicación. ¿Qué función le atribuye usted al periodismo de investigación en los actuales momentos de la nación cubana?

—Al periodismo de investigación se le ha dado en llamar así de un tiempo a esta parte. De hecho, cierta parte del periodismo ha implicado siempre una investigación. En las actuales circunstancias de Cuba es una de las formas del periodismo que hay que explotar más. El periodismo tiene que ofrecer más miradas, más ángulos de la vida cubana. Y cuando digo ángulos no me refiero sólo a realidades, sino a maneras de acercarse a esas realidades, inclusive para abrirle más voces a la población, al pueblo cubano.

“No podemos pensar que solo la voz del periodista puede y debe ser la autorizada para aparecer en los medios de prensa. Creo que ese es uno de los géneros más urgidos de desarrollar en Cuba; no es que no tenga cierto desarrollo, pero aún es poco. Uno ve a veces ciertos intentos, que lamentablemente quedan fallidos. No es lo mismo el periodismo de investigación que el periodismo de opinión, y a veces creemos que con decir: ‘yo creo tal cosa’, ya lo estamos haciendo, y no es así. Solo su práctica, su ejercicio cotidiano hará que se haga, por un lado mejor, por quienes lo tienen que ejercitar; pero por otro lado cumple una función imprescindible que necesitamos hoy: ahondar más en el conocimiento de nosotros mismos para también conocer mejor cuáles son nuestros problemas”.

—¿Qué responsabilidad o retos le atribuye usted a los historiadores cubanos en estos momentos?

—Creo que la Historia es una de las disciplinas más felices en los últimos cuarenta o cincuenta años en Cuba, dentro de las disciplinas sociales. Se han creado varios grupos, incluso varias generaciones de historiadores. A diferencia de otras épocas, en general el historiador cubano de hoy tiene una formación profesional, y hay numerosas instituciones que promueven la investigación histórica.

“Creo que uno de los mayores retos es continuar ahondando en la vertiente popular de la vida cubana, y entender las grandes líneas del proceso histórico cubano, que a veces pienso que se puede perder. Siempre habrá maneras nuevas de ver las cosas, y esto no debe quedar olvidado ante el examen parcial de algún suceso, de alguna personalidad. Lo otro es que hay que ahondar más en la historia del presente, aunque el presente se hace historia en cuanto pasa un día. Es difícil hacerlo porque los actores están vivos, porque muchos elementos documentales no están aún al alcance del historiador y pasará mucho tiempo para que lo estén, y porque el historiador es parte de ese proceso; pero quizás ahí está una de sus mayores virtudes.

“Creo que la historiografía nuestra tiene que abordar los últimos cincuenta años de la vida cubana y porque se conoce, lamentablemente, bien poco el propio proceso de la Revolución en el poder, y ello puede ayudarnos a entender cómo algunas características de la vida cubana, con sus virtudes y sus defectos, se han ido desenvolviendo a lo largo de estos años”.

—Los textos básicos que se imparten en las escuelas cubanas normalmente acaban con el Triunfo de la Revolución o en sus primeros dos o tres años. ¿A qué se debe ello; es un problema de metodología o de política educacional?

—No es un problema de metodología, aunque hay problemas de metodología; es un problema de decisiones que se toman, no sé por qué, de parar en un momento dado. Yo daría hoy la historia de Cuba hasta el 2010, y el curso que viene la daría hasta el 2011. Creo que es necesario que la gente reflexione desde el pasado su presente, y hasta su presente más cercano. Es la manera en que la historia tenga efectivamente una utilidad, se pueda comprender cómo está presente ese pasado en el día de hoy, cuánto influye desde nosotros y cuánto hay que actuar desde ese pasado para poder transformar el presente.

“También hay un problema de método; en la enseñanza se ha perdido mucho la comprensión del proceso histórico nacional, como proceso. A la gente se le enseña por lo general una suma de hechos. Se dice que hay una mirada marxista en la enseñanza de la historia cubana, en mi opinión no es así; hay una enseñanza positivista pedestre, ni siquiera positivista seria, científica. Posiblemente no sea la intención de los que han hecho los libros escolares. He visto muchas ediciones diversas de libros escolares y no pecan de eso; pero la enseñanza se transforma en fórmulas hechas, en la suma de tres o cuatro acontecimientos y repetir una frase hecha alrededor de una personalidad.

“Es curioso, me llama la atención escuchar a los jóvenes hablando; estudiantes de secundaria, de preuniversitario y hasta de la Universidad, que te resuelven un asunto histórico con una frase hecha de dos o tres palabras. Es la fórmula, el eslogan que se han aprendido de memoria para repetirlo: “Martí, autor intelectual del Moncada”, y ya explicaron quién es Martí, lo cual obviamente es un absurdo. Ahí están los problemas; la historia no puede ser eso porque además la mirada de la gente sobre el presente se simplifica, y lo ven todo como una relación inmediata de causa-efecto, aquellos que sean capaces de buscar una relación, sino que se queda como una suma de cosas, de sucesos, de hechos, de personalidades que no se entrelaza, que no tienen nada que ver el uno con el otro, y la historia es como un gran galimatías de una suma de acontecimientos. Es peligrosísimo porque puede llevar, y creo que ha llevado en más de un caso, a que la gente no comprenda de dónde venimos, y es mucho más difícil saber a dónde vamos a llegar sin comprender de dónde venimos”.

