Actualizado el 6 de mayo de 2012

Pedro Luis Rodríguez:

La televisión pudiera proponerse metas mayores

Por: . 4|5|2012

Entrevista con Pedro Luis RodríguezPedro Luis Rodríguez González gateó en la revista El Caimán Barbudo. Su padre, reconocido como Peyi, fue el diseñador de esta publicación en los años 80 y principios de los 90. Pero no logró insuflarle a su primogénito la vocación de dibujar o diseñar. Lo hizo por puro entretenimiento, como también montar batallas campales con soldaditos que construía. Entonces, según dice Pedro Luis, tal vez ya tenía alguna inclinación por la pirotecnia.

Lo cierto es que este joven en el 2005, con sólo 19 años, realizó su primer documental Inicios de la radio en Cuba, y con 22 hizo el guión y dirigió el mediometraje La bala, que acaparó premios en la 8va Muestra de Nuevos Realizadores, año 2009 (Premio a la Mejor Obra de Ficción), en el 5to Festival Nacional de Televisión, año 2009 (Guión de Programas Dramatizados, Dirección de Programas Dramatizados, Mejor Teleplay, Efectos Especiales, Música Original, Producción y Gran Premio del Festival), y en el Festival Caracol (Mejor Fotografía). Con los documentales Que me pongan en la lista y El cuarto 101 también ha recibido diversos lauros.

Pedrito, o Pedri, como le dicen sus amigos, además de su obra audiovisual tiene un excelente manejo de un aparato conceptual para analizar el mundo creativo que ha escogido. Recientemente en un comentario que publicó afirmó: “Una rápida ojeada a las obras de los nuevos realizadores nos permite descubrir que no pocos son los trabajos que realizan una mirada muy aguda a nuestra realidad. Para muchos, esta es la característica más valiosa de la creación, porque está recogiendo el ‘día a día’ de estos años. Sin embargo, también puede pensarse que ese es el punto más débil, porque lo que hacen estos materiales es suplir la desinformación y la distancia que han asumido los medios masivos de comunicación hacia los problemas sociales y muchas veces no nos preocupamos por construir un discurso profundo y un lenguaje verdaderamente cinematográfico. La obra, como si fuera un buen reportaje de impacto, toma relevancia por lo que muestra, pero no por cómo lo hace, ni por las reflexiones que propone”.

—Siendo un niño ¿con qué jugaste primero, con un lápiz haciendo dibujos o imaginándote una escena que luego sería imagen inquieta?

—Como la gran mayoría de los niños encontré en el juego la realización personal de aquellos años. Jugué pelota, a la mano, a los tira chícharos, monté bicicleta, patines y chivichana, correteé por la cuadra con los pistoleros y disfruté muchísimo de los escondidos en noches de apagón, pero también pasé mucho tiempo jugando solo.

“De niño dibujé y recuerdo que grababa los muñequitos de la televisión en mi Betamax. Luego los dejaba en pausa y así podía reproducir imágenes de algunos de mis personajes preferidos, pero realmente me gustaba más interactuar con juguetes físicos, otorgándoles vida, personalidad y así creaba historias marcadas por la aventura o la guerra. Jamás olvidaré mis batallas jugando a los soldaditos y pienso que mi familia tampoco, por los desórdenes que armaba. Recuerdo que en una semana de vacaciones en la playa, fui acumulando arena y la traje escondida. Así logré crear un mejor escenario para un combate. Hoy diría que sencillamente estaba buscando la forma de lograr mejores efectos de pirotecnia.

“Pasé por superhéroes, astronautas, karatecas y mafiosos, pero uno que se repitió muchísimo fue el juego de los piratas. A los 10 años descubrí la literatura de Emilio Salgari y entre Sandokan y El corsario negro me enloquecí con este mundo de la aventura clásica. Al no tener juguetes que pudieran funcionar en estas puestas en escena, acudí a la plastilina y creé cerca de cien hombrecitos-piratas. Cualquier caja de madera u otra cosa que pudiera convertirse en un velero, fue secuestrada y así dediqué mucho tiempo a reconstruir pasajes de los libros y a inventar nuevas aventuras”.

Entrevista con Pedro Luis Rodríguez—¿Intentó tu papá que pintaras o diseñaras como él?

