Actualizado el 1 de diciembre de 2012

Entrevista a Reinier Pérez-Hernández

De indisciplinas críticas a preguntas arbitrarias

Por: . 27|11|2012

Entrevista a Reinier Pérez-HernándezDe la asimilación discursiva hasta los atrevimientos —destructores, irreverentes, peculiares— de la ficción en los textos críticos, Indisciplinas críticas1 tiene como eje principal la poscrítica y sus motivaciones, modos de manifestarse y formas de conceptualizarla, aunque sobre esto último su propio autor, Reinier Pérez-Hernández2, se confiese reticente en la escritura. Lo que nació como un proyecto académico se convierte bajo estos auspicios de interés en una incursión sobre lo intertextual, y el cómo recrear o comentar una obra literaria usando las mismas estrategias discursivas: desvestir un santo para vestir a otro, quizás, sin que el despojo sea un concepto literalmente exacto.

En la poscrítica, las fronteras aceptadas entre, por ejemplo, una obra literaria y el texto crítico que de ella se hiciera posteriormente, se difuminan y se confunden mediante la subjetividad de críticos que se apropian en el proceso, no sólo de significados, sino de las maneras de decirlos, creando así textos desprendidos uno del otro como en una secuencia inevitable. Aquí quizás quepa aquello de que el que hizo la ley hizo la trampa, porque la literatura adquiere otras dimensiones de creación, reproducción y lectura. Textos parásitos, montaje de escenografías ajenas en nuevos espacios, reproducción y ruptura, desarticulación y empalme, críticos y escritores —o únicamente escritores—, son, en atrevida síntesis, elementos que marcan el debate introductorio sobre la poscrítica y los peligros de convocarla: fuera de los moldes acechan formas tentaculares, imprevistas, de laberinto.

Por eso, y porque hay en algunas entrevistas un acto de atrevimiento que linda con el descaro, me alegra no haber tenido el suficiente (descaro) de hacer una entrevista apresurada tras la presentación del libro Indisciplinas críticas en la Feria del Libro 2012, sino que pedí en aquel momento correos electrónicos y alguna garantía de respuesta, a su autor. Tras leer el libro, no sé todavía si envié un cuestionario de preguntas por correo, o por correo pedí me aclararan dudas: en mis manos, las indisciplinas fueron a parar, de cierta manera, en preguntas arbitrarias.

—Como escritor, ¿qué lo llevó finalmente a este libro? ¿Cómo describiría, en lo personal, el proceso de su creación?

—El libro tuvo un larguísimo proceso de escritura. Fue primero académico, nació de mi tesis de licenciatura primero, y de mi tesis de maestría después, en las que está el grueso de lo que son mis Indisciplinas. Estuve dos años trabajando en su unificación. Pero siempre había algún descontento o cierto desgano. Después no fue complicado, teniendo en cuenta que ambas respondían a un mismo proyecto. Lo difícil fue despojarme de los tics —¿nerviosos?— de la escritura de tesis, despojar al libro de todo ese aparataje metodológico y conducirlo por caminos suaves, hablando en términos ensayísticos. Espero haberlo logrado.

“Mucho también me motivaron las lecturas atentas de varias personas, cuyos comentarios supieron guiarme intelectualmente, a la par que insistían en publicar mis tesis, incluso que las enviara a concursos, cosa que nunca hice.

“Hecho ya el libro, con ISBN y todo lo que lo hace ‘publicado y escribido’, me di cuenta de que me había quitado un peso de encima. Lo confirmé cuando alguien me comentó si no me sentía aliviado al ver mis ideas publicadas. Si no lo hubiera publicado, las tesis habrían quedado a merced de la Academia Cubana, para las que fueron escritas, por cierto, y donde deben estar en primera instancia. Quién sabe si me hubiera arrepentido. Ahora el libro está a merced de una mayoría lectora. Bueno, quién sabe si no me arrepienta y me caiga otro peso encima”.

—¿Hay, en la poscrítica, crítica “que intenta legitimarse como necesaria mediación hermenéutica entre autor, lector y obra literaria”?

