Actualizado el 14 de marzo de 2012

Marino Luzardo

Cuando no hay susto, murió el artista

Por: . 12|3|2012

Marino LuzardoAlgunos estudios científicos afirman que el talento tiene un componente genético y otro ambiental que lo favorece o no. En el caso de Marino Ernesto Luzardo Badía seguro que ha influido más el don innato de comunicarse que un entorno ambiental propicio para que fuera, lo que es, un excelente locutor.

Vecino de la barriada de Diez de Octubre, es un joven que posee la cultura suficiente o la habilidad necesaria para entrevistar a personas variopintas, con sobriedad y a la vez con la naturalidad de una sonrisa, sin forzar el diálogo o sus propios gestos.

Luego de iniciar su vida laboral en ETECSA, ha trabajado en varias emisoras y canales de televisión. Ha merecido el Premio Caracol UNEAC en el 2006 y en el 2007 por la Narración de Documental para TV, el de la Popularidad de Radio Taíno y varios galardones más al formar parte de equipos de trabajo, por ejemplo, los Caracoles obtenidos por el programa Sitio del arte.

Como domina el inglés, ha realizado en vivo el espacio Caribbean Broadcasting Union (CBU) Agosto 2008, y también en forma bilingüe ha animado espectáculos como la conducción del Festival del Habano en el 2011 y el 2012.

—¿Qué recuerdo más lejano tienes del radio?

—Tiene que ver con mi madre. De niño, los domingos, mientras ella preparaba el desayuno y mi hermano y yo aún dormíamos, en mi casa se escuchaba la Discoteca del recuerdo de Rosillo en las mañanas, cada vez que la puerta del cuarto se abría entraban con el olor de la leche, el café y el pan tostado las voces de Vicentico Valdés, Benny More, María Teresa Vera, Elena Burke, y otros más. Creo que es esa la primera impresión que tuve de la que la radio existía en mi casa.

—¿Y de la televisión?

—No lo tengo muy claro pero creo que lo más lejano que recuerdo de la televisión está relacionado con los dramatizados, puede ser Tierra o sangre, Enrique de Lagardere, Los comandos del silencio, El capitán Tormenta en Aventuras y, por supuesto, espacios infantiles como Caritas o Tía Tata cuenta cuentos.

—¿Jugaste de niño a hablar por micrófono?

—Si supieras que nunca me dio por eso. Sentía que tenía habilidades para memorizar, de hecho sin saber leer, a los tres años mi madre me cuenta que me sabía los letreros de las imágenes que en la pared se reflejaban de un proyector ruso que mucho se vendió en las tiendas y era como tener un cinecito en casa; “leía” para todos mis amiguitos pero en realidad lo que hacía era reproducir de mi memoria todo lo que había grabado en la voz de mi madre. Si tuve alguna inclinación por el arte fue por la pintura y la escultura que podía mostrar mediante un manejo bastante asombroso de la plastilina, pero nunca me acerqué a nadie con la intención de tomarlo en serio.

—¿Qué estudiaste? ¿Te sirvió?

—Quise estudiar Psicología pero no me alcanzó el promedio y entonces opté por las ciencias, que se me daban muy bien, y me otorgaron Telecomunicaciones en la CUJAE. Siempre supe que ese no era mi lugar pero no tenía la menor idea de dónde podría sentirme a gusto. Mi buena memoria y mis habilidades para el estudio me hicieron pasar sin mucha dificultad una carrera considerada por muchos como la más difícil de las ingenierías en aquella época. Creo que me sirvió mucho para darme cuenta de que ese no era mi camino, aunque por cumplidor llegué a ser especialista de Ingeniería de Trafico a nivel de Vicepresidencia en ETECSA, y la verdad todos respetaban mis criterios y valoraciones, fueron diez años, pero en cada reunión donde apreciaba la pasión de mis compañeros por su trabajo me decía: ¿Qué hago yo aquí? No sentía lo mismo que ellos y esa indiferencia me hizo pensar en tomar otro rumbo y no dejarme llevar más por la corriente.

—¿Tienes algún familiar locutor o vinculado al mundo del arte?

—Mi bisabuelo, según me contaron, fue actor; era madrileño y trabajó aquí con Candita Quintana y Alicia Rico, pero no debió haber sido muy famoso pues nadie lo conoce, incluso mi madre y mis tías tienen muy pocas referencias de su persona y su trabajo, pues abandonó a mi bisabuela desde que mi abuela era pequeña, se llamaba Pedro Ambrosio y está enterrado en el Panteón de los Artistas del Cementerio de Colón, eso es todo lo que se del único ancestro artístico que puedo contar.

—¿Cómo llegas a la locución?

—Cuando estaba en la CUJAE escuchaba todas las noches Radio Ciudad de La Habana, tenía un staff de lujo con Camilo Egaña, Joel Valdés, Albis Torres, Amaury Pérez, Juanito Camacho y otras personas que en aquel entonces proponían una radio diferente. De pronto me empecé a dar cuenta de que los gustos de sus presentadores, que quedaban siempre muy claros, tenían mucho que ver con los míos. Solo en ese punto del dial me sentía verdaderamente a gusto, aunque tuviera exámenes al otro día trataba de finalizar el estudio antes de El sonido de la Ciudad que conducía magistralmente Camilo Egaña; aprendí mucho de música y otros temas.

