Entrevista a Alcides Pereda
Como mirarse en un espejo de la joven narrativa cubana
Me preparo a leer cuentos caprichosamente presentados en un libro…, me hallo ante una centena de textos, un cortejo que desfila con el correr de las páginas. Y es que el libro Todo un cortejo caprichoso. Cien narradores cubanos (Ediciones La Luz, 2011), fue recientemente presentado en la ciudad de Holguín; un volumen que une a cuentistas de distintas regiones del país y, aún más importante, de distintas formas de decir. Rafael A. Inza, Moisés Mayán, Luis Yuseff y Alcides Pereda, compilador —y compilado—, hacen llegar así un viaje a la narrativa de reciente factura en Cuba. Ante libros como este, siempre uno termina preguntándose cómo se integraron tan disímiles textos, cuál es la intención, por qué leo estas páginas… De ahí la conversación con Alcides.
—¿Cómo surge la idea de hacer la compilación?
—La idea surge de hermanar una compilación de narrativa con otra de poesía que ya existía antes, La isla en versos. Cien poetas cubanos, que recogía a poetas nacidos a partir de 1970; y que fuera también un pretexto —ésta ya de narrativa—, todo un cortejo… para celebrar el centenario de Virgilio Piñera, ahora en el 2012, y los 25 años de la Asociación Hermanos Saíz que se celebró este 2011. De hecho, el libro tiene en la portada un membrete que identifica la celebración por el 25 Aniversario.
—¿Cuáles son los criterios que definieron la selección?
—Queríamos que se pareciera a La isla en versos…, por eso decidimos que recogiera igualmente a escritores nacidos en Cuba a partir de 1970, y que tuvieran al menos un libro publicado, no importa el género, narrativa, poesía o ensayo.
“Se hizo por la cercanía en muchos casos, es decir, autores que uno va leyendo y que deben estar porque es casi imposible hacer una selección y no escoger a Raúl Flores, a Michel Encinosa, a Jorge Enrique Lage, a Legna Rodríguez (que se acaba de ganar el Premio Cortázar) y a muchos otros. Lo curioso es que hay narradores nacidos en el 70, y el autor más joven nació en el 87, o sea, es un marco de solamente 17 años. No hay autores de la década de los 90, que sería bueno haber tenido alguno, pero ya te digo, según el criterio de selección estaba la limitante de que debían tener al menos un libro publicado.
“Lo otro es que queríamos que tuviera muy altos contrastes, un muestrario de cómo se narra y de distintas formas de narrar. Por eso te vas a encontrar cuentos muy experimentales como ‘Taxi.com’ de Yordanka Almaguer, o ‘Trailer para una novela corta’ de Osdany Morales, amén de otros cuentos muy buenos como el de Pedro de Jesús, ‘Mientras llega el chico a lo punk’, que es el más largo de la compilación”.
—¿Cuándo entras en el proyecto?
—Yo entro en una etapa un poco avanzada del proyecto y lo que hago es un poco saldar las deudas que quedaban en el libro, o sea, había autores importantes que no aparecían y que, por tratarse de cien narradores cubanos representativos, me parecía que debían estar. Me refiero a quienes tenían premios nacionales e internacionales u otros que no tenían tantos premios pero que sí tienen una obra publicada importante.
—Querían que se semejara a La isla en versos…, pero ¿qué distingue a este título?
—A diferencia de La isla en versos…, que escoge como tema central la insularidad, esta compilación de cuentos no se centra en ningún tema único, aunque también tiene la nacionalidad cubana como algo latente en sus páginas. Cuando tú te encuentras libros de este estilo, generalmente lo que hacen es reunir cuentos eróticos escritos por mujeres, cuentos de ficción escritos por hombres, algo así; es decir, establecen marcos más definidos y podría decirse estrechos para incluir uno u otro texto. Este no es el caso, porque la intención es que fuera abarcador y que mostrara formas de narrar lo más diversas posibles, desde el cuento más pequeño, que es el de Katia Gutiérrez, “Sobre la emigración en Cuba”, que ocupa sólo una línea, hasta otros más extensos… y todos son cuentos excelentes.
