Actualizado el 20 de abril de 2015

Juan Antonio García Borrero:

Hoy más que nunca necesitamos del pensamiento crítico

Por: . 17|4|2015

Lo de la formación del crítico de cine es algo importante, desde luego, pero a mí me obsesiona mucho más el fenómeno de la superación personal. Mientras estemos vivos nos estamos formando, y es un gran error creer que en la Universidad podemos aprender las verdades que hay en cada uno de los oficios.

No soy ni por asomo alguien cercano en su proceder a lo que se dice un cinéfilo. Sin embargo, siempre he tratado de mantenerme al tanto de lo que acontece en el universo del audiovisual nacional. Por ese camino de pretender ser alguien medianamente informado del quehacer artístico literario en Cuba, también me convertí en lector de la mayor cantidad de medios de comunicación vinculados a la esfera cultural y cuando comenzaron a surgir, de los blogs personales ideados a tales efectos. Así fue que un día me volví seguidor de la bitácora de Juan Antonio García Borrero. De numerosas lecturas de los textos de este camagüeyano defensor de lo que él ha llamado el “blogmail”, o sea, circular entre un grupo de interesados determinadas entradas del blog vía correo electrónico, he aprendido que entre nosotros, lo que conocemos “es la historia de una utopía, y utopía al fin, se prioriza al sujeto colectivo, su lado más fotogénico” (fragmentos de un post de la edición del blog de JAGB correspondiente al 1º de noviembre de 2009).

La influencia en mí de la obra de García Borrero ha sido tan fuerte que cuando me propuse hacer mi libro Músicos de Cuba y del mundo: Nadie se va del todo (publicado hasta ahora solo en el extranjero), la primera motivación que experimenté para preparar ese trabajo acerca de la importancia de estudiar qué había ocurrido con los roqueros, cantautores, poperos, timberos, raperos, jazzistas… que pasaron a integrar las filas de la diáspora cubana en años recientes, no me surgió escuchando uno de los tantos fonogramas grabados por ellos sino leyendo una de las emisiones del para mí imprescindible blog de Juan Antonio García Borrero, en el que se reproducían fragmentos de un ensayo de Cintio Vitier en torno a la identidad, donde con enorme sabiduría se afirmaba: “Del Estado podemos disentir; de la nación, en cuanto es un pueblo asentado en un territorio, podemos alejarnos; pero la nacionalidad, que en definitiva es la cultura en su más amplio sentido, nos une a todos.”

Por las razones antes expuestas, así como por el hecho de la reciente celebración del XXI Taller Nacional de Crítica Cinematográfica, a través del e-mail realicé la siguiente entrevista al hacedor de la bitácora Cine cubano, la pupila insomne (www.cinecubanolapupilainsomne.wordpress.com), sitio de Internet hecho por un bloguero que desde Camagüey mantiene al día su casa en el ciberespacio (a pesar de las limitadas capacidades de conexión de las que dispone) y que —en mi opinión—, es mucho más que un excelente crítico de cine, para devenir uno de los pensadores de nuestra cultura de mayor relevancia en la actualidad.

Usted es Licenciado en Derecho: ¿llegó a ejercer dicha profesión, y cómo es que se produce el cambio profesional? ¿Esos estudios universitarios le sirvieron en algo para lo hecho con posterioridad?

Me gradué de abogado por la Universidad de Camagüey en 1987, y cumplí una parte de mi servicio social en Holguín, ejerciendo como abogado de oficio en asuntos penales. Es una etapa de mi vida que recuerdo con mucho cariño, porque está asociada a esos años de juventud en que uno se está formando profesionalmente, y tiene unas ganas tremendas de reinventar el mundo. Por otro lado, esta es una carrera hermosa, que te ayuda a examinar más de cerca eso que llamamos condición humana. Sé que para algunos puede parecer una pesadilla esto que me tocó tantas veces de defender a los que infringían las leyes. Y es cierto que, siendo tan joven, no podía dejar de afectarme asumir la defensa de personas que llegaron a cometer crímenes horribles. Tuve la suerte de contar con colegas que me ayudaron a entender un poco el quid del asunto.

