Actualizado el 31 de julio de 2011

Urribarres, el Negro

Por: . 17|7|2011

“[...] Gasto en salvas de amor mis últimos cartuchos…”1
Martí

“Estoy de 28 años; feliz del nuevo encuentro con una jazz band”, dijo el maestro Rubén Urribarres Pérez (Camajuaní, 1939–Santa Clara, 2011), al término del último concierto que dirigió en vida, para festejar el Aniversario 43 de la fundación de la Orquesta de Música Moderna de Las Villas. El acontecimiento ocurrió el viernes 1º de julio de 2011 en el teatro La Caridad de Santa Clara, y al siguiente día su corazón dejó de latir y la Cultura Cubana perdió a unos de sus más altos exponentes de la música; una distinguida fuente inspiradora en la conducción y composición artística, desde predios alejados del ambiente capitalino. Tal vez sea esta la última entrevista que concedió el destacado director orquestal villaclareño:

Las alas del interlocutor están en el espíritu. No se contiene en hablar y gesticular, y se cree siempre inmerso en un auditorio. De nada importa que las adversidades físicas le impidan ahora deambular con las dos piernas —como antes hacía— o parado frente a un escenario, despeñando reconocimientos, exigiendo el acorde preciso o prodigando el elogio a un instrumentista.

Ahora sus piernas están cercenadas, en una ausencia terrible después de varios accidentes vasculares, pero jamás usted encuentra a este hombre con un rostro amilanado. Todo el tesonero empeño que lo anima rebota en el sentido de la placidez por el arte, la responsabilidad, y esa constancia que por más de diez lustros inspiran desde una vasta carrera musical por escenarios cubanos y extranjeros, y aquí en Santa Clara ancló las profundas raíces en defensa de la Cultura Nacional.

Frente a frente, en el esplendor lluvioso de los días, pacté diálogo en la vivienda número 111 de la calle San Pablo, esquina a Unión, en esta ciudad, actual residencia del músico Rubén Guillermo Urribarres Pérez [Camajuaní, 20 de octubre de 1939], y un interrogatorio ausente de protocolo apriorístico, aguardó el acecho de preguntas incisivas, las cuales salieron raudas debido al conocimiento previo de los avatares de un artista que, en feudos de la ciudad, no requiere de muchas presentaciones.

El Negro, llamado así desde que vino al mundo tras un alumbramiento a término de su madre, dio los primeros pasos culturales en el contexto del hogar. Igual ocurrió a sus hermanos Rafael (“Tite) y Rebeca —músicos profesionales con años de ejercicio en la percusión o la dirección coral respectivamente—, al respirar lecciones literarias por vía materna, y de bailes por cercanías paternas, así como del solfeo o la teoría que insuflaban los tíos, integrantes de una reconocida Banda de Música en el terruño camajuanenese.

No faltaron en esos tiempos las confrontaciones de piquetes de changüí en épocas de lides parranderiles entre Chivos y Sapos, allá en el añorado universo de los Valles y las Parrandas que tipifican a su territorio natal.

Sin embargo, fue en la Academia de Música de Camajuaní, de la mano de Conrado Montiel Peñate, director de la Banda, y luego de Emilio Vizcaíno y de Benigno Seijó, donde surgió la decisión de adentrarse en el estudio de la trompeta, primero, y después de la percusión. A los 12 años, en 1952, debutó con nombramiento como instrumentista en las retretas que efectuaba la institución artística en plazas y lugares públicos de su ciudad natal.

—¿Fue ahí donde comprendiste que tu futuro estaría ligado a la música?

—¡Sí! De la casa, aledaña a la Academia ubicada en la antigua calle Sánchez Portal, salía vestido con un elegante traje y gorra de plato para ensayar o hacer presentaciones; junto a músicos mayores, muchos bastante adultos, aquello constituía una lección pedagógica y de superación. Después, en 1959, ingresé a la Banda Militar de la Fortaleza de La Cabaña, comandancia que dirigía el Che, a quien contemplé en varias ocasiones durante los almuerzos en el comedor de los soldados. Allí también aprecié a Camilo Cienfuegos, y comprendí la hermandad que unía a ambos guerrilleros.

“De ahí pasé a otra Banda, perteneciente a las Fuerzas Tácticas del Centro, agrupación militar radicada en Santa Clara. Hasta hoy, la música es la razón de ser de toda mi existencia. No dudo en decir eso; cada día, persiste una lección y un aprendizaje nuevo que obliga al estudio constante; a la dedicación y la entrega sin límites desde que uno se adentra a la partitura hasta que estructura un concierto luego del pase por los ensayos”.