“Me percaté de que inconscientemente jugaba a presentar números musicales y a decir frases como si fuera yo quien estuviera ante el micrófono, eso unido a que todos me decían que tenía buena voz me hizo pensar que como hobby podía intentar arar en ese terreno, pero nunca pensé abandonar mi carrera de ingeniero por la de locutor. Fue así que un día mi madre me dijo: ¿a ti no te gusta la locución? Hay un curso… Y entonces me dirigí a las pruebas de aptitud y me aceptaron para pasarlo, ya era 1994, me había graduado de ingeniero dos años atrás. Para mi placer los profesores fueron Ángel Hernández, Antonio Pera y Rubio Casanova”.

—¿Cuál fue el primer programa o spot que hiciste para que millones de personas lo oyeran?

—Por aquel tiempo conocí a Lianet Pérez, locutora y buena amiga, por un espacio que tenía en Radio Cadena Habana al que llamé para participar. Luego de hacernos amigos me propone que, como yo terminaba tan temprano de trabajar (2:00 p.m.) podía estar con ella como asistente de dirección en un programa que se llamaba Superaudio de Radio Metropolitana, que salía a las 4 de la tarde. Sin dudarlo acepté. Todo eso pasaba mientras estaba en el curso de locución y al ella saber de mis intenciones; un buen día faltó, creo que a propósito, y me llamó para decirme que por favor hiciera yo el programa, que ella no podía llegar y fue así como estuve por primera vez ante un micrófono abierto a todos. La voz me temblaba y dije muchas cosas un tanto incoherentes pero definitivamente saboreé mucho el poder hacerlo y demostré que era capaz de repetirlo si hacía falta. Luego, con el paso del tiempo, Lianet salió embarazada y me quedé con el espacio solo por unos meses, pues al crearse ETECSA todo cambió y decidí encaminarme de lleno hacia la ingeniería.

Marino Luzardo—¿Cuánto miedo sentiste? ¿Has superado el susto de decir el primer parlamento?

—No te puedo decir que fue miedo lo que experimenté, más que todo me invadía una sensación de responsabilidad inmensa, pero de haber sentido miedo seguramente no lo hubiera hecho. Lo deseaba y tal vez la ansiedad produjo el temblor y me hizo sentir que era una hazaña tremenda la lo que haría.

“Creo que hoy siento más miedo que ese día, nunca se supera el susto de la primera palabra, sobre todo cuando ya se espera de ti lo mejor, es la parte más difícil de la historia: arrancar y que las ideas fluyan; incluso es un susto que se disfruta porque increíblemente llegas a jugar con eso cuando tienes cierto oficio y cuando no lo sientas así, como ya han dicho muchos antes que yo, murió el artista”.

—¿Cuál fue tu primer trabajo como profesional?

—En Radio Reloj. Cuando salí de ETECSA me encaminé hacia el ICRT y llegué a la recepción. Dije, o mejor dicho, inventé que me había enterado de que necesitaban locutores en Reloj y me pusieron al habla con el octavo piso. Ahí una voz me dijo que no era cierto, pero al escucharme me preguntó si tenía titulo de habilitación. Yo sabía que tenía un título pero me sorprendí mucho cuando abrí el sobre que tenia bajo el brazo y ahí estaba el documento que me habían dado al terminar el curso en 1994 y decía en letras que en aquel momento me parecieron inmensas y brillantes: Curso de Habilitación. Le respondí que sí y me invito a subir. Ya esa misma tarde comencé un adiestramiento en las técnicas de locución para Radio Reloj. Había cinco compañeros en el curso; al mes se vació una plaza y me la otorgaron a mí.

“El 1º de enero de 2003 a la 1:30 a.m., comencé profesionalmente a trabajar como locutor de Radio Reloj. Sentí que era la oportunidad de oro para rescatar el tiempo que había perdido. Ahí estuve por un año y medio haciendo madrugada, pero al ir apareciendo otras cosas no pude seguir esperando por un turno mejor y me fui para Radio Taíno. Reloj, como todos dicen, es una escuela, mucho de lo que sé se lo debo a mi tiempo en esa emisora. Por cierto, la voz que al otro lado del teléfono que me atendió el día que pisé por primera vez el ICRT pertenece a Ibrahim Aput, que fue mi profesor y a quien siempre tendré como uno de mis mejores maestros”.

—¿Qué se necesita a tu juicio para ser un buen locutor?

—Ante todo se necesita un dominio correcto del lenguaje, no me refiero a ser un erudito que domine palabras complejas o de poco uso para alardear de sus conocimientos, se trata de usar las más adecuadas para hacer que el mensaje llegue a todos.