En primer lugar, se trata de una profesión que exige un gran rigor a la hora de ejercerla, y un gran humanismo a la hora de practicarla. Y no es que uno termine simpatizando con los delincuentes ni mucho menos; es que si de veras queremos hablar de establecer la justicia necesitamos pensar los hechos sin prejuicios, y atenernos a las evidencias, que no solamente son fácticas, sino que implican emociones, pasiones, zonas oscuras de la existencia donde nadie queda a salvo de poder experimentarlas en algún momento, porque antes que abogados, fiscales o instructores policiales, somos humanos. De hecho, conocí algún que otro fiscal que de acusador en cierto momento pasó a ser lamentablemente acusado. En aquellas fechas no tenía la experiencia vital de ahora, y era demasiado fuerte en mí la tendencia a moralizar con estos asuntos. De modo involuntario vivía la vida como si formara parte de algo donde estaban claramente delimitados los buenos y los malos. Aún así, intentaba entender las razones que podían llevar a un hombre o a una mujer a caer en esas situaciones límites. Y todo eso me ha servido para incorporarlo a la visión que tengo de la vida, incluyendo la visión que tengo del cine como producción cultural.

En cuanto al cambio de profesión, bueno, en realidad mi pasión por el cine se remonta a mis años de estudiante en la Vocacional. En clases me dedicaba a llenar libretas con títulos de películas y nombres de actores y actrices. Me fugaba de la Vocacional para ver cada miércoles la Cinemateca, y recortaba todos los artículos que salían en la prensa. Era un cinéfilo a tiempo completo que tuvo la suerte de crecer y formarse en Camagüey bajo la tutela de Luciano Castillo, quien es el ejemplar de cinéfilo más perfecto que yo he podido conocer en Cuba. Cuando terminé mis estudios en la Vocacional quise estudiar Historia del Arte, pero llegaron poquísimas carreras, y yo había pedido Licenciatura en Derecho como segunda opción. Y a los tres años de graduarme y estar ejerciendo, se crea el Centro del Cine en Camagüey, en 1990, y me hacen la propuesta de trabajo. Yo no lo pensé dos veces, pese a que el salario sería de 250 pesos durante un montón de años, debido a absurdas cuestiones burocráticas. Me mantuve dirigiendo el Departamento de Promoción mucho tiempo y mis especialistas ganaban más que yo, porque el salario para mi plaza no se había aprobado. Estamos hablando de la Cuba del “período especial”. Ahora pienso en mi decisión de abandonar la abogacía, donde legalmente se podía tener un buen salario, y mantenerme en esta otra plaza, y la verdad es que pensándolo de modo frío me parece una desmesura. ¿Pero qué pasión no es desmesurada?

Me interesa mucho lo de su formación y que no sea graduado de carreras como Historia del Arte o Filología, porque se discute con frecuencia acerca de cuál sería el mejor modo de preparar curricularmente a los que van a ejercer la crítica artística. Al respecto, ¿cuál es su criterio en cuanto a cómo formar a un crítico artístico?

Lo de la formación del crítico de cine es algo importante, desde luego, pero a mí me obsesiona mucho más el fenómeno de la superación personal. Mientras estemos vivos nos estamos formando, y es un gran error creer que en la Universidad podemos aprender las verdades que hay en cada uno de los oficios. Este Taller de Crítica Cinematográfica al que usted ha aludido en la introducción nació con esa voluntad de pensar críticamente la actividad del crítico, su formación, la calidad del pensamiento que produce y comparte. Ahora hay mayor conciencia de lo que demandábamos, porque al principio más bien lo que necesitábamos era expresar el malestar que nos provocaba el estado de salud de la crítica cinematográfica ejercida en aquel momento, una crítica donde predominaba la mera erudición cinéfila, y el impresionismo más superficial. En Cuba han existido excelentes críticos de cine (piénsese en José Manuel Valdés Rodríguez, Guillermo Cabrera Infante, Mario Rodríguez Alemán, Mirtha Aguirre, por mencionar apenas cuatro formados en la etapa pre-revolucionaria), pero sus métodos estaban respondiendo a determinados períodos históricos, y en el caso concreto de Caín, a la más exquisita de las literaturas, pero a estas alturas, donde el análisis cinematográfico ya forma parte de lo académico, y las nuevas tecnologías permiten ponernos al día con los más contemporáneos enfoques del fenómeno audiovisual, ya es imprescindible pasar a la dimensión crítica de la crítica —entendida como práctica institucional.

¿Cómo formar entonces un crítico de cine en la actualidad? Estamos ante uno de los grandes desafíos de nuestra época, porque pareciera que vivimos en una era post-cine, donde el consumo audiovisual se ha multiplicado muchísimo, haciendo caer del trono a ese antiguo juez que desde la televisión o las revistas acostumbraba a dictar de modo autoritario qué era lo bueno y qué era lo malo. Hoy ya no es posible regresar a ese punto, por lo que tengo la impresión de que estamos obligados a inventar otro tipo de crítica, más acorde a los intereses de esos nuevos públicos que ya abundan y viven de un modo informal en un universo absolutamente inédito.

