Actualizado el 20 de enero de 2014

John & Yoko

Por: . 17|1|2014

John & YokoÚltima entrevista concedida por el autor de Imagine antes de ser asesinado. De estas amplias confesiones para la revista Playboy, que abarcaron su pasado familiar, las relaciones con sus ex colegas y los secretos de las canciones más famosas del cuarteto, su carácter machista y los episodios con las drogas, hemos escogido, sin embargo, aquellos fragmentos que iluminan sobre la gran pregunta: ¿Fue el matrimonio de Lennon con la artista japonesa Ono el detonante esencial para la ruptura de The Beatles?

Existía una gran probabilidad de que la entrevista no se concretase nunca. Cuando comenzaron mis comunicaciones con la organización Lennon-Ono, uno de los colaboradores de Ono me llamó por teléfono y me preguntó con toda seriedad: “¿A qué signo pertenece?”. Al parecer la entrevista dependía mucho de la interpretación de mi horóscopo por parte de Yoko, así como muchas de las decisiones de negocios de Lennon son, según se afirma, dictadas por los astros. Me imaginé entonces explicando a mi director en Playboy. “Lo lamento, pero mi luna está en Escorpio. No habrá entrevista”. Era evidente que la cosa no estaba en mis manos. Proporcioné el dato pedido: 23 de diciembre, 3 de la madrugada, Boston.

Gracias a mi buena estrella, recibí el llamado y la entrevista quedó concertada en forma condicional. Y muy pronto me encontré en Nueva York, atravesando los numerosos portones y puntos de control de seguridad de la sede de Lennon, el famoso edificio Dakota, sobre Central Park West, donde reside la pareja y donde Yoko Ono concede audiencia desde las 8 de la mañana todos los días.

Ono es una de las mujeres menos comprendidas por el público. Su imagen misteriosa se basa en versiones, algunas verídicas, y otras deformadas, de su filosofía y de sus declaraciones, así como el hecho de que no sonríe nunca. Se basa asimismo, quizá injustamente, en el resentimiento de quienes ven en ella a la hechicera y la Svengalí que controla la existencia misma de John Lennon. Esta imagen ha perdurado a través de los años desde que ella y John Lennon se conocieron, en primer lugar porque nunca se preocupó por cambiarla, ni tampoco por sonreír.

Entre las interrupciones de sus dos colaboradores, dedicados a filtrar el torrente ininterrumpido de llamados telefónicos, Yoko me inspeccionó. Por fin me dijo que las estrellas habían dicho, en verdad, que estaba todo bien, muy bien, realmente. ¿Quién era yo para discutirlo? Al día siguiente me encontré sentado frente a John Lennon, con dos tazas de capuchino entre ambos.

—¿Qué has estado haciendo?

—Amasando pan y cuidando a nuestro hijito.

—¿Con qué clase de proyectos escondidos?

—Eso es igual a lo que me ha preguntado todo el mundo en los últimos años: “Pero, ¿qué más has estado haciendo?”. A lo cual respondo: “¿Hablas en serio?”. Porque hacer pan y cuidar bebés, como toda mujer sabe, es un trabajo full-time. Después de haber hecho panes me sentí como si hubiese conquistado algo. Pero cuando vi cómo comían el pan, pensé: “¡Vaya! ¿No van a darme un disco de oro, o un título, o algo?”.

—¿Qué te hizo volverte un marido casero?

—Muchos motivos. Siempre viví bajo la obligación del contrato, desde los veintidós años hasta bien cumplidos los treinta. Después de tantos años, no conocía otra cosa. No era libre. Estaba enjaulado. Mi contrato era la manifestación física de estar prisionero. Era más importante encararme a mí mismo y enfrentar esa realidad que continuar con mi vida de rock’n’roll y subir y bajar con la corriente caprichosa de la propia actuación o de la opinión que tiene de uno el público. El rock’n’roll dejó de ser divertido. Decidí no aceptar las opciones habituales en mi profesión: ir a Las Vegas a cantar los grandes éxitos, si uno tiene suerte, o bien irse al diablo, como se fue Elvis (…) sacar discos, uno tras otro porque es lo que esperan de uno, como tanta gente que saca un álbum cada seis meses porque se supone que tiene que sacarlo.