—¿Es cuando surge el vínculo con Jiménez Crespo?

—Mira, Agustín tenía en 1960 la encomienda de organizar la Sinfónica de Las Villas. En Camajuaní escuché pormenores de su labor musical, pero el contacto surgió cuando él acudió a un concierto que ofreció la Banda de La Habana, a la que yo pertenecía entonces, y al concluir la presentación artística ofrecida en la sede de la actual Biblioteca Martí en Santa Clara, el hombre se me acercó para elogiarme, y con tremenda humildad le digo: “¡Maestro, soy de Camajuaní”. “¡¿Cómo!?, dijo él, “estoy formando una orquesta y desearía que la integraras, pues tienes condiciones como timpanista, en la percusión”. Y yo: “¡Bueno!, si usted lo cree, gracias”. Ese fue todo el diálogo, y hubo un apretón de manos.

“No sabía dónde meterme con tantas miradas encima. Surge el licenciamiento de la vida militar, y entonces se forma la Orquesta Sinfónica de Las Villas. Aparecen ensayos y contratos con la Banda de Santa Clara. Agustín decía que ahora pasarían al olvido las historias de agrupaciones musicales que antes dirigió, pues contaríamos con un presupuesto económico, incluso locales de ensayos y teatros, para funcionar con armonía y defender el sinfonismo”.

—¿Nace el período de superación profesional?

—Claro. Todavía estaba verde, como alegan. Todo lo que conocía en el campo de la música era de actuaciones de bandas que integré entonces. Aprendí cualidades de Jiménez Crespo en el terreno de la docencia, la dirección y la responsabilidad profesional. Agradezco que me enviara a La Habana para recibir lecciones de Domingo Arajú, timpanista de la Sinfónica Nacional, y de dirección de orquesta en el Conservatorio García Lorca, en Marianao. Al unísono, tomé un curso similar en el Conservatorio Provincial de Santa Clara, ubicado en el antiguo Liceo, y asisto a clases de solfeo, teoría y armonía. Ahora que soy un viejo recuerdo aquella lección del ruso Slonimsky, quien plantaba que un músico estaba formado a los 25 años de ejercicio profesional. Tenía un hambre enorme por crecer ante las habilidades que exige la partitura que colocas en el atril.

—No obstante, ¿hay una etapa intermedia que no mencionas mucho, referida a la vida en centros nocturnos?

—Siempre hice ese tipo de espectáculos, porque creo que un músico que disfrute el arte tiene que pasar por diferentes tipos de agrupaciones y estilos. En 1965, tras concluir una oposición, dirigí la orquesta del Cabaret del Hotel Jagua, en Cienfuegos, y recuerdo que ese jazz band acompañó en el show inaugural a Elena Burke, Miguel Ángel Ortiz, una excelente media voz, a Los Papines, y a los bailarines Ana Gloria y Rolando. Después se abrieron similares proyectos en los cabarets Venecia, el Cubanacán y el Ochoa Club, todos en Santa Clara, hasta que surgió…

—¿Qué? ¿La orquesta de Música Moderna de Las Villas?

—Sí, fui uno de sus organizadores y director. La conduje hasta 1972. En esa época, 1967, existían siete en el país, si no recuerdo mal. Disponíamos de un formato propio de jazz band, era considerada como una de las mejores de cuantas existían. Armando Romeu, el jazz en persona, velaba por nuestros ojos, y exigía un toque distintivo. De buenas a primera, en 1994, cuando ya dirigía la Sinfónica de Villa Clara, se desbarató.

“Fue una lástima, impuesta por la burocracia y los cruentos años de esa época. Su resurgimiento no sería ahora de gran utilidad, por la carencia de espacios donde incursionar. No descarto que puedan hacerse intentos por instituir ‘piquetes’ para encuentros específicos en espectáculos de magnitud. Una orquesta con esas características sería vital en el fogueo a los jóvenes instrumentistas que surgen de nuestras Escuelas de Arte, y sería como revivir las esencias clásicas del jazz, y también de la música cubana llevada a ese formato. Ya ves lo que ahora estamos preparando: tres conciertos para los primeros días de julio.

“Aquí está Bobby Carcassés, el gurú del jazz cubano, un músico excepcional que abandonó todos sus compromisos para venir a Santa Clara, Camajuaní y también Remedios. Jesús ‘Chú’ Rodríguez, último director que tuvo la Moderna entre 1984 y 1994, se ha encargado de concebir el espectáculo. Veremos si un día el Instituto Cubano de la Música comprende que retomar este tipo de jazz band dará un vuelco de originalidad a los espectáculos artísticos que ahora se conciben en vivo en centros nocturnos.

