Actualizado el 25 de febrero de 2012

Alejandro Carpio:

Un discípulo de Raymond Chandler en la Feria

Por: | Fotos: . 22|2|2012

Alejandro Carpio. Foto: Leopoldo LuisEl teniente Félix Antonio Tirado es enorme y hace honor a las siglas de su nombre: F.A.T, fat, gordo en inglés. Nada que ver con Alejandro Carpio, quien es de estatura media y me hace recordar The thin man (El flaco), la novela de Dashiell Hammett. Se lo digo y el creador del personaje me responde: “Tal vez sí es mi alter ego, aunque sea por contraste”.

Carpio, que nació en San Juan, Puerto Rico, 1980, parece todavía más joven de lo que es. Aunque luzca falto de sueño. Sólo ayer llegó a Cuba, donde presentará su primera novela, El papel de lija, ganadora del Accésit del Premio Alba Narrativa 2011, por estos días de la Feria Internacional del Libro. Él confirma mis impresiones: su primera noche habanera fue intensa y larga. Apenas son las 10 y 30 de la mañana y Carpio tuvo que venir desde el Hotel Nacional para encontrarnos en la redacción de la revista El Caimán Barbudo, con el Capitolio Nacional ante la vista.

Hace media hora que compré El papel de lija en la librería Fayad Jamís de la calle Obispo y me senté en un parque a echarle una ojeada antes del encuentro con el autor. Tuve sólo ese breve tiempo a solas con el libro para entresacar los puntos de partida del diálogo. Y lo primero que se me ocurre es decirle a Carpio:

—¿Te gusta la poesía, verdad?

—Sí, ¿por qué?

Pues, ¿a qué clase de narrador se le ocurriría escribir: “La pesada ambulancia engullía a la víctima como un tiburón tragándose una ballena. El ruido triste de la sirena roja y azul nunca sonó más desconsolado”, o “La autopista los recibía calurosamente. La patrulla cargaba con todo el peso de la ley”?

—Claro, sí… —responde Carpio—. He escrito poesía y también la leo, sobre todo a los clásicos, porque no estoy muy al tanto de la contemporánea.

—Percibo en tu novela un toque de ironía y hasta de parodia, siempre recurriendo a los personajes y ambientes tópicos del género: la mujer fatal, el night club

—La hice pensando en una suerte de cruce entre Borges y una película de Humphrey Bogart, como El halcón maltés.

—Ya veo… El cine tenía que influir, por supuesto, igual que le sucede a la mayoría de los escritores de estos tiempos…

—Mi principal referencia es Raymond Chandler —asegura Carpio—. Pero a la hora de concebir una escena como esa en que los policías van al club para interrogar a Laura Trevi, la cantante de tangos, me situé en la película Quién engañó a Roger Rabbit

Seguimos charlando y me voy enterando de las varias ocupaciones de Alejandro Carpio: escribe reseñas de libros para el diario El Nuevo Día, imparte clases como profesor universitario y además es actor. Me llamó la atención esa faceta.

—Llevo seis años haciendo teatro. Escribo y actúo con un grupo llamado Teatro Breve. —está contando Carpio y de pronto me sorprende:

—¡Hasta hice algo en el cine! Fue en la película que dirigió Soderbergh y donde Benicio del Toro hizo de Che Guevara. A mi me tocó un papel muy breve, interpretando a Eloy Gutiérrez Menoyo, que solamente tenía este parlamento…

Recita su bocadillo pero no me da tiempo a anotarlo. Pienso que tendré la oportunidad en otro momento y por eso no le pido que me lo repita. Carpio debe cumplir una rigurosa agenda de actividades en lucha contra el reloj. Entre ellas: participar en el Taller de Jóvenes Escritores de América Latina y el Caribe acogido por el Centro Dulce María Loynaz; y leerse todos los manuscritos enviados al Premio Alba para emitir su veredicto como miembro del jurado en la convocatoria de 2012.

—Una pregunta más y cerramos por ahora… ¿Por qué El papel de lija?

—Sigue leyendo y te enterarás —responde Alejandro de manera obvia.

Claro, pienso yo, de una novela policial no se hacen revelaciones adelantadas. Cargaré la novela del boricua todos estos días en el bolso y seguiré paso a paso la solución del enigma (A ustedes, los lectores, recomiendo que también la adquieran y me imiten).

Volví a ver a Alejandro Carpio el miércoles 15, en el Centro Loynaz, cuando él intervenía en la mesa-debate sobre “Lo local y lo global en la narrativa latinoamericana y caribeña del siglo XXI”. Luego los vientos múltiples de la Feria habanera nos empujaron hacia sitios contrarios.

Pendiente quedó el asunto del bocadillo en la película y otros temas posibles. Por suerte, vivimos en la era de los emails y…

DE ACÁ PARA ALLÁ

Alejandro, te hablé de hacer una nota para El Caimán Barbudo sobre tu visita y para ello necesito que me respondas estas cosas:

1) El bocadillo que dijiste en el papel de Gutiérrez Menoyo para la película del Che.

2) Tus impresiones sobre el Taller de Jóvenes Narradores.

3) En general, qué te pareció la Feria del Libro cubana (lo positivo y también lo negativo).