—Citas lo dicho por un académico alemán, Siegfred J. Schmidt, que se refiere a la crítica literaria como instancia de legitimación, la cual surge en un período dado de la historia literaria relativamente reciente para cumplir funciones específicas —¿“económicas”?— en el sistema social, desde ofrecer lo peor como lo mejor y viceversa, hasta crear cánones estéticos para regir y medir los valores de una cultura literaria. Hasta hoy seguimos arando con ese bueyecito.

“La ‘poscrítica’ que he analizado se ubica, como la crítica literaria, en ese lugar, solo que con otro ‘estilo’ de escritura, otra ‘forma’ y otro método. Ella se encuentra, pues, entre el autor, el lector y la obra. Sus valoraciones median entre los tres factores. Los tiene en cuenta.

“Lo recomendable es que lo haga, en la medida en que esta poscrítica no es un simple juego con las formas, sino un trabajo serio para interpretar y luego expresar esa hermenéutica en el texto crítico literario y trasladarles a los lectores, si bien de manera ‘diferente’, los resultados de una lectura o interpretación de determinado hecho artístico-literario”.

—¿Cuáles serían las consecuencias de la forma sobre el contenido?

—Son tremendas. El contenido no vive en el limbo, como algo amorfo. A veces define la forma. El poema premodernista estaba “atado” a la forma, hasta que lo liberaron de los moldes métricos. Ahí está la obra de Whitman, que rompió esquemas y liberó el verso de la medida. Incluso ya liberada, cierta poesía, como la coloquialista, también ha terminado atada a ciertas formas versales, léxicas, hasta semánticas.

“Saltando de medios de expresión, la forma tiene consecuencias tremendamente fatales para la cultura cubana en un programa de televisión como Palmas y Cañas. En él se interpreta, cada domingo, que en la ‘décima’, el ‘son montuno’, la guayabera, el sombrero de yarey, es ‘donde nace lo cubano’. Como si lo cubano solo fueran palmas, bohíos, zapateo y décima. El sueño de la forma engendra monstruos nacionalistas (parafraseando a Goya).

“En el caso de lo que nos ocupa, ha habido ‘formas’ para la crítica que se han opuesto a las de lo artístico. También habría que agregar que hay formas y formas en la crítica. Uno se aparta de las establecidas, y pueden caer rayos y centellas. Siendo estudiante, quise aplicar lo ‘poscrítico’, según lo trato en mi libro. Y obtuve un no rotundo. ‘Esas no son formas de tratar un análisis poético’, me dijeron”.

—Ya que todos operan a través del lenguaje, usted muestra la opinión de Roland Barthes, donde (resumo) no hay categorías separadas sino únicamente escritores. Ahora, venga o no implícita en el acto de selección y presentación, le pregunto la suya: ¿Cuán indisciplinada o atrevida sería declarar esta igualdad entre escritores, poetas y críticos?

—La opinión de Roland Barthes es capital, y también se inserta en una democratización epocal, por decirlo de alguna manera, y en el espíritu libertario que se respiró en los años 60. Para el escolástico moderno sería una herejía poner a un mismo nivel a poetas y críticos. El poeta no expresa la verdad sino sus impresiones, y la impresión, dicen, no es objetiva. Hay una barrera cultural que los ubica en diferentes sitios. Una barrera artificial, construida por la sociedad a partir de su utilidad, de su función.

“A la altura de hoy, no creo que sea atrevido declarar esa igualdad. Pero no se trata de igualar, sino de una justicia que se perdió en el tiempo, cuando comenzaron a separar por funciones y géneros a los que expresan sus ideas, y no por la calidad o el tema. Todo eso ligado al mito del ‘poeta’, o del ‘artista’, tal vez el mito romántico del genio individual cuyo autógrafo vale un Potosí. Creo que ese mito de la sociedad sigue funcionando hoy día. O el mito de la ‘organización’ y la ‘clasificación’ para marcar lo bueno de lo malo, lo mejor de lo peor, el número uno del…

“El crítico tiene una función distinta. Si el poeta (por llamar de esta manera al creador) versa sobre una realidad o algún aspecto de la realidad en su texto (la duda, el incesto, el exilio), la realidad del crítico es ese texto, que se evalúa (la elegía, el cuento o la historia del tabaco y el azúcar) diciendo si es malo, bueno o regular, si renueva el lenguaje y el estilo, si regresa al pleistoceno en todos los sentidos, si señala un nuevo momento estético.