“La voz es importante, muy importante, porque una voz agradable causa mejor efecto si dice bien, pero con voz y pobreza verbal no llegas a ninguna parte; otros a la inversa sí han llegado muy lejos, ejemplos hay muchos.

“Tener dominio de la técnica de locución, que se estudia y se ejecuta luego de acuerdo con nuestra personalidad, respetar reglas que existen y que deben preservarse amén del paso del tiempo y de nuevas tendencias.

“Se requiere estar al tanto de todo lo que sucede en diversos ámbitos y algo muy importante: valoro mucho la naturalidad, el ser uno mismo, no imitar a nadie y demostrar que no hay poses en nuestras actitudes ante cámaras y micrófonos”.

—¿Te consideras un hombre de la radio o de la televisión?

—Creo que de los dos, ambos medios me han traído muchas alegrías y en los dos me siento cómodo, pero no te voy a negar que la Televisión tiene un poder que seduce y atrapa, y su alcance es realmente inimaginable.

—Pienso que tu imagen y tu voz a veces ha estado en muchos espacios, ¿cómo se puede evitar eso que confunde al oyente y al televidente?

—Sabía que esta pregunta no podía faltar. ¿Por dónde empezar? Ni la televisión ni la radio cubana se han preocupado por esa confusión que planteas, les da absolutamente lo mismo y, es más, potencian ese supuesto mal. De haber puesto en vigor una ley o forma de pago que posibilitara la exclusividad nadie se repetiría en espacios radiales o televisivos; por si no lo sabes hay programas de la radio de gran audiencia que pagan al locutor cuatro pesos en moneda nacional por emisión, y en la televisión, aunque las tarifas son diferentes, son igualmente ridículas. Por tanto, la presencia en más de un programa obedece más que todo a factores económicos, pues todos sabemos que quemar voz e imagen no es conveniente por muchas razones. Si a eso le sumas que de forma honrada puedes ganar dinero trabajando mucho, pues se corre el riesgo y se vive, que de eso se trata.

“La repetición de rostros y voces es un fenómeno histórico en la TV cubana y ha pasado con otras figuras, lo que antes había menos horas de transmisión, menos canales, menos programas y no existían los foros ni blogs que reflejaran estas situaciones, que permanecerán hasta tanto no haya interés de personalizar espacios con un elenco exclusivo. Claro que me encantaría estar en un solo programa, no sabes cuánto lo deseo.

“¿Entonces qué hay que hacer? Tratar de ser diferente en cada entrega y demostrar que eres versátil y que manejas los códigos de cada programa de forma diferente, muchos lo logran; otros no”.

—¿Cómo te sientes más cómodo: siguiendo un guión a pie juntillas o improvisando?

—He tenido la suerte, porque así lo considero, de trabajar en espacios donde no se sigue al pie de la letra un guión, por lo general programas en vivo que exigen una dosis fuerte de improvisación y creo que así me siento más cómodo, pues disfruto mucho poner de mi cosecha y no sentirme atado al modo de decir que alguien escriba para mí, pero agradezco que, más que un guión, me ofrezcan un gran cúmulo de información que me sirva, para con mis palabras poder expresar lo que se quiera. No obstante, considero muy valioso un buen guión para un locutor, ejerza o no su libertad para llevar a feliz término el programa, pero esa es una de las tantas asignaturas pendientes de nuestra televisión.

—¿Con qué programa sueñas?

—Mira qué cosa, te hablaba de no sentirme amarrado y desde que empecé mi carrera como locutor he soñado con hacer noticieros. Aunque ahí si hay que seguir a pie juntillas al teleprompter, la noticia tiene un encanto que me seducirá toda la vida. He tratado de entrar en el informativo pero nunca me han dado esa posibilidad. Si algún día llegara creo que, desde el punto de vista profesional, me sentiría realizado.

—¿Qué sería para ti tener una buena televisión?

—Pienso que una buena televisión se pudiera lograr si no presumiéramos de tenerla, si no criticáramos tanto a las demás televisoras, “las capitalistas”, y tomásemos de ellas lo mejor, dejando lo mejor de la nuestra. Multivisión ha demostrado cuánto de la televisión que se hace en otros países podemos aprovechar y de ahí pudiéramos tomar algunas lecciones.

—Otro aspecto que yo no haya considerado y tú desees abordar…

—En la pasada edición del Caracol, Rosalía Arnáez presentó una ponencia que se titulaba La soledad del locutor. Creo que seguimos estando solos y que muy pocas veces contamos con directores, guionistas, asesores y equipos que velen por nuestra exitosa presencia ante cámaras y micrófonos, todos ponen sobre nosotros una gran responsabilidad y el apoyo a nuestra integralidad escasea. Hay que tener en cuenta que en un espacio en vivo, sujeto a imprevistos, cambios y soluciones de último minuto, es el locutor quien debe salir airoso, salvando tal vez errores de esos otros ya mencionados. Ante cualquier irregularidad nadie pensará: se equivocó el director, el guionista o el asesor; a los ojos de todos: ¡se equivocó el locutor! Debían cuidarnos más.

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