Actualizado el 23 de abril de 2015

Daniel Díaz Mantilla:

Nadie inventó los aviones

Por: . 21|4|2015

Daniel Díaz Mantilla: El intelectual debe mantener el fuego encendido, debe cuidar y alimentar con su propia vida esa llama sagrada, y defenderla contra todos los bomberos, contra todas las lluvias. La obra de Daniel Díaz Mantilla (La Habana, 1970) es considerada por los estudiosos como una de las más interesantes y auténticas dentro de la literatura contemporánea cubana. Como poeta, narrador y ensayista, Daniel siempre propone expandir el horizonte de lo presuntamente conocido, dejando al buen lector con más dudas que respuestas, y en ocasiones con la obligación de más de una lectura. Su más reciente libro de cuentos El salvaje placer de explorar (premio Alejo Carpentier 2014) es de lo mejor que se puede encontrar ahora mismo en las librerías de la Isla. A propósito de este libro, conversé con su autor en ese no lugar que es el correo electrónico, y una vez más, su discurso, sencillo en su engranaje, pero complejo en los significados, revela a un hombre serenamente sabio, dispuesto a compartir su cosmos.           

 ¿Qué debe tener una historia para que pienses que merece ser narrada?

 Más que las historias, me interesan los conflictos que en ellas se expresan. Una historia es el relato de una sucesión de acontecimientos más o menos impactantes, pero los acontecimientos por sí solos no la hacen fecunda. Pueden hacerla dinámica, exuberante quizás, o espectacular. Pero lo que hace valiosa a una historia, pienso yo, es su sustancia: eso que a través de ella se nos dice sobre el comportamiento humano, sobre los valores, los rasgos del carácter, las motivaciones que impulsan a alguien a actuar de una u otra forma, las preguntas que ese relato nos propone, las maneras en que nos inspira o nos disuade, los horizontes que abre ante nosotros. En fin, lo que esa historia aporta en términos de experiencia y enseñanza.

A propósito de esto último, permíteme una breve digresión. Desde los antiguos relatos épicos, desde las primeras leyendas y mitologías hasta hoy, la literatura tiene un componente didáctico ineludible, es un medio movilizador de la acción y del pensamiento, un medio que apela al intelecto y la emotividad del receptor, y su propósito es en esencia educativo, (trans)formador. Por eso, en ocasiones se ha querido instrumentalizar a la literatura con fines pedagógicos o se ha intentado convertirla en mera propaganda al servicio de determinados poderes, sometiéndola a alguna ideología. Hay que tener cuidado con eso: la literatura educa pero no es un manual escolar, transforma al ser humano y ―en consecuencia― a las sociedades, pero no es un arma ni un instrumento. Es arte y por eso mismo, es refractaria a cualquier tipo de manipulación.

Volviendo a tu pregunta, la historia es solo un elemento del relato. Existen otros que se entrecruzan con este y que convierten al texto en una suerte de poliedro. Hay relatos donde la historia es muy elaborada y compleja, con múltiples actores y giros dramáticos; pero hay también relatos donde la historia es simple, lineal; e incluso hay otros donde la historia se difumina mientras otros aspectos del texto ganan relevancia, como ocurre, por ejemplo, en esos cuentos breves, polisémicos y un tanto metafóricos, tan cercanos a la poesía. De modo que con la historia sucede lo mismo que con los temas: no hay mejores y peores, el problema está en cómo abordarlos, en cuánto podemos extraer de ellos.

 El salvaje placer de explorar se distingue por su amplia diversidad de ambientes dentro de la contemporaneidad: ¿cómo te documentaste para escribir un libro como este?

 El acceso a la información es cada vez más una necesidad de primer orden. Y más importante que la información ―sobre todo hoy, que la avalancha informativa se torna abrumadora― es la capacidad para procesarla: distinguir lo relevante de lo trivial, interpretar, razonar, extraer de ese cúmulo de datos ―con frecuencia incompletos, falsos, parciales― un conocimiento que permita darle a nuestras vidas sentido, un fundamento sólido que nos proteja de ser arrastrados incautamente por tendencias, modas, campañas… Hablar de esto en la Cuba de hoy puede parecer absurdo, pero no lo es. Tenemos dificultades inmensas para acceder a una información de calidad sobre incontables temas, y a esas dificultades se añaden también las trabas que algunos diablos nos imponen. Eso lo saben bien los científicos, los profesores, los investigadores; pero cualquiera de ellos te diría que mientras mayores son los obstáculos que hallamos, mayor es la necesidad de conocer, de informarse.