3) Cuenta sobre la experiencia como Jurado del Premio Alba y la calidad de los libros que tuviste que valorar.

4) Cualquier otra cosa más que quieras decir sobre estos días en La Habana…

Un abrazo y seguimos en contacto,

RAFA

Alejandro Carpio. Foto: Leopoldo LuisDE ALLÁ PARA ACÁ

Hola, Rafael! Ya de vuelta a casa y te respondo tus preguntas. Abrazo!

1) Pues en la película tengo una brevísima línea que va de la siguiente manera: “Comandante, usted tiene permiso para hacer la reforma agraria en toda la región, pero el Segundo Frente Nacional seguirá cobrando los impuestos de la tierra”. Se trata de un parlamento minúsculo, con todo y que les pedí añadir lo de “nacional”, que no estaba, para poder pronunciar la “c” española de Menoyo, que tiene el acento cubano, pero pronuncia las “c” y “z” al uso peninsular. Lo creas o no, fueron dos días de filmación para esa bobada; yo encantadísimo hubiese vuelto un tercer día, para ver trabajar a Benicio del Toro y Steven Soderbergh una vez más.

2) Sobre el Taller: Fue una experiencia muy linda, por varias razones. De un lado, me valió (lo digo honestamente) para capacitarme profesionalmente. Este semestre imparto un curso de creación literaria; nunca antes lo había hecho y por momentos asedio la materia como principiante. En el Taller hubo dos mesas sobre el tema en las cuales escuché a distintos maestros experimentados hablar sobre este.

Con las lecturas de texto, también. No todos los textos leídos provocaban el mismo interés y no todo el mundo lee igual, pero disfruté y aprendí mucho al escuchar a mis colegas compartir su trabajo. Estoy malacostumbrado a formatos cortos y tengo poca retentiva, por lo que para mí funciona mejor la lectura de un texto cortísimo que de uno largo. Por eso, los poemas (sobre todo los breves) me llegaron mejor que los cuentos: sobre todo, los de las dos mexicanas y la cubana.

Asimismo, Danay y Yanelys estuvieron maravillosas en su rol de anfitrionas y la actividad quedó muy organizada, aunque (por una avería en la luz) todo se tuvo que atrasar el primer día. El Centro Cultural me encantó, aunque no pude verlo todo, por estar participando en la actividad (oteé con el rabo del ojo unas escaleras de mármol blanco que daban a un segundo piso, que exploraré en un futuro).

Sugeriría, para la próxima ocasión, cambiarle el nombre de “taller” porque alguna gente se confundió.

3) Sobre la Feria: Un turista (aún uno cultural) no puede dejar de asombrarse (hasta intimidarse) al ver filas de cientos de cubanos que desean comprar libros. En mi país, estas actividades no son multitudinarias y me provoca admiración y un hermoso espanto ver el entusiasmo con que los cubanos compran libros (a veces haciendo de tripas corazones). Vi una fila de 300 personas que quería entrar a un pabellón; pregunté al azar y una señora me contestó: “Es que aquí tienen los mejores libros”. Me intriga y confunde: esto en mi país no sucede.

Mi libro, por ejemplo, se agotó. No fue el único, por supuesto. Me quedé sin comprar una antología un martes por no aprovechar y llevármela un domingo.

Claro, no todo el mundo va a la actividad a comprar libros. Ante todo, la Feria es una feria; muchas personas van simplemente a pasear, novelear, beber cerveza, brincar y saltar. Aún esa gente, no obstante, se da cita en el contexto de una actividad literaria y participa, en cierta forma, del mundo de la lectura. Algo se compran, algo se llevan.

4) Ser miembro del jurado del Premio Alba resultó una experiencia placentera por varias razones. En primer lugar, haber conocido a mis colegas: Chiqui Vicioso, Marilyn Bobes, Miguel Antonio Chávez y César Gutiérrez, autores de distintas edades y nacionalidades, aunque de similar temperamento festivo. En segundo lugar, me puse al tanto de las inquietudes de un puñado de colegas jóvenes. Por alguna razón, había temas que se repetían en las novelas que evalué (Dios y el Diablo, la impronta de Borges, la locura, etc.). Algo no tan placentero fue estar en La Habana de invitado y tener que trabajar. El hedonismo y el epicureísmo me emplazaban y no pude satisfacerlos; me debí a las letras, mis enamoradas, que siempre se comportan más ingratamente que la dolce vita.

5) Llego a mi país con una buena dosis de humildad al enterarme del esfuerzo del pueblo cubano para brillar ante la adversidad. En el ambiente artístico e intelectual (en el que más me moví), la adversidad equivale tanto a carencias de herramientas de trabajo (Internet, alguno que otro libro, impresoras) como a las contrariedades del día a día. Estuve, no obstante, ante un grupo de estudiosos bien leídos y (en ocasiones) soberbiamente inteligentes. Hablo como turista y como extranjero, claro, pero creí reconocer una mezcla de alta sofisticación y curiosa ingenuidad que, en conjunto, asemejaban tanto un hambre intelectual indescriptible como la capacidad de saciar la necesidad de sus hermanos latinoamericanos, que miramos boquiabiertos.

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