—¿Por qué llamarla Todo un cortejo caprichoso?
—El título parte de una sección del libro póstumo de Virgilio Piñera Una broma colosal, y de un aparte del mismo escrito en francés: “Tout un cortege fantastique”, cuya traducción sería: “Todo un cortejo caprichoso”. Muy a propósito, porque me parece que muestra diversas formas de narrar, así como a un grupo de personas de todo el país.
“Son textos reunidos entonces casi como en una camisa de fuerza, porque no pertenecen a una generación, o a un estilo determinado y único, ni siquiera se conocen todos…, casi como un capricho”.
—¿Dirías que en esta compilación hay ausencias —posibles o previsibles—, y cuáles mencionarías?
—Hay ausencias como en toda compilación. Alfonso Reyes decía que un libro nunca se termina de escribir, yo espero que se pueda hacer luego una compilación con doscientos o más autores, porque inevitablemente la lista va a crecer. Y se trata de autores que merecen estar ahí, pero que por tener cuentos muy extensos, o por no haber tenido acceso a ellos, se quedaron fuera de la selección. No es una selección que pretenda ser completa porque ninguna lo es, pero sí tiene una muestra interesante.
—Aunque muchos no crean en este tipo de compilaciones, siempre es bueno visitarlas periódicamente, porque te dan una guía de lo que se está haciendo en Cuba (en materia narrativa en este caso). Creo que en ese sentido está bastante lograda y funciona como una muestra representativa de la joven narrativa cubana.
“Te mencionaría el criterio de selección, que siempre es muy importante, pero que además varía de acuerdo a la persona que lo haga. No es lo mismo una compilación hecha por Alberto Garrandés, con una experiencia de años en la lectura y la hechura de narrativa, que ésta, hecha por nosotros, que somos todos nacidos después de 1970, y que se basa particularmente en lecturas muy propias de nuestra narrativa más reciente.
“Lo que quiero decir es que las compilaciones son, digamos, puntos de vista del compilador, y esta no es la visión de un estudioso —perteneciente a otra generación—, que decide atribuir desde su perspectiva una serie de criterios. Al contrario, digamos que esta es la visión de jóvenes narradores visto por otros tan jóvenes como ellos. Es como mirarse en un espejo”.
—¿Y para el lector?
—Para el lector va a ser una fiesta; hay una gama de temas interesante, cuentos eróticos (o del homoerotismo), cuentos fantásticos…, hay una gran lista. Fue precisamente una de las cosas por las que me preocupé. Por ejemplo, hay cuentos de autoras sobre lesbianismo (que son más de tres), y llegó un momento en que había otros textos que hablaban del mismo tema, y hacer una selección donde hubiera tantos cuentos de este tipo se iba a tornar entonces en un criterio específico de selección, no en la muestra, y no era la idea.
