Actualizado el 18 de febrero de 2012

La palabra de cada palabra de Legna Rodríguez Iglesias (Mosaico)

Por: . 14|2|2012

Legna Rodríguez Iglesias0. Nunca he estado en el acto de presentación de un libro de Legna. Mientras Legna ha presentado sus libros (que hoy deben rondar los 7 u 8), yo he estado haciendo otras cosas. Por lo que he llegado a ellos tarde. O ella ha llegado tarde a mí. Siendo mi lectura, una lectura a destiempo. Descoordinada, desordenada, desquiciada.

Es por ello que, al encontrarme frente a la portada de su libro ¿Qué te sucede, belleza?, en proceso de publicación por la Editorial santaclareña Sed de Belleza (sin ánimo de redundar), me dispuse a abordarla vía e-mail y provocar una conversación que eche luz sobre su obra y su escritura, sobre sus escarceos prosapoéticos, a fin de orientar mis protocolos de lectura, o de construir nuevos protocolos que me hagan descubrir —también— nuevos métodos de apropiación.

1. Un poco para evadir esa pregunta retórica ya del “cómo llegas a la literatura”, sin hacerlo del todo, opté por indagar a qué edad comenzó Legna a escribir —escribir de modo consciente— y cuánto ha “evolucionado” hasta hoy. O sea, mi interés se centraba en descubrir si la Legna que escribe hoy es la misma del comienzo, u otra. Provocación que surtió efecto.

A finales del año 2001 se publica o edita mi primer cuaderno de textos más o menos poéticos, muy adolescente, que escribí sufriendo en uno de los tantos internados cubanos. Y antes ya había escrito, conciente de que escribía, en un fascinante taller literario donde jugaba y gritaba además de escribir, y me revolcaba en la yerba junto con otras amigas. Pero fue después de la segunda publicación, un libro de poemas para niños, en el mismo 2001, cuando empecé a escribir como mismo escribo hoy, sabiendo que lo que estoy escribiendo hoy y ahora, es un libro. Mi libro. Y en ese sentido no he cambiado nada, siempre escribo igual, no escribo textos sueltos, escribo libros sueltos.

2. Con mi lectura a destiempo de la obra de Legna Rodríguez he podido percatarme de cierta singularidad en su escritura, de un concepto escritural basado en el juego con las palabras. Es ese elemento lúdico lo que desmarca tanto su poesía, como su prosa, de la poesía y la prosa que se está escribiendo ahora mismo en el país por —podríamos decirlo así— los escritores de su generación. Si bien el tratamiento de la palabra como partícula lúdica ya se había ensayado por autores como Guillermo Cabrera Infante, no se había hecho de un modo tan personal e intimista como el de Legna, sino desde un ángulo más bien social, o incluso político. Sintiendo a Cabrera Infante, pero más aún a Samuel Beckett pulsar desde la escritura de Legna Rodríguez, es que le pregunto por el estilo. Si cultiva un estilo determinado, y siendo así, cómo podría definirlo.

Ahora me doy cuenta de que no sé cómo definir el concepto de estilo propio. No sé si tengo un estilo propio, porque existen tantos escritores y tantos libros que —inevitablemente— unos se parecen a otros. Sin embargo supongo que el estilo tenga que ver con la distinción, y en ese sentido, al mismo tiempo que escribo trato de distinguirme. Por supuesto, no es algo forzado, porque unas de mis mayores creencias literarias o poéticas es esa, la distinción. A mí me gustaría distinguirme del resto de los escritores.

3. En mi conversación electrónica con Legna me entero que es natural del Camagüey, ciudad que ha parido escritores de talla nacional e internacional, y me vienen a la cabeza nombres como Jesús David Curbelo, Luis Álvarez Álvarez, Roberto Méndez. Recuerdo que en la obra de estos autores se entrevé la ciudad como lugar-madre y también ellos mismos; aún cuando no sea precisamente esa la intención motora de la obra. A veces resulta difícil extirparse el lugar de procedencia por eso mismo, porque llega a formar parte inalienable de uno, como un órgano más. De ahí que me cuestione dónde se encuentra Legna en ese universo descrito en sus libros y dónde se ubica el universo de Legna.

