Actualizado el 14 de abril de 2012

Yonnier Torres Rodríguez:

Los premios son como juegos de azar

Por: . 10|4|2012

Yonnier Torres Rodríguez. Foto: Leopoldo LuisHay escritores —estoy hablando de buenos, de magníficos escritores— que nunca ganaron un premio y su influencia no para de crecer (a algunos, incluso, se les considera “autores de culto”). Hay escritores a quienes de vez en cuando les sonríe la fortuna y añaden a su palmarés un par de reconocimientos más o menos importantes. Hay escritores que brotan de la nada (eso de “la nada” es pura metáfora: antes de tal “brote” suele haber mucho esfuerzo en la sombra) y arrasan —literalmente— en todos los concursos a su alcance. Yonnier Torres Rodríguez es uno de esos escritores-sorpresa: cabalmente desconocido ayer y hoy con media docena de libros premiados, publicados (o por publicar) en editoriales diversas a lo largo de la Isla. Algo más que el simple azar tendría que influir en semejante resultado (pienso). Dentro de unos años —me atrevo a asegurarlo— alguien escribirá sobre Yonnier con pretensión definitoria. Este es solo el momento de empezar a contar su historia:

—Siempre que me topo con una ficha tuya en alguna publicación (en la nota de contracubierta de un libro, por ejemplo), lo primero que salta a la vista es tu formación como sociólogo. En el espectro de tus intereses personales y profesionales, ¿qué lugar ocupan la sociología y la literatura respectivamente?

—No ejerzo la sociología como profesión, no por motivos personales sino por cuestiones del azar que me han arrastrado hacia otros derroteros; como ambos sabemos la mayoría de los profesionales trabajan en cualquier otra cosa menos en la que atañe a los campos donde se graduaron. Sin embargo, la sociología y sus cinco años de estudio me brindaron las herramientas que me permiten cavar dentro de la realidad, y de esa realidad parte todo lo que escribo. Por lo tanto no son quehaceres divorciados. Siempre digo que soy sociólogo de formación, profesor universitario de profesión y escritor de vocación.

—Tengo ahora mismo en mis manos Delicados procesos (Premio Luis Rogelio Nogueras 2010 de Ciencia Ficción) y Esto funciona como una caja cerrada (Premio Calendario 2011 de Narrativa). Estoy esperando, además, dos o tres libros más de tu autoría —rectifícame cuántos— premiados durante el último bienio. ¿Has trabajado mucho en poco tiempo? ¿O, por el contrario, estaba todo ese trabajo en alguna medida acumulado y a la espera del momento oportuno?

—Además de los dos libros que mencionas salió publicado por la Editorial Unicornio Elementos comunes, que fue Premio Félix Pita Rodríguez en el 2010 y estoy a la espera (paciente) del libro de cuentos Los cuatro puntos cardinales que saldrá por la Editorial La Luz; la novela Clavar los ojos al cielo por la Editorial Mecenas, que fue Premio Fundación de la Ciudad Fernandina de Jagua 2011; y el cuaderno de relatos La oscura superficie, que recientemente obtuvo el Premio Eliseo Diego 2012.

“La escritura, a mi modo de ver, es un trabajo de acumulación, empeño y persistencia, mi primer cuento lo escribí en el año 2005 y comienzo a ganar los primeros premios en el 2010, o sea, estuve aproximadamente cinco años escribiendo, acumulando historias, personajes, conflictos, situaciones, temas, ambientes, formas y modos de hacer. Cuando me sentí preparado y vi la luz al final del túnel, saqué de la montaña aquello que me pareció más interesante o atractivo, comencé a reescribir y preparé alrededor de seis cuadernos de cuentos y dos novelas. Algunos títulos han corrido con suerte y serán publicados; otros están aún a la espera.

“Por otra parte suelo escribir con frecuencia, si me guiara por recursos puramente matemáticos podría afirmar que escribo cuatro o cinco cuentos al mes, lo que me daría una cifra aproximada de un cuento por semana; generalmente demoro en escribir un cuento un par de días, a veces tres, siempre y cuando tenga la idea en mente, luego tardo un par de semanas revisando, pero ya te digo, estas son puras fanfarrias matemáticas. Me satisface escribir, no importa cuánto ni cómo; cuando estoy varios días sin abrir mis carpetas siento que algo me falta”.

—Resulta casi obligado preguntar a un escritor joven cómo percibe estos dos tópicos: los talleres literarios y los concursos. ¿Cuánto debes a unos y a otros? ¿Cuánto no les debes?

—Durante mi proceso de formación, si es que tal cosa existe y se pudiera hablar de ello con soltura y desparpajo, pasé por varios talleres (locales, municipales, provinciales, nacionales en el caso del Curso de Técnicas Narrativas del Centro Onelio) y todos me brindaron el entusiasmo y las ganas de escribir (es raro, porque a otros le sucede todo lo contrario, se retiran ante la primera crítica). Recuerdo salir del Taller e ir directamente a la computadora con muy buena voluntad, malas prácticas y unas ideas horrendas, pero con la total determinación de contar algo.

