Actualizado el 8 de agosto de 2011

Emerio Medina:

“Soy uno de esos vagones que el tren arrastra”

Por: | Fotos: . 4|8|2011

A primera vista uno pensaría que Emerio Medina es lo que se dice un creador intuitivo. Un tipo cualquiera, que en la cercanía de los 40 se da de bruces con la literatura y —de manera catártica— se pone a escribir. Un autor medio naíf, sin demasiada formación y con un talento natural inobjetable.

Su entrada al corro literario nacional se produjo de modo insospechado, en lo que todos los ojos —si verdaderamente hay ojos sobre lo que se escribe en la Cuba contemporánea— oteaban (no sin cierta dosis de inercia) el horizonte justo en la dirección contraria. Cuando en enero de este año ganó el Premio Casa de las Américas con La bota sobre el toro muerto, había merecido ya el Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar y el Luis Felipe Rodríguez de la UNEAC 2009, por su excelente Café bajo sombrillas junto al Sena. Uno llegaría a creer, incluso, que si algún atributo no le falta es la suerte.

Pero instinto y buena estrella no alcanzan a explicar el quid de su inquietante irrupción en la Literatura Cubana. Entre Emerio Medina y el fenómeno escritural existe una relación que apenas comienza a revelar sus misteriosas claves.

—Para hablar de literatura habría que establecer primero el por qué de la literatura; ¿cómo te llega, cuándo?

—El impulso inicial tiene que ver mucho con mi vocación de lector. Leía bastante cuando era un muchacho, cualquier cosa: revistas, periódicos, aventuras, historietas, libros en general. Pasaba horas tirado en la cama o en el piso. Oscurecía y todavía estaba allí. Mi madre decía que me iba a enfermar; mi padre alguna vez tuvo que hablarme duro; mis hermanos se reían; y yo me escondía y leía. En fin, un desastre familiar. Pero no tenía idea de que algún día iba a ser escritor. En mi cabeza sólo había espacio para mis héroes. Todavía andan conmigo los personajes de Homero.

“Tardaría años en escribir algo. En los 90 hice algún intento y tuve que dejarlo porque en la casa no me perdonaron ese desliz. Me dijeron que eso era perder el tiempo, y, ya que era ingeniero, mejor me dedicaba en serio a la ingeniería. Ya tenía 36 años cuando por fin me dejaron tranquilo y pude escribir algo.

“Había regresado de La Habana (donde era jefe de montaje industrial en un contingente) y estaba enfermo de giardiasis y todo eso que uno coge viviendo en un albergue. Me quedé en el barrio, y a mediados de 2003 me puse a trabajar de profesor de inglés en un politécnico cerca de mi casa, en Valle Dos, en pleno campo de Oriente, donde vivo. Tenía que hacer guardia una vez a la semana y era muy aburrido. Retomé la costumbre de leer. Me robé a los Tolstoi (León y Alexei) de la biblioteca y por ahí empezó la cosa…

“En esa época leí el cuento de Senel Paz. Había visto la película Fresa y chocolate y busqué el cuento para comparar. Me gustó eso de los cuentos. Empecé a pensar en serio en escribir algo y siempre supe que sería narrativa, aunque no tenía claro todo eso de los géneros y demás.

“A fines de 2003 ya había escrito algunas historias enrevesadas con un final imprevisto, que no tenían nada que ver con la literatura. En ese tiempo era una esponja y absorbía cualquier cosa. Ahí fue cuando choqué con Rulfo y fue algo definitivo. Un grupo de relatos cortos comenzó a delinearse con cierta claridad. ‘La propuesta’ fue el primero que pudo exhibir alguna calidad literaria. Ese cuento en particular, me reveló una clave importante: uno puede sumar cualquier cosa a un personaje en tanto sea creíble y no aburra al lector. Después…, bueno, he escrito más de cien cuentos y sigo trabajando”.