Por eso la formación de un crítico de arte, y específicamente de un crítico del audiovisual, ahora mismo tendría que tener en cuenta la relación cada vez más estrecha y tensa que se establece entre lo local y lo transnacional. No bastaría con contar con un dominio impresionante de lo que ha sido la Historia del cine: debe proyectarse hacia ese punto donde ya se está consolidando, del modo más informal, las nuevas maneras de representarnos audiovisualmente el mundo.

En los últimos tiempos se ha asegurado que la crítica cultural cubana no vive un momento feliz. ¿A qué atribuir tal situación? ¿Ocurre algo parecido en el ámbito de la crítica audiovisual?

Tiene que ver con lo que mencionaba con anterioridad: los nuevos escenarios en que se debe desenvolver el crítico, y que lo despoja de las antiguas certidumbres. El hecho de que la crítica, tal como la conocíamos hasta ahora, no esté resultando tan eficaz como antes, o nada eficaz, no debería angustiarnos porque se trata de un proceso cíclico. La crítica, como determinadas maneras de producir cultura, envejece, dando paso a determinadas novedades. La crítica artística la hacen los hombres, que viven y mueren inmersos en la Historia. Lo que sí se mantiene fresco y se desplaza a través de los tiempos con el mayor de los desenfados, es lo que llamo el pensamiento crítico, que no es exclusivo de quienes se dedican a escribir sobre lo creado. Y eso es lo que más extraño en estos instantes, al menos en lo que a la crítica del audiovisual se refiere. Faltan esos espacios en los cuales creadores y analistas sean capaces de borrar las ficciones de sus identidades públicas para moverse ante un problema común, que sería la imagen circulando ante nosotros, o entre nosotros, con todo lo que ello implica en nuestras comunes existencias.

Con frecuencia en Cuba se alude a los numerosos problemas que implica para el desarrollo individual el no vivir en La Habana, lo que se engloba en la expresión de fatalismo geográfico. Sin embargo, usted es alguien que por su intenso quehacer, realizado desde fuera de la capital cubana, no goza solo de pleno reconocimiento a nivel nacional sino a escala internacional. ¿Qué desventajas y qué ventajas le ha traído residir en un sitio como Camagüey?

Admito que no me veo viviendo en otro sitio que no sea Camagüey, lo cual no significa que crea que como sitio es especial o algo así. Es una ciudad con un centro histórico hermosísimo, con un potencial cultural de gran envergadura, pero habitada por seres humanos comunes, lo cual quiere decir que en lo individual tendrás que lidiar con las virtudes y miserias que implica convivir con los otros, y los otros soportar nuestros defectos (¿recuerda aquello de Sartre, “el infierno son los otros”?) Luego, lo de la expresión “fatalismo geográfico” siempre se me ha parecido demasiado a lo que Neruda aseguraba en cuanto a la suerte, cuando decía que la suerte es el pretexto de los fracasados.

Yo creo que todo está en buscar ese espacio que Nietzsche mencionaba en alguno de sus escritos, y que es el más difícil de conquistar, un espacio (no necesariamente físico) que nos permitiría sentirnos como en casa en el mundo. Digamos que sería como crear una suerte de mundo propio en medio del mundo real. En Camagüey he conseguido algo de eso, ayudado, por supuesto, por muchas personas, empezando por mi familia. Nada de lo que he conseguido hacer realidad (libros, investigaciones, eventos) habría sido posible sin la existencia de esos cómplices que te apoyan las locuras, los sueños que parecen intempestivos, porque sencillamente la mayoría de la gente anda pensando en otra cosa, o sencillamente, sobreviviendo.

No sé si hubiese podido lograr eso mismo más allá de Camagüey. En La Habana me han hecho propuestas de trabajo atractivas, como dirigir la Cinemateca de Cuba —por suerte, ahora la dirige Luciano Castillo, la persona ideal para asumir ese rol, la única que siempre vi en ese puesto o Mirtha Ibarra—, quien insiste en que la acompañe en la creación del Centro de Documentación e Información “Tomás Gutiérrez Alea”. Como vivo muy orgulloso de mi triple ciudadanía —ciudadano camagüeyano, ciudadano cubano y ciudadano del mundo— pues evito con total naturalidad pensar que estoy obligado a permanecer para siempre en algún lugar. Estaré allí donde me sienta como en casa, pero sin perder de vista que mi casa es el mundo.

Al revisar su bibliografía, me llama la atención que la mayoría de sus obras publicadas han aparecido fuera de Cuba o en las editoriales Ácana y Oriente, y apenas un par de títulos han salido a través de sellos editoriales habaneros. ¿Ello es por falta de gestión de su parte o por desinterés de las editoriales capitalinas en su trabajo?