“Los talleres me ofrecieron el intercambio, me abrieron los ojos y la mente y me sirvieron como un soporte de primaria visibilidad, pero visibilidad al fin. Actualmente coordino uno en la Universidad de las Ciencias Informáticas, donde trabajo como profesor y asesor literario; trato de enseñarles a mis estudiantes lo que me enseñaron a mí con una total libertad, como ponerles carne en un plato y pedirles que la corten de la forma que mejor les parezca.

“Una vez leí en una entrevista que le hicieron a Eduardo del Llano, que los talleres literarios son como los aparatos para los dientes: hacen mucha falta y son necesarios a tiempo, pero cuando ya los dientes están alineados, los aparatos comienzan a molestar y hay que tirarlos.

“Los concursos y premios son como juegos de azar, no existe fórmula para ganar un concurso como no existe fórmula para sacarse la lotería, aunque por ahí anden los matemáticos con sus historias de la probabilidad echando monedas en las tragaperras. Si mezcláramos en una batidora la buena ventura, el acierto, la perspicacia y una dosis de talento, quizás salga una mezcolanza útil pero nada confiable.

“Hace un tiempo me propuse publicar a través de los premios y no colocarme bajo las faldas de las editoriales y sus colchones inflables (inflados, infinitos). Yo sostengo una máxima: para dar en el blanco, primero tienes que tirar la flecha, y mientras más flechas tires, más posibilidades (matemáticas) tienes de dar justo en el centro”.

—Durante los primeros años de este siglo un grupo notable de escritores jóvenes trepó de un salto al escenario literario cubano: Michel Encinosa, Raúl Flores, Ahmel Echevarría, Orlando Luis Pardo, Jorge Enrique Lage… Eres todavía más joven, ¿te sientes conectado a ellos generacionalmente o percibes diferencias en tu manera de hacer y entender la literatura?

—Como dices, yo soy mucho más joven, no tanto desde el punto de vista de la edad como del momento en que comencé a escribir. Cuando presenté mis flacuchos cuentos al Centro Onelio y me tomé en serio lo de ponerle empeño y dedicación a la escritura, la mayoría de los autores que mencionas ya tenían libros publicados y una carrera literaria recién comenzada (si es que, nuevamente, tal cosa existe y los escritores seamos como caballos de carrera que van a toda velocidad hacia una meta que se hace cada vez más lejana).

“De ellos he leído todo, o casi todo, lo que han publicado. Suelo leer disciplinadamente y en gran medida a los escritores cubanos contemporáneos para estar enterado de por dónde ‘anda la cosa’. Leo lo que se hace en La Habana y lo que se hace en las provincias y de cierta forma eso me conecta, no creo que tanto a nivel de generación como sí a nivel de la cosmovisión.

“No pertenezco a ningún ‘grupo literario’, he llegado muy tarde a la llamada (y desaparecida) ‘Generación 0’ y es muy temprano para que en estos momentos surja otra de la cual yo pueda formar parte. En mis modos de hacer hay diferencias, por supuesto, con los modos de hacer de los autores que mencionas, pero si estableciéramos un mapa referencial y creativo, nuestras fronteras se tornarían difusas”.

—Retomando el hilo de la pregunta anterior, ¿qué autores prefieres, cubanos o extranjeros, y a cuáles les debes —si le debes a alguno— en la conformación de eso que algunos estudiosos llaman “estilo”?

—Siempre he preferido a los autores que escriben en español y dentro de ellos a los latinoamericanos. Tengo, como todos, escritores de cabecera, ahí están Julio Cortázar, Roberto Bolaño, Jorge Luis Borges, Robert Arlt, Juan Rulfo, Mario Vargas Llosa y otro puñado, la mayoría en su faceta (faz) narrativa.

“Se me hace difícil, muy difícil, hablar de un estilo, sobre todo porque considero que la forma de hacer no es invariable, sino que está en continuo movimiento, como las aguas del río heracliteano (si, otra vez, se me permite hablar en tales términos) y mis libros que hasta el momento han sido publicados son muy diferentes entre sí, sobre todo desde el punto de vista temático y referencial. Hay autores cubanos que me han abierto la mirada, a medida que los he ido leyendo, como Alberto Guerra, Lázaro Zamora, Rafael de Águila o Raúl Flores, y hay libros que me han mostrado hasta dónde se puede llegar, como Manual de literatura para caníbales de Rafael Reig, El cielo protector de Paul Bowles o Tokio ya no nos quiere de Ray Loriga.

“Sobre el estilo, hagamos una pausa, y hablemos de nuevo dentro de cinco años, cuando mis títulos publicados rebasen la docena. ¿Pretencioso?, bueno….hay que mirar hacia arriba”.

Yonnier Torres Rodríguez. Foto: Leopoldo Luis—La mayoría de tus libros publicados (o pendientes de publicación) son colecciones de cuentos. Sin embargo, ganaste el Premio Fernandina de Jagua 2011 con la novela Clavar los ojos al cielo. ¿Qué está escribiendo ahora mismo Yonnier Torres: relato breve o novela? ¿Ambos? Como creador ¿te interesaría explorar otros géneros: la poesía o el ensayo, por ejemplo?

