Actualizado el 19 de agosto de 2013

Eduardo Heras León:

“Ustedes escriben los libros que yo he dejado de escribir”

Por: . 9|8|2013

El edificio exhibe un azul desaliñado. Subo las escaleras y toco la puerta del apartamento. Me invitan a pasar. Alguna vez he estado aquí pero con otros ojos. Estar cerca de este hombre me ha hecho cambiar la manera de verlo todo. Apenas recuerdo mi primera visita. Ahora la sala me dice otras cosas. Parece una selva domesticada, con troncos formando muebles, marcos de madera y muchas plantas. Un cristal nos separa del aire enrarecido de la ciudad.

Vengo con una encomienda difícil. Entrevistar a este hombre 42 años después de la publicación de una crítica a su segundo libro, que le valió la exclusión del mundo cultural por 5 años. Fue en abril de 1971. Un mes después se anunciaba su separación del Consejo de Redacción de El Caimán Barbudo —la misma revista para la que ahora voy a pedirle que hable—. De aquellas batallas literarias apenas sabía yo, que aún no había nacido, pero  irremediablemente tenían que influir en nuestra conversación.

Hablamos mientras coloco las baterías en mi grabadora. Me dice que escribir era su vocación, desde los versos que cometía a los 9 años y las lecturas de Verne y Salgari. Que habría sido escritor aunque no hubiera participado en el ambiente cultural de los 60, la Universidad de La Habana y los primeros años de la Revolución; tal vez un escritor diferente, de no haber ingresado en la Escuela de Periodismo, que fue un verdadero caldo de cultivo (recuerdo esa comparación) para sus intereses literarios, sin obviar a sus compañeros de la redacción de Alma Mater; diferente de no haber pasado por la experiencia de Girón y las Fuerzas Armadas y las vivencias bélicas que se reflejarían más tarde en su obra; un escritor diferente, pero siempre un escritor. Noto que mi grabadora no ha comenzado a funcionar aún, y aprovecho un breve silencio para encenderla. Tres segundos después hago la primera pregunta.

—Algunas de sus biografías señalan que usted dejó la Universidad y se fue a trabajar a una fábrica, y que en 1976 retomó sus estudios. ¿Cuál es el riesgo de que los verdaderos hechos queden en el olvido?

—Ningún riesgo, no se van a olvidar. Mi segundo libro, ganador de mención única en el Premio Casa de las Américas en 1970, fue malinterpretado y acusado de contrarrevolucionario en una crítica publicada en El Caimán Barbudo por un señor llamado Roberto Díaz. No abandoné, sino que fui expulsado de la Universidad en cuarto año de Periodismo, y enviado a trabajar durante cinco años en la fundición de acero Vanguardia Socialista. Pero todo eso se ha publicado. Hubo un ciclo de conferencias organizado hace algunos años por el Centro Cultural Criterios, que dirige Desiderio Navarro, en el Instituto Superior de Arte. Allí leí mi ponencia El Quinquenio Gris. Testimonio de una lealtad, donde explico detalladamente lo que sucedió en aquellos días lamentables: existe un libro que recoge esos debates. Era un período en el que te mandaban a bañar en las aguas del Jordán de la Revolución. Se cometieron muchas injusticias, incluso en mi caso, que ya había demostrado con las armas en las manos mi condición revolucionaria.

“Pero no hay vuelta atrás. Ahí están los hechos, olvidados o no, ese período no puede volver. Ha habido un proceso de crecimiento y maduración intelectual, tanto de los artistas como de los dirigentes, y las arbitrariedades que se cometieron difícilmente puedan repetirse. Estamos en una sociedad diferente, hay grandes espacios de libertad para la creación intelectual, que son ganancias de los artistas y también de los dirigentes honrados y serios, que saben que aquel período fue funesto y no se puede repetir.”

—Usted considera años duros los de su generación, pero han sido varias las etapas duras desde 1959. ¿Cuáles son las consecuencias de tiempos difíciles como el Período Especial o los cambios actuales en la literatura?