En esto de las publicaciones siempre hay algo de misterio. Lo mismo cuando te publican que cuando no. Yo he sido tremendamente afortunado porque ya son más de quince los libros publicados, y algunos reconocidos con premios como los de la crítica literaria, algo que no me esperaba, porque por lo general estos premios no se conceden a temáticas tan específicas como el cine. Con la editorial Oriente de Santiago de Cuba (y sobre todo con la editora Consuelo Muñiz) me he sentido muy cómodo. Siempre he dicho que yo solo escribo los libros, porque son los editores los que realmente los hacen. Y la relación con los editores puede ser la mayoría de las veces bastante tensa.

En el caso de la Editorial Oriente hay realmente una elección afectiva sobre la base de una complicidad de trabajo de larga duración. Ellos me han visto formarme como autor, e incluso, contradecirme hasta cierto punto en mis obras, y han asumido ese juego de una manera que me compromete. Con otras editoriales no ha sucedido así, pero no creo que sea algo personal: se trata de estilos de trabajo diferentes, perfiles editoriales que condicionan que en algún momento se prioricen determinados textos, de acuerdo con lo que está de moda o de lo que las circunstancias demanda. Pero, repito, en lo personal no puedo quejarme. Las editoriales han sido conmigo más que generosas.

En su blog, Cine cubano, la pupila insomne, yo percibo que el tema de la cinematografía hecha por nuestros compatriotas es un telón de fondo para ofrecer una cosmovisión más abarcadora del debate y la crítica culturales en un sentido amplio. ¿Cuáles considera usted que sean los retos que hoy debe enfrentar su bitácora?

Su percepción es correctísima. En todo lo que he escrito, el cine cubano es un pretexto que me permite adentrarme en asuntos más generales, asuntos que me importan como individuo y ciudadano, y cuya discusión en lo público es lo que me definiría en tanto intelectual. La verdad es que cuando abrí el sitio no tenía la menor idea del impacto que podía alcanzar. Lo abrí pensando más bien en ese espacio semiprivado que me iba permitir expresarme de un modo individual y anotar esas “pequeñas verdades” que las Historias oficiales nunca registran.

Siete años después de creado ya puedo hablar del blog como algo colectivo, un espacio de debate, efectivamente, al cual han contribuido muchísimas personas, muchísimos cineastas, intelectuales, que con sus agudísimas y encontradas perspectivas han ayudado a iluminar mejor este fenómeno tan complejo que sería el audiovisual realizado por cubanos, pero no solamente la producción, porque también me interesa fomentar los debates en torno a la crítica de ese audiovisual, y a las audiencias que lo consumen, una asignatura realmente pendiente entre nosotros.

Los desafíos estarían entonces en esa zona donde se tendrían que construir entre todos los interesados un espacio para el debate desprejuiciado. Algo bien difícil entre nosotros, dada la consolidada tradición de pensamiento binario que compartimos.

Para mí, la intolerancia entre cubanos que piensan distinto a la hora de discutir un problema, va más allá de las diferencias políticas e ideológicas, para formar parte de nuestra (in)cultura cotidiana. En su blog se han sostenido diversas polémicas. Lo que me llama la atención es que por encima de las diferencias, siempre en las discusiones ha prevalecido el respeto. ¿Cómo se ha logrado ese diálogo civilizado, inusual entre nuestros compatriotas?

Tiene usted mucha razón: la intolerancia entre cubanos va más allá de lo político, aún cuando la política ha tenido un papel bastante significativo en la naturalización de esa intolerancia en nuestra cultura cotidiana. Yo tengo a mano siempre una observación de Mañach que aborda este fenómeno, y que me ayudó a entender que la intolerancia entre nosotros no fue creada por la Revolución de 1959, sino que heredamos un mal que ya bastante daño estaba haciendo al tejido social. Y, todo hay que decirlo, lo hemos multiplicado. Lamentablemente, va a pasar mucho tiempo antes de que en Cuba se logre un clima de tolerancia efectivo, lo cual no significa ausencia de conflictos, sino construcción de un espacio donde sea posible argumentar las diferencias (no solo políticas) sin que ello implique inseguridad física o sicológica para quien defienda sus convicciones, por atípicas o heréticas que puedan resultar.

En este sentido, lo que hemos logrado en Cine cubano, la pupila insomne —y resalto el “hemos logrado”— me llena de orgullo. Por estos días preparo lo que pudiera ser la cuarta temporada del blog en soporte papel. Se trata de una compilación de algunas de las polémicas sostenidas en el sitio. Será una selección mínima, porque si se asoma al blog verá que en la categoría de “Polémicas” se registran más de 150.

