Actualizado el 18 de septiembre de 2011

José Modesto Darcourt:

Un heraldo del béisbol que le tocó vivir

Por: . 18|9|2011

Con opiniones controversiales —quizás para algunos—, muy dispuesto a decir lo que siente sin temor, José Modesto Darcourt es un heraldo de los no tan viejos tiempos del béisbol que le tocó vivir. Comenzó en 1976 a jugar en nuestras Series Nacionales y se difuminó mucho antes de lo que sus condiciones físicas le hubiesen impuesto. Pitcher zurdo, corajudo, capitalino de la cabeza a los pies, que arrastraba gran cantidad de fanáticos de su curva y su seguridad en el box, defiende y defenderá a los Metropolitanos desde la posición de un atleta que pudo llegar a la cumbre siendo de un equipo tan “utilizado” y desarbolado pero que a él se lo dio todo. Aunque niegue seguir nuestra Serie Nacional, no puede abstenerse del pálpito que su pasión le inspira; por ello, con cierta mezcla de rebeldía e inteligencia —y “dolores” que no esconde en esta entrevista—, perdura como celoso vigía del destino del béisbol cubano.

—¿Qué le pasó a José Modesto Darcourt que desapareció del béisbol, para muchos, antes de tiempo?

—Me decepcioné del béisbol y el inicio fue el año 82. Ese fue un año para mí bestial. Gané doce juegos y perdí solamente dos. Me esforcé al máximo y en vez de ganarme el equipo nacional, casi me gané una cárcel. Yo estuve implicado o casi me implicaron en los sucesos del 82, en esa historia de la venta de juegos. Era el lanzador zurdo de ese equipo y me desaparecieron. A mí, en lo particular, me decepcionó lo que pasó. Cuando se hicieron los Centroamericanos en Cuba ya no participé. Después de ahí no hice más nunca el equipo nacional, aún teniendo buenos resultados. En algunas ocasiones fui yo el culpable porque me busqué sanciones por mi manera de ser. Pero en otras, ni me llevaron a la preselección. Llegué a hablar con el Gallego Fernández, cuando tenía que ver con el béisbol, me senté en su oficina y le planteé la situación y me dijo: “No te preocupes, tú eres un hombre joven, el año que viene puedes hacer el equipo”. Yo tenía 25 años. Eso sucedió cuando un comisionado decidió dejarme fuera, teniendo buenos resultados. Todo aquello fue matándome. El béisbol yo lo jugaba por motivación, para mí era y es lo más grande. Todo lo que tengo, todo lo que soy se lo debo a él, así que lo hago de corazón. Pero me fui vaciando poco a poco. Falleció mi padre también, que era un incentivo dentro de mi carrera, porque siempre me estaba motivando. Por eso cuando regresé en el 89 del campeonato de Rotterdam en Holanda, dije que no jugaba más. En ese año integro el equipo Industriales, pero no jugué, estuve en plantilla y lo que tiré fueron dos o tres innings, ya yo no quería jugar.

—¿De dónde eres? ¿Cuándo empiezas a jugar béisbol?

—Nací en Centro Habana, en lo que es el Barrio Chino. A los tres años, cuando el Plan Pastorita, le dieron un apartamento a mis padres y a partir de esa edad comencé a vivir en La Habana del Este. Soy de La Habana del Este. Desde los tres años jugaba pelota. Siempre me gustó, por encima de todo. Para mí la pelota era desayuno, almuerzo y comida. Cuando mi mamá quería encontrarme preguntaba dónde estaban jugando pelota y dónde a ella le decían, sabía me podía encontrar.

—¿Qué jugabas de pequeño?

De todo. A mí me gustaba mucho batear, pero el lanzar me atraía, porque es un arte, es un gran arte. Yo digo que el lanzador es como el pintor, que hace un cuadro y empieza por pinceladas y después lo termina. El lanzar es lo mismo, vas pensando cómo trabajar al bateador para lograr un objetivo. El final del pintor es el cuadro, el del lanzador es el out, es el ponche, es el juego ganado. Por eso digo que es un arte.

—Mirando atrás, ¿cuál crees que haya sido tu fortaleza y tu debilidad como pitcher?