Los períodos de crisis, paradójicamente, son por regla general de auge en la literatura. Digamos, mi generación: la de Playa Girón, Crisis de Octubre, la lucha en El Escambray, las constantes agresiones yanquis, se formó en una época muy bélica y de muchos cambios sociales. Proliferó una literatura  descarnada, que dejó el testimonio de las grandes batallas épicas de la Revolución. Por eso nos llamaron los “narradores de la violencia”, y en cuanto a la calidad de nuestras obras, se compara con la de los años 40, donde surgieron importantes libros de autores como Alejo Carpentier y Lino Novás Calvo.

“En los 80, cuando se produce la estampida del Mariel, surgió una promoción nueva, que desbrozó el camino de temáticas hasta ese momento tabúes, relacionadas con zonas marginales de la juventud, la homosexualidad, la corrupción, en general problemas éticos de la sociedad. Y fíjate que en los 90, también años de intensa crisis, se produjo otra explosión de creatividad (me refiero a la narrativa).Y abriendo el siglo, y ayudado con el fenómeno de la proliferación de editoriales provinciales, han surgido muchos escritores, sobre todo jóvenes, que publican sus primeros libros con 18 o 19 años, con temáticas nuevas y mucha experimentación, y con influencias que han beneficiado el que hacer de esta generación. La literatura, en todo caso, se enriquece, aunque la sociedad, de la cual el escritor es parte, sufre las carencias y las problemáticas. La escasez material provoca una especie de riqueza espiritual, como compensación.”

—En esos años, hubo personas que siguieron sus pasos por la narrativa y el periodismo y los malinterpretaron. ¿Cree que hoy son escuchados los que hacen crítica mucho más profunda desde el arte y el periodismo?

Creo que sí. El problema es que nuestra prensa no está a la altura de otras aristas de la Revolución. No se ha logrado la prensa crítica que necesitamos, que aborde en profundidad los problemas y no se quede en la superficie. Y está obligada a cambiar, porque la sociedad es más exigente, más libre de expresar sus criterios. Hay una especie de guerra entre el periodismo que quiere ser crítico, reflexivo, y una zona de la burocracia que trata de que no se desarrolle. Y por supuesto que hay excelentes periodistas que están atacando la raíz de los problemas, pero no en la medida necesaria para que influyan de manera decisiva en sus soluciones. Por desgracia, hay pocos órganos de prensa que reflejen medularmente la problemática social del país, que es muy compleja. Es una lucha de todos los periodistas a las puertas de su congreso. Ese nuevo periodismo nunca podrá hacer daño: todo lo que produzca será   beneficioso. Ya es hora de que desaparezca la autocensura, que hace tanto o más daño que la censura.”

–¿Qué opina sobre la necesidad de la técnica narrativa en el periodismo?

Cuando di clases en la Universidad, alternando con mis estudios, pude impartir con mucho esfuerzo un semestre de Técnicas Narrativas. Puedes enseñar qué es un lead, una crónica, un reportaje, pero si no enseñas primero cómo se describe, cómo se narra, cómo se hacen los diálogos, hay como un vacío en la formación. Yo enseñaba eso primero y después me ocupaba de la técnica periodística. Hasta donde sé, eso se ha perdido y creo que debía retomarse. Tenemos la experiencia de un Seminario que Francisco López Sacha y yo impartimos todos los años en el Instituto Internacional de Periodismo José Martí, con un éxito rotundo, y con la presencia, a veces, de periodistas de varios países. También conozco del trabajo de Rafael Grillo, de quien me han dicho imparte un curso de Técnicas Narrativas en Periodismo en la Universidad de La Habana. Creo que no enseñar estas técnicas es un error, porque puede esquematizarse el oficio. Debe generalizarse su enseñanza en todo el país. Además, es bueno recordar que la práctica del periodismo ha sido el origen del nacimiento de muchos escritores, como fue el mío propio.”

—A 15 años de haber creado el Taller de Técnicas Narrativas Onelio Jorge Cardoso, hoy convertido en Centro de Formación Literaria, ¿cuál considera su significado dentro de la cultura cubana?

