Actualizado el 14 de mayo de 2013

Yanier H. Palao:

“He tenido amor gracias a la poesía”

Por: . 14|5|2013

Yanier H. PalaoA propósito del Premio Calendario 2013 y de la publicación en El Caimán Barbudo de una selección de poemas de su cuaderno Esteros, converso con el poeta y narrador Yanier O. Hechevarría Palao (Holguín, 1981), egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso y autor de los poemarios Sombras del solo (Ediciones Holguín, 2005); Peces en bolsas de nylon (Ediciones Ávila, 2009); Música de fondo (Ediciones La Luz, 2010); A la intemperie (Ediciones Holguín) y de la antología La Isla en versos en coautoría con el también holguinero Luis Yuseff.

Estero me parece un poemario interesante, que recoge varias visiones; pero sobre todo la visión desde la lejanía, el dolor, la memoria; desde la niñez, desde esa relación interior con tu madre. Háblame del libro, de esa relación sujeto lírico-autor que no padece de remordimientos triviales ni melindrerías líricas, pero que, sin embargo, trae esa fuerza en trance que provoca imágenes y metáforas que perfilan una realidad voraz. ¿Qué hay de biografía en esos versos, cuál es tu relación con ese juego de memorias?

Estero es un propósito que yo quise armar, que yo quise construir; nace también de una especie de arqueología que voy haciendo, con recuerdos de mi madre y cuentos que ella me fue haciendo de su infancia y de su juventud, que transcurren en un lugar que se llama Estero Ciego, en Lengua de Tierra, eso es por allá por Antillas; un lugar costero, pero una zona del estero, esa franja cenagosa, poco estable donde ella, de niña y joven, junto con otros pobladores del lugar, se entretenían en tirar objetos pesados o pierdas a esa franja pantanosa y ver como se hundían por su propio peso. Por ahí va el libro, es una reconstrucción de la infancia y la juventud de mi madre y también es una especie de diálogo mío con ese territorio que, paradójicamente, siendo un lugar cercano al mar, con mucha salinización. Allí se dedican al cultivo de la caña de azúcar; sin dudas me marcó ese lugar, que se llama Dumois, pero tiene varios nombrecitos por la costa, Lengua de Tierra, Estero Ciego…

—¿Qué connotación tuvo para ti recibir el Premio Calendario?

—El año antes pasado yo envié el mismo libro al concurso y había obtenido la primera mención, eso hizo que de alguna manera esperara con agrado el premio. Es un premio al que ya había enviado como en tres ocasiones mi obra, difícil de ganar, porque mucha gente joven está escribiendo y son muy buenos los libros que escriben. El concurso tiene un punto a su favor y es que no tienen que ser poetas inéditos, como el caso del Premio David. El Calendario es para poetas jóvenes que hayan publicado o no, sean miembros o no de la AHS, y el nivel de competitividad es alto.

—Antes de ese libro te involucras (junto con Luis Yuseff) en una antología de poesía, La isla en versos. Cien poetas cubanos, y eso me daba un poco la visión tuya de trashumante, que en alguna medida marcó tu existencia como intelectual, como poeta. ¿Qué me puedes contar de esa experiencia y de cómo marcó tu vivencia constatar esas otras realidades desde la obra de otros poetas y desde la existencia misma de esos lugares?

La Isla en versos fue una idea bellísima que se nos ocurrió a Luis y a mí. Yo tenía una idea vaga que estuve pensando por algún tiempo en llamar Poemas de la resignación, en una antología que se llamara así mismo, por aquel verso de Virgilio Piñera que tiene esa carga de resignación: “la maldita circunstancia del agua por todas partes”; es un verso desde la resignación, pero que tiene mucha fuerza, y yo creo que esto no se aleja mucho de Estero, es constantemente el sabor salado, la salinización, por las cuatro esquinas del país, de alguna manera, esa bendición del mar, pero también la maldición de las penetraciones del mar por algunas de sus costas y luego el efecto del óxido, cómo se va corroyendo todo alrededor.

“Eso quise ponerlo de alguna manera desde esa visión de Virgilio, es decir, desde la resignación, por eso quería nombrarlo así, pero, pensando con Luis, colegiando ideas, surgió la propuesta de hacer juntos La isla en versos, que nació una tarde en su casa y nunca pensé que lo pudiéramos armar tan rápido y que nos diera tantos frutos. De modo que le agradezco a Luis y a la vida el haberme puesto en ese sondeo por todo el país, en la búsqueda de jóvenes poetas que tratan el tema de la Isla, ya sea física o espiritualmente, desde la geografía o desde esa especie de resignación. La isla en versos ha venido a saldar aquella deuda conmigo de hacer una antología de poesía joven que tratara el tema de la resignación”.

—Eso te permite también un paneo, digamos, por el “litoral”, como tú decías ahorita, físico y literario de la Isla. ¿Qué te han aportado tus incursiones por el litoral como ser humano, esas realidades que has podido otear, que has podido ver, que has podido conocer y que has podido traducir en tu obra?