—Mi fortaleza siempre fue saber imponerme, sacar un poco el extra cuando se necesitaba. Y mi debilidad fue la disciplina.

—¿Eras indisciplinado?

—Era muy indisciplinado, esa fue mi debilidad. ¿Por qué? Porque… bueno, las indisciplinas mías de antes, hoy no son indisciplinas.

—Por ejemplo…

—Por ejemplo, no estar en un albergue porque un director quiere que tú estés y te vas a ver a tu familia o a estar con un amigo. Eso provocaba que te sacaran de una preselección. Hoy se van y no pasa nada, incluso a veces se demoran en llegar a los concentrados. Antes eso era una indisciplina grave, hoy no.

—¿Entonces crees que se ha resquebrajado la disciplina?

—No sé si se ha resquebrajado la disciplina o es que ya vemos las cosas con diferente óptica, porque en la vida real no hay necesidad de estar seis meses encerrado en un albergue. Tenemos familia y nos debemos a ella. Seis meses jugando pelota y dos meses después encerrado en un albergue, en un concentrado. No hay necesidad. Cuando uno quiere puede dormir en su casa y es capaz de disciplinarse, de no cometer errores y de saber llevar la vida correctamente. Todo está en la conciencia que se haga el atleta.

—¿Cuáles fueron tus habilidades como pitcher, qué lanzamiento dominabas más?

—Yo tenía una buena recta, pero tenía una gran curva, una curva difícil de batear —eso lo decían los bateadores—. Además, saber mezclar y combinar. Podía tirar cambio y un slider, por ejemplo. A la curva le puse “lanzamiento en veda”. Todo el mundo ahora tira slider, tenedor, cambio y recta. ¿Y la curva? Dicen: “No, porque te lesiona el brazo”. ¿Y el tenedor no lo lesiona? Todos los lanzamientos lesionan el brazo si tú no te preparas, hasta una recta. El pitcher que tenga buena curva, gana y te lo demuestra los dos lanzadores zurdos que este año tuvieron buenos resultados. El de la capital y el de Pinar. Fueron ganadores. Pero ese lanzamiento está en extinción total.

—¿Estudiabas a los bateadores?

—Los memorizaba mucho y trataba de no cometer el mismo error con ellos de quizás las primeras veces Claro, hay bateadores que vienen en una noche perfecta y por mucho que tratas, no puedes. Yo tenía el caso de Pedro Jova, que era un bateador que me conectaba con facilidad; pero, por lo general yo era una persona que analizaba mucho a los bateadores y tenía buena memoria en cuanto a lo que ellos hacían y trataba de prepararlos para lograr el out. Yo tenía un entrenador de pitcheo, Andrés Ayón, que me decía: “Se pitchea para sacar out, pero cuando se tiene al bateador en dos strikes, ese tiene que ser el poncha’o porque ese es tu out y esos son los números tuyos”.

—De ahí que aparezcas entre los primeros en los récords. Fue una estrategia junto a tus condiciones y tu talento…

—Está mal decirlo, pero fui el segundo lanzador zurdo de por vida en llegar a cien victorias. El primero fue Santiago “Changa” Mederos. Fui el segundo zurdo en alcanzar los mil ponches. Es decir, en todos los récords que pudo tener Santiago, yo los superé y después vinieron los demás y me superaron a mí. Pero tuve la dicha de que Santiago casi pronosticara eso. Yo era muchacho, estaba en las categorías infantiles, y en juego en el Latino, mi papá —que era el anotador de estadio durante treinta años, Gerardo Modesto Darcourt— nos presentó: “Mira, Santiago, mi hijo. Es zurdo igual que tú y pitchea”. Y Santiago le dijo: “Bueno, ojalá sea mi relevo”. Y se cumplió.

—¿Puedes mencionar los momentos más felices de tu carrera, los momentos de gloria?

—Recuerdo las cien victorias en el Latino contra Camagüey. Y los mil ponchaos también en ese estadio. El poncha’o número mil fue Alcides Masó y el primer poncha’o de mi carrera fue Antonio Muñoz. Coincidentemente los dos bateadores, el uno y el mil, empiezan con A los nombres y con M los apellidos. Y ese día, el de los mil, yo no quería ni lanzar porque tenía fiebre pero Chávez me dijo: “No, no, tienes que lanzar”.

