Actualizado el 19 de febrero de 2014

Nersys Felipe:

Solo somos en el mundo, yo y mis páginas.

Por: . 14|2|2014

Nersys FelipeAtendió solícita mi deseo de volver a entrevistarla. Le envié un mensaje con el escritor vueltabajero Pedro Luis Hernández y sazonó en la memoria nuestro primer encuentro en el año 2008. En aquel entonces le propuse, desde el amparo de una comadrita para que balanceara la memoria y sus imágenes, leer poemas en la sala de la Casa de la Poesía. Charlamos como si lo hubiésemos hecho toda la vida, allá, en su portal colonial de la calle Virtudes No 178. Ella, que ha dividido su existencia entre Pinar del Río y Guane, la fundadora del Grupo de Teatro Guiñol de Pinar del Río, con el público atónito ante la autora de Cuentos de GuanaRomán Elé, Cuentos de Nato, y yo.

Esta vez la distancia le impuso un reto adicional a nuestra voluntad  de conversar. No tiene  correo electrónico en su casa, ni siquiera tiene computadora desde la que me pudiera responder el cuestionario. Pero se trata de Nersys Felipe, una mujer capaz de ir hasta la sede de la UNEAC con tal de atender mi solicitud de entrevistarla para las páginas de El Caimán Barbudo. Una mujer que guarda para el pueblo de Guane dos Premio Literario Casa de las Américas por sus libros Cuentos de Guane (1975) y Román Elé (1976) y el Premio Nacional de Literatura 2011. Una mujer que desde la deferencia de una llamada por teléfono me solicitó aprovechar algunas de las respuestas que me enviara vía email para incluirlas en sus palabras de agradecimiento por habérsele dedicado la venidera Feria Internacional del Libro de La Habana 2014. Esta es ella, junto a sus personajes más entrañables y las historias que todavía nos permiten jugar al juego más serio. Ser niños.

 Nersys, ¿eres de los autores que “ve” la creación poética antes de    sentarse a oficiarla, a plasmarla?  

Sí, soy de esos.   Y cuando la “veo”, la celebro, la acojo, bien la escondo para que nadie más la “vea”, y con la  insatisfacción de no haberla fotografiado, me dispongo a darle todo mi tiempo, que es darle la vida.  Y la oficio paciente, lijando sus aristas y dándole este brillo, aquel sabor, aquel olor, aquella música, para poderla plasmar, hasta donde el saber mío lo permita, tersa, radiosa, expresiva.

¿De qué o cuales estímulos te vales para edificar tus personajes o sujetos y darles esa dimensión fíctico-real que los ampara?

De muchos estímulos, y llegados a través de cualquiera de mis sentidos.  He aquí un ejemplo: Román es un fonema fuerte y suave a la vez;  fuerte por su r y su o iniciales y su final agudo; suave, porque  su m y su n lo son.  Elé tiene una l que enternece, y sabor a negritud, a lejanía. Juntos forman el nombre que una noche escuché en la hermosa y grave voz de mi marido.  Lo sentí recio, dulce, y sugestivo hasta  el  punto de hacérseme misterioso.  Ese estímulo sonoro me impulsó a describir a un niño negro, y aquel retrato escrito fue después el primer capítulo de “Román Elé”, mi segundo texto narrativo.

¿Cómo lectora qué géneros prefieres para avivar tu penetración en la literatura?

Transito por la senda de los “ya no puedo”, y uno de ellos tiene que ver con la lectura.  Sé que escribo porque leí bueno y mucho hasta que pude.  Ya no puedo.  Como escribo con ojos de setenta y ocho años, los reservo para escribir y por eso leo poco: a sorbitos la novela que leí a borbotones, este o aquel cuento imposibles de olvidar, y cuando el alma me lo pide, a los poetas. Y porque la escritura en los poemarios es gráficamente ordenada, ligera y clara, mis ojos gustan de la poesía como gusta de ella mi corazón.

¿Qué te produce esa compulsión para escribir?

La creación literaria nace, crece y culmina movida por el talento, el trabajo paciente, nunca conforme, y por una acuciante y constante necesidad de saber, curiosear, imaginar.  Todo lo relego cuando escribo, de todo me olvido, hasta de mi gente y mi casa.  Solo somos en el mundo, yo y mis páginas. ¿Qué me lleva a ese estado pregunta usted?   Algo que nos absorbe y compulsa. ¿Pasión?  Ay, no sé.

¿Qué aparece a tu alcance primero, la trama argumental o tus personajes?