En otros países hay diversos emisores de contenido, los diarios tienen más páginas, existen más canales de televisión, el acceso a Internet es generalizado, a través de múltiples dispositivos y con conexiones rápidas; pero el reto es el mismo en cualquier parte: no debemos resignarnos a la ignorancia ni conformarnos con lo que difunden los mass media ―que siempre es poco―, porque esa pasividad nos hace vulnerables como individuos y como pueblos. Es imprescindible indagar siempre, investigar, buscar, desarrollar una actitud curiosa e inquieta, amar el conocimiento, cultivar el debate. Tanto más si cada día, después de una agotadora jornada de trabajo y mil problemas con el transporte, tenemos que satisfacer las necesidades básicas de la vida entre el desabastecimiento crónico de los mercados y la insuficiencia de los salarios. Porque el conocimiento y la información son también necesidades básicas, porque ser cultos es el único modo de ser libres.

Quizás te parezca que no estoy respondiendo tu pregunta, pero en gran medida, más que documentarme para escribir este libro, lo que me ha llevado a escribirlo es esa curiosidad insaciable. La frase que le da título hace referencia precisamente a eso, pues fue así ―como un “salvaje placer de explorar”― que un puñado de muchachos en el Silicon Valley de los Setenta describieron la curiosidad que los indujo primero a adentrarse en el mundo de la cibernética, y luego a protagonizar la revolución digital que hoy conocemos.

La diversidad de entornos en que se ambientan estos cuentos responde a mi interés por la geografía, por los mapas, por los lugares remotos y las culturas distintas, y también al deseo de expandir mi horizonte como autor para explorar situaciones y conflictos humanos más allá de las fronteras de la Isla. Fue mirando un viejo mapa de Japón, hecho por el Army Map Service de los Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial, que descubrí la pequeña isla de Onekotan, donde se desarrolla el primer cuento del libro. Me impresionó el relieve mágico de esa islita. Busqué fotos y artículos sobre ella, leí sobre el pueblo ainu, sobre las sucesivas disputas entre Rusia y Japón por la ocupación de las Kuriles, desde el tiempo de los zares, pasando por el período soviético y hasta la actualidad, supe sobre el papel que jugó ese archipiélago durante la guerra fría, con la creación de bases secretas para submarinos nucleares, y di con dos amables personas que estuvieron en Onekotan y en la península de Kamchatka, y que compartieron conmigo su conocimiento de la región: el vulcanólogo alemán Lutz Kirchner y el biólogo ruso Yury Tyulpin. Otro relato, “Abismo”, se alimenta de mi propia experiencia con el Grupo Espeleológico Marcel Loubens en la cueva de Los Perdidos, y con varios amigos que antes y después me acompañaron en aventuras similares a la que emprenden los personajes de ese cuento. Lo mismo pasa con “Cállate ya, muchacho”, el último relato del libro, que narra un hecho desagradable que viví de camino a Guanahacabibes. Hay cuentos donde el toponímico es solo una referencia, como “La noche que invadimos Londres”, que hubiese podido ubicar en cualquier sitio; o como “El salvaje placer de explorar”, que situé en Opal Cliffs por su cercanía a otros dos lugares icónicos de California: el mítico Big Sur, donde se refugiaron escritores como Henry Miller y Jack Kerouac, y el llamado Silicon Valley, donde se han establecido las principales empresas de tecnología e informática.

 ¿Te propusiste hacer algo diferente con El salvaje placer…?

Sí, ya lo he dicho antes: este libro nace como una reacción ante la monotonía que encuentro en la narrativa cubana actual. No quiero herir la sensibilidad de nadie, porque sé que ser escritor significa afrontar muchas incomprensiones y carencias. Pero creo que asumir el reto de escribir es indagar con seriedad en la naturaleza humana, en los sueños, las frustraciones, las circunstancias que conforman el carácter y la fe de las personas; y esa tarea no debe tomarse a la ligera. Creo que a nuestra literatura de ficción le sobran clichés y color local, le faltan alas y raíces, y cuando digo raíces no me refiero al apego a una tradición folclorizada y muerta, sino a la profundización en lo humano, y cuando digo alas me refiero a esa curiosidad que nos amplía el horizonte. Eso es lo que me he propuesto, romper con la banalidad y los estereotipos, indagar en los conflictos del hombre y la mujer actuales más allá de cualquier frontera geográfica o cultural. La guerra y sus miserias, el hastío ante lo rutinario de la existencia diaria, la vejez, el amor, el desarraigo voluntario o forzoso de una comunidad, la pérdida de libertad a cambio de seguridad, la rebeldía y la represión, el modo en que las tecnologías marcan nuestra vida, la destrucción del medio ambiente, el valor de la familia y la amistad, la necesidad de trascender los límites que las circunstancias nos imponen, el compromiso y la responsabilidad del escritor, esas son algunas de las cuestiones en torno a las que gravitan estos cuentos. No sé con cuánto acierto o con cuánta torpeza he tocado esos temas, ya lo dirán los lectores, pero sí me propuse hacer algo diferente a lo que suelo encontrar en el cuento cubano actual. Y no solo por los temas o los escenarios, sino también por el modo en que se imbrican la narración y la reflexión en los textos.