—Usted ha mencionado a Romeu, el maestro ¿Cómo es posible que en el año de su centenario, este 17 de julio de 2011, esté tan silenciado su nombre y trayectoria artística?

—Sinceramente, no tengo explicación a tu pregunta. Armando Romeu González (1911–2002), fue una “bujía inspiradora” en la composición, la orquestación y los cursos que, traducidos del Berklee College of Music de Boston, impartió al colectivo. Similar actuación le correspondió en los diferentes escenarios del país. El jazz no se podía liquidar de raíz; estaba en la sangre de ese hombre; era parte de su historia como saxofonista y director orquestal, y constituía un exigente director que preparó repertorios que iban desde “Room 43” (Ken Jones), “Drume Negrita” (Eliseo Grenet), hasta “Pastilla de menta” —un arreglo magistral de “One mint Julep”— y… Villa Clara en especial, y Cuba completa, debía rendirle el homenaje que ese hombre merece, no solo por los aportes, sino también por su dedicación al jazz band nacional; a nuestros aires musicales.

“Fue un defensor, contra todas las banderas, de nuestra Orquesta de Música Moderna. Por ese tiempo yo estaba dirigiendo la Sinfónica, y él venía a como diera lugar para organizar conciertos. Con su cabellera blanca, en camisa de color claro, hacia tarde por tarde presentaciones a un costado del teatro La Caridad, y la gente que pasaba por el frente de la edificación se detenía a escuchar a aquella big band, y exclamaban delirantes: ‘¡Aquí si hay música de la buena!’. Hoy todos los jazzistas cubanos debía beber de las enseñanzas de Romeu, y eso jamás se podrá negar aunque no se diga por las claras”.

—¿Y el Ballet, cómo ocurrió ese instante?

—A la Orquesta del Ballet Nacional de Cuba, con sede en el teatro García Lorca, voy accidentalmente por la propuesta del amigo Fabio Alonso, y las exigencias de José Ramón Urbay (director titular allí), para que asumiera los exámenes de oposición. Gané la plaza, era una de las dos batutas de esa agrupación, y en 1972 asumí todo el repertorio de acompañamiento musical a las coreografías, hasta que aparecieron las giras por más de veinte países europeos y sudamericanos, en los cuales conduje las Sinfónicas del Bolshoi, en Moscú, de Madrid, y también de Praga y…

“El director viajaba antes del resto de la compañía danzaria y preparaba los ensayos musicales según los programas de repertorio; aquí surgió el disfrute de los estilos romántico y clásico, incluyendo el barroco de Bach, Handel, la inspiración de Tchaikovsky, Musorgsky, Mozart, Beethoven, Wagner… Podría citar a otros importantes compositores, pero el gusto por el romanticismo y el clasicismo imponía los derroteros del Ballet Nacional de Cuba.

“Fue una etapa fructífera; de consagración de la carrera; de disciplina, de aprendizaje. No todo músico alcanza tal estatura ante instrumentistas foráneos, con barreras idiomáticas, pero anclados todos en un idéntico lenguaje: la música.

“El Ballet es la institución más prestigiosa de la Cultura Cubana, y sus méritos se basan en la fidelidad, la calidad artística, la disciplina de trabajo impuestas por Alicia y Fernando Alonso y los métodos pedagógicos que utilizan sus maestros. Aprendí que era necesaria la constancia y la responsabilidad, sin desdeñar la humildad, para lograr altos peldaños, sobre todo en la música. No tengo dudas de la validez en esa afirmación”.

—¿Porqué, si todo iba con excelencias, de inmediato regresas a Santa Clara?

—A solicitud de las instituciones de aquí, para dirigir la Sinfónica. Era 1977, y de veras fue un compromiso del cual no me arrepiento, pero en realidad jamás quise venir. Ya ves, aquí estoy como director titular de la orquesta y acudo a ella cada vez que me llaman. Son casi treinta años en su conducción. Hace unos meses, desde mi silla de ruedas, dirigí un concierto en que se tocó la Obertura de la Sinfonía Del Nuevo Mundo, de Antonín Dvorák, uno de mis músicos preferidos. Hay que percatarse, y todo músico cuando enfrenta una partitura debe asumirlo, de los estados de ánimos del compositor; de los trances que golpean sus vidas, y Dvorák, en los Estados Unidos, lega a la modernidad el dolor del emigrado, y en contacto con una cultura diferente.

“Por eso, cuando organizo un espectáculo con mi Orquesta de Cámara, hago saber a los instrumentistas momentos de la historia y la vida de los compositores que abordamos. Tal vez sea una pedantería, pero constituye un modo de volcar mayor inspiración y vigor a la espiritualidad que recibe el espectador. Eso lo aprendí durante mi estancia en el Ballet Nacional de Cuba, y fue una constante en las dedicaciones pedagógicas de Alicia y Fernando Alonso”.

