Actualizado el 15 de septiembre de 2011

Agustín, un “loco” despierto en la cultura cubana

Por: . 12|9|2011

El jueves 20 de enero de 2011 Agustín de Rojas Anido asistió a la tertulia La Voz del Otro. Allí se sometió al amplio cuestionario oral que hice sin darle tiempo a una reflexión reposada. De aquel encuentro suscribo los puntos de vista que ofreció en torno a la ciencia ficción, su labor narrativa, y también las consideraciones que lo convirtieron en un defensor de la Cultura Cubana.

Agustín, el escritor cubano más prolífero de la ciencia ficción, acaba de fallecer en Santa Clara. Este lunes 12 de septiembre fue sepultado en la necrópolis de esta, su ciudad natal.

A pesar del lamentable suceso, todavía guardo instantes de aquellas asiduas conversaciones momentáneas que ocurrían en las aceras de la calle Céspedes, en las proximidades del Parque Vidal, cuando bien temprano en la mañana salía a auscultar la realidad social que observó por más de seis décadas de existencia.

A paso lento y al saludo de los amigos —tal vez los conocidos—, le hacían detenerse, soltar una ironía en voz baja; decir una sarta de ocurrencias sobre un suceso histórico o el panorama político del mundo. Más de una ocurrencia que movía a la risa o la reflexión soltaba al interlocutor que conocía de su locuaz y pertinente conversación. Por más de veinte años, antes de trascender como escritor tras la llegada de la novela Espiral (1981) —Premio David de Ciencia Ficción—, lo intimé en la calle sin que mediaran formalismos.

Su sencillez al vestir y dialogar, jamás lo envanecieron ante nadie. No importaron sus triunfos literarios para mantenerse por igual: Una leyenda del futuro (1985); El Año 200 (1990); El Publicano (1990) —Premio Dulce María Loynaz—, y Catarsis y sociedad (1995). Desde entonces, decía: “sin un sustrato de humedad no hay hierba que crezca”, para referirse al por qué no escribía en estos tiempos en que un pensamiento más allá de lo cotidiano lo hizo permanecer fiel a sus raíces.

De camino hacia la Academia de Ajedrez de Santa Clara, a donde iba para seguir aprendiendo sobre el juego ciencia y comulgar con los jóvenes que allí concurrían, al encontrarlo casi siempre espetaba: “El espíritu de un pueblo está en el escritor, en el que ausculta la realidad social, porque crear es vivir. Estos son tiempos difíciles donde lo material golpea con una fuerza tremenda; por eso no se puede renunciar a ser un simple vientre”.

Una vez le pregunté, ¿pero Agustín, para que vas a la Academia?, y de inmediato dijo: “Nada, a pensar. Yo soy malísimo en el ajedrez, y la gente me busca para hablar de cosas cotidianas; y escucho sin que el mundo me caiga arriba, sin echarme a reír. El que escribe es por que tiene que decir algo, pero debe saber oír, con humildad. Ahí tienes al barrendero, con un nivel de satisfacción cuando ve terminar su limpieza. Todo lo hace con amor o dedicación. El mayor estímulo es sentirse amigo de esa persona; y si algo necesita la gente cotidiana es el estímulo, el ser juzgado en lo positivo; eso es el saber oír a los demás cuando hay problemas, el reconocimiento de los valores; el tratarlo con respeto, el mostrarlo con aprecio”.

A principios de año, el tercer jueves de enero de 2011, Agustín de Rojas Anido acudió a mi invitación en la tertulia literaria La Voz del Otro, un encuentro mensual entre escritores y periodistas. Vino a compartir el espacio con el periodista Yandrey Lay Fabregat y el público. También a someterse a la inquisición de mis preguntas sobre la ciencia ficción y el periodismo. Son tópicos muy distantes, pero de cierta vinculación. Cada cual, desde su punto de vista, ausculta la realidad; uno la futura, la hipotética; el otro la inmediata, la que hace trascender.

A cada pregunta, entre el sorbo del líquido que rebosa una taza de café y el acostumbrado cigarro Popular, surgió una pertinente respuesta en sentido paternal. Era el profesor, el biólogo, el escritor, el sencillo hombre de calle el que conversaba con el público. Por supuesto, pudieron derivarse muchas interrogantes en torno a lo que decía; en cambio, el imperio del horario, el ceñirse al tiempo, obligó a la coherencia de un diálogo, de un instante de comunicación.

—¿Cómo surgen tus libros?

