Actualizado el 4 de agosto de 2011

Con el Guille Vilar:

“No sirve de nada ser fundamentalista”

Por: . 8|7|2011

A Guillermo Vilar, el Guille, te lo puedes encontrar en cualquier lugar de la ciudad donde se escuche o se debata sobre música. Hombre de una ética a toda prueba, gestor de proyectos musicales suyos o de otros realizadores, es un hacedor de la radio y la televisión que se ha ganado el respeto tanto del televidente y el radioyente, como de la mayoría de los músicos y de los directivos de la radio y la televisión. Con orgullo porta ese blasón de ser caimanero. Su sección “Entre cuerdas” fue el primer libro que se publicó auspiciado por el saurio y hubo hasta policías para poner orden en el lugar de la presentación. Tanto era el interés que despertaban los comentarios crónicas del Guille sobre el rock.

—¿Por qué no eres músico?

—De niño, cada fin de semana iba con mis padres a casa de los abuelos, y el viejo después del almuerzo subía a su cuarto para escuchar discos del Trío Matamoros con los ojos cerrados, recordando quien sabe cuáles pasajes de su juventud. Yo subía las escaleras, en respetuoso silencio, y me sentaba a su lado para compartir aquellas jornadas de música tradicional cubana. Tales momentos impactaron tanto en mí, que hice a mis padres comprar una guitarra y hasta me consiguieron una maestra para enseñarme a tocar. Pero cuando me enteré que para aprender a tocar había que dominar las nomenclatura musical, hasta ahí llegué.

—¿Cómo se fue armando ese amor tan singular con las diferentes melodías?

—En conversación con una venezolana a finales de los 90, ella me preguntó sobre mis raíces musicales y yo le dije que Los Beatles. No conforme y conociendo bien las profundidades de mi amor por esta tierra, ella volvió a la carga para averiguar qué significaba el Trío Matamoros para mí. Sin pensarlo dos veces, le respondí que me hacían sentir cubano. Nunca he visto ninguna contradicción en dichos puntos de vista. Si mi cercanía al Trío Matamoros viene de la infancia; en cuanto a Los Beatles, pues me pasó lo mismo que a muchos de mi generación. Con 14 o 15 años iba a fiestecitas de amigos donde se bailaba con el rock and roll de Little Richard o de Bill Halley y sus Cometas y hasta con Paul Anka; pero al escuchar el primer disco de Los Beatles y a sus contemporáneos, todo cambió.

—¿Cuándo llegas a la radio?

—El que conoció a Los Beatles de “She Loves You” y “And I Love Her” no podía ser el mismo que aprecia, en su justa dimensión, la transformación conceptual ocurrida en este grupo, si tenemos en cuenta piezas de una etapa posterior como “For No One”, “A Day In The Life” o “Something”. Por supuesto, en esta especie de consolidación de una estética para la vida no solo fueron determinantes Los Beatles, sino otras agrupaciones como Emerson, Lake and Palmer, Yes o Pink Floyd, además de la Nueva Trova y hasta los conciertos con la Sinfónica los domingos en el teatro Amadeo Roldan. Con este background, al graduarme de Historia del Arte en la universidad, me ubican en Radio Progreso en 1976, momento en que comienzo a desarrollar mi carrera profesional, donde incluso me pagan por trabajar en lo que me ha gustado siempre, la música.

—¿Cómo surge “Entre Cuerdas”? ¿Qué ha sido El Caimán Barbudo para ti?

—El escritor Omar González, editor de El Caimán Barbudo hacia mediados de los 70, conociendo mis inclinaciones por el rock, me pide que colabore para la revista con artículos sobre dicha música y yo comienzo a escribir la columna “Entre Cuerdas”, llamada así por la preponderancia de los guitarristas en el rock. Pero la sección no solo abordó figuras individuales del genero, sino también a los grupos, e incluso hasta a cubanos que reúnen todas las condiciones para aparecer en “Entre Cuerdas” como Chucho Valdés, Silvio Rodríguez y Frank Fernández, entre otros.

“Desde comienzos de los años 80 hasta 1990, “Entre Cuerdas” representó para el cubano amante del rock, una posibilidad concreta de conocer el quehacer de los grandes mitos del rock anglosajón desde la perspectiva de la Revolución, escrito en cubano por otro cubano igual que ellos. Por lo tanto, El Caimán Barbudo a la vez que me da una inusitada popularidad entre los lectores de la revista, lo recuerdo con una nostalgia donde jamás pretendí llegar a nada que no fuera la posibilidad de hacer cada vez propuestas más atractivas, pero como un colega más entre los maestros de este valioso colectivo, con el que tengo una deuda eterna por todo lo que me enseñaron”.

—¿Qué ha ofrecido el programa radial Juventud 2000 durante los veinte años que lo has dirigido?