—¿Te refieres a Paul McCartney?

—No solamente a Paul.

—La mayoría habría continuado sacando el producto. ¿Cómo pudiste hallar la alternativa?

—La mayoría no vive junto a Yoko Ono.

—¿Lo cual quiere decir…?

—Que la mayoría de la gente no tiene una compañera que le diga la verdad y se niegue a vivir junto a un artista de pacotilla, creador de basura, que lo sé hacer muy bien. Soy capaz de crearla y de hacer que la creen todos a mi alrededor. Yoko: esa es mi respuesta.

—¿Qué hizo por ti?

—Ella me mostró la posibilidad de la alternativa. “No tienes que hacer esto.” “¿No? Realmente… pero… pero…” Claro, las cosas no eran tan sencillas y no capté el mensaje de la noche a la mañana. Fue necesario repetirlo mucho. Alejarse es mucho más difícil que seguir. Yo hice las dos cosas. Obedecer la demanda y obedecer el horario. Había sacado discos desde 1962 hasta 1975. Alejarse era como lo que hacen los viejos a los sesenta y cinco años, cuando de pronto se supone que no existen ya y se los echa del trabajo (golpea tres veces el escritorio). “Terminó tu vida. Llegó la hora de jugar al golf”. (…) Lo hice, y cuando me dedicaba a limpiar la suciedad del gato y a alimentar a Sean, ella se sentaba en cuartos llenos de humo con hombres vestidos con trajes cuyas chaquetas no conseguían abotonar.

Ono: —Yo me ocupaba de los negocios, de Apple, Maclen (la compañía grabadora de discos de los Beatles y la compañía de publicaciones musicales, respectivamente), y de las nuevas inversiones.

—El único de nosotros dos que tiene el talento y la capacidad para manejar las cosas en ese nivel es Yoko.

—¿Tenias experiencia en el manejo de una empresa de ese nivel?

Ono: —Aprendí. La ley ha dejado de ser un misterio para mí. Los políticos tampoco son un misterio. No me asusta ya lo que llaman establishment. Al principio, mi propio abogado y mi propio contador no podían aceptar el hecho de que yo les indicase qué tenían que hacer. Hablaban siempre de “pero usted no entiende nada de cuestiones legales. No puedo hablar con usted”. Yo les decía: “Muy bien, hable de manera que yo pueda comprender. Yo también soy miembro del directorio”.

—No lo soportan. Pero tienen que soportarlo, porque es ella quien nos representa (ríe). Son típicos machistas, grandes y gordos, llenos de cocteles de vodka para el almuerzo, machistas que hablan a gritos, como perros amaestrados, adiestrados para atacar todo el tiempo. (…)

—¿Qué hay de esa afirmación de que John Lennon está bajo el hechizo y el control de Yoko?

—Es un disparate. Soy incontrolable (…).

—Comencemos por el principio. Cuéntanos la historia de cómo se conocieron el maravilloso príncipe místico y la exótica dama del dragón.

Yoko y Lennon—Fue en 1966, en Inglaterra. Me habían hablado de ese “gran éxito”, de esa artista japonesa de avanzada que llegaba de los Estados Unidos. Estaba paseando por la galería cuando vi una escalera, subí por ella y miré por un catalejo que había arriba de la escalera… uno se siente un tonto, pero el caso es que miré y decía solamente “Si”‘. Ahora bien, en esa época todo lo de avanzada consistía en romper el piano con un martillo y la escultura a golpes, y todo era anti, anti, anti, anti, anti. Todo era un montón de basura negativa. Y sólo ese “Sí” me llevó a quedarme en esa muestra llena de manzanas y clavos. Había un cartel que decía: “Clava este clavo”. Entonces pregunté: “¿En serio puedo clavarlo?”. Pero Yoko me dijo que no, porque la muestra no comenzaba hasta el día siguiente. Entonces se acercó el patrón y le susurró: “Déjalo clavarlo. No sé si sabes que es millonario. Quizá lo compre”. Y entonces hubo una breve conversación entre ellos y por fin Yoko me dijo: “Bien, puedes clavar un clavo por cinco chelines”. Y entonces el patrón, muy listo, dice: “Bien, yo te daré cinco chelines imaginarios para que claves un clavo imaginario”. Y fue así como nos conocimos, cuando nuestras miradas se cruzaron y a ella le pasó y a mí me pasó.