—¿Era Chávez en ese momento tu director?

—Chávez fue mi gran director. Yo digo que gracias a él yo fui un gran lanzador porque siempre confió en mí, desde que llegué de novato. En Constructores perdía siete juegos y había ganado solo uno y siempre me mantuvo en la rotación como pitcher abridor. Ese primer año mío, 1976, yo perdí varios juegos.

—¿Cuál es la camiseta que más ha amado?

—Los Metro. Yo no dejo de reconocer la grandeza de Industriales, como he dicho, “Industriales es el béisbol”. Hay gente que a lo mejor no entiende cuando yo digo eso, pero fíjate que Industriales es el béisbol que cuando Industriales no está en los momentos finales, no se comenta de pelota, no se comenta de los play-off, no se comenta de nada. La vida pasa serena. No sé si será que nuestra capital es tan cosmopolita, que hay de todos los lugares, de Oriente, de Pinar, Camagüey, y siempre tiene un industrialista con quien discutir. Para mí Industriales es el béisbol, un equipo muy grande, una camiseta que pesa mucho, muchísimo, porque es una gran responsabilidad representar a ese equipo; pero Metro tiene todos mis números, todos mis récords, mi inclusión en el equipo nacional. Yo llegué al equipo nacional siendo Metro, no siendo Industriales. Y para mí es un orgullo. Yo soy un defensor de Metro total y estoy a favor de que no le quiten más peloteros, que le dejen hacerse a los peloteros.

—¿Recuerdas aquella serie 81-82? Metropolitanos tenía un gran equipo y estuvo discutiendo el campeonato…

—En el 82 Metro se robó la afición, incluso la de Industriales. A los Industriales no lo iban a ver ya y Metro llenaba el estadio, pero se jugaba de otra manera. Yo siempre he dicho y, de hecho, está reflejado en el documental de los Metropolitanos que yo nunca, nunca, en mis años de pelotero vi tanta unidad en un equipo como en el Metropolitanos de esa serie (1981-1982), porque éramos una familia realmente, nos cuidábamos. Un equipo que de la nada llegó a ser grandísimo. Nos unimos tanto, que todo el mundo alaba parejo, cada cual sabía la función que tenía que desempeñar y se sacrificaba por hacerlo. Nos llevábamos como hermanos todos, nos preocupábamos por la familia, el problema de cada cual, las necesidades y así fue creciendo ese equipo, de cero a lo máximo. Yo creo que el béisbol ahora no se juega igual, no se siente igual, que no se defiende la camiseta como se defendía antes. Los comentaristas dicen que no. Los atletas, los que estamos dentro, los que vivimos el béisbol anterior, decimos que no se juega igual.

—¿A qué le atribuyes eso que ves está sucediendo?

