Actualizado el 10 de febrero de 2014

Apostillas al talento cubano

Por: . 5|2|2014

Este 2014, el Premio Nacional de Música le fue conferido a Adriano Rodríguez, un cantante que por más de ochenta años ha mantenido viva la música cubana

Adriano Rodríguez, acompañado por el trovador Pepe OrdásDespués de un largo recorrido telefónico concreté la entrevista para el viernes, y desde ese momento no hice más que leer y estudiar su obra. Lo encontré olvidado en algunas páginas de la literatura, o citado como adjetivo en apologías al Benny, a Carlos Embale, a Bola de Nieve. Lo confieso: yo tampoco lo había descubierto en mi lista de grandes, pero cuando escuché su “Macorina”, su “Flor de ausencia”, supe que esa voz me acompañó accidentalmente durante muchas tardes de embeleso.

Y es que esa es la maestría de Adriano Rodríguez: multiplicarse en todos los espacios y en todos los artistas, al interpretar majestuosamente el sinfín de canciones que hicieron la historia de la música cubana. Un artista completo, nacido en 1923, formado al calor de la corriente afrocubanista de los años 30. Hoy le he obligado a recordar el inicio de su carrera.

“Cuando yo era niño mi abuelo creó un sexteto en el cual yo ensayaba, también cantaba en los matutinos de la escuela, y en las afueras se reunían soneros a escucharme. Yo hacía la segunda voz y ese tono no lo podía hacer todo el mundo, por eso me buscaban a la casa muchos músicos y le pedían a mi abuelo que me dejara interpretar piezas para ellos.

Así fui tomando fama poco a poco, hasta llegar a armonizar junto a Alfredo Zayas, las conferencias de Fernando Ortiz. Trabajaba en muchos cabarets de La Habana e interpreté muchas canciones porque mi voz era muy flexible: cantaba en coro, a dúo o como solista…y la gente decía que yo era bueno, jaja”

Su risa lo ha hecho cómplice de su sabiduría, Adriano ha vivido los años esplendorosos de la música cubana: el nacimiento del son, los años 50 y 60 con el bolero y la habanera, la creación de la trova tradicional y el fruto de la canción protesta en los 70 y 80. Por eso su carrera artística recoge temas de todos los géneros, tanto populares como de la llamada música culta.

Me ha dicho que muchos artistas no podían comprender su talento. Me ha revelado su secreto…

“Yo amo mucho la música, y escuchaba cantantes de todos los estilos y de cualquier país, siempre me favoreció ese amor y ese deseo de aprender. Yo escuchaba un cantante de cualquier género, lo disfrutaba y analizaba qué hacía, el momento en que cantaba y el por qué de su música. Si me venía bien pues lo utilizaba. Al escuchar un cantante, primero lo analizaba, y luego me escuchaba a mí, pero no desde una posición de superioridad, sino a modo de autorreflexión, eso me sirvió para progresar.

Trabajé con mucho amor en el Coro Nacional, lo que tenía que estudiar era solo la parte del barítono, pero yo estudiaba la obra completica, y en los ensayos la tenía perfecta en la mente.”

Es un placer escuchar una canción por Adriano. Ha venido a la entrevista elegantemente vestido, al estilo de los grandes músicos de su época… Puedo imaginar el ambiente bohemio que llenaba con su voz; una voz que a los noventa años mantiene la lozanía de cuando descargó con Benny, con Celia Cruz y otros grandes intérpretes.

“Me satisface mucho haber tenido contacto con gente muy reconocida dentro del mundo musical —y no solo musical—, gente que me trató con mucho amor y respeto. El primer contacto que tuve con un cantante lírico prestigioso fue Ramón Calzadilla. Cuando me escuchó, me dijo que mi voz era encantadora, desde ese momento compartimos una amistad única.

“Celia Cruz era mi amiga y compañera de trabajo. Trabajé además con Leo Brouwer; él me dijo una vez que pensaba escribir una obra para mí, eso fue algo muy lindo. Recibí muchos elogios de los buenos artistas de este país, y eso solo me ha servido para hacer mejor las cosas, pienso que cuando alguien reconocido habla de ti, y no hay intereses por el medio, es porque tu trabajo lo merece.”

Dondequiera que Adriano cantó sorprendió a todos, desde figuras de renombre hasta extraños caminantes…

“Una vez Gilberto Ruiz Valdés y yo hicimos un concierto en una plaza habanera. Cuando terminó, su esposa se me acercó y me dijo: Adriano, pasó un hombre por ahí que sabe mucho y dijo que los músicos tardan muchos años para hacer lo que tú haces, que no estudies con nadie.

“La gente me alababa mucho, estuve trabajando en México y en China, y las versiones que hacía de los cantantes líricos o populares en muchas ocasiones gustaban mucho. A veces llegaba a los cabarets y la gente enseguida me pedía ‘Drume Negrita’, o querían que siempre terminara con ‘Siboney’. Ese amor del público es algo que me da fuerzas para trabajar.”

¿Y los profesores de canto que opinaban del alumno Adriano?