Escribí un poema muy largo con ese mismo nombre: Universo. Yo estoy en él y él está en mí. Estoy pasando un curso donde el profesor habla mucho de la persona poética, y entiendo que existe, yo misma construyo voces que no son mi voz, pero muchos átomos de mi voz están en esas voces, vociferando.

4. Y ya que hablamos de universos, es inevitable pensar que el universo “real” y el “ficcional” de un autor no se fundan (o confundan). Sería ingenuo creer que ambos mundos permanecen inmaculados y en su sitio. Porque lo cierto es que uno se usa todo el tiempo. Uno mismo es el sujeto que tenemos más a mano a la hora de escribir, aun cuando lo escrito no pueda catalogarse de AUTOBIOGRÁFICO. De hecho, deberíamos desconfiar de esa palabra. Como mismo de la palabra HISTORIA, o de la HISTORIA misma. Movida por la curiosidad de encontrar rastros del universo real de Legna en su universo ficcional y viceversa, fue que me atreví a preguntarle cuánto había de ella en su literatura y cuánto de su literatura, en ella. Es decir, si su literatura la define como persona. A lo que respondió con una frase ambivalente, como un acertijo.

Entonces, como el resultado de un pequeñísimo teorema, supongo que mis libros me definan, exacto.

5. Por ese mismo hecho de haber llegado tarde a la literatura de Legna Rodríguez, es que la he leído acrónicamente, sin respetar orden de publicación y mucho menos orden de escritura. De ahí que me enfrentara a su poesía en momentos en que ya debía estar leyendo su prosa y también a la inversa. Cosa que me ha hecho utilizar los mismos protocolos de lectura tanto para cuentos como para poemas, descubriendo así historias en sus versos e imágenes en sus narraciones. Esto me llevó a inquirir si puede hablarse de sus poemas como pequeñas historias y de sus historias como largos poemas.

Ojalá fuera como preguntas, pequeños y largos poemas, pequeñas y largas historias. Estoy segura de eso. Incluso, conscientemente, en mis poemas casi siempre hay una historia, y en mis cuentos, que me cuestan demasiado, siempre hay un sentido figurado que además, es el sentido que me importa.

5. El intentar encontrarle una respuesta a todo no es cosa fácil. A veces preferimos, simplemente, lanzar la pregunta para que el lector sea quien se la responda. Pero las preguntas que se hace Legna en su obra muchas veces semejan cuestionamientos infantiles, aún cuando lo cuestionado (o cuestionable) sea tan grave, tan solemne como la virginidad, el reencuentro, los sacrificios del/por amor, la identidad. Quizás la intencionalidad de la autora le impida imprimirle un tono grave o solemne a su escritura, y opte por ese hálito jovial que nos hace enfrentarla como lo haría un adolescente: superponiendo el placer al entendimiento, el sentir las palabras antes que el comprenderlas. Por eso es que pregunto a Legna: ¿hay una intención definida detrás de todo esto (la escritura)? Y ella responde como lo haría una adolescente:

Intención como intentar. Claro. La intención de escribir un Libro, una Historia, un Poema. Todo con mayúsculas. Todo en uno como el champú y el acondicionador ideal. A mí cualquier champú me hace daño.

6. Dice un amigo mío, quien por cierto dirige un taller de creación literaria, que a escribir se aprende escribiendo, como mismo a construir se aprende construyendo, o a cocinar, cocinando. A lo que yo le sonrío, pero no le respondo. No sé. Algo hay de facilista en esa fórmula. Y tengo claro que él se la dice a sus muchachos para que le pierdan el miedo a la página en blanco y escriban. Pero para escribir hacen falta otras cosas: haber leído algo, y haber vivido algo también. Ni Borges estaba solo en el mundo, sin referentes reales o literarios. Toda literatura está afectada por la literatura precedente. No hay obra novedosa cien por ciento. No hay autor libre de influencias. Ni Legna, en quien —como dije anteriormente— se notan las pulsiones de otros autores; aunque estos que yo encuentro en su obra, no sean los mismos en los que ella se basó para escribirla. ¿A quién o quiénes le debe tu literatura? —le pregunto, entonces—. ¿Te consideras una escritora en deuda?

