Actualizado el 27 de mayo de 2013

Pedro Beritán: con lápiz rojo

Por: | Fotos: . 25|5|2013

Pedro Beritán: con lápiz rojoViví en Manzanillo (provincia Granma) hasta los dieciocho años. Estudié en la Escuela Preuniversitaria Vocacional de Ciencias Exactas de Granma, ubicada en Bayamo y luego regresé a Manzanillo para pasar el Servicio Militar. Te habrás dado cuenta de que vine a vivir a La Habana para el año 2000 y como se dice: nacido y criado.

Creo que en aquel momento estaba creando mi personalidad y tratando de descartar lo que me gustaba más de la música de mi ciudad. Así, por azares de la vida, choqué con un entrañable amigo, el señor Abel Baldoquín, excelente tresero, contrabajista, laudista, en fin, tocador de cualquier instrumento que tenga cuerdas. Sobre todas las cosas se trata de un guitarrista como he visto pocos. Si te cuento que caí en su casa para comprarle un juego de cuerdas criollas que hacía en un aparato de su propia imaginación, no me lo vas a creer. Ese fue mi maestro, a quien le debo toda la guitarra que toco ahora. No solo me dio las herramientas armónicas sino que también me inculcó los sentimientos para apreciar lo mismo un buen bolero que una canción de Silvio o Pablo y hasta la más genuina timba cubana. Ahora mismo es el guitarrista y arreglista de la banda de Cándido Fabré.

Sospecho que aunque en aquella época no hacía canciones todavía, ya tenía lo que llamo “la sensibilidad del artista” bien desarrollada, pues estaba en plena conexión con el meollo musical de mi región, por ejemplo: la Original de Manzanillo, Cándido Fabré, el Órgano Oriental y con la lista interminable de trovadores que desde principios del siglo XX estaban haciéndose sentir por toda Cuba.

Recuerdo que aquel maestro del que hablaba anteriormente, en una de sus últimas clases, vio algo en mí y me anunció, luego de saber que me mudaba hacia La Habana, que yo iba a conectarme con la trova. Como ya ves, felizmente tuvo razón.

Las primeras cosas que hice como trovero (persona que canta canciones de otros trovadores) se las debo a los Festivales de Cultura de la FEU, en los que participé desde el primer año de mi carrera —por cierto, vine a La Habana a estudiar Licenciatura en Ciencias Alimentarias en el año 2000, carrera que terminé en el 2005—, y como era el único que tocaba guitarra de mi año, en la Facultad me captaron enseguida la gente de extensión universitaria.

En aquella época no cantaba por miedo escénico, me limitaba a acompañar a un amigo de Psicología que cantaba las canciones de Silvio como los dioses. Recuerdo que iba a la Facultad todos los días con la guitarra en la mano, literalmente, porque tenía una guitarra muy mala que ni siquiera tenía estuche. Bastaba con que se sentaran más de cuatro personas alrededor mío para desatar la descarga en cualquier parque o banco de la Universidad, y si eran muy amigos, entonces me atrevía a cantar alguna de los cientos de canciones de la trova que llevo dentro.

Creo que entre el 2000 y el 2004 debo haber visto alrededor de trescientos conciertos de todo tipo y recuerdo que en uno del maestro y amigo Frank Delgado, en el Amadeo Roldán, una amiga de mi novia de aquel momento me presentó a Adrián Berazaín. Ahí fue donde empecé a tener cultura de peñas, yo nunca había ido a una y comencé a asistir regularmente a La Séptima Cuerda, una peña como siempre digo “en horario difícil”. Se hacía los terceros sábados de cada mes en la galería de la Biblioteca Rubén Martínez Villena, a las dos de la tarde, y a pesar de este horario siempre tuvo mucho público. Fui la primera vez como en marzo del 2002 y desde entonces no dejé de ir nunca. Lo que más me impresionó, sin dudas, fue ver a este muchacho de mi edad que cantaba canciones propias —me refiero a Adrián Berazaín—, a quien si le preguntas ahora seguro te dirá que eran malas, pero a esas alturas a mí no me importaba si eran malas o no, lo importante es que eran suyas.

También fui público regular de una peña que hacía el dúo Karma en G y 21, en El Hueco; de otra que hacia el Charly Salgado en La Madriguera; de la de Rubén Moro en El Patio de María. Todo esto fue desde la posición de oyente y espectador.