—Recuerdo que mi papá siempre me tenía cerca lápices de color, plumones y algo en qué dibujar y yo lo hice con muchas ganas. Era un entretenimiento, pero no había una intención de imponer en mí una vocación. Recuerdo que pasé rápido por los paisajes campestres y me convertí en fanático de una especie de abstracción, donde dibujaba unas figuras muy coloridas que le gustaron a toda la familia. Hice unos cuantos dibujos de esos, inclusive por ahí todavía andan guardados con dedicatoria y todo. Pienso que la mayor influencia de esos momentos de pintura, estuvo en el mundo musical que mi papá creaba para acompañarlos. Mis gustos musicales de hoy están marcados por lo que escuché en esos primeros años.

—¿Fue la obra de tu mamá (Magda González Grau) y de tu otro padre (Charlie Medina) la que te llevó al cine y la televisión?

—Desde niño comencé a ir a las filmaciones de mi mamá y de Charlie, recuerdo los exteriores de la novela El año que viene o los domingos con Pocholo y su pandilla, pero siempre eran un entretenimiento y nada más. Mentiría si dijera esa frase tan romántica de que “desde niño sabía que quería hacer cine o televisión”. A mí me gustaba la arquitectura y no fue hasta finales de 11no grado, al descubrir que existía una facultad donde se estudiaba cine, radio y televisión, que comencé a pensar y a decidirme por este camino.

“Cuando les comenté que quería hacer las pruebas de ingreso a la Facultad de Arte de los Medios de Comunicación Audiovisual del ISA, estuvieron en contra y no me ayudaron en el proceso de preparación para esas pruebas de aptitud. Dicen ellos que me estaban protegiendo, porque este medio es difícil y complejo. Lo que ellos no pensaron fue que mi decisión era irrevocable, incluso, mi plan era que si no aprobaba estudiaría otra cosa, como Historia del Arte, y luego me dedicaría al audiovisual. Por suerte, aprobé y me ahorré unos añitos”.

—¿Cuán difícil es para un joven crear su propio mundo y estilo en el audiovisual, cuando convive con dos realizadores reconocidos y ellos mismos con formas diferentes de acuñar su sello personal?

—Para cualquier artista es difícil crear su propio estilo, sea joven o no. Nunca he intentado imponerme un sello o una identidad, eso llegará con el tiempo, si llega. Realmente me preocupo por otras cosas, como la dramaturgia, los actores, la recepción del público y las peculiaridades que tiene cada obra. De las diferencias que ambos tienen he ido aprendiendo, asumiendo y negando, desde sus experiencias he intentado crearme un método de trabajo y una actitud ante lo que significa ser un realizador audiovisual en la Cuba de hoy.

“Pienso que la convivencia ha sido fructífera para todos. En mi caso ha enriquecido muchísimo mi cultura general, y en el de ellos, les ha descubierto, muchas veces, una tercera mirada a la hora de analizar un tema. Una regla no escrita nos ha acompañado y es la de no vincularnos en un mismo proyecto, ni siquiera acudir a los ensayos o grabaciones del otro. Los tres somos directores y es mejor respetar cada cual su espacio de creación, sin renunciar a la solidaridad a través de consejos y comentarios constructivos que siempre son bien recibidos”.

—A los 19 años fuiste responsable del guión y la dirección del documental Inicios de la radio en Cuba, ¿formó parte de tus estudios en la Facultad de Medios de Comunicación Audiovisual? ¿Y el corto La llamada que hiciste con 21 años también fue parte de tu práctica docente?

—Mi facultad, la mayoría de las veces, no tiene todos los recursos necesarios para que los estudiantes puedan hacer sus trabajos prácticos, pero sí existe un interés porque los jóvenes no sólo teoricemos, sino que también filmemos. Varias son las asignaturas en las que puedes presentar obras prácticas como ejercicio evaluativo y ese es el caso del documental Inicios de la radio en Cuba, en la asignatura Historia de la Radio. Lo mismo ocurrió con La llamada, que nació en el proceso evaluativo de una disciplina tan abstracta como Filosofía, aunque después me funcionó en otras, como dirección de actores.

“El criterio que se seguía era el de estimular la realización, acompañada de un trabajo teórico, y pienso que funcionó muy bien para muchos de nosotros dándonos el empujoncito necesario para ‘romper el hielo’”.

Entrevista con Pedro Luis Rodríguez—Con La llamada obtuviste tu primer premio (SIGNIS, de la Asociación Católica de Cuba en el Festival Almacén de la Imagen, de la Asociación Hermanos Saíz, año 2007), pero fue con La bala, con tu guión y dirección, que literalmente arrasaste ¿Qué te llevó a filmar este mediometraje? ¿Por qué ese afán por la historia?