“El poema le debe su vida a muchas razones o misterios, o simplemente a la necesidad de encantar al lector o espectador con una idea o un tema y a través de mecanismos artísticos; el texto del crítico tiene como base al poema, al arte, del que saca sus conclusiones. Por eso se habla de lenguaje objeto (el arte), por una parte, y de metalenguaje (la crítica), por la otra. Y delante están los lectores, que llegan a la crítica y de ahí van al poema, o viceversa. Y, por último, el autor está ahí, a su disposición. Engrandecidos él y su obra por la crítica hoy; mañana podrían ser denostados y, pasado mañana, vueltos a poner en el altar. Esa es la dinámica, a grandes rasgos.

“Sin embargo ¿por qué esa separación de lenguajes? ¿Por la cosa científica de separar en géneros, familias, órdenes? Eso está de lo mejor. Dentro del caos, tenemos entonces los archivos muy bien clasificados, a salvo del desorden, y así no nos perderíamos en la ‘biblioteca’ a la hora de buscar(nos). De hecho, puedo decir que avancé en mi estudio gracias a esas clasificaciones y catalogaciones. No hay nada más clasificador y separador que lo del lenguaje objeto y el metalenguaje. Paradójicamente, a partir de esas clasificaciones uno se tropieza con textos difíciles, que no entran en modelos preestablecidos.

“Después de todo, resulta llamativa la consideración actual que se tiene de informes de viajes, crónicas o simplemente relatos históricos. Me refiero a los famosos textos de Colón o Cabeza de Vaca, cuyos escritos son hoy valorados como antesalas literarias y, como tal, integrantes del canon literario latinoamericano.

“Esto, claro, tiene que ver con los corrimientos genéricos que tienen lugar en cada época, pero no por eso resulta menos interesante destacarlo. Carlos Fuentes, por ejemplo, señala hoy que la primera novela latinoamericana le pertenece a Bernal Díaz del Castillo (‘iletrado pero poseedor de una memoria maravillosa’, lo calificó alguien), cuando escribió su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, escrita un montón de años después de su participación en los hechos que llevaron a la caída del imperio azteca”.

Entrevista a Reinier Pérez-Hernández—Digamos, ¿un lector llegaría al acto de recepción de un texto (una narración, poema o crítica) de la misma manera si no continuaran funcionando estas diferencias a determinados niveles?

—Sí, al menos es lo que pienso. El acto de recepción siempre estará activo, continúen o no funcionando esas diferencias. Variará el grado, porque varía la cantidad de experiencia emocional o intelectual que tiene el lector, no solo ante una narración sino también ante un poema o una crítica literaria.

“El texto, el libro, es un modo de expresión. No importa quién lo escriba, contiene ideas cuyo objetivo final es el lector —así, solo así se cumplirá uno de los primeros pasos del acto de comunicación— e influir en él (más o menos). Si ese lector prefiere a Quevedo y no a Góngora, a Espronceda antes que a Lorca, o a Neruda antes que a Vallejo, o a Platero antes que al mulo de Lezama, es harina de otro costal. Cada quien tiene sus patrones estéticos y rige su vida e intereses por ellos. No sé que pasaría con la poscrítica, ni cómo el lector la recepciona cuando vea crítica y ficción, un análisis narratológico y el relato de una inundación, en un mismo libro. Posiblemente haya quienes no estén de acuerdo conmigo en considerar que algunos textos que analizo tengan algo que ver con la crítica, mucho menos con la poscrítica. Sin embargo, poseen una ‘anomalía’ formal que llama la atención, no solo a mí, sino a otros antes que yo, y nos ha hecho reconsiderarlos más allá de las nociones formales que se tienen de la crítica. Hubo una pregunta interesante, muy a tono con el prefijo post de esa palabra: ¿Qué hay o viene después de la crítica? ¿La poscrítica? ¿La literatura?