Pedro Beritán: con lápiz rojoEn entrevistas anteriores he dicho que me hice trovador porque me lo propuse, me pasé un par de años estudiando el fenómeno desde afuera y un día fui a un intercambio que planeaban dar Samuel Águila, Ihosvany Bernal, Inti Santana y Fernando Bécquer a modo de conversatorio en la Sala Talía de extensión universitaria y lo que no sabía era que aquello terminaría en un concierto en el que planeaban incluirnos. Por aquel entonces llevaba casi un año trabajando en mi primera canción y aún estaba sin terminar, así que no me animé a cantarla, y la vergüenza de no tener una canción propia fue tal que llegando a la casa me senté con la guitarra, pujé dos veces y la terminé de parir.

En esa misma reunión conocí a Jeiro Montagne y a Mauricio Figueiral, con quienes luego armaríamos junto a Adrián y a Juan Carlos Suárez (actual líder y compositor de la banda Polaroid) una suerte de cofradía que gracias a la peña de Adrián la bautizaríamos también como La Séptima Cuerda. A partir de ahí hicimos un sinnúmero de conciertos bajo este nombre.

Luego de aquella primera canción en el 2002, en cuya gestación casi se me va la vida, fue un poco más fácil componer aunque esto no significa que haga una canción por día. Diría que aún ahora tengo una productividad promedio, tengo tiempos en que las musas andan peor, pero esa es la vida del compositor y a veces también interviene más el oficio que la inspiración. Hace poco se dio la coyuntura, tuve que sacar cuentas y terminé auto felicitándome por mis diez años de vida artística. Ese recuento me llevó a la conclusión de que a pesar de haber estado un par de años antes presentándome en los Festivales de la FEU, mis inicios fueron oficialmente en La Séptima Cuerda, porque fue donde comencé a mostrar mis canciones a un público donde no todos eran amigos o conocidos.

Luego de aquel encuentro con los trovadores que me llevó a terminar la primera canción un buen día me encuentro con Adrián y me da un volante de su peña y nunca se me va a olvidar lo que me dijo, y cito: ¿Estarás libre este sábado para ir a tocar? Pero lleva alguna canción tuya. Entonces yo le pregunto: ¿cuántas debo tocar? ¿Dos está bien? Él asintió y allá fui con las únicas dos canciones que había escrito en mi vida. Si me hubiera pedido tres quién sabe en el aprieto que me hubiera metido.

Luego continué haciendo canciones en lo que restaba del mes para los terceros sábados ir a La Séptima Cuerda a cantarlas. Esa fue una etapa de plena búsqueda y experimento, porque el público habitual era uno de los más receptivos para los que he tocado jamás y me permitía espantarle los bodrios que se me ocurrían de vez en cuando. De esta manera di también con canciones que todavía conservo en mi repertorio habitual. Asimismo, el par de amigos que te mencioné antes, de vez en cuando intervenían dando criterios (aún hoy lo hacemos) y en varias ocasiones me enriquecieron mucho más las propuestas.

Aquellas presentaciones en conjunto tuvieron como colofón un concierto por el tercer aniversario de la peña en el patio del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, del cual aún conservo las pistas grabadas. Tal vez algún día, cuando tengamos veinte años más, me decida a hacer un disco con ese material. Esa fue, por decisión unánime, la última presentación del proyecto grupal y de la peña.

No obstante, por aquella época se retomaba un proyecto de la Asociación Hermanos Saíz que se llamaba Verdadero Complot, coordinado por Pavel Poveda, cuya premisa fundamental era grabar los conciertos ofrecidos en el Centro Hispanoamericano de Cultura (sito en Malecón entre Prado y Capdevila). Nos ofrecieron un espacio ahí para que el trabajo que veníamos haciendo quedara en un fonograma. Esta fue la primera vez que pude oír mi voz y mis canciones en un soporte grabado, además, creo que de no existir este disco todos los años de trabajo que compartimos hubieran quedado en el viento.

Siempre le escribiré al amor porque soy un enamorado de la vida; también a los amigos. Me entrego mucho en las relaciones personales pero también me afectan mucho los males sociales. Por eso reflejo todo lo que creo que se puede señalar con lápiz rojo para que no pase desapercibido, y si además le puedo añadir un toque de costumbrismo cubano y otro de humor —porque sabes que los cubanos le sacamos el chiste hasta a lo más duro—, pues ya está.

Cuba no está ajena a la crisis mundial y esta crisis engloba igual a la industria disquera. No obstante, me siento bastante privilegiado porque a pesar de no contar con un disco oficial tengo temas incluidos en la antología de trovadores de la EGREM Raspadura con ajonjolí; en el disco del Centro Pablo Una canción para Frida y Diego; en el disco de la AHS La Séptima Cuerda-Verdadero Complot; recientemente me convocó el equipo de La Utopía para incluir dos temas en una compilación que pronto se llevará a cabo; compuse dos canciones para la película musical cubana Irremediablemente Juntos, de Jorge Luis Sánchez.