Lo primero que aparece son los personajes: una vez me aconsejaron, porque solo escribía versos, que probara con el cuento.  Probé con algunos y del empeño no pasé.  Pero muere don Chano, el padre de mi madre, y sin acordarme del consejo, pero sí del hombre que tanto me había amado, escribí “El abuelo”, el cuento que sería luego el segundo capítulo de “Cuentos de Guane”, mi primer texto narrativo.

“Román Elé, en su génesis, fue el retrato en prosa de su personaje protagónico.  Luego vinieron Calazán y Crucita, porque Elé necesitaba un abuelo, una amiga.  Después fueron Guane y su paisaje;  una finca rica, sus dueños, sus criados, sus injusticias;  y el amor y el odio, sueños, penas, nostalgias, y el valor de Elé, y su entereza para darle un nuevo rumbo a su vida, para ser libre.

En “Maísa”, primero, fue mi padre, yo ya sin él y con la urgencia culpable de no haberle contado del entrañable cariño que le profesaba. Luego él trajo a mi madre y tras ellos llegó, con sus niñas y sus monjas, el colegio de mi infancia.

“Cuentos de Nato” existe por Li May.  Tenía 4 años, empezó a visitarme y yo la convidaba a merendar.  Tomábamos té en un juego de tazas de juguete, con tetera, azucarera y galletera enana; había también flores, vicarias. Eran nuestras tardes, lo siguen siendo, y en ese texto mío, aunque Nato-narrador es el personaje protagónico, Li May Flor de Cerezo es la poesía.   No lo dije yo, sino un poeta apellidado Simón y nombrado Nelson. En cuanto a “Pepe y La Chata”, lo primero fue Pepito Martí y Pérez, conmigo desde niña y hasta hoy; luego él y la idea de mostrárselo a los niños en su primera infancia.  Con datos de ella, y a la luz del conocimiento de su magnífica adultez, fue que pude recrear, imaginándola, su vida de niño de seis y siete años en Industria 32.  Ya lo sabe usted: lo que primero aparece, hasta ahora, a mi alcance, son los  personajes.

¿Cómo pudieras reseñarlos dentro y fuera de sus páginas?

Dentro de sus páginas, los  personajes cobran vida, y la cobran cada vez que son leídas.  Fuera de ellas, y remitiéndome a “Cuentos de Guane”, han dejado de existir.  El último, tío Biro, murió tan viejo como su padre, mi abuelo.  Lo lloré mucho. Se había acabado mi familia.  Pero con ella me reencuentro y convivo cada vez que releo el libro que escribí hace casi cuarenta años. Porque en sus páginas habitan, porque en ellas se abren, para mí y para todo aquel que las lea, las puertas y las ventanas de una amplísima casa de patio doble, tan grande, que parece un campo.

¿Habitan también tus personajes fuera de sus confines literaturizados?

Luego de mis cinco textos narrativos, los cinco de trama novelada por capítulos, compuse en medio de un largo y loco  gozo, “Corazón de Libélula”, mi primer libro de cuentos. Dentro de él son reales los personajes, incluso los protagónicos, a pesar de que no me llegaron de la realidad.  Conviven en sus páginas con gente chica y grande de esencia real, y porque sostienen conversaciones inteligentes, majaderean, se enferman, navegan, hacen arte y hasta les gusta dar regalos, los sentimos como si fueran de carne y hueso.  Pero si los sacara de  sus confines literaturizados dejarían de existir, porque pertenecen a la irrealidad y creados han sido por la imaginería popular y la fantasía de los poetas y los niños.  En un relato de infancia,  Máximo Gorki cuenta que  mientras  se mudaban, y en medio del trasiego de muebles y bultos de la isba a la carreta, había visto a su abuela meter en una bota a los duendes tutelares de la familia.  Los personajes de “Corazón de Libélula” son duendas y duendes.  Y si yo fuera una maga de Primera Orden, los sacaría de sus páginas,  los volvería reales, y siendo reales seguirían, por cuánto tiempo no sé, y podrían verlos, oírlos y tocarlos, por ahí, por dondequiera, las niñas y los niños, los viejitos de ambos sexos y corazón puro, los adultos de alma traslúcida y radiante. Y entonces, qué revuelo el de esos afortunados, y qué apremiantes sus ganas de conocer, salidos de otras páginas, a más duendas, a más duendes, para compartir con ellos la alegría de vivir, o para despertarla si estuviera dormida

 ¿Qué existe de la niña Nersys Felipe en los personajes que creas?

Soy un poco Crucita en “Román Elé”;  un poco la hija de Felipe, mi padre, en “Maísa”;  y en “Cuentos de Guane”, un poco Ine y otro poco el innombrado niño narrador.  Ellos se mueven por donde me moví,  los aman aquellos que me amaron y míos fueron algunos de sus sueños, algunas de sus penas.  Tienen, como yo, de mariposa y de avispa, de flor y de espina, de acíbar y de miel.  Sí, Nersys Felipe niña existe en sus personajes;  pero no entera, porque ellos acabaron  viviendo a su manera.