“Los maestros del Conservatorio Amadeo Roldán a veces se negaban a darme clases porque decían que yo lo sabía todo ya. El profesor Rafael Francisco Fernández me hizo una prueba de voz la primera vez que nos conocimos y me dijo: ‘¿Usted es Adriano? Me han hablado de usted, pero yo no le voy a dar clases, porque usted tiene muchos recursos, ¿cómo los adquirió? ’

“Hubo otra profesora, Iris Burguet, que una vez se paró en la puerta del aula y me dijo: ‘No vengas más, tú eres cantante, y para mí es un orgullo que un cantante como tú diga que fue alumno mío’. Yo no hice nada para eso, y siempre me admiraron infinitamente.”

La historia lo recoge con seudónimos como el Paul Robeson cubano, el Pedro Vargas de Guanabacoa; sin embargo, tiene un espíritu y un talento tan grande, que no hay lugar para las comparaciones. Se ríe cuando le recuerdo esos nombres y me dice:

“A mí me gustaba con delirio la canción romántica de Pedro Vargas, y un grupo de amantes me decían así, yo me sabía todo eso. Yo nunca canté un afro-lírico como si fuera una canción romántica, a pesar de eso uno no escapa nunca del fenómeno de las semejanzas, pero yo siempre fui Adriano.

“Así mismo pasó con Paul Robeson, y como yo cantaba algunas de las piezas que él popularizó, pues también me llamaban así. Yo solo buscaba perfeccionar mi calidad vocal, nunca a la sombra de nadie; y creo que cuando la gente juzga la calidad vocal, nada importa si lo que cantas es un rezo lucumí o una opereta, el estilo puede ser una cosa distinta, pero la calidad vocal es única.”

La tarde casi se va, y no he podido evitar preguntarle a un hombre que mantuvo vivo durante décadas los temas de Sindo Garay o de Bola de Nieve, sobre el camino de nuestra trova y su papel dentro de la defensa de valores. Adriano se recuesta, piensa muy bien su respuesta.

“Yo fui fundador del primer grupo de trovadores cubanos. Lo que más me gusta de sus cantantes es que no trabajaban por popularidad, sino por cultura, por amor al arte puro.

“Cuando era más joven todas las canciones que aprendía se me quedaban en la mente, hoy hay cosas nuevas que a veces yo no las alcanzo, hay fusión de muchos estilos y eso lo respeto. Hoy, al interpretar una canción antigua la armonización es distinta, pero a pesar de eso me gusta cantar mis cosas, aunque pienso que muchas obras que hicieron historia ya no se escuchan ahora, y hay intérpretes que como yo pudieran hacerlas.”

Hemos hablado de la juventud, de los tiempos actuales, le confieso mi preocupación por la supervivencia de su legado y del de muchos otros cantantes enigmáticos. Le digo que veo a la juventud un tanto despolitizada y ausente del consumo de la música que nos diferencia del resto del mundo, que la canción protesta se defiende por una minoría y que los cásicos han sido olvidados. Adriano, sin embargo, encontró la fórmula.

“Es cierto que ya hay números musicales de nuestro grandes que no se cantan. Sin embargo, yo he grabado discos con Edesio Alejandro, con Pablo Milanés y con Silvio Rodríguez, ninguno de ellos pertenece a mi generación. Con Edesio hice ‘Corazón de Son’ y, mira, la gente cantaba por las calles ‘El reloj de Pastora’, pero eso fue hace más de veinte años.

“La música nuestra es maravillosa, y en cualquier momento puede resurgir, pero deben resurgir intérpretes con ella.”

Casi no me he acordado de preguntarle por el Premio Nacional de Música que le otorgaron. Tanto a él como a mí nos parece solo una formalidad cuando se ha hecho una carrera tan fructífera y con el elogio de un pueblo. Este premio no ha venido a ser el colofón de su carrera, ni el impulso hacia nuevos proyectos; él dice que el verdadero homenaje lo merece la música nuestra.

“Alcancé el mismo reconocimiento que una serie de figuras con una gran obra, y han reconocido que mi trabajo fue digno, eso lo amo y lo agradezco mucho, porque ya de aquí para adelante todo lo que haré estará basado en lo que hice todos estos años.

“Cuando uno llega a esta edad es un atrevimiento tener una aspiración muy grande, porque hay que vivir y mantener una buena salud. Yo no puedo creerme que haré todo lo que hacía antes, ya hoy no tengo tanta seguridad en la métrica, la dicción. Pero voy a seguir cantando. Siempre Edesio y yo tenemos algo guardado.”

Llega el final, Adriano me ha hablado de casi toda su vida y siento que todavía falta un tropel de su trayectoria por escribir aquí; no será nunca suficiente el intento. Pero creo en el intento…

La historia musical de mi país le debe mucho a Adriano Rodríguez, nuestro periodismo le debe mucho también, y a pesar de las deudas lo veo feliz, diciéndome: “Hay una cosa muy importante en el mundo del arte: uno tiene que amar lo que hace. Y yo amo cantar”.

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