—Creo que está mal que sea yo quien responda esa pregunta, pero debo asumir ese papel, ya que soy el entrevistado. Creo que si algún mérito tiene es que ha transformado el mapa de la narrativa cubana. Cuba tradicionalmente fue un país de poetas. Te pongo el ejemplo de Holguín, tierra de poetas y hoy, a mi juicio, territorio de narradores y poetas. Y esta situación se repite en muchas provincias del país. Y eso, creo yo, indiscutiblemente tiene un significado de importancia en la cultura cubana. Se ha descentralizado la producción literaria. Ya los narradores y los premios literarios que ganan, no son sólo de la capital, sino que están diseminados por todo el país, incluso en lugares recónditos a donde ha llegado la influencia del Centro Onelio. Todos tienen las mismas posibilidades. Casi 800 jóvenes han pasado ya por nuestras aulas. A partir del taller inicial, que alguien llamó el Harvard de los talleres literarios, ha cambiado la terminología que se emplea en los demás talleres en Cuba. En mis 40 años de experiencia dirigiendo talleres, puedo afirmar que antes del Centro Onelio nadie hablaba de puntos de vista, de “vasos comunicantes”, ni de caja china, o dato escondido, y hoy esos términos son peccata minuta para muchos.

“El Centro no lo da todo. El día que recibimos a los alumnos les decimos: muchos de ustedes no van a ser escritores, va a ser una mínima cantidad los que lo logren; pero si no es así, se convertirán en asesores literarios, promotores, mejores lectores y, sobre todo, mejores seres humanos. Enseñamos la solidaridad, la aceptación consciente de las opiniones diversas, y optamos por eliminar la envidia y las rencillas a veces personales que tanto perjudican las relaciones entre escritores. Hemos dado a conocer una cantidad considerable de nuevos narradores, muchos de ellos ganadores de los más importantes premios literarios en Cuba y en el extranjero.”

—¿Sueña al Centro Onelio enseñando técnicas poéticas, ensayísticas o dramatúrgicas?

—Mi especialidad es la narrativa. Un Centro como el Onelio necesita mucha entrega. Sé que en el pasado se ofreció a algunos escritores la posibilidad de crear un Centro dedicado a la poesía, por ejemplo, pero nadie la aceptó.  A mí mismo me sorprenden mis 15 años en el Centro. Hacen falta escritores de prestigio que estén dispuestos a sacrificar su obra para enseñar a los jóvenes y dedicarse a ello; se necesita desprendimiento y vocación. La mía es, ante todo, la de maestro, creo que antes que la de escritor. Me siento muy bien cerca de los jóvenes. Ustedes escriben los libros que yo he dejado de escribir. En fin, no creo que haya contradicción entre los objetivos iniciales del Centro si en algún momento surgiera la posibilidad de cursos que aborden técnicas poéticas o dramatúrgicas o ensayísticas. En definitiva, el Onelio es un Centro de Formación Literaria.

“Antes de fundarlo, no existían en Cuba centros de formación, a no ser la que se intentaba en talleres de algunos escritores y los de las Casas de Cultura, muy deprimidos hoy en día. He preguntado por qué en el ISA no hubo nunca una Facultad de Literatura, sé que persistía el criterio de que el escritor no se formaba recibiendo cursos, pero me pregunto si los artistas plásticos, los dramaturgos y los músicos no necesitan aprender la técnica, al igual que los escritores y por eso existe una formación académica de estas ramas del arte. Su obra, después de esa educación, depende mucho de su talento y dedicación. Por eso creo que, de cierta manera, el Centro Onelio es la Facultad que le falta al ISA, porque las Facultades de Artes y Letras de las Universidades forman críticos y profesores de Literatura, no escritores. Nuestro programa abarca la creación, no la crítica. Estamos llenando un vacío para los jóvenes que quieren dedicarse a la escritura creativa, sin tener que hacer crítica o investigación.

“Hay que aclarar que el Centro ha tenido sus detractores, que opinan que no se fabrica un escritor. Nosotros no lo hacemos, buscamos el talento y le añadimos las técnicas del oficio: si sales escritor es genial; si no, aprendiste, saliste con más cultura, sabes leer de otra manera. De todas formas creo que hemos seleccionado bien: hay por ahí una veintena de escritores que se están consagrando y así lo confirman. El Centro Onelio les ha dado ese ambiente de creación que hoy falta en muchos espacios.”