—A diferencia de “Entre Cuerdas”, donde yo escogía sobre quien hablar, a Juventud 2000 de Radio Progreso llegué en 1991, para insertarme en un contexto musical que no era el de mi preferencia, pero me asignaron la tarea y decidí asumirla. En realidad, a Juventud 2000 le debo el comprender que no sirve de nada ser fundamentalista en relación con los conceptos musicales que uno defiende. Comprendí que si al carnicero, la manicura o el chofer de la guagua les gusta Roberto Carlos o Alfredo Rodríguez, yo como director de programa no voy a dejar de tenerlos en cuenta sólo para atender mis preferencias musicales, puesto que todos somos un mismo pueblo.

“A la vez pude extender una mirada desprejuiciada a las canciones de Roberto Carlos y descubrir que realmente tiene temas muy buenos. En J2000 nos movemos en un entorno sonoro bastante distendido, donde lo mismo puede estar Enrique Iglesias, que aparecer Juan Luis Guerra, Los Van Van, Liuba María Hevia o David Blanco, por ejemplo. Claro, el oyente habitual sabe que hay un tope dado bien por la calidad de la realización musical o por la calidad del texto de las canciones. Una cosa es la gracia del doble sentido del Guayabero o de Pedrito Calvo, y otra la grosería de algunos reggaetones que no necesariamente son escuchados por la radio”.

A Capella, en su momento, fue un programa que rompió normas. ¿Qué te aportó ese espacio?

—A solicitud de la Redacción de Musicales de la Televisión Cubana de finales de los 80, nos reunimos el salvadoreño Jorge Dalton y yo para crear un programa de veintisiete minutos que fuera una especie de noticiero sobre el quehacer de la música tanto nacional como extranjera. A Capella rompió esquemas acerca de lo que se concebía como un programa musical en aquellos años porque, en primer lugar, el talento seleccionado se salía de la media de entonces, con videos de agrupaciones o solistas que han definido la evolución de géneros como el jazz y el rock, y además incluía a personalidades cubanas que se entrevistaban mientras ensayaban para un concierto o cuando llegaban del extranjero, hechos absolutamente normales, pero que no eran una practica habitual en la TV de aquellos tiempos, por insólito que pueda parecer.

“También, al mezclar toda esa modernidad con videos de clásicos como Bola de Nieve o el Benny Moré, fue una influencia para el posterior surgimiento de magníficos programas como Te quedarás. En sus inicios el espacio apostó por una conducción tan desenfadada, que con el tiempo aparecieron otros programas con intenciones similares. Hasta cambiamos el esquematismo de los créditos de realización; introduciendo saludos para los televidentes o cualquier otra ocurrencia, al punto de que los créditos eran tan esperados como cualquier video.

“Por supuesto, al cabo de más de dos décadas de estar en el aire, aquella euforia juvenil se ha ido atemperando en estos casi mil programas realizados, aunque conservamos esa disposición de grabar el programa lo mismo en un tanque de guerra, que en una grúa de los bomberos, hasta en el pleno vuelo de un paracaídas o en exposiciones de nuestros pintores, además de no repetir el elenco en cada programa y no ceder en la rigurosa selección de los materiales escogidos. Después de la breve pero importante experiencia del programa Perspectiva, con guión y conducción de Jorge Gómez y asesorado por mí, quienes me conocen de cerca afirman que soy A Capella. El día que le llegue su fin, como a todo, junto con el programa se irá una parte de mí. No lo dudes”.

—Háblame del nacimiento de Música del mundo

Todo comienza cuando la periodista Amada Montano, como directora del flamante Canal Habana en el 2005, me pregunta si tengo algún proyecto que proponerle, y de inmediato le presenté una idea de lo que podría ser Música del Mundo, con videos que ocasionalmente había presentado por A Capella, pero que ese no era su espacio precisamente. Como un axioma matemático, si algún video musical lo sorprende a uno, este material puede sorprender a muchos más, y esto es lo que ha ocurrido con Música del Mundo y los televidentes.

“Es extraño que al estar conversando con una o mas personas, no me hablen de un programa donde ‘se pone música árabe o africana’, que les gusta mucho porque disfrutan de artistas magníficos, aunque son verdaderos desconocidos. Es la reacción normal del individuo que se siente respetado, al tener la posibilidad de comprobar que el mundo sigue siendo inmenso, a pesar de la vertiginosa comunicación por Internet, y de que además de Elton John, Andrea Bocelli o Los Beatles, hay un montón de artistas más que merecen respeto por su calidad, ya sean de Egipto, Benin o Nueva Caledonia. Es un sentimiento de libertad que se agradece en estos tiempos donde las transnacionales de la música se empeñan en darnos cada vez más de lo mismo”.

—Un director de programas musicales debe saber de música, por supuesto, ¿y qué otras condiciones debe tener?