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1 argos. 2|3|2012 a las 16:33
EN ESTE LADO DE LA MUERTE
A la memoria de Teresa
El médico me dice que me prepare porque Magali se va a morir. Yo lo miro a los ojos tratando de descubrir dónde está la mentira. Y no la veo. Me dice que sea fuerte. No le hago caso y se va. Magali empieza a decir cosas. Le cojo una mano y se la aprieto. Necesito que me sienta aquí. Habla hasta que la enfermera viene y la inyecta. Es raro pero no siento dolor cuando le dan el pinchazo. Solo veo a una enfermera que hace su trabajo y después le dice algo a la otra enfermera. La otra me mira. La que la inyectó se va y la otra me dice, ahora se ha quedado dormida. Es mejor así para que descanse. Después, también se va. Me siento en la silla. Me recuesto. Miro al techo y veo una mancha. Miro esa mancha. Cuando no se puede hacer nada es mejor mirar cosas. Una hora. O dos. No sé. Al poco rato Magali empieza a hablar otra vez y la enfermera viene. Le digo que le dé una pastilla y me mira. Después mira en un papel, lo siento pero eso no está indicado aquí. Le pregunto si no puede hacer algo. Dice que sólo llamar al médico pero que ya sería la cuarta vez en la noche, que hay que ser humanos porque ese médico está doblando guardia. Entonces siento la peste. Magali no avisa cuando necesita la cuña, mejor ocúpese de eso, me dice la enfermera y se va, voy al baño. Traigo el cubo y la limpio. Después le pongo talco y perfume. Le pido una bata limpia a la enfermera y me dice que no hay. Entonces le pongo una bata de casa. Magali me mira y trata de sonreír pero la cara se le hace una mueca. Entonces yo trato de sonreír y tampoco puedo. Se queda tranquila y me recuesto otra vez en la silla. Todo el cuerpo me duele. Mañana vienen a relevarme. Aunque no quisiera irme. Me gustaría estar aquí hasta al último minuto. No sé por qué pero me gustaría. Pensando en eso me quedo dormido. La señora de al lado me llama. Miro a Magali, parece que mejora. Es como si hubiera encontrado la forma de vencer al cáncer. Esa forma no existe. La señora de al lado me dice que llame a la enfermera porque ahora sí Magali se está muriendo. Voy hasta donde duermen las enfermeras y la veo allí. Con un ronquido suave y me da pena. Si Magali se va a morir de todas formas no hay por qué echarle a perder el sueño. La pobre, tan cerca de la muerte todos los días. A lo mejor sueña con algo hermoso. Su vientre sube y baja a un ritmo parejo, confiado. Tengo pena despertarla. Vuelvo a la sala. Magali me agarra una mano. Me aprieta y me hace una seña. Pero a mí me da pena despertar a la enfermera, la pobre. A lo mejor con esos sueños hermosos. Ahora Magali me quiere arrancar el brazo. La beso en la frente y llamo a la enfermera. Ella se pone la mano en la boca y bosteza. Se levanta. Camina delante de mí con otra jeringuilla en la mano, esa es una reacción lógica ante la enfermedad. No me puedes molestar cada vez que creas que se va a morir, yo sé que es duro pero nosotros no podemos hacer nada, dice y mueve el culo y simula que camina rápido. Por la manera en que lo hace se ve que le gusta su trabajo. Tengo deseos de preguntarle pero no me atrevo, cuando llegamos parece que se da cuenta de algo que yo no sé. O que sé muy bien pero no quiero aceptar. Me mira. Ensayo una sonrisa nerviosa. Ella bosteza sin ponerse la mano, me dice que va a llamar al doctor y se va. A lo mejor después se acostará y seguirá con esos sueños. Ahora, en la sala, todo el mundo está despierto. Me miran. Yo miro a Magali. Sin tocarla. Me paso así mucho rato. Sin sentarme ni nada. Como si fuera un hombre de concreto. En la sala algunos se aburren. A otros les entra sueño y en diez minutos otra vez estoy solo. Con Magali. Sé que tengo que llamar por teléfono, pero sigo rígido, mirándola, como si en verdad fuera un hombre de concreto. Cuando el doctor aparece todavía me encuentra así. Dice que necesita trabajar y me aparto. Toca a Magali. Escribe en una hoja, y así por un rato. A lo mejor a él también le gusta su trabajo. Otra vez me