Actualizado el 4 de febrero de 2013

Ernesto Sánchez:

“El cine necesita ser visto”

Por: . 2|2|2013

Ernesto SánchezEn más de una ocasión críticos y entendidos han afirmado que el conocimiento es vital cuando de hacer cine se trata. La imagen es vista, ya no solo como una forma de entretenimiento, sino como arte. Una gran tarea, sin dudas, esa de ofrecer una visión subjetiva y artística de la realidad. Sin embargo, hay jóvenes que se someten a la prueba.

Ya sea desde el rol inicial de asistente de dirección, o en el de director mismo, a este realizador que comienza a dar sus primeros pasos lo animan la perseverancia y la pasión por el cine. Más que una formación académica —igualmente válida y útil, nadie lo cuestiona—, estos muchachos que han encontrado en la Muestra Joven del Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográfica (ICAIC) una casa, lo que sienten es la necesidad de plasmar sus inquietudes mediante una cámara.

Con todas estas ideas dándome vueltas en la cabeza lo encuentro a la salida del Centro Cultural Fresa y Chocolate. Todavía está un poco nervioso, debido a que se acaba de proyectar su segundo documental: Gira. En la informalidad del Café, Ernesto Sánchez me cede parte de su tiempo para hablar sobre su experiencia con el audiovisual.

—¿Cómo llega Ernesto Sánchez al mundo del audiovisual? ¿Cuáles fueron tus primeras incursiones en el medio?

—Tengo el cine de cerca por mi papá, que desarrolló su carrera como asistente de dirección y luego como director. Siendo niño, cuando estaba en los sets de filmación de películas como Hello Hemingway o Madagascar, ambas dirigidas por Fernando Pérez, no le veía atractivo ninguno y era como una especie de castigo. Así transcurrió mi adolescencia, sin tener ni la menor idea de qué haría cuando fuera grande, pero teniendo claro que tampoco iba a trabajar en algo donde se estuviera todo el día repitiendo lo mismo.

“Con 18 años empecé en un curso de musicalización para radio y televisión impartido por el maestro Iván Pérez. Luego comencé a devorar muchas películas, a hacer del cine Chaplin mi segunda casa, pues veía las dos tandas de películas, al menos cuatro días de la semana. Por esa época (año 2002) participé en un curso emergente para la formación de asistentes de dirección en el ICAIC y hasta el sol de hoy. Pasados diez años de aquel curso, esa ha sido mi mayor fuente de conocimientos: realizar películas desde la perspectiva del asistente de dirección y aprendiendo de los profesionales que trabajan o han trabajado en el ICAIC.

“En aquellos primeros años, junto con dos amigos, hice un corto de ficción titulado El último cigarro. El corto fue rechazado para su participación en la II Muestra de Nuevos Realizadores (2003); entonces entendí que tenía que aprender mucho para poder dirigir y opté por afianzar mi trabajo como asistente de dirección”.

Salvador de Cojímar fue tu primer trabajo. ¿Cuán complejo fue realizar un documental con una persona viva y tan reconocida como el actor cubano Salvador Wood?

Salvador de Cojímar es un proyecto que quiero mucho, pues, además de ser mi primer trabajo como director, significó un bello acercamiento, dentro y fuera de la pantalla, con Salvador Wood. A Salvador lo conocía del rodaje El Benny, donde trabajé como asistente de dirección encargado del casting y eso facilitó mi comunicación con él; aunque debo decir que dialogar con Salvador es muy sencillo porque es una persona amigable y encantadora.

Salvador de Cojímar implicaba el reto de recoger la trayectoria de un actor importante y esto complejizaba el resultado final, que debía ser coherente con lo que queríamos hacer y con el punto de vista de Salvador. Fue necesario alternar nuestra subjetividad con la de esta persona, un hombre de cine que sabía lo que estábamos haciendo y conocía del lenguaje, por lo que debíamos respetar sus criterios y experiencias”.

—¿Cómo surge el proyecto de la gira Itinerancia Artística?