Imagino que esas deudas por las que preguntas son literarias. Sé que le debo mucho a los primeros libros, no que leí, sino que me estremecieron, autores como Christine Nostlinger, Astrid Lingred, Michael Ende, Tormod Haugen (no recuerdo cómo se escribe exactamente). Le debo a una persona llamada Ada Zayas Bazán, quien me mostró esta lista. Esta sería la deuda más auténtica. De ahí hay un pequeño vacío hasta que empecé a leer autores muy conocidos y clásicos, y otros contemporáneos que me encantan. Intuyo que a ellos también les debo. Ray Loriga y Haruki Murakami son los últimos que he leído, el primero me quitó el sueño y el segundo me lo devolvió. Extraordinario. Y si son los queridos norteamericanos, ahí sí reviento. De los poetas no me acuerdo bien, pero supongo que siempre dejan su sedimento.

7. Hay un poema de Legna, en particular, que a mí me gusta mucho. Desde su propio título: Chicle, que intuyo esconde la palabra cliché; por esa manía lúdica de la autora. Tanto el chicle como el cliché se distinguen por su sabor y por estirarse. De ahí que el poema ensaye un sabor y una capacidad de estirarse hasta el infinito, singulares. ¿Cuál es el cliché en el poema? Precisamente la poesía misma, los ámbitos culturales donde transcurre, su escritura, las convenciones impuestas por los poetas y los formadores de los poemas que nos obligan (eso pretenden) a entrar por el aro, a no rebelarnos, a permitirles que nos domestiquen. Por eso el poema puede estirarse como un chicle, en tanto poema “construido”, poema-tesis. En él, destacan los versos que dicen: “Te pido/ que no interpretes/ los ámbitos culturales/ porque sabrías/ que soy la perra dócil de la poesía cubana/ la perra sin hueso.” Por eso pregunto a su autora: ¿Por qué “la perra dócil de la poesía cubana”? ¿A qué se debe esa docilidad? A lo que ella responde:

Si te explico lo de la perra dócil explico el poema, y además estoy segura de que lo sabes, incluso mejor que yo. ¿Perra dócil? ¿Es posible?

Legna Rodríguez Iglesias8. En ese mismo poema, el cual se me antoja una especie de manifiesto literario, Legna apunta: “un escritor me dijo que mi poesía era/ una fórmula/ algo parecido a dos más dos…” Versos provocadores que hacen al lector repasar la obra (la poética, al menos) de esta autora, y descubrirla surcada por una técnica que se repite cíclicamente, aunque cada uno de sus libros cobre vida propia, respire por sí mismo, se distinga del resto. Legna le responde a ese escritor en el mismo cuerpo del poema: “pero yo tengo la seguridad/ de que en todo caso/ es algo parecido a ciento trece más doscientos doce…” Fina ironía a la que me sumo desde mi posición de lectora, aun cuando no pueda dejarla de provocar desde mi posición de entrevistadora y decirle: por fin, ¿obedeces o no a una fórmula?, ¿es aplicable a todo lo por ti escrito?

No obedezco a ninguna fórmula, simplemente prefiero no pasar tanto trabajo. Hay tantos sacrificios que hacer todos los días para encima también sudar con los poemas. No. Al leer a alguien como Margaret Atwood, por ejemplo, siento que todos esos párrafos fueron escritos en una hora, sin parar, tan fluidamente como el agua de un arroyo. Ese es el resultado de su fórmula. Y dudo que ella obedezca a una. Tal vez sea la fórmula quien la obedece. Tal vez bajo mis pies, sin que yo lo sepa, haya una fórmula, obedeciéndome. Con tus libros me pasa igual, los leo tan rápido como 2 por 2, y por eso me gustan. Tal vez tu fórmula y la mía se conocen y van juntas de paseo.

9. Chicle —poema con el que Legna Rodríguez se agenció una mención en el Premio de Poesía La Gaceta de Cuba, en su edición de 2010— lleva un subtítulo no menos provocador: (Ahora es cuando), del cual me apropio para lanzarle una última pregunta: ¿Ahora es cuando qué? Ella, sin dudarlo, acepta el reto.

Gracias por preguntar. Ahora es cuando te he respondido. Ahora es cuando es.

Carretera virtual Santa Clara-Habana, Habana-Santa Clara, 2011

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