siento. Apoyo el codo en la rodilla y pongo el puño bajo la barbilla. En la pared encuentro un punto fijo, mío, sería conveniente que fuera a buscar al camillero, me dice el doctor, sin mirarme, salgo a un pasillo infinito y con poca luz. Bajo unas escaleras y me encuentro otro pasillo igual. Camino despacio. Pienso en Magali. Sé que tengo que buscar un teléfono. Toco en una puerta pero no se abre. Vuelvo a tocar y una voz dice que ya va. Espero. Al rato un hombre con cara de sueño se para en el hueco de la puerta. Me mira y pregunta qué pasa. Le digo y me voy. Cuando llego a la sala el doctor me ve y respira satisfecho, debe esperar aquí al camillero, dice y se va. Han tapado a Magali con una sábana inmensa. Quiero verle la cara pero la enfermera entra en ese momento y me dice, ya no está permitido descubrir el cadáver, entonces quiero sentarme en la silla pero la silla no está. La señora de al lado es la nueva dueña. Se da cuenta. Me mira y hace un gesto como diciéndome que no la voy a necesitar más. Ahora soy un hombre de cemento que espera al camillero. La enfermera me dice que si necesito algo no tenga pena en llamarla. Yo no le hago caso y se va. Pienso en Magali. Hace diez días estaba bien, o al menos eso creíamos. Después no pienso en nada. El hombre con cara de sueño aparece empujando una camilla. Pide permiso y la gente se aparta como si estuviera infestado. Me dice que coja a Magali por los pies y la movemos, sin quitarle la sábana. Después le da un empujón a la camilla. Yo lo sigo. Como un perro. Tengo las manos detrás y miro al suelo. Cuando hemos caminado unos metros se para en medio del pasillo. Se recuesta a la pared. Dice que con esa ropa no puede trasladar a Magali, que tiene que ser con un pijama con los cuños del hospital. Yo le digo que ya averigüé y no hay pijamas. Después no digo nada. Estamos así por un rato hasta que me dice que vaya a insistir, que a lo mejor entienden mi dolor. Eso dice el hombre con cara de sueño. Otra vez camino por el pasillo infinito pero ahora en sentido contrario. Subo unas escaleras, salgo a un cubículo y toco en una puerta. Quién es, dice una voz, soy yo, quién es yo, pregunta y no respondo, entonces la puerta se abre, me dicen que no hay pijamas limpios, el país, la crisis, me explican, me voy. Le digo al hombre con cara de sueño. Él no entiende. Hace un gesto y sigue recostado a la pared. Miro a Magali, ahora es un bulto bajo una sábana inmensa. Son las dos y media de la madrugada. El hombre con cara de sueño bosteza y me pregunta, qué vamos a hacer, y yo no sé qué vamos a hacer. Sólo miro a Magali. Muerta. En medio del pasillo. Con una bata de casa porque falta un pijama con los cuños del hospital, espérame aquí, me dice de pronto el camillero y sale caminando rápido. Da unos pasos largos. A lo mejor le gusta su trabajo. Es posible que le pregunte. O a lo mejor no. La gente ahora no quiere hablar de su trabajo. Estoy sólo con Magali en medio del pasillo. Me duele la cabeza y siento un dolor terrible en el estómago. Creo que al hombre con cara de sueño le fue bien recostado a la pared. Y me recuesto pero no se está nada bien. De todas formas sigo así por un rato, menos mal que lo encontré, dice el doctor que me ve y respira satisfecho, he estado buscándolo y no lo encontraba, me da un papel para que firme. Lo hago y respira tranquilo, gracias, menos mal que me di cuenta, guarda la pluma en su bolsillo blanco, yo sé que es una situación difícil para usted pero debe saber que hicimos lo necesario para demorar este momento. Sea fuerte. Cualquier cosa que necesite no dude en localizarme, se va. Mañana irá a su casa, tranquilo. Al llegar se quitará la bata y le amasará las nalgas a una mujer blanca y hermosa que lo espera, dispuesta a abrirle las piernas. Es posible que después ella le pregunte, un día malo, cariño, y él le responderá que no, que todo normal, algún fallecido, cariño, insistirá ella. Pero él la besará suavemente en los labios y la convencerá de que está muy cansado, ¡ya está!, dice el camillero que llega con un pijama