En algunos casos han sido intercambios bastante duros, en los que se han atacado con rudeza instituciones, políticas culturales, películas, poéticas autorales, pero donde por lo general han quedado a salvo las personas que exponen las ideas. Como rector del sitio, una y otra vez he aclarado que me importa la cultura del debate, pero que la única condición que pongo para intervenir es el respeto a la persona que expone las ideas.

A pesar de la importancia que su blog posee, no solo para nuestro cine sino yo diría que para toda nuestra cultura, el mismo no está alojado en un sitio cubano. ¿Por qué?

Esa respuesta sí que la debo, pues me haría caer en meras especulaciones. Cuando el sitio fue creado lo hospedé en una plataforma gratuita llamada Nireblog, cuyos dueños decidieron cerrarla después de cuatro años de actividad, al tiempo que permitían exportar los contenidos de los blogs ya creados a WordPress. Recuerdo que en su momento alerté públicamente sobre este problema. Me dolía que se perdiera el blog no tanto por lo que yo hubiese escrito, como por las abundantes contribuciones de los otros. Hoy estamos hablando de un sitio con casi dos mil entradas: una pequeña enciclopedia online sobre el cine cubano.

Me habría encantado obtener algún tipo de apoyo proveniente de Cubacine, Cubarte, o incluso, el Portal Príncipe de Camagüey, que es donde vivo, pero lamentablemente, ese apoyo nunca llegó. En cambio, desde España el cineasta y también bloguero Manuel Zayas, pese a nuestras notables diferencias ideológicas, me ayudó a exportar todo el contenido, que entonces superaban las mil entradas (desde aquí, con las precariedades de nuestras conexiones jamás se hubiese podido realizar ese proceso), y desde la universidad de Tulane (Nueva Orleáns) la investigadora Ana López, una de las personas que más ha influido en mi formación intelectual, me propuso el auspicio académico, cosa que acepté de inmediato con muchísimo orgullo, porque no creo que existan muchos blogs con ese tipo de respaldo científico. Gracias a ellos, Cine cubano, la pupila insomne no solo sigue existiendo, sino que hay una garantía de conservación virtual.

Dada la fragmentación que ha vivido últimamente nuestra sociedad, hay compatriotas que están haciendo audiovisuales en diversos puntos del planeta. Teniendo en cuenta tal situación: ¿Qué significa en la actualidad la expresión “audiovisual cubano”? ¿Quién hace la determinación de lo que entraría o no en dicha categoría?

Es un tema complejo para el cual todavía no tenemos respuestas medianamente satisfactorias. El problema es que el grueso de los críticos e investigadores seguimos trabajando con categorías que pertenecen a un pasado ya definitivamente superado, sin detectar que las relaciones que se establecen hoy en día en el mundo son otras, relaciones mucho más complejas dada la incesante revolución que se viene operando en el universo tecnológico, y que han rediseñado de modo radical, como dije antes, los vínculos existentes entre lo local, lo nacional, y lo transnacional.

El cine de siempre ha tenido un carácter transnacional, pero nosotros nos acostumbramos a mirarlo apenas en cuanto a cinematografía nacional, es decir, atendiendo a las expectativas que podía generar el apoyo que, sobre todo en los sesenta, les prestaban los llamados Estados asistenciales a sus respectivas cinematografías. El cine cubano no fue la excepción, gracias a la creación del ICAIC. Pero hoy en día el análisis de esa producción apenas tomando en cuenta ese perfil sencillamente es insuficiente, no solo porque los seres humanos nos hemos hecho más nómadas, sino porque las nuevas tecnologías propician que se puedan representar con cierta facilidad historias de cubanos, ambientadas más allá de la isla, en los lugares más impensados del planeta.

A mí en lo personal no me interesa tanto ofrecer un término definitivo que caracterice al “audiovisual cubano” como poner sobre la mesa temas con el fin de discutir la pertinencia del antiguo concepto, y ya de paso, enriquecerlo, incluyendo actores y zonas que han sido preteridas por las más diversas razones: ideológicas, pero también estéticas, raciales, de género. Por eso en mis libros y en el blog, he defendido la idea de hablar del cine del ICAIC, del audiovisual que llamo “cine cubano sumergido” que es el que se hace más allá del ICAIC, y el realizado por cubanos que están fuera de la isla como un problema que habría que plantearse desde una perspectiva de conjunto.

En relación con la expresión “cine cubano sumergido”, me gustaría que hablase un poco más acerca de dicho concepto.