—Tengo una idea. Yo veo el béisbol ahora con otro concepto. Lo que veo yo, no es que sea la realidad, es mi opinión. Muchos atletas hoy juegan buscando interés, tratando de obtener bienestar, el carro, la casa, el dinero que le dan cuando salen del país, que es bastante; antes salíamos y no nos daban, a veces algo. Es una cosa que me hiere, porque se han olvidado de nosotros. Hoy hay atletas que nada más que han hecho un equipo nacional y ya le dieron un carro y una casa y no tienen un número, no tienen un récord, no tienen nada. A veces le estamos dando al atleta las condiciones —como lo miro yo— para que no deserten y después que se lo damos, se van. ¿Qué estamos haciendo? ¿Y nosotros, los que hicimos la historia del béisbol revolucionario? Ya ves, yo no tengo auto. Estuve yendo todos los lunes y jueves al Poder Popular durante ocho años, para que me cambiaran el apartamento por esta casa que aún no se ha terminado después de cinco años. Mira, Santiago “Changa” Mederos, se murió en un accidente en un auto de un amigo que le hizo el favor de darle una botella, pero no tenía auto. Los atletas cubanos, sobre todo los del béisbol, somos o fuimos potenciales millonarios. A ningún pelotero cubano lo firman por miles, a todos lo firman por millones. Nosotros antes jugábamos béisbol y sabíamos que no nos iban a dar el carro, ni la casa. Jugábamos béisbol. Hoy jugamos béisbol —sin ofender a nadie— pensando en que si doy un jonrón contra los Estados Unidos, me van a dar un carro. Cheíto se cansó de dar jonrones, Muñoz se cansó de dar jonrones. Yo me acuerdo que en el Mundial del 80, estábamos Muñoz y yo en el lobby del hotel sentados y vinieron los peloteros de Puerto Rico y le preguntaron: “Muñoz, y qué carro tú tienes”. Y a él se le encendió la chispa y le dijo: “No, no, yo no tengo carro, yo no sé manejar y cuando viene a ver me mato”. Cuando se fueron los puertorriqueños me dijo: “Darcourt, qué clase de pena”. Antonio Muñoz sin carro, cansado de dar jonrones internacionalmente. Son cuestiones materiales que cuando jugábamos no pensamos en ello. Y hoy vamos pensando más en lo material que en la espiritualidad del deporte, en vez de sentir que estoy jugando porque tengo que jugar, no me importa lo que me vayan a dar. Ese es mi concepto.

—¿Cuáles fueron tus peloteros favoritos?

Yo era fanático de Anglada, admirador de Urquiola, Casanova, Capiró, Marquetti. En sentido general, el béisbol cubano ha sido tan grande que estoy mencionando algunos por mencionar, porque hay muchos.

—Y especialmente, ¿de los lanzadores?

Santiago “Changa” Mederos y Vinent. Para mí el más grande de todos los pitchers cubanos es Braudilio Vinent. Desde el año 70 hasta que se retiró no hay un campeonato que Cuba no ganara que él no fuera el autor principal. Nacionalmente un hombre que todo el mundo respetaba, para mí el más grande de todos.

—¿Tienes añoranzas por el béisbol?

—Yo extraño el béisbol, extraño el terreno. Pero lo extraño si fuese a volver a jugar. He tenido la posibilidad de trabajar en la Academia de Béisbol, pero entonces todos los lanzadores son licenciados y cuando vas a dar consejos, ellos te quieren enseñar a ti y se hace difícil. Prefiero enseñar a niños, como lo hago, que siempre están a la caza de lo que tú le puedas mostrar. A los grandes, por ejemplo, le dices, levanta el pie, y ellos que no porque la biomecánica… ¿Y los resultados? Antes pinchábamos cada cuatro días, libre de lanzamientos y durábamos quince años y más. Y hoy, cada siete días, ciento veinte lanzamientos y no llegan a diez años. Mejor alimentación, mejor transporte, toda la ciencia a favor del desarrollo físico y mental de los atletas y entonces, ¿qué pasa?

—¿Qué hace actualmente José Modesto Darcourt?

—Trabajo en El Picadero, un centro deportivo en Alamar, con muchachos. Soy entrenador de pitcheo de la primera categoría. Terminamos la provincial ahora y quedamos campeones. Habana del Este fue el campeón. Estoy esperando que aparezca un día algún país que necesite un entrenador de pitcheo, porque en veinte años ningún país me ha necesitado. La Comisión Nacional de Béisbol nunca me ha mandado, pero vamos a decir que son los países que no necesitan un entrenador de pitcheo como yo.

—¿Cuándo te retiraste oficialmente?

—Dejé de jugar desde 1989, como dije anteriormente, pero me retiré oficialmente en el año 1994. Estaba lloviendo, en una Selectiva, Habana–Santiago de Cuba. Ninguno de los dos equipos estaba discutiendo el campeonato. Me dieron una cosa que anda por allá arriba, que ya está negra. El retiro debe ser como fue para Marquetti, que dijo: “No voy a jugar más”, y en todos los estadios a que fue ese año (1987) —pues era parte del equipo— le hicieron un homenaje. Cuando se terminó la Serie Nacional, ya Marquetti estaba retirado.