Pedro Beritán: con lápiz rojoHace poco menos de un año terminé en casa de mi amigo Samuel Águila las mezclas y masterizaciones de un concierto que hice en el espacio Verdadero Complot con el que he quedado tan complacido que me decidí a presentarlo al Cubadisco 2013 bajo el nombre de Instantáneas. Recientemente he recibido la grata noticia de que está nominado en la categoría de trova.

Gracias a todo esto mi entrada a la radio y la televisión ha sido un tanto menos difícil que para otros, a pesar de que hace alrededor de tres años hay programas que por su corte están aceptando propuestas de autor como las que hacemos los trovadores. No quisiera dejar de mencionar a nadie pero siempre han sido bien recibidas las invitaciones a los programas de televisión Cuerda viva, Entre manos y Paréntesis. En la radio el queridísimo A buena hora, Disco Ciudad, Esta mañana, entre muchos otros.

Mis primeras presentaciones en vivo fueron totalmente a guitarra, más bien porque las primeras canciones no tenían un espíritu que necesitara acompañamiento. Sin embargo, al comenzar a preparar nuestro último concierto como Séptima Cuerda, Mauricio, Adrián y yo compartimos los instrumentistas y me di cuenta de que mis canciones tomaban una dimensión más alta a la que estaba acostumbrado.

El real detonante de mi trabajo con otros músicos fue un par de años después y se lo debo al trovador y bajista Reynier Aldana y a mi hermano y vecino percusionista Paul Prieto, quienes luego de conocerme, se ofrecieron a acompañarme en un par de presentaciones que hice en la peña de Fresa y Chocolate, La Tanda, de Inti Santana. De ahí en adelante he tratado en cada concierto de armarme un buen “Ven Tú” de amigos músicos y, aunque en las presentaciones más informales, como es el caso de las peñas, no siempre pueda hacerlo, generalmente pulula algún percusionista o guitarrista que con solo llamarlo ya está al lado mío haciendo de las suyas.

Prueba de esto es el disco Instantáneas donde el bajo lo toca Efrén García y la percusión Lester “El Pulpo” Márquez, músicos del grupo Enfusión de Bejucal; en la guitarra eléctrica Omar Eloy Díaz de Arce. También, como invitados tuve a Reynier Aldana en el bajo y a Armando Osuna en la percusión (integrante del grupo del trovador Tony Ávila). Conté con la colaboración de Vicente Trigo, actual líder, vocalista principal y compositor de la banda D’CoraSon, ejecutando el tres cubano. Me acompañó también el amigo trovador Eduardo Sosa cantando conmigo la canción Instantáneas de La Habana que parcialmente nombra el disco. Me dio un placer inmenso contar en los coros con dos amigos a quienes admiro mucho tanto por su obra como por su tenacidad: Inti Santana, que ese día dejó el trovador que lleva dentro a un lado y me regaló para la grabación a un corista de primera, y a Luna Manzanares, una cantante con mayúsculas y con unos conocimientos musicales que hacían de los ensayos un paseo.

No obstante, creo que lo fundamental del trovador es lo que trae dentro, si el modo de sacar esto es con una guitarra, con un piano o con una banda, eso no es lo relevante, el resultado final es lo que importa: la canción sentida.

Me encanta saber de dónde venimos, cuales son las tradiciones que se han condensado en nuestra música actual, súmale a esto que vengo de la zona oriental del país donde traes el son en las venas desde que naces. A raíz del mismo son e investigando sus orígenes es que me llegan unas grabaciones del changüí guantanamero y me quedé fascinado con el hecho de cómo esta música tan aparentemente sencilla en el plano armónico es tan rica en su totalidad como fenómeno. De esta forma, decido incursionar en el nengón y en el changüí desde la sonoridad de la guitarra y usando situaciones y textos actuales. Eso me ha traído muchas satisfacciones porque es un terreno todavía poco explorado y para muchas personas es bastante novedoso.

Hasta lo que va me podría definir como un trovador fiel a sus principios, fiel a su discurso hasta las últimas consecuencias, amigo de mis amigos, hermano de mis hermanos, estudioso de nuestras más autóctonas tradiciones. Casi no tengo enemigos, digo casi porque no se puede absolutizar. ¿Y quién seré? Creo que en eso el tiempo, la música y la dedicación tienen la última palabra.

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