—Uno podría suponer que un hombre que vive en el campo no ha tenido contacto con el mundo de los talleres literarios y el aprendizaje de las técnicas narrativas, pero asoma en tu escritura el signo inequívoco de una formación literaria. ¿Hasta qué punto has estado realmente solo?

—Hoy puede resultar duro hablar mal de los talleres literarios porque hay mucha gente asistiendo a ellos y tratando de hacerse de una profesión y un camino como escritor. Lo primero que una persona seria diría es lo siguiente: “este ahora habla mal de los talleres porque ya se ganó un par de premios y se cree la gran cosa”. Bueno, si voy a ser totalmente franco, creo que un taller literario sólo funciona si el profesor es realmente un profesor de literatura y no una persona que se graduó de Licenciatura en Letras porque no tuvo otra opción o porque le fue cómodo asistir los cinco años a la universidad.

“Hay algo de triste y poco productivo en todo eso. Un taller literario debe ser algo más que una lectura y revisión de textos. Yo asistí al taller literario de mi municipio. Todavía formo parte de él, pero en realidad —y esto puede parecer muy petulante— no me aportó nada.

“El taller que pasé, consistió (y consiste todavía) en dedicar muchas horas a leer la obra de grandes escritores. De manera que sí, he estado solo, pero a la vez he podido conversar y aconsejarme con Rulfo, Cortázar, Mark Twain, Martí, Chéjov, los Tolstoi, Hemingway, Onetti, Carpentier, Vargas Llosa, García Márquez y muchos más… A Martí lo cito porque, aunque no se le considere un gran narrador, dispone de la mejor oración narrativa que me he encontrado en español; su puntuación, específicamente el uso de la coma, añade a la narración una fluidez muy castiza, muy cadenciosa y agradable.

“La formación literaria, en la forma que yo la veo, depende más del mundo interior del escritor que de cualquier taller o curso. Es posible, incluso, armarse de las herramientas imprescindibles sin buscar ayuda especializada, repasando con atención lo que otros ya hicieron”.

—Te he escuchado decir que comenzaste a escribir a una edad madura, tras haber vivido en el extranjero y desempeñado diversas profesiones y oficios. ¿En qué medida favorece a un escritor esa experiencia de vida?

—Esa pregunta me la hicieron en Santiago de Cuba y cuando empecé a responder me interrumpieron. Parece que no les gustó lo que dije; esperaban oír un discurso académico con citas de grandes estudiosos y cierta palabrería muy de moda en los círculos literarios: eso de si Fulano dijo que el cuento era una novela despojada de ripios y la otra cosa era otra cosa…

“En la literatura no hay leyes ni razones, ni se trata de una suma o una resta; en la literatura todo se compone de miradas propias, muy propias, y lo que no está claro para los ojos de un erudito puede ser muy evidente para un artesano. Lo que estaba diciendo en Santiago era precisamente eso: no sirve de nada armarse de ciertos conocimientos académicos y varios diplomas colgados en la pared si no se tiene una experiencia vital, algo que nutra y afiance la mirada y el lenguaje. Un escritor es, ante todo, una persona que tamiza la experiencia propia o ajena y produce literatura. Si revisas la lista de los novelistas a lo largo de la Historia verás que todos vivieron intensamente. Fueron personas que dedicaron su vida a viajar, a guerrear, a explorar, a vivir. El discurso resulta falso cuando no tiene sustento vital.

“Sin embargo, no se debe confundir la experiencia de vida con la experiencia personal. Casi nada es personal en la narrativa. Acaso la primera novela de un escritor tenga que ver con su vida privada, pero después tendrá que inventarse mundos. La habilidad de recorrer la vida y mirar las cosas desde lejos es la primera y más útil herramienta”.

—No pocos autores consideran que se sobreestima el papel de los premios literarios como alternativa de publicación en Cuba. ¿Cuánto debes y cuánto no a los concursos en que has participado?