La imagen de lo sumergido la encontré en Lezama mientras preparaba el libro Guía crítica del cine cubano de ficción. Recuerdo que se acercaban los festejos por el centenario del cine cubano, y queríamos dedicar el Taller de aquel año al asunto, y de pronto, cuando llego a la Cinemateca de Cuba buscando documentación sobre las producciones de los Estudios Fílmicos de la Televisión, o de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, por mencionar dos centros productores de audiovisual dentro del país, con un corpus de películas importantes, me encuentro que no había nada registrado: ni papelería ni filmes para ver. Y desde luego, ni hablar de las producciones de cubanos residentes en el exterior. Y es cuando se me revela la imagen de esa producción como algo que nunca alcanza visibilidad, y que convierte a sus creadores en perennes rehenes de las sombras historiográficas: en algo que permanece sumergido dentro de ese gran relato que sería la Historia oficial del cine cubano.

En Cuba, como en casi todas las naciones fundadas por los nacionalismos románticos del siglo XIX, ha predominado el criterio de que la mejor producción artística es aquella que dota de sentido la identidad nacional. Ese nacionalismo ha generado una centralización del canon audiovisual en determinadas figuras. A tono con la actual condición globalizadora y el proceso de transterritorialización o multilocalización de nuestra producción audiovisual: ¿cómo refundar las políticas y el pensamiento crítico sobre el arte cinematográfico o audiovisual entre nosotros?

Las relaciones entre el arte y los nacionalismos siempre han sido algo problemático. Lo estimulante está en pensar esas relaciones desde esa perspectiva problematizadora, toda vez que al ignorarse el carácter siempre dinámico de la cultura artística correríamos el riesgo de convertirla en una sierva de los intereses de quienes eventualmente mandan, ya sea utilizando la ideología o el mercado como herramienta de legitimación. Mi criterio es que hay que defender ese arte cinematográfico o audiovisual que, encabezado por la obra de Gutiérrez Alea, Humberto Solás, y Julio García-Espinosa, proponían una lectura de la nación cubana y su identidad desde la sospecha.

Me inquieta que en estos tiempos que vivimos, en que parece triunfar lo meramente instrumental y se fomenta el espejismo de que terminaron las hegemonías y las asimetrías en las relaciones de poder, no seamos capaces de preservar determinados valores, y nos entreguemos a unas maneras de hacer y de expresarnos audiovisualmente que, no tengo otra palabra, mal disimulan los procesos de recolonización que se vienen viviendo en el mundo cultural de hoy en día.

En más de un trabajo suyo he leído que la experiencia de lo vivido por el ser humano le hace optar por lo que ha nombrado como optimismo trágico. ¿Qué se entendería por dicha definición?

Esta es una idea puramente nietzscheana. Los seres humanos llegamos a la vida para luchar, aunque todo el tiempo aspiremos a una paz más soñada que real. En realidad, solo los muertos gozan de ese raro privilegio que llamamos paz. La vida es lucha, milicia, constante superación de obstáculos. Si uno asume esa verdad existencial que, por dolorosa, uno intenta poner a un lado con lo que llamo el optimismo inútil, pues podríamos contribuir a crear espacios de convivencia más auténticos, más humanos.

Yo creo mucho en las posibilidades de los individuos. No existen sociedades en abstracto. Antes o después tendremos que revisar la calidad de los individuos que han impulsado determinadas culturas, y ese enfoque, tal como pedía Michel de Certeau, tendría que incluir lo polemológico, es decir, el análisis de todas esas confrontaciones diarias y muchas veces imperceptibles que van conformando nuestra identidad.

El optimismo trágico sería entonces la conciencia de que un mundo mejor siempre será posible a través del esfuerzo y la confrontación civilizada. Es todo lo contrario de eso que tanto abunda y que me empeño en calificar de optimismo inútil. Un optimismo más retórico que efectivo.

Pensando en un ensayo suyo de hace ya 20 años, Por una crítica imperfecta, donde usted reflexiona acerca de tópicos como el de cine latinoamericano, latinoamericanidad e identidad cultural, cabría preguntarse si a estas alturas del siglo XXI, ¿puede seguirse hablando de Nuevo Cine Latinoamericano como concepto?

Yo creo que sí. Las películas están allí, y por suerte, el Festival de La Habana se encarga de ponernos al día todos los años. Lo que pasa es que ya no es aquel nuevo cine latinoamericano. Quizás el error de quienes promueven su existencia —y no hablo tanto de los cineastas, como de quienes escribimos sobre el fenómeno— está en no definir con exactitud dónde estaría ahora esa identidad en este nuevo siglo, y en qué consisten exactamente las novedades, que las tiene.

En 1993 usted creó en Camagüey el Taller Nacional de Crítica Cinematográfica, que ya ha celebrado 21 ediciones bajo su coordinación teórica. En varios de esos encuentros se ha hecho una suerte de paneo cronológico en relación con lo realizado por nuestro cine en las décadas de los 60, 70, 80 y 90. ¿Qué aportes piensa se han hecho desde este certamen a la historia del audiovisual cubano?