—¿Tuvo algo que ver tu encuentro con Yoko con tu abandono de los Beatles?

—Hacía tiempo ya que tenía ganas de alejarme, pero cuando conocí a Yoko fue como cuando conoces a tu primera mujer. Dejas a los amigos en el bar. Dejas de jugar al fútbol. Dejas de jugar al billar y hacer carambolas. Puede ser que algunos sigan haciéndolo los viernes por la noche, por ejemplo, pero una vez que encontré a la mujer, los muchachos perdieron todo interés para mí, salvo el de ser viejos compañeros de escuela. “Las campanas de boda separan a esa vieja pandilla mía.” Nos casamos tres años más tarde, en 1969. Fue el fin de los muchachos. Y dio la casualidad de que los muchachos fuesen gente famosa y no simplemente los chicos junto al bar. Todos se afligieron tanto… Y nos arrojaron bastantes porquerías. Bastantes cosas odiosas.

Ono: —Aún ahora acabo de leer que Paul dijo: “Comprendo que quiera estar con ella, pero ¿por qué tiene que estar con ella todo el tiempo?”.

—Yoko, ¿sigues empeñada en arrastrar esa cruz? Eso sucedió hace años.

Ono: —No, no, no. Lo dijo hace poco tiempo. Lo que quiero decir es que decidí, más o menos, acostarme con ese tipo que me gustaba y de pronto, al día siguiente, me encontré con esos tres suegros parados allí.

—Siempre pensé que había ese sentimiento subyacente en el tema de Paul, “Get back”, Vuelve. Cuándo estábamos grabándolo en el estudio, cada vez que cantaba el verso “Vuelve a donde perteneciste una vez”, miraba a Yoko.

—¿En serio?

—En serio. Pero tal vez él diga que tengo delirio de persecución.

—Quizá sea el momento de hablar de esos “suegros”, como los llamó Yoko. John, te lo han preguntado mil veces, pero ¿por qué es tan inconcebible que los Beatles puedan volver a integrarse para hacer música?

—¿A ti te gustaría volver a la escuela secundada? ¿Por qué habría yo de retroceder diez años para crear una ilusión para ti que yo sé que no existe? No puede existir. (…) ¿No deberían haber seguido juntos Dean Martin y Jerry Lewis, sólo porque a mí me gustaba verlos juntos? ¿Qué es ese juego de hacer cosas porque otros lo desean? La idea detrás de los Beatles era hacer lo que ustedes querían, ¿no? Cargar con las responsabilidades de ustedes.

—Bien, pero volvamos a la música misma. ¿No estás de acuerdo en que los Beatles crearon la mejor música rock’n’roll que se haya conocido?

—No, no estoy de acuerdo. Te diré… los Beatles… estoy demasiado mezclado con ellos en el sentido artístico. No puedo verlos en forma objetiva. Estoy insatisfecho con todos nuestros discos, todos los que hicimos como Beatles. No hay ni uno solo que no querría grabar otra vez, de todos los discos de los Beatles, y todos los míos individuales, también. No puedo entonces hacer un juicio de lo que son los Beatles. Pero cuando era uno de ellos, los consideraba el mejor grupo de todo el mundo. Y haber creído tal cosa es lo que nos hizo lo que fuimos, lo llamemos el mejor grupo de rock’n’roll o el mejor de pop, o lo que sea. Pero vuelvo a tu pregunta sobre los Beatles y su música: la respuesta es que creamos algunas cosas buenas y otras malas.

(…)

—Para terminar con tu “tema predilecto”, ¿qué opinas de la sugerencia de que los cuatro deberían dejar a un lado sus sentimientos personales y reagruparse para ofrecer un concierto gigantesco con fines de caridad, una especie de beneficio gigante?