“Tal vez si usted lee esos libros, simplemente vea relatos autobiográficos con apuntes críticos y personajes en situaciones narrativas. Mucho depende de las bases de que uno parta para entender un texto. Ella escribía poscrítica, por ejemplo, uno de los libros en que me baso para hablar de las indisciplinas críticas, es analizado por varios investigadores como una variante de nuevos modelos autobiográficos que han ido apareciendo en las últimas décadas.

—¿La práctica escritural no influiría en las prácticas de recepción?

—Sí, se puede correr el riesgo de que el receptor se confunda, en virtud de concepciones genéricas inamovibles, predefinidas. El peso de la tradición, que a veces no nos permite ver el horizonte. No sé si eso sea bueno o malo. Estamos hoy tan habituados a la “especialización”, que el rechazo resulta natural. Por otro lado, pudiera ser también que una práctica escritural cambie la forma de considerar cierto género, el enfoque que se tenga de él. Entonces la tradición abre sus puertas y permite que entren nuevas formas, nuevos contenidos, renovándose de esa manera.

“La sociedad está regida por normas y fuera de ellas hay poco margen de maniobra. Si se trasgreden, aparece la idea de subversión, monstruosidad. Hace unos años le hice una entrevista a los editores de la revista digital The Revolution Evening Post, que a su vez son narradores. Para publicarla, la convertí en un texto narrativo, construido con diálogos y descripciones narrativas.

“No se me olvida nunca el comentario que hace Julio Ramos sobre José Martí, a quien el director del periódico argentino La Nación, Bartolomé Mitré, le hala las orejas porque está escribiendo ‘literatura’, y no artículos, como tiene que ser. Se ve, entonces, que la práctica escritural influyó enormemente en la recepción”.

—Identifica obras escritas desde la poscrítica, o minadas por ella; establece o da parámetros a través de los cuales aprehender esa poscrítica, declarada o no, en esas obras. Sin embargo, reitera la imposibilidad de dar un concepto de poscrítica. ¿Por qué esa imposibilidad?

—No sé. Tal vez por cautela o porque me siento a veces tan relativista en cuanto a dar un concepto, que termino por cortarme; o por aquello de que definir o conceptualizar puede cenizar. Quizás lo importante no sea dar un concepto o una definición, sino ponerlo a la vista pública, mover unas ideas. Hay quienes están seguro de que Indisciplinas críticas moverá esas ideas, que de ahí saldrán nuevas consideraciones en torno a lo que se ha dado en llamar poscrítica.

“Tengo las bases teórico-críticas de Gregory Ulmer y Leyla Perrone-Moises, en cuyas reflexiones me he apoyado. Pero confieso que no he podido abarcar la cuestión como hubiera deseado. Hay que continuar estudiando, revisando textos, pensando en el tema, que sigue siendo poco explorado, al menos hasta donde conozco”.

—¿Puede la poscrítica entenderse, en una definición estructural, como un ensayo literario, o al menos la cercanía a él? ¿Sería entonces la conformación de la crítica a través de un ensayo o se trataría de una visión reduccionista? Le pregunto porque siempre ha sido igualmente ardua la tarea de definir “ensayo” y sus variantes. Luego usa en Indisciplinas críticas dos términos (ensayo y poscrítica) igualmente complejos…

—La historia del ensayo es larguísima, se remonta al siglo XVI y llega de Francia. La de la poscrítica es corta, y curiosamente también viene de Francia. Se dice que el ensayo tiene parentela con la poesía, como utopía del pensamiento, y que su “más intima ley formal es la herejía”, como diría Theodor Adorno. Quién sabe si la poscrítica no sea otra forma de ensayar con herejía los juicios críticos, las reflexiones que se tengan sobre alguna obra, sobre algún tema, en estos tiempos modernos.