—Parece que yo soy una persona de litorales del “orilla”, y no me da pena decirlo, no me da ningún tipo de vergüenza, más bien siento orgullo por decirlo, por publicarlo y por asumirlo: he estado por esa senda, no solo por la senda del mar, del litoral, sino también por la senda del borde, del margen, por decirlo de alguna manera, de lo marginal, y en Estero hay una especie de justificación de por qué yo vuelvo a los mismos temas, porque viniendo de una familia, de una madre que estuvo cerca de ese mar, cenagoso y cerca del fango, de una familia campesina y pobre, tiene la riqueza de venir de esa familia, pero también tiene ciertas asperezas que te marcan, como puede marcarte el efecto del mar que corroe.

—Un verso tuyo que me gustó mucho dice: “escribo pensando en los enlaces que tengo con la realidad”. Claro, te refieres a los enlaces que tienes con la realidad de tu mamá; entonces, sacando el verso de contexto, ¿cuáles son esos enlaces con la realidad que te compulsan a escribir?

— Yo creo que mis poemas no son perfectos, incluso lo supe desde la primera vez que asistí a un taller literario y me dijeron que se podía quitar esto o aquello, y yo lo sé, pero también siento que cada vez estoy cercano, y quiero estar cercano a la vida, me aferro a ella, aunque esa palabra no me gusta, porque me gustaría que la vida se me diera fluida, no con el esfuerzo de “aferrarse”.

“Escribo con los enlaces que tengo con la vida porque en ese mismo libro ningún poema mío es mayor que la vida que veo desbordarse, es decir, ninguna obra, ninguna película, ninguna exposición llega a estremecerme tanto como sentarme debajo de un árbol, en un parque, sentarme solo y ver a los demás; para mí eso es una experiencia estremecedora, ver cómo los demás son felices o tratan de serlo, a su manera, por supuesto, haciendo todos los ejercicios que la gente puede hacer para ser felices. Eso llega a estremecerme y es para mí mucho más conmovedor que sentarme en un cine a ver una película, que tanto lo disfruto. Yanier preferiría siempre sentarse solo a ver la vida”.

Yanier H. Palao—Hablabas de los talleres literarios, ¿cuándo te vinculas a ellos? ¿Qué te aportó empezar a mostrar tu obra en un taller literario?

—Empecé en el taller literario de Báguano, en el batey azucarero, un proyecto cultural que se llama “El árbol que silba y canta”, vinculado a la Casa del Joven Creador, y allí estuve vinculado a ese evento literario, siempre fue un encuentro entre bondad, resentimiento, temor… A mí todavía me cuesta mucho trabajo enseñar lo que yo hago; es decir, yo lo escribo y eso es tremendísimo, el placer que tengo al escribir mis poemas, pero en soledad. Después, cuando tengo que hablar de ellos o leerlos en público siempre estoy muy nervioso y siento como la comunicación de mi obra se me hace difícil. En ese sentido, los talleres literarios me ayudaron muchísimo a socializar con los demás y a socializar lo que yo hacía, pero también hubo una dosis de enfrentamiento; ahora con el paso del tiempo yo veo que sea lógico que haya ese enfrentamiento, porque tu vienes con una propuesta y los demás no tienen porqué estar de acuerdo con ella. Pero en ese enfrentamiento es donde crece el poema, o donde se disuelve, si el autor no es lo suficientemente fuerte.

“La primera vez que leí un poema el asesor literario me dijo: ‘No, pero eso no es poesía’. Y yo me quedé con dudas porque no supe si era poesía, si era prosa, si era ‘algo’. Preferiría que los críticos se ocuparan de eso. No le pongo muchas etiquetas a los textos ahora, pero en aquel tiempo eso me desniveló, porque yo me decía, bueno, si no es poesía ¿qué cosa es entonces? Eso fue lo más difícil del enfrentamiento, ponerle etiqueta a algo que nace de ti y cómo tú, de una experiencia vivencial puedes o no hacer poesía, atraparla, capturarla…

—¿Cómo llegas a La Habana, cómo te sientes en La Habana, a qué te dedicas en La Habana?

—Yo había venido a La Habana muy pequeño, mis padres me trajeron por un asunto de médico, pero de esa visita no recuerdo nada, y regresé por segunda vez a ella cuando ingresé en Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, en su séptima edición. A esa experiencia yo le agradezco muchísimo, como creo que mucha gente le está agradecido, porque encontrarnos un grupo de muchachos a lo largo y ancho de todo el país con inclinaciones literarias y artísticas y vernos una semana al mes fue una experiencia que todos los que pasamos el Onelio la recordamos con mucho agrado.

“De esa experiencia tenemos amigos que desde ese encuentro hasta ahora te acompañan y es hermosísimo, porque no solo son los encuentros literarios, sino también que se edifica el plano sentimental, entonces el Onelio tiene esa dualidad de sentido; es decir, la formación literaria, cultural, que te ayuda con excelentes profesores y excelentes conferencias; pero también la experiencia humana de la entrega de la amistad y el amor que surge allí”.