—Nada, por un azar del tiempo. Ya existen tres estudios universitarios sobre mi obra, aunque creo que se hizo otro por la Universidad de La Habana. Hay cientos de comentarios que la ubican como referente de la ciencia ficción en Cuba. Mi profesión es biólogo, y como hombre de ciencia persiste un deslumbramiento a partir de lecturas juveniles. Allá en el preuniversitario Raúl Cerero Bonilla, de La Habana, se destapó el primer bichito. Ver y disfrutar cómo existen, en manchas negras sobre papel blanco, seres de carne y hueso. Ahí está la magia de la palabra; hace ver cosas que antes no se apreciaban, eso es lo insospechado de la realidad, y comprendí que la ciencia ficción denota los mundos posibles.

—¿Es necesario estudiar Letras para escribir un libro?

—¡No, no, que va! Por suerte no estudié Letras; me hubiera suicidado. Recuerdo que los profesores de Matemática y Español se enfadaron: querían que optara por una de esas especialidades. Tenía idea de estudiar Antropología, y de ahí vino la Biología. Con eso no hubiera escrito jamás, cosa que ahora al cabo de los 60 años entiendo, y la comparación más exacta es cuando ves una película de buena acción en el cine, con la condiciones idóneas. Sales a la calle y te identificas al vivir las imágenes como algo real. Es como percibir las manchas negras sobre el papel, esos personajes son los reales que apreciaste desde la óptica de la ficción, y dices, pero que es esto, un sueño.

“La magia está en la palabra, en el acto de conocer, y pensaba escribir el día que me jubilara; esto era un sueño imposible, como Sancho Panza con su eterna Ínsula. También estaba el trance de la vida, como cuestión práctica —ganabas un premio literario o tenías que cortarte la cabeza—. Pensé en ganar un premio, pero no sabía nada de escritura, y no quería someterme a la literatura corriente, sino a la ciencia. Tenía su conocimiento, y también la captación de ese pensamiento. Todo lo que está detrás del hombre de ciencia, y esa era la única variante para hacer literatura.

“No es hasta finales de 1979 en que anuncian el Premio David. Tenía escrita las dos primeras partes de Espiral. Todo lo hice a máquina, con una cinta que se partía constantemente. Eran más de setecientas cuartillas, y al fin envié la novela. Ya el año anterior Daína Chaviano había ganado ese certamen con Los mundos que amo. Dije entonces: ahora le toca a Espiral. Ángel Arango, el patriarca de la ciencia ficción de Cuba, no era partidario del catastrofismo, y era el presidente del jurado. Lo veía todo perfecto y luminoso. En cambio, mi novela hablaba de guerras nucleares y los sobrevivientes reducidos a nada. Miguel Collazo era otro del jurado, integrado, además por Daína. Ahí ocurre el milagro, me salvan los criterios compartidos, y viene el premio”.

El Publicano tiene un giro, una vuelta, ¿por qué?

—Por la cantidad de cosas que desconocemos, por la existencia de una sola visión; si hay muchas visiones nos podemos marear, y confundirnos y eso es malo. Ya no existe un pensamiento enciclopédico; eso se acabó con el Renacimiento. Sin embargo, cualquier ciencia puede ser objeto de ficción. Hay una diferencia clave si leemos el artículo “Desde la imaginación disciplinada”. ¿Cuál es? Pues, entre fantasía e imaginación. La fantasía, autentica, rompe con lo que es conocido, y en la realidad se introducen cosas que no tienen fundamentación. En la imaginación, lo importante es qué pasaría si…. Es algo que no es conocido, pero al menos resulta probable y no contradice planteamientos. Eso obliga a mayores conocimientos. El mundo no se traslada, y se crean personajes. El escritor de ciencia ficción tiene que preocuparse por la coherencia; ser creíble, y eso sin error no rompe la atmósfera mágica. La coherencia es para mi la visión número uno, con la cosas que allí interaccionan en la creación de un universo.

“Soy un fresco, y se me quedó el hábito de la coherencia. Cuando termino El año 200, estaba totalmente desinformado de lo que se hacía en el mundo: Tenía otra novela casi concluida, pero la dejé por falta de documentación correcta. No quería hacer nada que no fuera reproducción exacta de una época; algo así como novela histórica de ciencia ficción. Algunos no consideran esas obras en un panorama puro, pero aplicando principios científicos, es posible reconstruir la historia con un universo creíble que se enmarque en una época, y que suene convincente. Así nació El Publicano, no para demostrar una tesis, sino para contar aspectos del realismo sin penetrar en signos imaginativos o del concepto clásico de lo fantástico; sin nada artificial.