—No puedo negar que mi experiencia de un año en el Servicio Militar Activo, me resultó de vital importancia para entender y sentir lo que es la vida en el ejército. Pertenecer a una unidad de combate, estar rodeado de soldados de todas partes y con diferentes maneras de ver la vida, pero que en situaciones difíciles se unían, me marcó y me dio el deseo de contar una historia como esta.

“Aunque parezca difícil de creer La bala nació de un guión para un corto de tres minutos, un ejercicio práctico de la asignatura de dirección de 3er año de la carrera. Comencé a incluirle situaciones dramáticas, personajes y el relato fue creciendo, cuando tenía más de 30 páginas me di cuenta de que era imposible realizar esta obra sin el apoyo de una entidad productora y así acudí a la televisión. Hannah Imbert, estudiante de 5to año de Producción en la Facultad, tomó este proyecto como su tesis de graduación y juntos nos insertamos en el difícil camino de realizarlo.

“La principal motivación que teníamos era lograr crear un relato con temática bélica que fuera atractivo para el gran público y en especial para los jóvenes. Intentamos defender la tesis de que las estéticas y los estilos de realización, vengan de donde vengan, pueden utilizarse para expresar los contenidos que uno se proponga y también que desde la ficción pueden crearse obras llenas de cubanía, sin tener que beber de una anécdota real de nuestra Historia”.

—¿Qué experiencia obtuviste en tu reciente viaje a Francia? ¿Cómo fue que llegaste a esa singular oportunidad?

—La Muestra Joven del ICAIC viene asumiendo la difícil tarea de dar a conocer la obra de los jóvenes realizadores fuera de Cuba, en diferentes espacios como el Festival de Cortometrajes de Clermont-Ferrand, uno de los más importantes del mundo. Este año el Festival decidió hacer una retrospectiva sobre Cuba con cerca de 50 materiales y dos de mis obras estuvieron incluidas en la selección, el documental Que me pongan en la lista y el cortometraje El cuarto 101.

“Poder conocer el llamado Primer Mundo y una ciudad legendaria como París, resultó muy importante. Junto a un grupo de cubanos, residentes o no en la Isla, asistí a dicho Festival y fue una experiencia positiva que me ayudó a comprender mejor nuestro cine joven, con sus aciertos y debilidades.

“Pero, lo que más me marcó de esta experiencia fue cómo logré comprender mejor nuestra realidad a través de las diferencias, para bien y para mal. Por primera vez necesité entender por qué somos así y qué nos une definitivamente a esta isla. Estas interrogantes no se quedaron en Francia, aún están conmigo. Fue, sin duda, un viaje que ratificó en mí el deseo de luchar por tratar de resolver los problemas de mi país, desde dentro”.

—¿Qué sería para ti una televisión culta?

—Para mí, el concepto “cultura” va más allá de las manifestaciones artísticas, del conocimiento y de una correcta educación. Cultura también es desarrollo del pensamiento, es una profundización que genera cambio, porque la cultura la hacemos todos los días, no es un recinto sagrado donde guardamos nuestra identidad y la custodiamos de las amenazas del exterior.

“En una televisión culta deben existir, también, la confrontación de criterios, los conflictos, debe mostrarse tal y como es nuestra realidad, para cuestionarla y analizarla. De esta manera se puede construir la cultura cubana de estos tiempos y la televisión juega un papel decisivo, porque es un espacio que legitima y llega a todos. Además, nuestra televisión tiene las características ideales para lograrlo, porque no la rigen los criterios comerciales y del mercado.

“Debemos entretener y educar, pero sin renunciar a los contenidos que estimulen en el espectador las ganas de crecer, de entenderse mejor a sí mismo y a su entorno. Ese, pienso, es el camino para lograr una televisión verdaderamente culta y no colocando un ruidito sobre alguna que otra mala palabra”.

—¿Qué importancia le concedes a la programación?

—Partiendo de lo antes dicho, la programación es la manera de hacer efectivo todo esto. Es la herramienta para diseñar la mejor forma de hacerle llegar los productos al receptor. Una programación que brinde diversidad en el entretenimiento y en los contenidos, es la ideal, pero no solo debe guiarse por los gustos populares, sino también por las estrategias diseñadas para conseguir la televisión que necesitamos.

“Pienso que la Televisión Cubana es muy susceptible a reacciones de algunos pequeños sectores de la audiencia, regidos por criterios obsoletos y anquilosados, y esto condiciona para mal la programación. La televisión educa, pero la culpa de los males de nuestra sociedad no la tiene la televisión, eso sería simplificar ingenuamente los procesos sociales.