En realidad, la creación del Taller fue colectiva. Yo puse la idea de hacerlo sobre la mesa de Armando Pérez Padrón, que entonces dirigía el Centro Provincial del Cine en Camagüey, pero este tipo de evento, si no cuenta con un equipo capaz de echarlo a andar y hacer que permanezca, sencillamente se frustra. Por eso me parece muy justo que hablemos de varios fundadores, de los cuales, las caras más visibles serían las de Armando Pérez Padrón, de Luciano Castillo y la mía, pero en modo alguno las únicas.

A mí me resultaría muy difícil hablar con objetividad de los aportes del Taller de Crítica Cinematográfica. Está muy cercano a mí, y han sido varios años luchando junto a ese equipo que mencioné para que no muera. O mejor dicho, para que crezca. Porque lo importante no es mantener por mantener un evento, sino que el mismo se convierta en un espacio de crecimiento para quienes participamos en él.

Cuando uno compara las primeras ediciones con las más recientes, uno detecta que han operado cambios para bien. Del impresionismo crítico dominante en las primeras ediciones se ha pasado a un trabajo analítico donde pesan más las herramientas teóricas. De todos modos, y es mi criterio personal, creo que aún estamos lejos de vivir el Taller como un verdadero laboratorio de ideas. Quienes participan siguen todavía demasiado atados a la oralidad y a los modelos importados de la crítica literaria, y el uso de las nuevas tecnologías, que permitiría llevar el análisis de la imagen y el sonido a terrenos hasta ahora nunca imaginados entre nosotros, espera por una verdadera explosión.

De cualquier manera, estos Talleres se han convertido en espacios de confluencias intelectuales donde muchas veces hemos borrado esas fronteras ficticias que se establecen entre la creación y el pensamiento. Por eso ha sido muy estimulante encontrar junto a los críticos más destacados del patio, a creadores como Julio García-Espinosa, Fernando Pérez, Humberto Solás, por mencionar algunos de los más reconocidos. Y además de ello, al Taller le acompaña un verdadero festival de películas de todas las nacionalidades, el cual es aprovechado por la comunidad.

A propósito del Taller: ¿qué rol tendría que representar en el presente la crítica cinematográfica cubana?

Como dije antes, más que de la crítica cinematográfica como institución me gusta hablar del pensamiento crítico, que no es exclusivo del gremio. La crítica puede envejecer, como envejece también cierta manera de hacerse el cine, porque las rutinas terminan siendo superadas por el constante e impredecible devenir de la vida.

Cuando el crítico se atrinchera detrás de ese conjunto de prejuicios que ha logrado convertir en “verdades” intocables, termina olvidando que ese arte que comenta se nutre precisamente de lo que todos los días pasa ante nuestros ojos. Mi criterio es que, hoy más que nunca necesitamos del pensamiento crítico, toda vez que con las nuevas tecnologías se ha disparado el consumo informal de la cultura, es decir, el consumo alejado de todas las reglas que las instituciones habían diseñado, dejando sin orientación alguna a los que ahora mismo acceden a ese maravilloso mundo que es la creación humana más diversa.

La crítica necesita estudiar a fondo estos fenómenos que estamos viviendo, y sobre esa base intentar comprender lo que viene pasando, con el fin de sugerir (nunca imponer) estrategias que ayuden a jerarquizar los productos a consumir sobre la base de las calidades. Con las nuevas tecnologías, el individuo de estos tiempos ha conquistado muchísimo en cuanto a eso que podríamos llamar “la democracia del placer”, pero para que el proceso sea realmente democrático (es decir, que se garanticen diversidades, y no solo lo que dicta de modo autoritario el mercado) se necesita el trabajo crítico, o insisto, el pensamiento crítico.

Es un desafío tremendo: algo así como comenzar de cero, y matar el oficio del siglo XX, tal como concebía esa práctica Guillermo Cabrera Infante en su momento.

Nuestra esfera pública es en extremo precaria. Sin embargo, al igual que usted, soy de los que todavía piensa que es posible fomentar una cultura verdaderamente crítica desde las instituciones. En esencia, ¿cuáles serían los principales pasos que habría que dar para lograr ese sueño que usted y yo compartimos?

Le confieso que ese sueño a veces alcanza ribetes de pesadilla, porque la realidad es demasiado obstinada, y porque suele ser más difícil lidiar con las mentalidades anacrónicas y cerradas, que con los escollos materiales. Pienso que los principales pasos tendrían que salir de los individuos que somos. Las instituciones han de estar en función de esa comunidad de individuos que conforman la nación, y no a la inversa. Por eso las instituciones, si de veras aspiran a servir en lo público, tienen que estar abiertas a la crítica. De lo contrario estarían respondiendo a intereses de grupos demasiado estrechos, demasiado humanos.