“Ángel Arango con El visitante inesperado convierte a Jesús en un extraterrestre, casi similar a nosotros. Un científico jamás lo admitiría; por eso fui a los textos bíblicos para no hacerlo creíble, sino que emocione al lector, y demostrar como un individuo tiene una influencia notable en la humanidad. Hasta en los milagros doy una explicación”.

—En la década del 80 trataste de explicar en teoría tu obra, ahí están tus libros teóricos sobre el teatro, ¿porqué ese cambio por la unidad o la organicidad de los seres humanos?

—Mira, si dan una bofetada a un cubano en cualquier parte, uno lo siente como propia. Eso es martiano; ahí está la unidad en el ser humano a la que te refieres. No es salvar el pellejo, sino dibujar con claridad cómo habían soñado Marx y Engels la sociedad del futuro, del comunismo. Creí en el deber que la gente pudiera entender a dónde podíamos llegar, sin que eso fuera una inocencia. Por eso hice algunos ensayitos cortos.

“El escritor tiene como objetivo tratar de preparar a la gente para el futuro; no por hipótesis científicas, sino como abertura hacia las posibilidades persuasivas de la magia literaria. Ahí está la ciencia ficción, con un público capacitado para contemplar al hombre fuera de la faja de su tierra; como si la imaginación permitiera salir más allá de la realidad de los pensamientos normales, coherentes.

“Es como despertar un gusto en el lector; es llamar la atención y dar un impacto social, y cultural en la historia. Es el sueño de la realidad, y la imaginación, sin dudas es más importante que el propio conocimiento, y siempre se va más allá de lo sencillamente conocido. El poder profético de la literatura está, desde los Viajes de Gulliver o Julio Verne. Desde entonces se hablaba de viajes, de la existencia de dos satélites, y recorridos submarinos. Son ejemplos proféticos, de anuncios que aparecen no solo en la ciencia ficción, sino en cualquier palabra escrita por el hombre.

“Por mis concepciones y mi manera de escribir, enclaustrado en Santa Clara, surgió en algunos corrillos el concepto de que ‘¡Agustín está loco!’. En una ocasión dije en la tertulia de La Buena Pipa —conducida por Lorenzo Lunar Cardedo— que ¡sin esa fama de loco, tu sabes dónde estaría yo!’. Lorenzo me interrogó: ‘pero ¿tú estás loco?’, y respondí: ‘bueno hijo tu sabes que la locura tiene muchas definiciones, en alguna estaré yo’. De veras, mi locura es escribir y apreciar la realidad social y cultural de un pueblo; de mi pueblo”.

—Vamos a otro punto. ¿Qué es para ti el hecho cultural?

—Estar aquí conversando con ustedes. Yo a veces me cuestionaba y decía, por aquí no podemos llegar allá. Cuando la UNEAC hace el llamamiento que lo primero que necesitamos salvar es la Cultura, afianzo la perspectiva del conocimiento orgánico del individuo. Los seres humanos más cercanos son mis compatriotas, y si tienen un problema, ese también me afecta a mí. Hay quien es como los canarios que cantan y no se dan cuenta de lo que hay atrás. Está el concepto de mucha gente que por diversas razones quiere ser cualquier cosa menos su tradición cultural, histórica. ¿Quién fuera…? Así dicen. El tipo quiere hablar todos los idiomas, menos el propio. Es el sueño de mucha gente que ve como modelo ideal lo extranjero. No hay cosa que amenace más la integridad cultural de una nación que aspirar a dejar de ser creíble. Eso me preocupó, y me sigue preocupando. Hay quien se viste para aparentar ser un turista, y eso es amenazante.

“La cultura cubana tiene valor; soy un simple producto de la cultura villaclareña, cubana. Defiendo el genio universal de Martí, está regado entre nosotros, y no soy un genio, sino un sencillo cubano, con sus locuras —tal vez una— pero en pelea desde cualquier calle del país. Así abro la vista, y también contribuyo a que mis coetáneos sean cada día mejores.”

Así percibí a Agustín de Rojas Anido. Durante años lo aprecié como un sencillo niño; hombre de ciencias, despierto en defensa de la Cultura Cubana dentro de las constelaciones de un firmamento histórico concebido para defender y confirmar al hombre entre los sueños posibles de ese futuro que describió sobre el papel y su literatura.

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