—Sin los concursos yo no hubiera logrado colocar ningún libro en ninguna editorial importante. El puente y el templo, que muchos consideran mi mejor libro de cuentos, salió a través del Concurso Oriente. No fue premiado, pero ganó una mención y eso le dio el derecho a ser evaluado por el comité de lectores de la editorial. El resto de mis libros ha ganado el premio. Es decir, yo he sido muy beneficiado con el sistema de concursos, por eso me resulta incómodo decir que me sumo a los que consideran que el papel de los premios literarios se sobrestima.

“Creo que la aspiración del escritor consiste básicamente en publicar su obra sin verse obligado a pasar por la agonía de un concurso. Por otra parte, las editoriales cubanas no hacen nada, o casi nada, por los escritores que tienen en catálogo. No creo que sea saludable utilizar el concurso como única vía para conseguir la publicación de un libro. Muchos libros, buenos libros, no ganan el premio y, por tanto, no se publican”.

—Entre el cubano de a pie Emerio Medina, que sigue viviendo con su familia en Mayarí, y el reconocido escritor Emerio Medina, que acaba de ganar el Premio Casa de las Américas, ¿cuál es la diferencia?

—Diría que no hay ninguna diferencia. Quizá si yo hubiera transitado el camino normal de un escritor fuera diferente a la persona de los inicios; quizá me habría dado tiempo a pensar en un futuro posible o en una posición social determinada. Pero no he tenido tiempo para creerme cosas, todo ha sido muy rápido. Publiqué mi primer libro en diciembre de 2005 por Ediciones Holguín; y apenas cinco años después he ganado los más importantes premios literarios que se otorgan en Cuba.

“He escrito, además, más de veinte libros en esos años. Te aseguro que no he tenido tiempo para pensar en diferencias. A veces miro a un escritor (o escritora) que ha ganado un par de premios y publicado un par de libros y no entiendo cómo puede ser tan petulante. No entiendo esas poses y esas narices altas. Creo que no me permitiría jamás actuar de esa manera.

“Si hay una diferencia, es que ahora el tiempo no me alcanza para nada. Hace apenas unos meses podía tomarme un trago con los amigos del barrio, con los primos, con los vecinos. Ahora casi no los veo y no porque no quiera; pero debo cumplir con determinados compromisos y, además, tengo que seguir escribiendo.

“La presión de trabajo va en aumento. Ahora creo un poco más en lo que hago y me propongo metas más ambiciosas en cuanto a calidad y densidad de la prosa. Tengo varios libros abiertos en la máquina. Son libros que ya pasan de las cien páginas; eso exige una entrega sin límites”.

—Percibo una salud actual del cuento cubano que tal vez no se da con igual intensidad en la novela. En tu caso, ¿por qué el cuento? ¿Hay un Emerio Medina novelista, todavía inédito?

—Coincido contigo en eso de la salud del cuento cubano. Acabo de leerme el número de La Gaceta de Cuba donde se publicaron el premio y las menciones del último concurso; y me alegró mucho descubrir que se está produciendo un giro en la cuentística cubana: la literatura de lo cotidiano va quedando atrás; la fabulación vuelve a ser espontánea y efectiva; la anécdota ha perdido importancia; los escritores se están fabricando mundos propios y lo están haciendo todo bien.

“Me atrevo a asegurar que, en general, no está ocurriendo así con la novela… Pero me preguntabas por qué el cuento. Bien, yo he andado los caminos del cuento y he visto que el género permite explorar a fondo la condición humana sin la obligación de tomar partido; sólo explorar sin involucrarse demasiado, sin dejar entrever puntos de vista o posiciones radicales. Creo que esa es la magia del cuento, la magia profunda, el sentido real de la literatura, cosas que en la novela sólo pueden ser logradas por esas manos maestras que el mundo ha conocido durante los últimos cinco siglos.