—El proyecto de la gira surgió en una conversación entre Vicente Bonachea (lamentablemente fallecido el pasado año), Eduardo Abela y Ernesto Rancaño, quienes se plantearon hacer una gira nacional como la de los músicos encabezados por Silvio Rodríguez, pero solo de artes plásticas. Se habló con el Consejo Nacional de las Artes Plásticas (CNAP) buscando el apoyo necesario y pensaron en la utilidad de filmarlo y ahí es donde entra la participación del ICAIC. A mí me propusieron la dirección.

“Entré al proyecto en la noche del 4 de noviembre y, en ese momento, supe que partíamos el 14 para la región oriental. Eran diez días para prepararlo todo. Pensé que dos cámaras serían útiles, además de un sonidista, y así partimos a lo ignoto cuatro personas: Abel Pino Cruz y Marcelo Suárez en la fotografía; Raymel Casamayor como grabador de sonido directo y yo, a cargo de la dirección”.

—Ante un proyecto tan complejo, ¿cómo fue el proceso de filmación?

—La filmación fue, sobre todo en la primera etapa de la gira, un poco alocada, producto de que no había nada escrito o preconcebido para rodar todo aquel proyecto. Sabíamos que lugares iríamos, pero sin noción de qué iba a suceder en cada uno de ellos. La gira comprendía llevar una exposición de artistas plásticos cubanos a prisiones de hombres y de mujeres, galerías y academias de arte. La exposición incluía obras de todo tipo: pintura, grabado, fotografía y escultura. El proyecto se dividió en tres etapas: en noviembre la zona oriental; en enero la región central, y en febrero todo occidente.

“En un principio optamos por filmar todo, dada la importancia y novedad de una gira nacional de artistas plásticos. A medida que fuimos avanzando fueron surgiendo conflictos, realidades y verdades que empezamos a pesar… Todo fue muy rápido e intuitivo, pero en ese nivel de improvisación estaba el sabor de la filmación, pues hubiera sido muy desacertado presuponerlo todo cuando constantemente sucedían encuentros, conversaciones y discusiones cuando menos se esperaba. Lo importante era estar en punta con cámara y sonido, prestos a capturar el plano idóneo o la interacción más certera y, sin pensarlo mucho, filmarla. Esa impronta nos acercaba a lo que pudo ser en su día el rodaje de un Noticiero ICAIC”.

—¿Cuán difícil fue el proceso de filmación sin un guión previo?

—Fue muy difícil, tanto como el de montaje, pero teníamos buena cobertura de cassettes. Además, se decidió que lo que no quedara dentro del documental, quedaría como constancia de toda la gira. Improvisamos mucho en los diversos lugares donde rodamos y esa era la gracia del proyecto, pues nada podía superar lo que imponía la realidad; ni siquiera nuestros deseos de cómo queríamos que sucedieran las cosas.

“Algo que era verdaderamente complejo dentro del proceso de filmación fue que el cronograma de la gira no se subordinaba a nuestras necesidades, sino que nosotros éramos los que nos debíamos ajustar. Ello condicionaba que había que obrar con mucha rapidez para hacer las entrevistas a los artistas y también a los internos, estudiantes y personas asistentes a las galerías. Esto implicaba, a veces, sacrificar momentos importantes en aras de poder filmar una entrevista. Fue un reto muy grande. Ahí fue fundamental mi formación como asistente de dirección a la hora de organizarme y de establecer las prioridades, y además la suerte de contar con un excelente equipo de filmación.

“Filmar de esta forma conllevó a que el proceso de montaje fuese bien extenso y complicado. La necesidad de un buen editor me llevó a dar con Marian Quintana, quien además de saber hacer su trabajo con madurez y excelencia, tuvo la paciencia para montarse en este carro y ser cómplice de mis ‘locuras’. Lo mismo sucedió con Raymel, que no solo grabó el sonido directo, sino que tuvo a su cargo el trabajo del diseño de banda sonora.

“A medida que la gira fue avanzando nos dábamos cuenta de que en el proceso de montaje no sería útil contar Gira de manera cronológica, aún siendo la forma estándar de montar este tipo de eventos con carácter de road movie. Veíamos más riesgo en narrar el documental con otro tipo de estructura que permitiera probar otras fórmulas, donde los bloques temáticos giraran en torno a los espacios hacia los que nos dirigíamos, en lugar de narrar el recorrido provincia por provincia.