—Al Latinoamericano iban muchos aficionados a verte pitchear. Cuando Darcourt pitcheaba casi siempre había victoria esperada, se diese o no. Tenías muchos seguidores…

—Tengo esa satisfacción aún después de veinte años retirado, todavía los aficionados se me acercan y me dicen: “Tú fuiste grande”; “Tú eras de los grandes”. Algunos que tienen niños pequeños cuando me ven le hablan a sus hijos: “Mira, este sí, era uno de los pitcher grandes de Cuba, un zurdo guapo”. Y siempre lo que hice en el terreno lo hice por motivación, no buscando público ni fanáticos, lo hice porque lo sentía. Si daba un salto, lo daba, si buscaba un fly era porque me gustaba hacerlo. Nunca buscando la fanaticada. Era mi manera de jugar el béisbol.

—¿Sigues el béisbol actualmente?

—No.

—¿No te interesa la pelota?

—En nada.

—¿Y a pesar de eso, tienes algún lanzador favorito que hayas visto?

—Desde mi punto de vista, el único lanzador que veo con grandeza es Norge Luis Vera. Ese es un pitcher. Sabe pitchear, los demás, para mí, tiran. ¿Cómo es posible que a lanzadores con más de noventa y cinco millas les cueste trabajo ganar un juego? Bate de madera, pelotas buenas, con buen agarre para el lanzador, la fuerza bastante dispersada en todos los equipos y se les hace difícil ganar un juego. Yo creo que muchos lanzadores de antes, si hubieran cogido el béisbol este, hubieran ganado más de veinte juegos por serie.

—Vives en Cojímar, ¿te gusta este lugar?

—Oh, este lugar es lo máximo, lo máximo.

—¿Te sientes feliz en este pueblo?

—Sí, sobre todo porque ando como me gusta, en chancletas, short y sin camisa. Soy el cojimero Darcourt. Fíjate que ya he ido a pescar y he pescado. Los pescadores me han invitado…

—Entonces, ese es el encanto de Cojímar…

—No, y sus personas también. Es un lugar muy pescador. La gente aquí es muy amable, muy de pueblo.

—¿Y la familia? Háblame de la familia.

—Tengo tres hijos. Uno de 28, otro de 24 y uno de 3. Adonis, el mayor; Adán, el del medio y Atila, el más pequeño. Y mi esposa, María Antonia, que es aeromoza y llevamos veinte años casados, aguantándome.

—¿Necesitabas hablar de béisbol?

Ya te digo, el béisbol es mi vida, pero me siento herido. Realmente me siento inconforme, por mí, por lo que han hecho conmigo, y por ver cómo lo juegan hoy. Por esa dos cosas. Hoy los que dirigen, lo hacen a su manera, nos obvian para dar los “verdaderos criterios”. Cuando yo era atleta tenía un cartelito de indisciplinado, y hoy parece que el cartel sigue y no sé si a la indisciplina se le llama decir verdades. Si es así, soy indisciplinado y bastante. Las verdades duelen pero hay que decirlas y cuando la empecemos a decir, el béisbol se arregla. Mientras sigamos diciendo mentiras, el béisbol va a ir para abajo y va a llegar un momento en que si somos el décimo lugar, vamos a estar bien. Nosotros andábamos por el mundo enseñando y hoy tienen que venir peloteros de Japón, que tantos nos llamaron para que les enseñaran, para darnos clínicas de bateo, de pitcheo, de fildeo. No entiendo, si deberíamos seguir estando en la cumbre, si llevamos más años de practicar este deporte. ¿Qué pasa? Lo que estaba hablando: del interés, de cómo se juega. El béisbol se juega muy personal. Dejamos atletas que se merecen estar en el equipo nacional por atletas que ya están establecidos. Tienen y deben estar los que tienen buenos resultados. Porque, ¿cuándo los vas a premiar? Nosotros, los veteranos, no vamos a hacer nada que no sea mantener esto. Pero dennos lo que nos merecemos, atiéndanos, para orgullo del país, para orgullo nuestro y del pueblo. Quisiera que me traten como lo que soy, como lo que representé, no que me tiren al rincón. Veo a la gente para aquí, para allá, y Darcourt en su casa. Yo aún no estoy muerto.

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