Foto Thais Roque Arce—¿Cuáles son las principales diferencias entre el joven que fue usted y los que cada día enfrenta en el aula?

—Somos dos generaciones totalmente diferentes. Nosotros vivimos la parte épica de la Revolución, nos sacrificamos, incluso con las armas, tuvimos que vivir para luego escribir, y los jóvenes de hoy no tienen las mismas urgencias, la Revolución es más consolidada, si fracasa será posiblemente más por nuestros propios errores, que por fuerzas externas. Ya no se les exige tanto. Antes todo estaba bajo el sello de la ideología, se trataba de vivir en un estado de pureza, que tenía que ver con el ideal del hombre nuevo que proclamara el Che.Teníamos la esperanza de que lo íbamos a lograr, pero no fue así. Hicimos lo que pudimos, pero esa aspiración se quedó en la utopía, quizás ese hombre nuevo no sea posible. La experiencia lo ha demostrado.

—¿Cómo valora la salud de la literatura cubana actual, en especial la narrativa?

—Por ahí nos acusan de que somos demasiado optimistas. Yo estoy convencido de que ahora hay más variedad de estilos, diversas maneras de enfrentar el hecho literario, muchas más tendencias, se ha recorrido un largo diapasón temático, que cada día se enriquece más, desde la inicial narrativa de la violencia hasta los temas caros a la posmodernidad. Eso demuestra algo, la literatura siempre busca diferentes vías para reflejar la realidad o negarla e inventar una nueva, y eso siempre enriquece. Por otra parte, las influencias actuales son mucho más cosmopolitas. Hay mucha influencia de la nueva literatura española, latinoamericana, italiana y norteamericana. Eso sirve de alimento porque lanza la literatura por varias vías y promete un panorama alentador, lo que tampoco quiere decir que estemos de fiesta. Ahora hay muchos cuentistas jóvenes, pocos novelistas, y tengo la impresión, aunque puede que me equivoque, que la poesía que siempre fue el género más favorecido, se ha recluido un poco desde los 90, desde que la cuentística fue más influyente en el reflejo de la sociedad. Veo más riqueza en los cuentos. Las buenas novelas ya aparecerán.

“De la última promoción me parecen interesantes (entre muchos otros que se me olvidan ahora) Ahmel Echevarría, Michel Encinosa, Rubén Rodríguez, Mariela Varona, Osdany Morales, Raúl Flores. Jorge Enrique Lage, Ariel Cantero, Dazra Novak, Yunier Riquenes, Agnieska Hernández. Son nombres que tienen una obra importante, diferente, según Jorge Fornet, una narrativa del desencanto o literatura posrevolucionaria. Los temas tradicionales ya no se manejan, se ha abierto ampliamente el camino a la fantasía y la ciencia ficción. Pero en general veo un buen panorama.”

—¿Es la idea del retiro un tema que lo angustia? ¿Cuáles son sus próximos proyectos?

—Esa es la palabra precisa: angustia. Estoy en una especie de conflicto, por un lado quiero jubilarme porque tengo muchas cosas que escribir, para eso necesito tiempo y tranquilidad. Por otro, sé que me va a dejar un vacío, ya no me concibo sin dar clases. He pedido consejos a muchos amigos, pero estoy meditando qué es lo mejor para mí, qué es lo que me va a hacer sentir bien, porque es una decisión enteramente mía. Sé que de ella dependen muchas cosas. Como por ejemplo, encontrar un nuevo director para el Centro, para lo cual es necesario prestigio, voluntad y poder de convocatoria.

“Tengo planes de terminar una novela. Pero mis amigos me suplican que no escriba más cuentos ni novelas, sino que escriba mis memorias, y eso me seduce. He tenido una vida compleja, con castigos, recompensas, he conocido grandes escritores cubanos y extranjeros como José Saramago, Eduardo Galeano, Julio Cortázar, Mario Benedetti, Mempo Giardinelli, Abelardo Castillo. Posiblemente ese será mi próximo proyecto: escribir mis memorias.”

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