—Generalmente escribo cuentos. Clavar los ojos al cielo la asumí como un reto, con mucho entusiasmo y pocas esperanzas, para ser sincero, de que resultara premiada. Me divertí mucho escribiéndola, es en realidad una novela divertida, escrita con maldad, ironía, sarcasmo, soltura y desparpajo. Esta fue mi primera novela, a partir de ella me he motivado a escribir otras que no han corrido con la misma suerte. Con la novela, como género, me siento más cómodo, aunque me resulte más difícil; puedo andar despacio, detenerme y a ratos explayarme. El cuento me lleva más recio, como si caminara por una cuerda floja sin mallas debajo.

“Con la poesía y el ensayo no me atrevo, les temo, aunque una vez gané un premio internacional de poesía fantástica y de ciencia ficción, después me dio mucha vergüenza haberlo ganado; a fin de cuentas yo no soy poeta”.

—A ciertos lectores les resulta atractivo que los escritores accedan a revelar sus prácticas personales, sus “secretos” más íntimos a la hora de crear. ¿Sigue Yonnier Torres alguna estrategia definida? ¿Tiene rutinas? ¿Elabora la historia a nivel mental antes de sentarse a escribir, o asume —como dicen algunos— el desafío de “la página en blanco”?

—No poseo estrategias (ni místicos secretos), no pongo inciensos, ni hago el amor, ni tomo jugo de tamarindo, ni oigo a Tracy Chapman antes de escribir. A veces construyo historias preestablecidos mentalmente. A veces solo tengo una línea, un título, o una simple idea. A veces no tengo nada, me siento frente a la máquina y el cursor me dice: “dale, ¿qué estás esperando?”; yo me molesto, lo hago correr de una página a la otra y cuando pone el punto final me sonríe cansado, pero complacido.

—Escuchando la anécdota de que, sin ser poeta, ganaste un concurso de poesía de ciencia ficción, recuerdo otro premio a tu cuenta en la misma categoría, ya como narrador: el Wichy Nogueras 2010. ¿Cuánto hay en ti de escritor de ciencia ficción o fantasía? ¿Continuarás de alguna manera aventurándote en esos rumbos o te decantas por la literatura llamada “realista”?

—No me gustan las etiquetas, por tanto no me considero un escritor de ciencia ficción, tampoco un escritor de fantasía y mucho menos un escritor de la llamada literatura “realista”. Soy escritor a secas, lo cual, de por sí, ya es una etiqueta y la he tenido que reconocer cuando un puñado de libros con mi nombre en la cubierta me miran desde el estante con una mezcla de rabia, reproche y resignación.

“Me gusta moverme, desde el punto de vista temático, en diversas vertientes de la narración y de todas, es el género fantástico el más benévolo, en mi caso, él que más me ha retribuido. De ciencia ficción, mi primer libro de cuentos es Delicados procesos, que resulta diferente dentro del espectro de los libros del género que se han publicado en Cuba en los años 2010 y 2011(que no han sido muchos), y quizás esa sea su marca. En Delicados procesos resalta una ciencia ficción escrita desde Cuba, sobre Cuba y para cubanos. Trataré de aventurarme en todos los rumbos posibles, siempre y cuando el viaje resulte una aventura, me gustaría escribir cuentos policíacos, por ejemplo, pero seguro que Rafael Grillo, quien debe darte luz verde para esta entrevista, no estaría de acuerdo: más gente para la competencia, diría”.

—Esta pregunta contiene una trampa sutil (pero al final una trampa): ¿Qué ocurrirá cuando todos tus libros premiados estén en las librerías? ¿Sientes que con la publicación se llega al final del proceso? Con la presentación oficial de la obra, ¿se acaba todo?

—Si de algo estoy seguro, es que esto no se acaba nunca, o al menos esa es mi intención. El objetivo de todo escritor, desde mi punto de vista, es ser publicado y que su obra sea leída. Una cosa no lleva necesariamente a la otra y es ahí donde está el centro de la cuestión, es ahí donde comienza una parte importante del trabajo.

“De nada vale que mis libros, con sus premios, sus glorias y sus portadas de editora provincial, estén en los estantes si no se venden, si no se leen, si transcurren los meses y el polvo se acumula sobre el supuesto lomo de los ejemplares. Acá el mercado no funciona, es el propio autor quien debe encargarse de hacerlo funcionar. Por eso te concedo esta entrevista, le digo que sí a todo el que quiera reseñar cualquiera de mis libros y los presento en cada oportunidad. Te pongo un ejemplo: mi primer libro, Delicados procesos, salió en noviembre de 2011 y hasta la fecha lo he presentado en diez espacios distintos, no importa si para un centenar de personas (como en el evento Dialfa-Hermes) o para seis miembros de un taller literario municipal; lo importante es darlo a conocer, no esperar a un supuesto mesías, como dice la canción que cantan Gema y Pavel: ‘ponle una vela a los santos pero no te acuestes a dormir/ si tú mismo no te la juegas/ no hay nadie que lo haga por ti…/ cada día se hace el destino/ la suerte no se sienta a esperar’.”

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