Actualizado el 7 de septiembre de 2012

Armando Capó:

No creo en la autoría o el estilo

Por: . 3|9|2012

Armando CapóEstudió artes plásticas, luego dirección de cine y más tarde se especializó en realización de documentales. Vive en Gibara, una pequeña ciudad de la geografía holguinera que mira constantemente al océano Atlántico. A esta villa regresó mi entrevistado luego de muchos años de vivir y aprender a hacer cine fuera de sus límites. Sus documentales reflejan lo que Noël Burch —al referirse a Jean-Luc Godard— llamó “organización de la película en torno a la ornamentación”, pues, al igual que al insigne director francés, a Armando Capó, le interesan sobremanera la cantidad de elementos visuales que arropan el pequeño argumento que rodea a sus películas, documentando así la vida contemporánea a través de los ítems que la definen: publicidad, televisión, cómics…

—Comencemos recordando que hace poco ganaste la importante convocatoria de Doctv Latinoamérica

La certeza es un proyecto documental que llevo madurando desde Doc Buenos Aires 2008. Ahora estamos en el proceso de post producción y pienso presentarlo pronto. Para mí también significa un cambio y un reto. Primera vez que me enfrento a un largo para TV, con los tiempos y la presión que eso implica, y además voy a trabajar con el apoyo del ICAIC. Digamos que lo siento como una prueba.

—¿Por qué el camino del cine y más específicamente el documental, si tenemos en cuenta que tu formación como artista de la plástica parecía ser la que prevalecería en tu vida?

—Estudié pintura en la Escuela Profesional de Artes Plásticas de Holguín. Fue una etapa increíble: además de la pintura descubrí el cine y la literatura. En aquel entonces, yo creía que el arte era un lenguaje, que cada obra servía para trasmitir algo y esa era, para mí, su principal función. Con esa lógica era más fácil comunicarse a través de una obra audiovisual que a través de la plástica. Ahora todo esto me parece una tontería, pero el convencimiento de que era así influyó bastante en las decisiones que tomé. Luego la realidad te golpea, y la verdad era —y todavía lo es— que soy bastante malo pintando.

—Estudiar en la Universidad de las Artes (ISA) y luego en la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños (EICTV), ¿cambió tu forma de hacer cine, o lo habrías hecho de todas formas sin la formación teórica de las dos únicas escuelas de ese tipo en el país? ¿Crees estar en ventaja con respecto a otros realizadores que no han tenido estas oportunidades?

—En tu pregunta falta otra escuela: la Escuela de Arte, que marcó más que el ISA o la EICTV mi manera de acercarme al audiovisual, sobre todo por la visualidad de mis obras y los puntos de contacto con el cine experimental, el videoarte o la video-instalación. Cuando te hablo de acercamiento eso no es definitivo, no es consciente, está incorporado en la manera en que veo o en que utilizo recursos o herramientas propias de estas manifestaciones. El ISA me brindó herramientas teóricas más que prácticas. Hay una diferencia entre estudiar en Holguín e irse para La Habana. No hablo de los profesores: muchos de los mejores profesores que me dieron clases están en Holguín y siguen ahí. Uno va creciendo como realizador, como artista, como persona. Y la cultura en Cuba tiene un techo: La Habana. Entonces estar en La Habana me abrió a un mundo al que desde mi pequeña ciudad no hubiera podido alcanzar: las Muestras Internacionales, la Cinemateca, las Bienales y la EICTV.

“A la EICTV le debo mucho y la verdad que sí representa una ventaja que me coloca en una posición más favorable con respecto al resto de los realizadores. Primero porque dejas de pensar que la Isla es el ombligo del mundo y te ubica en una realidad global, que te hace darte cuenta de que si mañana nos hundimos no se va a caer la bolsa de Nueva York ni ninguna otra. Después, porque estás en contacto con mucha gente que trae experiencias de sus países y se aprende de ellos; aprendes del sonidista griego que es tu compañero de clases, pero también de un productor norteamericano que viene de Hollywood y te da un taller. La última y gran ventaja es que la EICTV te garantiza realizar un número de obras con las mejores condiciones posibles y con total libertad. ¿De qué otra manera hubiera podido realizar mis documentales?”.