“La apertura que produce el ensayo puede acoplar perfectamente con un estilo poscrítico, que se desmarca de las formas de los tratados, los informes académicos, los trabajos investigativos, en donde no puede faltar la declaración de objetivos, hipótesis, tesis, hasta la inclusión de tablas, gráficos, modelos.

“Si pensáramos en las formas, lo pudiéramos ver como un texto informal, y el ensayo (como diría Amara) no se deja llevar por ningún estilo prefijado de antemano, ni está obsesionado ‘con la aportación de pruebas o datos verificables que le den seriedad al escrito’. O quizás la poscrítica sea, en estos tiempos, otra vuelta al ensayo. Otra ‘revuelta’ o ‘revolución’ estilística, retórica.

Entrevista a Reinier Pérez-Hernández—Si esperáramos capacidad de representación de toda muestra, entonces, ¿qué razones determinaron la inclusión de las obras diseccionadas en Indisciplinas críticas? En general, ¿qué elementos o valores le aportaba a su libro la selección de obras escogidas?

—Ya yo tenía conciencia de la “indisciplina”; me la había pensado a priori. Al leer las obras, detecté marcas: crítica en convivencia con lo literario, pero lo segundo en función de lo primero. De modo que no se trataba, según mi punto de vista, de un deseo por ficcionalizar, es decir, de ponerse a escribir “literatura” porque me cansé del lenguaje “crítico”. Se trataba de lo que llamé asimilación discursiva, en la que el crítico se apropiaba de los “códigos” literarios, de lo mismo sobre lo que estaba hablando, y no solo explicaba sus usos, sino también los usaba.

“Mientras estudiaba Letras en la Universidad de La Habana quería acercarme a las obras literarias ‘de otra manera’ y, a su vez, llevarle al lector mis ‘impresiones’ de otra forma que no fuera bajo el imperativo crítico. Lo llevé a cabo en algunas ocasiones, y tuve suerte con su recepción. Sino todos, al menos una buena parte de mis profesores tenían (y tienen) la mente abierta y aceptaron esos ¡atrevimientos¡ críticos, lo cual me ayudó a desarrollar la idea.

“Un trabajo final que escribí sobre Cartas Persas, de Montesquieu, lo hice siguiendo el formato epistolar, digamos que ‘asimilando el estilo’ del autor. En otra ocasión, por ejemplo, preparé un seminario sobre Mientras agonizo, de William Faulkner. Mis compañeros de equipo y yo ‘representamos’ las valoraciones críticas en la entonces Galería de la Facultad de Artes y Letras, como si fuéramos los personajes y hablando de ellos al mismo tiempo. Lo establecido era que el seminario se hiciera en el aula, al modo tradicional: los estudiantes intervenían frente a la clase, y luego se originaba el debate. Yo alteré la ‘representación’, el guión del seminario.

“Entonces apareció Ella escribía poscrítica, de Margarita Mateo Palmer. Recuerdo que me devoré su libro en un dos por tres y descubrí en él lo mismo que estaba intentando hacer en esos seminarios, trabajos de curso, ponencias, hasta exámenes… Lo vi con una claridad que nunca más me ha vuelto, porque mientras la autora explicaba algunas de las características o propiedades de las obras literarias que analizaba, al mismo tiempo yo observaba, en su propia escritura, dentro del mismo libro, esas mismas características. La autora se refería al uso de las máscaras o de la intertextualidad en la narrativa de Lezama o Cabrera Infante, y al mismo tiempo ella también empleaba las máscaras y la intertextualidad literaria en su propia escritura. Era el travestismo hecho carne.