“Pienso, que desde una valentía o audacia responsable, la televisión pudiera proponerse metas mayores. Metas que no vayan solo a lo cuantitativo, sino a lo cualitativo, y así pudieran defenderse mejor algunos productos que hoy tiene, relegados a espacios de poca audiencia. Desde la programación puede iniciarse la batalla por mejorar el gusto de la población, para luego conseguir la transformación y la creación de nuevas prioridades en ella”.

—¿En que trabajas actualmente? ¿Cuándo podrá ser visto?

—Estamos terminando el cortometraje Salvando al General, una producción independiente en la cual el ICRT participa como coproductor y que contó con la colaboración del Ministerio de Cultura. Es una historia de ficción ubicada en los días finales de la Guerra de los Diez Años, donde Tomás, el protagonista, es portador de un mensaje que devela la posición del campamento de Antonio Maceo. Por eso es perseguido por los españoles que están siendo guiados por Cabrera, un ex mambí. El enfrentamiento entre estos dos hombres superará lo físico, para convertirse en un duelo de principios. Queremos hacer la premier el próximo mes y debe estar en la programación de verano de la Televisión Cubana.

Entrevista con Pedro Luis Rodríguez—Cada vez, dado el desarrollo tecnológico, se borran más las fronteras entre cine y televisión ¿cómo ves el futuro en estos dos medios a la vuelta de unos años?

—Es cierto que en pocos años, sobre todo luego de que el video se convirtió en una opción más barata de hacer cine, sustituyendo en parte al celuloide, la televisión y el cine se han emparentado más. El término audiovisual es mucho más utilizado hoy, pero eso no quiere decir, a mi juicio, que vaya a dejar de existir la televisión como medio muy específico o que vayan a fundirse en un solo campo de expresión artística. La televisión tiene sus características y no toda su programación podría utilizar el lenguaje tradicional del cine ni sus históricas formas de producción en cuanto a tiempos y maquinaria de rodaje.

“Sin embargo, la televisión debería ver con buenos ojos asemejarse cada vez más al cine, pues nadie puede negar que ella no nació con fines artísticos sino informativos o propagandísticos, y cuando en ella aparece una obra con resultados artísticos es cuando tiene más ingredientes del séptimo arte.

“De la misma forma, me molesta cuando se habla de manera despectiva de ‘lenguaje televisivo’ si uno hace un montaje de plano y contraplano en una secuencia, o si usa muchos primeros planos, cuando fue Griffith, uno de los pioneros del cine, quien primero utilizó estos recursos cuando la televisión no soñaba nacer.

“Fuera de Cuba, muchos guionistas, realizadores y actores encumbrados del séptimo arte, han encontrado en la televisión un nicho para realizar obras interesantes y trascendentes. Y en nuestro país realizadores de la televisión están haciendo películas para el cine, y no quiere decir que hayan cambiado su manera de hacer, sólo utilizan la experiencia acumulada durante años.

“Creo que a estas alturas de la historia de la humanidad, el cine y la televisión deberían mirarse como primos cercanos y quererse más, porque lo que sí está demostrado es que en el audiovisual se decide la batalla cultural de estos tiempos. Ninguna otra manifestación artística tiene hoy más capacidad de multiplicación inmediata, de impacto seguro, de incidencia cierta en las grandes mayorías. Así que lo que hay que hacer es luchar porque nuestra televisión sea más culta y tenga más jerarquía artística”.

—He escuchado decir a no pocas personas que no se aprende en una escuela a hacer televisión, cine y radio, que sólo la inserción en los medios logran un buen profesional. ¿Qué significó la FAMCA para ti? ¿Es momento de dar pie el empirismo?

—Muchos son los caminos para llegar a convertirse en un buen profesional; incluso la constancia y la experiencia acumulada pueden sustituir la falta de talento cuando las aspiraciones no son muy grandes. En este momento son muchos los jóvenes que, provenientes de otras carreras o sin una formación universitaria, se adentran en la realización audiovisual y esto me parece bueno, porque diversifica y democratiza el medio. Pero la formación académica y la teoría brinda una base importantísima, no solo para dominar el ABC y luego experimentar, sino porque crea en el artista una vocación por cuestionar y analizar la obra de manera integral.

“En mi Facultad encontré las herramientas para crear, descubrí a un colectivo de profesores y de estudiantes que no temían a la polémica y a los riesgos. De ellos aprendí lo complejo, difícil y poderoso que es nuestro medio, y la responsabilidad social que uno tiene cuando trabaja en él.”

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