—Permíteme discrepar en cuanto a que un director de programas musicales debe saber de música. Si tiene conocimientos musicales, qué bueno, pero no es imprescindible. Sí debe tener una formación profesional que implique dominio de la historia de la música para comprender la evolución que esta ha tenido y la que tendrá en el futuro. Un director de programa debe ser un apasionado con lo que hace; lo cual quiere decir que quien se limite a programar las siete canciones de su espacio y mira al reloj para irse a casa, lo mismo puede dedicarse a vender mangos en el agromercado. Para ser director de programas de radio o de televisión debes respetar al pueblo para el que trabajas, ya que estamos encargados de satisfacer sus necesidades espirituales, una responsabilidad que va más allá de la rutina de la labor cotidiana.

“Los directores de la radio y la televisión somos tan artistas y profesionales como aquellos artistas con quienes trabajamos, pero ese respeto hay que ganárselo en el día a día. No obstante, el mundo no es como uno quisiera que fuera, y por tal motivo no todos las personas profesan estos puntos de vista y no ven a la radio y la televisión como medios de hacer llegar cultura sino como un fin que les permitiría lucrar con canciones de dudosa calidad”.

—¿Cuál es la buena música y cuál la mala?

—Para no tener que caer en la relatividad de los gustos, prefiero que sea la naturaleza quién te ofrezca la respuesta. Hay un científico japonés que ha fotografiado la reacción de las moléculas del agua en un microscopio ante determinado tipo de música. Cuando en el local se escuchaba una grabación con música de Chopin o de Mozart, el diseño de los cristales de las moléculas adquiría la belleza de las imágenes de un calidoscopio. En cambio, si se escuchaba algún grupo de thrash metal, la imagen de dichas moléculas no solo era irregular, sino bastante grotesca por cierto. Saque usted sus propias conclusiones.

—Vi una foto tuya de cuando fuiste a Londres, caminando por donde mismo lo hizo Lennon en su día. ¿Qué significa para ti esa estatua en el parque de La Habana y que sientes hoy con El Submarino Amarillo, de 17 y 6?

—Justamente lo que me emocionó cuando estuve frente a la casa de Lennon, fue el recuerdo de nuestra estatua en su parque habanero. Soy parte de una generación que tuvo el privilegio de crecer junto a Los Beatles y, por lo tanto, nadie tiene que contarme cómo fueron aquellos años. Pero no exageremos y tratemos de ser justos. En primer lugar, me parece un error hablar ahora de los 60 todavía desde la perspectiva de aquellos adolescentes magnetizados por el fenómeno beatle, como si no hubiéramos crecido… Por cierto, nadie polemiza de cuando en Estados Unidos se quemaron carátulas y rompieron discos de Los Beatles porque a John se le ocurrió decir que ellos eran más famosos que Jesucristo.

“A la vez, tampoco se tiende a ver la etapa de censura de Los Beatles en Cuba en relación directa con los sucesos de Playa Girón o de la Crisis de Octubre. Mientras nosotros estábamos ocupados por el cambio que dieron Los Beatles del disco Rubber Soul para el disco Revolver, nuestros mayores tenían sobre sus hombros inmensas responsabilidades por la supervivencia de Cuba como nación independiente, por lo que estos cuatro peludos, con pantalones apretados y cantando en ‘el idioma del enemigo’, no tenían que ser bien vistos por quienes no comprendían su significado como hecho cultural indiscutible, una valoración a la que se ha llegado con el paso de los años. No puedo negar la experiencia de cada cuál en los años 60 pero, por favor, no comparar con las vivencias de los chilenos, a quienes si los atrapaban con casetes de Silvio o Pablo durante la etapa de Pinochet, sencillamente no se sabía más de esas personas.

“En fin, creo que la estatua de Villa Soberón representa la definitiva armonía con Los Beatles en el contexto de la cultura cubana. No podía ser de otro modo, en una Revolución marcada por los principios humanistas que la distinguen. Tan es así, que se ha abierto El Submarino Amarillo, centro cultural de ARTEX a tan sólo metros de la estatua, donde la magia de Los Beatles ha logrado que quien lo visite, salga con ganas de volver. Ya un poco agotado, pero de ese entorno beatlemaniaco nos encargamos, como directores artísticos, Ernesto Juan Castellanos, escritor de varios libros acerca de Los Beatles y Cuba, y un servidor”.

—¿Algo más, Guille?

—Que estamos en los toques finales de una multimedia que he realizado acerca de la obra de Juan Formell y Los Van Van para Ediciones Cubarte, con la intención de que sea como una minienciclopedia acerca de nuestra afamada orquesta, trabajo que he hecho con el corazón por el honor y compromiso que encierra dirigir semejante proyecto. Es un privilegio muy especial.

“A los más jóvenes directores, periodistas, críticos, en fin a todos… que no se preocupen por abarrotarse de bienes materiales como signo inequívoco de bienestar de vida, que eso es menos importante si lo comparamos con la grandeza que implica recibir el reconocimiento de los demás. Me despido con la canción ‘The End’, pieza de Los Beatles, que resume esta forma de ver la vida: ‘Al final, el amor que tú recibes, es el mismo amor que tu entregas’.”

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