¿Cuáles son los retos que te ha impuesto la actualidad en que vivimos frente a la pérdida de tantos valores en nuestra juventud, a la hora de hacer la literatura para ellos?

Estos días que vivimos, de adultos con poco tiempo o que no buscan el tiempo para afinar y enriquecer la espiritualidad de los más jóvenes, son sin duda preocupantes.  Se han perdido valores, y en su recuperación, que será lenta, porque es grande el extravío, más que los escritores, podrá la familia, podrá la escuela.  Pero podemos ayudar, porque vamos de la mano y a todos nos tocan los problemas: instituciones sociales medio dormidas o mal encaminadas,  padres ausentes, maestros que enseñan y no educan,  madres de hijos por ahí, cual papalotes a bolina. Y en cuanto a la casa de familia, las hay de disputas y palabrotas, de alcohol y promiscuidad,  de vagancia y trapicheos, de padres acomodados, ocupados en demasía y dadores de tantos bienes materiales que los hijos crecen egoístas, vanos e incapaces de luchar por nada en esta vida.  Los escritores trabajamos con las ideas y para el espíritu.  Los libros bellos y buenos, leídos como se debe, llegan al alma y la conmueven.  Podemos escribirlos.  Y mostraremos en ellos la bondad, la dignidad, la honradez, la comprensión, la gratitud;  la necesidad de ser sinceros, justos, libres, compasivos…  Y mostraremos también lo feo-oscuro que llega y se entroniza cuando los valores se extravían y se nos seca por su falta el corazón. En cuanto a mí debo decirle que llegué a la escritura con ellos sosteniendo y sustentando mi integridad humana.  Los recibí de mis mayores a su debido tiempo.  No es  mérito mío tenerlos y atesorarlos.  Lo es de aquellos que me educaron, en la casa y en la escuela, y bajo cuya sombra benéfica me hice mujer.  Porque los tengo aparecen en lo que escribo, ¿y sabe usted?, sin proponérmelo, creo.

¿Qué es lo que no te puedes quitar?

En lo externo del oficio, la vieja costumbre de escribir a mano sobre una tabla, y al lado, sin falta, hojas, una goma y un sacapuntas.  Tampoco el hábito de leerme en voz alta para sentir la melodía de la frase y el párrafo.  Y aun menos se me quita el susto con que enfrento la primera lectura del texto propio recién publicado.  Más hacia dentro, la irremediable seducción de una idea  que asombra, conmueve, apremia, y que llegada de la mano de un personaje iluminado, me pone a trabajar afiebrada en ella y hasta dejarla en mis páginas, lo más bella y entendible posible. He sido seducida muchas veces, pero nunca como por Pepe Martí y Pérez;  primero, por él solo;  luego por él y la idea de mostrarlo en las páginas de “Pepe y La Chata” como a un niño cualquiera de La Habana ochocentista, viviendo con sus padres y con La Chata, Anita y La Valenciana en una humilde casa de extramuros. No sé si lo logré, pienso en eso y me asusto; pero, bueno, y usted lo sabe, lo dirán los lectores.

¿En qué medida está en tu literatura la percepción de la niña que fuiste?

Trata usted de llevarme atrás, muy atrás, a cuando lucía lazos en el pelo, bandas de lazo a la cintura y lazaditas con cascabeles en el corazón.   Y porque lo logra, voy a contarle que  me di cuenta en tercer grado, y  por ser muy perceptiva, que las páginas poéticas de mi libro de lectura, por sus renglones cortos, eran las más fáciles de leer. Cómo me gustaban. Y así, por los ojos, empecé a aficionarme a la poesía.  Y también por eso, cuando nos dieron la tarea de escribir en la casa un cuento o un poema, escribí:

La tierra es carmelita,

el cielo azul

y la yerba verde.

Todo es azul, carmelita y verde.

¿Y sabe usted qué pasa?  Que porque escribo para los más pequeños, la niña del poema, aun en tercer grado, y de lo más perceptiva, viene a mí cuando escribo,  lee a mis espaldas, mete la cuchareta… Y hubo un día que no olvido: yo escribía un poema;  sujeto poético, una duenda fea; y la niña diciéndome que fea refea era la duenda que vivía en la vitrina de su casa, y que me la iba a traer para que yo la viera y escribir el poema entre las dos.  Nada más le digo.  Creo haber respondido con propiedad su pregunta.  Cualquier añadido sería hojarasca.

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