nuevo en la mano, ¿tienes veinte pesos ahí?, me pregunta y no le respondo, ayúdame a quitarle la ropa, otra vez veo a Magali que ya no es Magali sino un cuerpo hinchado, desconocido. Él se queda mirándola y después empezamos a vestirla, oiga, la compañera estaba gordita, le queda un poco estrecho pero no importa, esto sólo es para trasladarla hasta allá abajo, me vuelve a preguntar si tengo veinte pesos, le digo que no sé, tengo que pagar este favor sino me pongo en mala en ropería, dice, busco en los bolsillos y le doy un billete. Él lo guarda y le da un empujón en la camilla, pienso en Magali. Desnuda. Con aquel pijama estrecho sobre el amplio cuerpo de cadáver hinchado, llegamos frente al elevador y él dice que tengo que bajar por las escaleras. Lo miro fijo. Le pregunto si no le da miedo ir en un elevador solo, con un cadáver. Me dice que para él los cadáveres son como sacos de papas. Me muerdo el labio y miro al suelo, te espero allá abajo, empiezo a bajar las escaleras y pienso en lo que ha dicho sobre los cadáveres. Está claro que no puedo hacer nada contra eso, cuando llego abajo me dicen que ha seguido para “el cuarto de las papas”. En “el cuarto de las papas” un negro alto fuma de una cachimba. Está vestido con una bata blanca salpicada de sangre, ambia, tenemos que esperar a que pongan el agua, miro a Magali, ahora le cuelga un número, como si fuera una vaca, siéntate por allá junto a la familia de los otros, este ambiente no es bueno, el negro alto no se saca la cachimba, después se pone a llenar un crucigrama, de pie, dice que para no dormirse. Al rato parece que se aburre porque se pone a hacer cuclillas hasta que le oigo decir, setenta y ocho, lo miro pero no le digo nada, también miro al bulto que es Magali, ya está vestida con un pijama con cuños del hospital pero ahora esperamos por el agua, valor, ambia, valor, dice el negro y sale. Soy un hombre de hielo en medio de un montón de bultos a los que les cuelga un número. Cuando el negro alto regresa trae una bandeja repleta y empieza a comer, está fría, ¿sabe?, sino te brindara un poco, ¿sabes cuántos esperan a que pongan el agua?, hago un gesto, cinco, dice y señala su colección de cadáveres perfectamente alineados en un cubículo tan hermoso como un matadero, esta es una noche cabrona y hasta las cinco no ponen el agua, aquí abajo el agua es tan importante como los dólares, ¿qué te parece?, a mí no me parece nada, él deja a un lado la bandeja y vuelve a ocuparse del crucigrama, hueso plano, triangular, que forma la parte posterior del hombro, dice y se queda pensativo, me mira, ¿no te gustan los crucigramas, verdad, ambia?, si consigo agua ¿tú crees que podamos…?, estoy diciendo pero no me deja terminar, ¡qué va, tú me quieres fundir la pincha! Si los cabrones de higiene te agarran trayendo un cubo, qué digo un cubo, una gota de agua, me desaparecen, además, aquí cada ñampio tiene su número en la cola, ambia, viene hasta donde estoy, me pone la mano en el hombro, me habla como si fuera el personaje de una telenovela o un padre grande que derrama todo su amor sobre una causa perdida, de todas formas ya no se puede hacer nada, mi hermano, me acerco a Magali y le acaricio los pies por encima de la tela, ¿era tu vieja, verdad?, mejor siéntate allá afuera, coge un poco de aire, ten paciencia, me dice él, entonces me siento en un rincón, como un perro, pongo los brazos sobre las piernas, busco un punto fijo en el suelo y no lo encuentro.
Por más que trato, no lo encuentro.
EL NARRADOR 101
2 El Criticólogo. 6|3|2012 a las 10:37
Muy buen cuento del narrador 101. Por qué no se presenta por su nombre para que lo tengan en cuenta en la próxima antología…
3 Kmilo^Gibara. 25|2|2013 a las 9:11
“Todo un cortejo caprichoso” creo que se puede argumentar que ha devenido en una escuela para mi, aunque me he dejado un poco de la narrativa, cuando salió “TUCC” fue como un soplo de aliento a mi mano sedienta de arañar cuartillas en busca de una prosa mejor.
Gracias a Luis Yuseff por reunir lo mejor de la narrativa contemporánea cubana.