—No quiero saber nada con beneficios. Siempre son una estafa. No actúo por lucro personal desde 1966, cuando se presentaron los Beatles por última vez. Cada concierto desde entonces fue ofrecido por Yoko y por mí para distintas obras de caridad, con la excepción de una función en Toronto que fue un reencuentro de rock’n’roll. Todas esas funciones fueron un desastre o bien una estafa. Por eso ahora damos dinero a quienes queremos. ¿Sabes lo que es el diezmo?

—Sí, dar un porcentaje fijo de tus ingresos.   

—Exactamente. Es lo que pienso hacer, pero en forma privada. No pienso caer en el negocio de salvar al mundo en público. La función es siempre un desastre y el artista siempre queda mal. (…) A todos los que lean esto, que no me hagan llegar esas tonterías de “venga a salvar a los indios y a salvar a los negros y a salvar a los veteranos de guerra”. Cuando yo quiera salvar a cualquiera lo ayudaré.

(…)

—¿Cómo vas a escapar?

—Lleva tiempo desprenderse de toda esa basura que llevo conmigo y que ha influenciado mi manera de vivir. Tuvo mucho que ver con Yoko, pero mentalmente me llevó estos últimos años de lucha. Aprendí todo de ella.

—Lo que dices suena como una relación de maestra y alumno.

—Es una relación de maestra y alumno.

—Yoko, ¿cómo te sientes por ser la maestra de John?

Ono: —John había tenido una extensa experiencia antes de que nos conociéramos, el tipo de experiencia desconocida para mí, de modo que yo también aprendí mucho de él. La influencia es mutua. Es posible que yo tenga fuerza, una fuerza femenina. Las mujeres la desarrollan… en una relación, creo que las mujeres tienen en realidad la sabiduría interior y que encierran esto mientras que los hombres tienen una especie de sabiduría para encarar a la sociedad, ya que ellos la crearon. Los hombres nunca desarrollaron esta sabiduría interior. Nunca tuvieron tiempo para desarrollarla. Así la mayoría de los hombres se apoyan realmente en la sabiduría interior de las mujeres, lo expresen o no.

—¿En qué sentido te ha enseñado Yoko?

—Cuando dijo: “¡Vete! Porque no logras entenderlo”… diría que fue como si me mandasen al desierto. Y la razón por la que no me dejaba volver era que yo no estaba listo todavía para hacerlo. Tenía que arreglar cosas en mi interior. Cuando estuve listo para volver, ella me aceptó. Y es con eso que estoy viviendo ahora.

(…)

—¿Por qué lo expulsaste a John, Yoko?

Ono: —Hubo muchas cosas. Soy el tipo de mujer al que le gusta “avanzar”. Es por ese motivo que soy una de las pocas que sobreviven como mujer, ¿sabes? Las mujeres tienden a meterse más en los hombres, en general, pero yo no era…

—Yoko ve a los hombres como asistentes… Con diversos grados de intimidad, pero fundamentalmente, asistentes. Y este asistente se va a hacer pis (sale).

Ono: —No hay comentario. Pero cuando yo conocí a John, las mujeres eran para él básicamente gente que lo rodeaba para servirlo. Tuvo que abrirse y encararse conmigo… Y yo tuve que ver lo que estaba viviendo. Pero… pensé entonces que yo tenía que seguir mi camino, porque estar junto a John me hacía sufrir.

—¿Por qué?

Ono: —La presión del público, ser la culpable de la separación de los Beatles, la que hacía imposible que ellos volviesen a formar el grupo. Mi actividad en arte también se perjudicó. Pensé que me gustaría liberarme de ser la señora de Lennon y pensé luego que sería una buena idea que John se fuese a Los Ángeles y me dejase tranquila un tiempo. Hacía años que soportaba la situación. Desde el principio, cuando John pertenecía aún a los Beatles, nos alojábamos en un cuarto de hotel y teníamos la puerta cerrada y demás, pero nos olvidábamos de cerrarla con llave y solían entrar algunos de los colaboradores de los Beatles y se ponían a conversar con él como si yo no estuviese allí. Me volvía loca. Era invisible. La gente que rodeaba a John me veía como una gran amenaza. Quiero decir que hasta oí algo sobre planes de matarme. Los Beatles, no, pero la gente que los rodeaba. 