¿Cuáles son las cualidades que distinguen a un director?

—Me introduces en un quebradero de cabeza. Aparte del talento, el estudio, es una profesión difícil en la que actúas de líder, de ejemplo y responsabilidad; de conocedor de psicologías, de pedagogo. Eres algo así como un Jefe de Estado, y perdona la comparación, porque claro, te eriges en artífice de cuanto ocurre dentro y fuera del escenario.

“Cuando en el ballet los danzantes, incluyendo primeras figuras, se quejaban del agotamiento físico, Alicia Alonso mostraba disciplina en los tabloncillos y era la primera en llegar y la última en irse. Ahí radica la constancia, el ejemplo. En una orquesta te enfrentas a cincuenta músicos; son personas diferentes, con problemas diferentes, y un solo hombre agriado puede estropear la calidad de un ensayo o un concierto.

“No obstante, el director tiene que mostrar talento y prestigio para ser respetado. Tampoco puede ser grosero: recuerda que es un pedagogo más. La Sinfónica de Villa Clara me tuvo de director titular hasta 2003, y todas esas lecciones traté de trasladarla a los músicos que allí tuve. Los avatares cardiovasculares me limitaron, pero sigo irradiando cultura desde otros frentes. El día que me muera, de veras, quisiera hacerlo ‘con las botas puestas’, en un escenario frente a una orquesta, y eso no constituye un envanecimiento, sino un deseo infinito de la vocación del músico que llevo dentro”.

—¿Cómo surge la Orquesta de Cámara?

—No es un engendro, sino la reunión de catorce músicos, instrumentistas de cuerdas y percusión cubana, con un amplio repertorio de selección nacional y extranjera, sin discriminación de estilos. Surgió en 1992 ante las dificultades de presentaciones de la Sinfónica. Jamás constituyó un proyecto presupuestado. Fueron muchos los conciertos iniciales y las aceptaciones del público.

“Es una orquesta con perfiles docentes. Jamás hubo una de su tipo en Villa Clara. Recesó por un tiempo sus presentaciones debido a mi enfermedad, pero en el último año y medio tiene acumulados cuarenta y seis conciertos, con actuaciones de cincuenta y dos unidades artísticas: solistas, agrupaciones de pequeño formato y estudiantes de los niveles elemental y medio que cursan estudios en la provincia. Los dos proyectos, el sinfónico y el de cámara, marcharon juntos bajo mi dirección. Hoy solo dispongo con satisfacción del segundo, y ya ves, marcha a la perfección”.

—¿Y el público?

—Primero déjame decirte una cosa: la música sinfónica no tiene una política de difusión y de conocimiento público, sobre todo en provincias. Sin embargo, la Escuela Cubana de Música es prestigiosa, con una sólida formación de instrumentistas, y al estructurar un repertorio, el público lo es todo, y merece el mayor respeto.

“El arte es para la gente y jamás se colocará en urnas de cristal. Carecería de sentido, y eso derriba conceptos de dificultad, de entendimiento. Hay públicos desconocedores de tal estilo o artista; no obstante cuando la música está bien hecha, es aceptada y los aplausos demuestran devoción. ¿Cuántos recorridos se hicieron por serranías cubanas, donde hombres y mujeres jamás vieron en la vida un Ballet, un Teatro Lírico o una Sinfónica? Cientos, respondería. El disfrute del arte no tiene fronteras, sexos, razas, y tampoco edades.”

La lluvia de la tarde tiende a cesar, y al despedirme de Urribarres, me voy convencido de que el músico jamás termina, aun cuando todo lo que hace en materia de arreglos y orquestación o copia sea “a la antigua”, con un papel y un lápiz.

No importa que sus dos piernas, ausentes ahora, no permitan caminar como antes lo hacía, recorrer de punta a cabo, entre atriles, los confines de un escenario. Hoy con tanto tiempo entre la música, sin los artificios que tienden a envanecer a otros, este hombre, conocedor de las circunstancias en que se compuso una pieza, por remota que sea la autoría, vive pendiente de los estados de ánimo del artista, de la historia, la psicología y la respiración de una época. Solo así se entiende el sentido de la música que vibra en toda su inspiración.

NOTAS

1. José Martí (1963): Obras Completas, tomo 20; p. 283. La Habana, Editora Nacional de Cuba.

Categoría: Entrevistas | Tags: | |

El Caimán Barbudo © Todos los derechos reservados