“Sin embargo, he escrito muchas más páginas de novela que de cuento. Quizá ahora mismo la novela como género me esté absorbiendo más que el cuento. Tengo mis propias consideraciones sobre lo que debe ser una novela y hacia ahí estoy apuntando los cañones. Pero no tengo preferencias por una cosa o la otra. Siempre escribiré el cuento que se me ponga a tiro y siempre estaré buscando un tema nuevo para una novela. Lo que sí te puedo asegurar es que prefiero sobre todas las cosas la narrativa para niños y jóvenes. Es el género que más disfruto. Ya publiqué la novela Sarubí, el preferido de la luna, y estoy esperando que salga de imprenta Suné y Rudel, los güijes guardianes”.

—Puede que no pase de ser una apreciación subjetiva, pero en muchos de tus relatos afloran con total espontaneidad las imágenes poéticas. ¿Alguna vez has pensado en escribir poesía?

—Escribí poemas en el año 2004, todo un libro de poemas que (para suerte mía) no pasó la prueba del consejo editorial provincial. No buscaba escribir poesía propiamente, pero necesitaba aprender a dominar la imagen y me puse a hacer mis experimentos. Hoy te puedo asegurar que la poesía no me interesa como medio de expresión.

—Esta pregunta es para Emerio lector: ¿qué literatura prefieres? ¿Sientes en tu creación la influencia de algún escritor en específico?

—No puedo decir que me gusta leer una literatura específica, ni me dejo llevar por una moda o por una tendencia, ni me gusta seguir recomendaciones. Casi siempre leo cosas por accidente, porque el libro estaba ahí, o porque determinada situación me llevó a él. De hecho, no acostumbro a recorrer los estantes a ver qué encuentro. Prefiero registrar las mesas de mis amigos y dejo que los ojos se encarguen de escoger.

“Hay autores imprescindibles: Rulfo, Cortázar, Vargas Llosa, Saramago, Javier Marías… siempre vuelvo a ellos. Y por supuesto, leo los libros premiados en Cuba, que son bastantes. Eso me permite estar al día. En cuanto a influencias, creo que ya te hablé de Rulfo, que es, junto con Onetti y Alexei Tolstoi, mi influencia fundamental. Con Mark Twain tengo una relación especial, algo así como una deuda impagable. Ahora he dedicado tiempo a leer a Vargas Llosa y a Carpentier. Con calma, con atención, tratando de desmontar su escritura”.

—¿Qué opinión te merece la literatura que escriben tus contemporáneos? ¿Cómo te ves a ti mismo dentro de ese cuerpo, tan difícil de definir, y que a algunos nos gusta llamar “literatura cubana contemporánea”?

—Pregunta difícil… En Cuba se escribe hoy con demasiados guiños a lo cotidiano, como si los escritores estuvieran urgidos de dejar constancia del tiempo que les tocó vivir. No discuto que tenga valores, pero dudo que esa narrativa trascienda.

“De hecho, la literatura cubana contemporánea está muy cargada de periodismo, crónica y denuncia social, como si el lector necesitara enterarse, por ejemplo, del precio de una prostituta en las calles de La Habana. Yo creo que, por el contrario, lo que busca es alejarse de una realidad inmediata, y eso es algo que la literatura cubana no está ofreciendo… Pero las cosas van cambiando. Quizá hoy ya se pueda hablar de fabulación en la narrativa cubana y quizá estamos volviendo a Carpentier. Sería saludable para nuestras letras. Si los escritores jóvenes se preocuparan menos por impresionar al lector, seguro producirían una obra más sólida en cuanto a calidad y trascendencia.

“En cuanto a mí, me veo como parte de un larguísimo tren que va arrastrando a generaciones de narradores. Yo soy uno de esos vagones que el tren arrastra. Tal vez me desenganche en la próxima estación y me quede mirando la vida literaria desde el aparcadero. O tal vez el tren me lleve hasta el final…”.

 

Cuento de Emerio Medina

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