“De esa manera me fui haciendo una idea de lo que quería y de lo que estaba encontrando. Varios años más tarde vi reseñado Por si nos da el tiempo, de Julio Ramos, un académico que ya conocía por su lúcido y fabuloso trabajo reflexivo sobre la modernidad en América Latina (Desencuentros de la modernidad en América Latina es uno de los más importantes aportes a la literatura crítica latinoamericana y caribeña). En él no solo hallé un homenaje explícito al libro de Margarita Mateo, sino también varios puntos de contacto. Por eso los reuní, trabajé y estudié en un mismo arco valorativo. Y entre uno y otro iba descubriendo más textos similares: de Severo Sarduy, de Lezama Lima, de Carlos Rincón. A esas alturas veía lo poscrítico hasta en la sopa. En el libro argumento las razones por las que pongo a estos autores en relación (post)crítica. Ya dirán los lectores competentes cuánto hay de razón en todo ello. O si no ha sido más que una ficción crítica, una invención”.

—Partiendo de que no hay moldes pero sí validez en la poscrítica, ¿cuáles serían las diferencias entre crítica y poscrítica en el aporte que hacen a la interpretación, descripción o valoración?

—En caso de que se pueda hablar de algo así, la crítica “clásica” iría al grano, explicaría, comentaría, analizaría y sacaría de los textos conclusiones más o menos aceptadas y aceptables. Eso está bien. Y lo haría con una prosa que no admita confusiones genéricas, para así formar sus juicios literarios, culturales, con el peso que ofrece la estabilidad. La poscrítica comenzaría con todo eso, pero volvería al punto de partida. Asimilada la obra a través de la interpretación, la descripción y la valoración, el lenguaje se ordenaría en un sentido “artístico”, pero solo para “mostrar en escena” de qué se está hablando. Igual lo veo bien, pues no solo formaría e informaría los juicios literarios, sino que también los daría a ver.

“A lo mejor se trata de un aporte estético. Una vuelta a la capacidad entera del arte en la escritura, después de habernos habituados a separar los textos en estilos y tipos. O tal vez sea mi obsesión por la idea de que estamos regresando a la ‘era de la imagen’, en la que los conceptos se den a ver y no a leer.

“El molde tiene que ver con la rigidez, los límites, y es tan agradable la libertad, con la que se pudieran lograr vidas plenas. Mira el ensayo de Lezama, Paralelos: La pintura y la poesía en Cuba en los siglos XVIII y XIX. No está vaciado en un molde que lo condene a un género. Su ensayo es una intensa búsqueda y reflexión sobre las artes insulares. Y es así como lo comienza, narrando, liberándose de los tics de la escritura crítica: ‘Cuando el Almirante va recogiendo su mirada de esos combates de flores, de esas escaleras que aíslan sus blancos como aves emblemáticas, del arquero negro cerca de la blancura que jinetea Tanequilda, y las va dejando caer sobre las tierras que van surgiendo de sus ensoñaciones, se ha verificado la primera gran transposición de arte en el mundo moderno’”.

—A medida que avanzaba en la lectura de su libro, pensé en preguntarle sobre la crítica de Rufo Caballero, pero al final del libro descubrí que usted respondió esas preguntas. Se las ahorro entonces.

—A Rufo lo conocía por las referencias bibliográficas. Cuando comencé a trabajar mi tesis de licenciatura, me le acerqué y le pregunté por el concepto de la poscrítica, ya que estaba buscando información por todos lados y él se mantenía como referente en esa materia. Me habló de Barthes y me dio otras pistas que ahora no sabría decir cuáles fueron. Quizás debí haberlo trabajado un poco más en mis tesis. De todas formas, su obra no me daba jugo para lo que yo pensaba exactamente en términos de “asimilación discursiva”.

“Mi libro está circulando ahora por el país. Alguien con más luces, renovados deseos y tiempo, podrá discurrir sobre el tema. La obra de Rufo será revisada. Y estoy seguro de que desde la academia, los estudios literarios no dejarán de trabajarla para conocer y reconocer qué aportó su obra, terreno fértil de ideas. Pero resulta curioso que mientras leías el libro, pensaras en la obra crítica de Rufo Caballero.”

NOTAS

1. Editorial Oriente, colección Diálogos, Cuba, 2012.

2. (La Habana, 1973) Licenciado en Letras por la Universidad de La Habana, Máster en Ciencias de Estudios Caribeños por la Universidad de Nueva York. Editor y redactor.

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