“Partimos de la premisa de que Itinerancia Artística fue un proyecto para descubrir y compartir por y con Cuba entera, y esa ‘desinformación’ ayudaría a concretar la idea de que somos un pequeño gran país y que, a veces, no vale de nada señalar que somos de una provincia o de otra. De ahí también viene la solución, surgida en el proceso de montaje, de evitar nombrar a los entrevistados a medida que iban apareciendo en pantalla. Era una forma de que prevaleciera la idea de que todos somos importantes, más allá de si eres artista, espectador o un sencillo transeúnte”.

Gira—A tu juicio, ¿cuál fue el mayor reto y el mayor logro de tu equipo?

—Poder escoger un fondo para hacer una entrevista, sin ser lo óptimo, con poco tiempo, limitados espacios, y además con sencillez y velocidad. Estar abiertos a la improvisación en todo instante, dejarnos llevar por la intuición. Trabajar desde las 7:00 am hasta las 9:00 pm… Fueron riesgos y condiciones que asumimos siempre, pero esos momentos y todas las emociones que vivimos convirtieron todos los retos y complejidades en algo disfrutable y de compromiso con la gira.

“La cohesión y la unidad que alcanzamos, tanto en filmación como en posproducción, me hizo sentirme protegido y más seguro a medida que avanzábamos en cada día de trabajo; tanto con mi equipo como con los artistas, montadores y coordinadores de todo este proyecto. Por ejemplo: emocionarnos todos luego de una entrevista a un interno. Esas situaciones hacen que los humanos nos unamos y que surja orgánicamente un verdadero trabajo de equipo. En Gira existió eso y trataré de que exista en el resto de los trabajos que pueda hacer como director.

“Hubo tantas aristas, tantas perspectivas, que fue muy complicado montarlo todo dentro de un mismo proyecto. Ese fue otro de los retos del documental. Ver después cómo todas esas horas de filmación tomaban forma en el montaje fue la concreción de que no había funcionado mal nuestra intuición. Todos aquellos días de rodaje, las imágenes, iban adquiriendo una unidad y eso fue muy agradable.

“Fue complejo olvidarme de que soy asistente de dirección y asumirme como director, pues siempre obraba como en mi trabajo de siempre. Recuerdo que en la entrevista de Rancaño, que fue en la prisión de mujeres de Las Tunas, cerca de nosotros estaban oyendo la pelota en un auto y trataba de concentrarme en lo que conversaba con Rancaño, mientras tenía el oído puesto en cuanta persona pasaba caminando o en los que escuchaban el béisbol. Sentía ganas de dejar el set e irme a neutralizarlo todo, pero no podía”.

—Desde tu perspectiva personal, ¿cuál fue el impacto más grande que tuvo el proyecto Itinerancia Artística?

—Impacto hubo en cada uno de los espacios donde intervenimos, pero siempre las prisiones eran lo más revelador. A ninguno se nos podrá olvidar el día de rodaje en la prisión de Boniato, en Santiago de Cuba. Estar tan cerca de personas que por una razón u otra están cumpliendo una condena, conversar con ellos… Eran realidades muy diferentes a lo que habíamos hecho antes y, a la vez, eran estos lugares los que marcaban la diferencia. Fue bello poderle dar la palabra a un interno, a una persona que nunca había concedido una entrevista, que pensó que nunca sería escuchado. Me hace muy feliz imaginar que nuestro paso por las prisiones haya dejado huellas, como ellos dejaron en nosotros. El documental es una manera de tener presente que todos somos seres humanos y que podemos cambiar, mejorar, pensar en positivo, que podemos tener esa oportunidad.

—Tanto Salvador de Cojímar como Gira fueron trabajos por encargo. ¿Ha limitado ese hecho tu libertad creativa como realizador?

—Luego de realizar esos trabajos por encargo puedo decir que, en mi caso particular, ha sido todo lo contrario. Lo que me han “encargado” ha finalizado sorprendiéndome y en ninguno de los dos casos me he sentido atado. He podido contar, mostrar la historia de la manera en que he querido con respecto a lo que pude filmar. He sido libre de hacer y deshacer, el único límite es no salirme de lo que se había pedido y aún así me he salido un poco, pero siempre tratando de que prime la honestidad, la modestia y el espíritu muy personal de cada uno de estos documentales.