En este sentido, tenemos que educarnos mucho más como ciudadanos, y acabar de entender que para la nación que queremos, esa que usted y yo soñamos (y que en mi caso la veo más atenta a los sueños de justicia social que al feroz sálvese quien pueda capitalista), será importante concederle valor a los seres humanos concretos. De nada vale la más hermosa de las ideas que podamos tener de esa nación ansiada, inspirada en Martí y en tantos próceres que dieron la vida por ella, si en la práctica pasamos por alto a los individuos en su diversidad, y nos preocupamos apenas por lo colectivo.

Si bien en Cuba apenas estamos comenzando a discutirlo, el tema de la relación entre las nuevas tecnologías y el uso ilegal de archivos es algo que internacionalmente hace rato se está debatiendo. Como Abogado, consumidor de cultura, crítico e investigador, ¿cuál es su posición ante la llamada cultura del remix y el share, así como la proliferación de fenómenos como las redes P2P, el copyleft, procomún, licencias creative commons, software libre…?

Ante todo creo que hay que estudiar el fenómeno, en vez de juzgar de un modo definitivo de acuerdo con los prejuicios y convicciones que arrastramos de siglos pasados. Estamos en medio de una espectacular revolución, donde no solo están cambiando los escenarios de producción cultural sino también las maneras de acceder a esa producción, y distribuir los productos.

Reconozco que el abogado que soy y alguna vez ejerció, muchas veces entra en contradicción ética con ese compulsivo consumidor de la cultura que estoy siendo todo el tiempo. Recuerdo que alguna vez colgué en el blog un post que mostraba mi indignación porque la película Vestido de novia, de Marilyn Solaya, había sido colgada en Youtube sin haberse estrenado en nuestras salas cinematográficas, algo que ha pasado con casi todas las películas cubanas. Pero casi en ese mismo instante llegó a mi mente la imagen de miles de vendedores de discos que hay en este país, autorizados por la ley, y comprendí que estaba actuando con un doble rasero. Porque, por otra parte, yo mismo he tratado de estimular el uso académico de una inmensa biblioteca digital que hemos logrado conformar en Camagüey, en este caso relacionada con el audiovisual, y no me he puesto a pensar en las cuestiones legales.

Mi posición definitiva es que los saberes hay que compartirlos, la cultura hay que compartirla. Tenemos que buscar la manera de proteger a los creadores, desde luego, pero en lo personal sería hipócrita si digo que no ha existido en mí una alegría enorme al poder contar con esa inmensa biblioteca de la que antes solo tenía noticias por terceros, debido a lo prohibitivo de los precios que fomentan las transnacionales en búsqueda de grandes dividendos.

Aunque es imposible adivinar el futuro, a corto, mediano y largo plazo: ¿hacia dónde considera que va el audiovisual cubano?

Las instituciones han de estar en función de esa comunidad de individuos que conforman la nación, y no a la inversa.En efecto, eso es impredecible. Pero al menos se viene observando una tendencia donde un grupo de jóvenes realizadores están logrando colocar sus películas en circuitos internacionales. Esto hacía mucho tiempo que no se conseguía. En los últimos años, el cine cubano, como conjunto, parecía destinado a ser consumido apenas por el público nacional. Y los grandes festivales apenas lo tomaban en cuenta.

Claro, hacer películas para que sean aceptadas en festivales internacionales también implica algunos peligros, porque muchas veces la realización obedece al horizonte de expectativas de quienes viven más allá de nuestras fronteras. Y ya sabemos cómo los festivales también pueden impulsar determinadas modas. Pero creo que necesitábamos este tipo de confrontación internacional, sobre todo tomando en cuenta que el arte, si de veras le interesa hablar con profundidad, no puede perder de vista el fenómeno de lo universal.

Hay muchos asuntos que quedan pendientes por resolver. Debemos actualizar todos nuestros mecanismos de producción, distribución, exhibición y promoción. Necesitamos que se apruebe finalmente una Ley de Cine que proteja y estimule la producción de acuerdo con los nuevos escenarios. Y también es importante fomentar espacios donde se naturalice un pensamiento crítico que sea capaz de acompañar a esa nueva producción.

El trecho por recorrer es larguísimo, pero estar consciente de ello puede ser un síntoma de la vitalidad de ese incipiente movimiento. Talento en los nuevos realizadores hay, pero será el tiempo el que dirá la última palabra.

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