—¿Qué vivencias te guardas, incluso como anécdota, de esa relación que te permitió establecer el Onelio con otros escritores? Sobre todo por los puntos de vista disímiles que cada quien trae desde su lugar de origen…

—Los debates. Eran siempre fuertes, había una especie de combate en el aula, el aula se convertía en una especie de encuentro y siempre en un encuentro hay diálogos, pero a veces el diálogo se rompe porque es el encuentro con el otro, con lo diferente, y por supuesto que veníamos de diferentes ciudades, con diferentes experiencias de vida, en ese sentido hubo debates muy fuertes y acalorados. Pero ahí estaba el crecimiento y ahí también estaba la parte pedagógica de Eduardo Heras León para alcanzar una reconciliación, hasta llegar a un sosiego y reconocer que todo era para mejorar, si se puede decir así, la escritura.

“A veces se vertían criterios desangrantes para minimizar alguna que otra propuesta, algún que otro cuento… Claro, todos éramos muchachos jóvenes, con aspiraciones de ver publicados nuestro primer libro, y allí surgió esa especie de laboratorio, de coloquio, de discusión, y ese encuentro le hace muy bien a la literatura cubana, es decir, poner en tela de juicio lo que tú escribes, porque a veces uno se envilece mucho en lo que uno escribe. ¿Y por qué no ponerlo en tela de juicio? El Centro Onelio Jorge Cardoso hace eso. Mover nuestros cuentos, saber hasta dónde pueden llegar. También te daban la técnica, las herramientas para poder escribir un cuento, pero a veces los criterios eran de percepción, subjetivos, y eso es importante, porque la literatura no solo es un campo intangible, inasible. El taller era la parte más objetual y más práctica de ver la literatura. Es una especie de laboratorio y yo creo que eso le hace mucho bien a la literatura, aunque también puede hacer mucho daño.

—Acerca de la utilidad de la poesía tú referías, entre otras cosas, que la poesía sirve para “fijar lo imaginado o darle olor a las letras”, y son imágenes que a mí me parecieron atrayentes en sí mismas, pero sobre todo para cuestionarte para qué otra cosa crees tú que sirva la poesía, sobre todo en estos tiempos en que se viven tantas ordalías.

—Con una vida como la que he llevado hasta ahora, con mis 32 años de edad, la poesía ha sido fuente y objetivo de una existencia. Un muchacho que sale de su casa, que no tiene un objetivo muy preciso en la vida, si no hubiese leído un poco de libros de buenos autores, algunos libros de poemas que han marcado y continúan marcando su existencia, no sabría en qué iba a emplear su tiempo libre o no sabría a qué iba a dedicarse tantos años. Entonces la poesía ha sido objetivo de vida en mí, me ha dado la posibilidad de extender lo que yo pienso, lo que yo creo y también me ha permitido conocer amigos, es decir, he tenido amor gracias a la poesía. Ha sido la fuente que me ha permitido beber de ella, de su parte más espiritual, pero también de su parte más pragmática.

—Hablado de pragmatismo, háblame un poco de ti, a qué te dedicas, qué haces y qué te gustaría hacer. ¿Cómo sostienes tú la existencia?

—Yo vivo como cualquier otra persona, hago muchas cosas para poder sostener una renta, poder comprar algo de comida y seguir viviendo, en eso se me va casi todo el tiempo y algo que puedas robarle al descanso, al sueño para poder leer, seguir escribiendo, es una especie de ejercicio diario en el que tienes que hacer muchas cosas constantemente, desde un trabajo doméstico en una casa hasta en una paladar, hasta asistente de dirección en un cortometraje… Es una especie de poliedro laboral en el que uno vive.

—¿Qué proyectos te traes entre letras, entre páginas? ¿Qué salvas de los “esteros” de la memoria para los lectores?

—Estoy escribiendo un libro que se llama Óxido, otra sola palabra. Es un libro donde aparecen esos enlaces entre Oriente y La Habana y esa relación no solo con el mar sino con el efecto del mar tanto en nosotros como en la ciudades, en su parte más tangible, el óxido, lo que se corroe, la belleza de lo envejecido, de lo caduco; cómo en esa fuerza de lo caduco a veces nosotros encontramos un afán por conservar una historia que ya no está, ese aferrarnos a lo envejecido, a lo vetusto.

“Entonces Óxido dialoga con eso, es decir, con la dicotomía de si está o no está, y es también ese diálogo con lo oxidable. En ese sentido es un libro superficial, porque trato que sea muy de texturas, en el que vuelvo a la prosa, y es también un libro que dialoga con la gente de aquí, es el libro donde están la gente que van al gimnasio, que se cuida solamente la belleza física, ese constante tratamiento de lo externo, de lo puramente hermoso, de lo que se ve.”

Poemas de Estero

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