—Según tu experiencia, ¿cuál es la principal limitante en la producción de documentales hoy?

—Es muy gratificante poder realizar tus proyectos y verlos terminados, sobre todo cuando quedas complacido con lo que quisiste expresar; pero en cine este disfrute no puede ser solo para los que trabajamos en la creación de un proyecto audiovisual. Todos estos proyectos terminados deben ser vistos por el público, en mi caso, todo el público posible, porque es muy limitado pensar que la obra será entendida por un selecto grupo de espectadores.

“Durante el recorrido percibí este fenómeno. No importaba el contexto para que existiera la conexión de sensibilidad entre la obra y el espectador, cualquiera que este fuera, con la información o el conocimiento que pudiera tener. Entonces, me entristece mucho que los que elegimos el cine como expresión no podamos ver nuestras obras en cuanto sitio, plaza o lugar puedan tener cabida. El cine necesita ser visto, por lo menos es lo que ansío, y dejar que las personas hagan la elección de ver la película o no. Para esto son fundamentales los procesos de distribución y exhibición, que permiten la real conclusión de la obra”.

“En Cuba, en la industria, toda esta zona de la distribución y exhibición se me hace borrosa, sobre todo en documentales. Ese hecho lleva a que el propio director, a veces, ande correteando con los DVD bajo el brazo, viendo cómo envía una copia días antes de la fecha de cierre de determinado festival o muestra en España, México o Argentina.

“Al menos hoy existe más respeto hacia la figura de los jóvenes que realizan, no solo por el rol fundamental de la Muestra de Nuevos Realizadores (me he quedado anclado en el nombre con el que la descubrí), sino porque si algo los legitima es su valentía y elegancia estética. Es como un espacio ganado y merecido. De no ser por los jóvenes que realizan, muchos de ellos desde posturas de corte independiente, la cinematografía cubana sería sostenida por cuatro o cinco nombres”.

Gira se presentó en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano y se va a mostrar en los cines como parte de su programación. ¿Cómo quisieras que el público se acercara a la obra?

—Siempre he tenido una opinión muy positiva con respecto a lo que puede apreciar el público, mucho más un público tan interactivo y expresivo como el cubano. Te hacen ver lo que les gusta o no, en medio de las proyecciones. Sientes cómo reaccionan. Y debo decir que muchas veces, cuando estoy en edición, trato de hacer lo que me gusta, como me gustaría esta secuencia o aquella otra, pero en el subtexto estoy pensando cómo lo verá el público. Lo que piense el público de la obra, no solo el público entendido, sino el popular, el de la calle, es vital.

“La obra sirve para expresarse y mostrar una verdad desde el propio lenguaje. Si además se tiene la dicha de lograr una comunicación con ese público, entonces es que se logró tocar algo profundo, es que tu lenguaje fue comprendido y apreciado por todos aquellos que aplaudieron al subir los créditos. Ese aplauso no tiene comparación. En el caso de Gira, sería placentero que la vieran todas las personas posibles.

“En cuanto al Festival de Cine, para mí es similar proyectarlo ahí como hacerlo en los cines de estreno. El asunto es que se proyecte. Debo decir que el certamen donde más me place tener mis trabajos es en la Muestra de Nuevos Realizadores. Ese es el lugar para las personas que hacemos cine y que aún somos jóvenes”.

—Finalmente, cuéntame sobre tus proyectos futuros como realizador.

—Uno siempre tiene proyectos, pero no puedo desprenderme de mi labor como primer asistente de dirección. Es un rol que me gusta y que me ha dado las pocas armas con las que he realizado ya dos documentales. Por demás, por supuesto que quiero seguir dirigiendo mis historias y trabajando temáticas desde el lenguaje del documental. Cuba tiene una gran tradición de cine documental a raíz de las obras generadas en los sesenta. Esas obras dejaron muchas herramientas y formas para seguir haciendo cine documental, sobre todo desde el punto de vista del montaje cinematográfico, que es una de las razones que me acercan al documental como expresión. Nuestra realidad está cambiando y es bueno estar ahí para subjetivizarla, para hacer de lo nuevo un acto creativo memorable y entendible.

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