—¿Cómo te afectaron esos rumores?

Ono: —La sociedad no comprende que también es posible para una mujer sentirse castrada. Yo me sentía castrada. Antes me iba a las mil maravillas. Mis obras no se vendían mucho, quizá; quizás era más pobre pero tenía mi orgullo. Y lo más humillante fue que me viesen como un parásito. (…) Yo siempre había sido más macho que muchos de los hombres con quienes estaba, en cierto sentido. Siempre había sido quien ganaba el pan, porque siempre quise tener la libertad y el dominio. Inesperadamente me encuentro junto a alguien con cuyas ganancias no puedo competir en absoluto. Por fin no pude soportarlo… o bien decidí no soportarlo más tiempo. Habría tenido la misma dificultad aun si no me hubiese visto enredada con… con… 

—John… me llamo John.

Ono: —Con John. Pero John no era simplemente John. Era además su grupo y todos los que lo rodeaban…

—¿Cómo volvieron a juntarse por fin?

Ono: —Poco a poco llegué a descubrir que la dificultad no estaba en John, ni mucho menos. John es un hombre extraordinario. Era la sociedad lo que se había vuelto demasiado para él. Hoy nos reímos al recordarlo, pero comenzamos a salir juntos otra vez. Yo quería estar segura. Debo dar gracias por la inteligencia de John…Me hizo bien meterme en el negocio y recuperar mi amor propio y el orgullo de mi propia capacidad. Y me hizo bien que necesitara él esta reversión de papeles que le hizo tanto bien.

—Y aprendimos que es mucho mejor para la familia que los dos estemos trabajando para ella. Yoko ocupándose de las finanzas y yo siendo madre mujer. Hicimos un reordenamiento de prioridades. La número uno es Yoko y la familia. Todo el resto gira alrededor de esta prioridad.

—¿Cómo marcharon las cosas desde que tomaron esa decisión?

Lennon, Sean y Yoko—Volvimos a unirnos, decidimos que esta era nuestra vida, que tener un hijo era importante para nosotros y que todo lo demás era secundario. Trabajamos mucho para tener ese hijo. Pasamos por experiencias infernales para tener ese hijo, abortos espontáneos y otros problemas, es realmente lo que llaman “el hijo del amor”. Los médicos nos dijeron que nunca podríamos tener un hijo… Nos dijeron que mi esperma no era normal, que había hecho tanto abuso de mi cuerpo en mi juventud que no había ninguna probabilidad. Yoko tenía 43 años, había tenido demasiados abortos y cuando era joven, como no había píldoras, muchos abortos y pérdidas. Debe tener la barriga como los Kew Gardens en Londres. No había caso. Pero un chino de San Francisco, especialista en acupuntura, nos dijo: “Pórtense bien. Nada de droga: coman bien, nada de bebida. Tendrán un hijo en dieciocho meses”. Y nosotros le dijimos: “Pero los médicos ingleses dijeron que…”. Y él replicó: “Olviden lo que dijeron. Ustedes tendrán chico”. Y tuvimos a Sean y le mandamos una fotografía de él poco antes de que muriera el médico chino, que en paz descanse.

(…)

—Yoko, después de esta experiencia, ¿qué sientes en cuanto a haber dejado a John la crianza de Sean?

Ono: —En ese aspecto mis sentimientos son muy claros. No me siento culpable. Hago las cosas a mi manera. Puede ser que no sea lo mismo para otras madres, pero yo hago las cosas como puedo. En general, las madres tienen un gran resentimiento contra sus hijos, a pesar de toda esta gran adulación alrededor de la maternidad y de lo que piensan en realidad las madres de sus hijos y sobre cuánto los quieren. Quiero decir que sí, los quieren, pero no es humanamente posible conservar las emociones que se supone que deben tener las madres en una sociedad como esta. Las mujeres viven demasiado  en diversas direcciones para poder conservar sus emociones. Se les exige demasiado. Y por eso le dije a John que yo llevo al bebé adentro durante nueve meses y es suficiente. Tú puedes cuidarlo después. Suena como una declaración brusca, pero realmente creo que los niños pertenecen a la sociedad. Si una madre lleva al niño en el vientre y luego el padre lo cría, la responsabilidad se ve compartida.