—¿Usted considera que la enseñanza de la historia en Cuba peca un tanto de dogmática?

—¡Peor que dogmática! El dogmatismo es una forma de absolutismo, pero pretende al menos, por lo general, trasmitir ciertos puntos de vista, quizás muy cerradamente, y a veces ni siquiera se pretende trasmitir puntos de vista sino solo eso: hechos, sucesos que nadie entiende bien ni por qué pasan, y se traen por los pelos para justificar el presente. ¡Es peor que dogmática!

—Usted ha dado numerosas conferencias sobre pensamiento económico cubano. ¿Cuáles son para usted los mayores retos o el camino por el que debe transitar la economía cubana?

—Bueno, yo no soy economista. Lo que sí creo es que no se pueden entender los fenómenos económicos por un lado y los problemas del resto de la vida social por otros; y no se puede pensar en los problemas económicos sin pensar el país, sin pensar la sociedad, sin pensar incluso en la vida espiritual de la nación. Me preocupan, a veces, ciertas manifestaciones que veo en algunas autoridades y en algunas personas que tienen responsabilidades económicas, muy tecnicistas, demasiado tecnicistas a mi juicio, que pueden llegar incluso a tecnocráticas.

“Serían fatales, porque si nosotros aplicáramos los raseros estrictamente de lo que se llama economía, nadie entendería cómo y por qué estamos aquí parados, cómo hemos llegado hasta hoy y cómo estamos haciendo una Feria Internacional del Libro. Esta Feria, en la cual estamos conversando, no tiene sentido en términos estrictamente económicos, aún y cuando recoja mucho dinero circulante, como suele suceder. Pero el país está tan terriblemente deprimido que uno se pregunta: ¿y se justifica realmente esta Feria del Libro? Por tanto hay una voluntad de otro tipo, y mucho más abarcadora, cuando se hacen acontecimientos de esta naturaleza. Y creo que los que pensaron la economía cubana en términos más lúcidos, fue precisamente porque no la vieron con un sentido tecnocrático, aunque tuvieran soluciones que hoy las podemos ver como equivocadas, o que respondieran a ciertos intereses de las clases dominantes, como era en muchos casos”.

—Comúnmente decimos que el cubano sabe de todo, que el cubano habla de todo, sin embargo es un poco cuestionable, difusa la cultura económica del cubano en estos momentos. ¿Cómo explica usted ese fenómeno desde la enseñanza y la trasmisión de un cierto sentido de la economía a las nuevas generaciones?

—Lo que sí es cierto es que la cultura económica del cubano ha decaído bastante. No sé si es problema de la enseñanza o de la vida social, quizás de las dos cosas. Pero es lógico que así suceda cuando la gente no se siente participando en las decisiones económicas, y no estoy hablando solo de los grandes rumbos del país, estoy hablando de la cotidianidad. Si los sindicatos de verdad no participan en el debate de los planes de producción y del control económico de sus empresas, si los trabajadores no participan en verdad en el control económico y en la vida cotidiana, la vida productiva de sus empresas, ¿cómo vamos a hablar de una cultura económica? No se puede pedir peras al olmo.

—Hablando de otros temas, acerca de su labor sobre la personalidad de Martí… Cuando usted habla de que en ocasiones se enseña de una manera un poco esquemática la historia, puede parecer que sucede lo mismo con José Martí, que se repiten mucho las mismas frases, los mismos textos de Martí ¿Cómo se explica ello tratándose del Héroe Nacional de Cuba?

—Con todas las grandes personalidades pasa algo parecido, más con una persona con una obra tan grande como la de Martí, tan extensa. Parece contradictorio, pero no es posible abarcar por la gran mayoría de personas una obra tan extensa. El problema no es la repetición de ciertas frases, porque hay frases que tienen un sentido probablemente eterno: “Honrar, honra”, por ejemplo, dice tanto. Lo que hay que saber cuándo se emplea, y a propósito de qué. Esa frase hay que saber emplearla a lo que convenga, a lo que efectivamente tenga sentido honrar. Hay cosas que no vale la pena honrar, por lo tanto no tiene sentido emplear la frase. Y es ahí donde, a mi juicio, está el mayor problema con Martí; muchas veces se utiliza como comodín, y no debe serlo. Martí debe ser como un gran espíritu, una gran fuente, un gran venero cultural que de uno y otro modo nos ayuda, nos explica, nos abre camino, y sobre todo nos lanza un permanente mensaje ético y de perfección humana. Quizás por ahí estarían las cosas más adecuadas de nuestra época.

“Hoy, que tenemos grandes ataques desde dentro de nuestra propia sociedad, sobre la propia nación, sobre la propia moralidad cubana, sobre la propia necesidad de perfección humana, creo que ese es el Martí que más nos hace falta. No el que se aprende de memoria, sino el que se convierta en modelo de virtud, modelo de actuación. Ser martiano hoy, no creo que es saber mucho de Martí, sino tener una actitud digna, de valores éticos, patriótica sobre bases éticas, como aquella a la que ajustó su vida José Martí.”

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