—¿Te parece que el documental cubano del momento refleja un agotamiento de crisis y normas, cánones y modelos, como señala el cineasta Jorge Luis Sánchez, y que “reinventa la realidad desde una libertad que le otorga la subjetividad”?

—Sí lo creo, pero ojalá ese agotamiento sea lo suficientemente profundo como para que desaparezcan por completo los malos documentales. No se trata de eliminar el “crear una ilusión realista frente a los fenómenos de la realidad” a favor de reinventar esa realidad. Para mí el asunto es que el documental que mayoritariamente se produce en Cuba es demasiado complaciente, arcaico y autofágico. Si en los años 60 interesó y deslumbró al mundo, ahora difícilmente es capaz de interesarnos a nosotros mismos.

—Hace algunos años el crítico Joel del Río, refiriéndose a un suceso análogo, refirió que “mientras el cine postmoderno, incluso el más comercial, encarna el triunfo de la visualidad, la sublimación de la imagen en movimiento, el cine cubano más reciente se abroquela en la sociología, en el reportaje costumbrista, en la discursividad plana, o recurre cansinamente a la autoría de pertinaz vocación literaria”. ¿Hasta qué punto los realizadores cubanos continuamos cargando con este sino?

—Esa es una opinión muy particular de Joel del Río; los críticos están para eso, para elucubrar teorías. El cine que me gusta no es el cine cubano actual (con algunas excepciones), y la verdad es que no me siento atraído por los temas o por la estética de las películas producidas en nuestro país, pero de ahí a pretender opinar sobre la totalidad de los realizadores cubanos… Es más de lo que me corresponde.

—Casi ninguno de tus documentales guarda relación con la obra de la mayoría de tus contemporáneos; en tu interés por reflejar la vida cotidiana combinas escenas dotadas de una deducible sensación de improvisación con otras calculadas al milímetro. ¿Responde a la marca de un autor o te consideras simplemente un mirlo blanco entre la bandada?

—Nunca he intentado hacerlas así, simplemente me salen de esa forma; es mi manera de entender el lenguaje o la gramática audiovisual. No hay una autoría o estilo, ni creo que se pueda pensar en eso con apenas unos pocos documentales. Veremos qué pasa, si logro hacer cine o si termino vendiendo plátanos…

—Tus obras han sido seleccionadas por festivales de cine tan importantes como MiradasDoc, IDFA Amsterdam, AtlanticDOC, y el Damasco Film Festival, entre muchos otros. ¿Cuál es la importancia para un joven realizador su inclusión en dichos certámenes?

—Entrar en un festival es importante porque te da un supuesto prestigio. La crítica se fija en ti, conoces a productores y personas que pueden gestionar tu obra o influyen en el otorgamiento de fondos, becas y, además, viajas. Empiezas a tener impacto en el google…

—En Cuba has participado en la Muestra de Jóvenes Realizadores, el Festival de Documentales Santiago Álvarez… ¿Qué aportan a tu formación como realizador?

—Tanto el Santiago Álvarez como el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano tienen sus objetivos, y estos, fundamentalmente, no tienen que ver con la formación o el crecimiento de los realizadores que participan en él. El festival de cine de La Habana es una vitrina muy importante para el cine que se produce en Latinoamérica, y el Santiago Álvarez se interesa en un determinado tipo de documental comprometido con la realidad.

“La Muestra de Jóvenes Realizadores es otra cosa. La selección de obras que realiza la Muestra es, en estos momentos, la mejor manera de legitimar a un audiovisual que por varias razones no va a llegar nunca a los medios de comunicación. Ahora, el evento en sí es casi pedagógico, y para mí es esa su mayor virtud. Yo soy un hijo de la Muestra y le debo mucho. Desde la primera vez en que, siendo un guajirito de Gibara y con el único mérito de haber molestado lo suficiente con mis deseos de hacer cine a Marisol Rodríguez y a Jorge Luis Sánchez, estos me invitaron a una de las Muestras, donde pusieron una copia aún sin terminar de Suite Habana. El sentimiento que me dejó ver a aquellas personas luchando por su sueño fue tan profundo que volví a mi pueblo con la certeza de que quería hacer cine. Unos meses después terminaba con el trabajo y rompía con mi novia para embarcarme en un tren hasta Cárdenas, el lugar más cercano a La Habana.”

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