—¿Te molestó tener que asumir tanta responsabilidad, John?

—Te diré… a veces ella llegaba a casa y decía “estoy cansada”. Y yo le decía, un poco en broma: “¿Y cómo diablos crees que estoy yo? ¡Estoy veinticuatro horas con el chico! ¿Crees que es fácil?”. Y luego le decía: “Tendrás que interesarte un poco más por el chico”. No me importa que se trate del padre o de la madre. Cuando hablo de granitos o de huesos y de cuáles programas de televisión podemos dejarle ver al chico, suelo decirle: “Oye, esto es importante. No quiero oír nada de tus negocios de veinte millones de dólares esta noche” (a Yoko). Yo querría que los dos padres cuidaran a los hijos, pero cómo hacerlo es un asunto diferente. El dicho “Has recorrido un largo camino, muchacha”, se aplica más a mí que a ella. Como dice Harry Nilssori, “todo es lo opuesto de lo que es”, ¿no? Son los hombres que han recorrido un largo camino desde haber contemplado, siquiera, la idea de la igualdad. Pero aunque existe este llamado movimiento femenino, la sociedad no hizo más que tomar un laxante, hasta ahora, y dejar escapar sólo viento. Todavía le falta vaciar bien las tripas. Se plantó la semilla en algún momento hacia fines de la década del sesenta, ¿no? Pero los verdaderos cambios están por venir aún. Soy yo quien he recorrido mucho camino. Yo era el cerdo. Y es un alivio haber dejado de ser un cerdo. La presión resultante de ser un cerdo es enorme (…) ¿sabes? Yo era cruel con mis mujeres, y físicamente… con cualquier mujer. Golpeaba. No podía expresarme y entonces golpeaba. Peleaba con los hombres y golpeaba a las mujeres. Es por eso que siempre estoy hablando de paz, ¿sabes? Todo es lo contrario. Pero creo sinceramente en el amor y la paz. Soy un hombre violento que aprendió a no serlo y que se arrepiente de su violencia. Tendré que crecer mucho más todavía antes de poder admitir en público cómo trataba a las mujeres cuando era jovencito. No tengo la menor ambición de que me vean como a un objeto sexual, un hombre, un cantante macho de rock’n’roll. Hace mucho que superé todo eso. Ni siquiera me interesa proyectar esa imagen. Por eso quiero que se sepa que sí, cuidé a mi hijo e hice pan y fui marido casero y estoy orgulloso de haberlo sido. Es la onda del futuro y me alegro de estar a la cabeza de esa onda, además.

—¿En qué consistió ese famoso episodio de la cama?

Yoko y Lennon—Nuestra vida es nuestro arte. Eso fueron los períodos en la cama. Cuando nos casamos, sabíamos que nuestra luna de miel sería pública, de todos modos, y por eso decidimos utilizarla para hacer una declaración. Sentados en la cama, conversamos con los periodistas durante siete días. Fue algo desopilante. En efecto, hicimos un aviso de publicidad en favor de la paz en la primera plana de todos los diarios, en lugar de hacer uno en favor de la guerra. Respondíamos a preguntas. Un tipo repetía todo el tiempo algo de Hitler: “¿Qué hacen contra los fascistas? ¿Cómo se puede tener paz cuando se tiene un Hitler?”. Yoko dijo: “Yo me habría acostado con Hitler”. Según dijo luego, le habrían bastado sólo diez días en cama con Hitler. A la gente le gustó ese comentario.

Ono: —Lo dije en broma, desde luego. Pero lo importante es que no vamos a cambiar el mundo peleando. Quizá fui un poco ingenua con esto sobre Hitler. Después de todo, para John Lennon necesité trece años (ríe).

(…)

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