 ¿Qué ha significado en tu formación literaria el haber sido parte del grupo El Establo?

 Comencé a relacionarme con El Establo en el verano de 1988. Yo tenía 18 años, había terminado el pre y estaba por entrar a la universidad. Escribía y me tomaba muy en serio la literatura, pero ni entonces ni hasta mucho después pensé en publicar. La palabra escritor no significaba nada para mí. Escribir era solo una manera de darle voz a mis sentimientos y desvelos de adolescente; era una forma de conocerme y comprender el mundo en que vivía. Antes había pasado por algunos talleres literarios, pero no me sentí a gusto.

El Establo era un grupo de muchachos inquietos e irreverentes, un tanto excéntricos, con preocupaciones intelectuales y mucha sensibilidad artística. Leían, iban a exposiciones de artes plásticas, escuchaban música, debatían con libertad y pasión sobre cualquier tema. Bebían, cantaban acompañados de una guitarra y fiesteaban como cualquier joven, salían de excursión a las lomas y las cuevas, y se reunían las mañanas de domingo en el Parque Lenin para tomar té o chocolate, y compartir sus textos iniciales.

No todos escribían, pero todos apreciaban la importancia de la cultura y el arte. En esos años ganaron el Premio David Sergio Cevedo con su libro La noche de un día difícil, el Yoss con Timshel, Verónica Pérez Kónina con Adoleciendo, Raúl Aguiar con La hora fantasma de cada cual, Ronaldo Menéndez Plasencia y Ricardo Arrieta con Alguien se va lamiendo todo. Ena Lucía Portela tendría también, poco después, sus primeros premios. Sin temor a equivocarme puedo asegurar que El Establo marcó una tendencia fuerte en la narrativa cubana de los Noventa, una línea paralela, aunque no opuesta a la de Diáspora(s), más atenta a la marginalidad urbana y a las contraculturas, con una estética centrada en el mundo del rock pero con una proyección social amplia, crítica, y de ruptura con los estrechos moldes que entonces asfixiaban a la literatura cubana. El Establo, Diáspora(s) y en general la generación de los “novísimos”, trajeron oxígeno a nuestra vida cultural, abrieron el círculo, tomaron el pulso de una época de grandes cambios y desbrozaron rumbos nuevos por los que todavía marcha hoy una parte de la narrativa hecha en Cuba.

Yo sentí desde el primer momento que había encontrado buenos amigos y así fue, aunque mis padres pensaran que esos muchachos extravagantes me llevarían por el mal camino. Anduvimos todos por el mal camino, que no resultó ser tan malo, y aprendimos mucho juntos. Fue el tiempo de la Perestroika, la caída del muro de Berlín, la desintegración de la Unión Soviética y el colapso del socialismo en Europa; fue el acuerdo de paz entre Angola y Sudáfrica, la liberación de Nelson Mandela y el regreso de las víctimas de la guerra, fue el lanzamiento del telescopio Hubble, la muerte de Freddy Mercury, el nacimiento del grunge en Seattle, el fin de la dictadura de Pinochet en Chile y el inicio del “Período “special” en Cuba, una crisis sin precedentes que puso a prueba nuestra determinación de vivir y de escribir.

Fueron años intensos, con decepciones fuertes y nuevas esperanzas; podría decirse mucho sobre esos años, pero no puede decirse que fuera un tiempo de apatía. Creo que la mayor importancia que tuvo El Establo para mí, en medio de tantos cambios y por encima de todo lo demás, fue esa amistad entre las dificultades y la confianza irrenunciable en la literatura como vía para crecer y cambiar el mundo. Por esa amistad y esa fe, por las experiencias amargas y felices que compartimos, es que todavía hoy, casi treinta años después, recordamos con gusto aquel tiempo.

 ¿Tienes la impresión de que no se reconoce el significado real que tuvieron los novísimos en nuestro campo literario?

 Para empezar te diría que no hay un estudio sistemático y profundo del campo literario cubano, de la relación entre la literatura y otras expresiones culturales, por ejemplo, o entre cultura y política, ni estudios que abarquen la literatura cubana escrita dentro y fuera de la Isla ―algo imprescindible para entender la dinámica de nuestras letras a partir de 1959. Hay acercamientos muy valiosos a algunos aspectos, a algunos períodos de la historia de la literatura cubana en la segunda mitad del siglo XX, a ciertos autores que se destacan; e incluso hay estudios sobre los “novísimos”, que tuvieron bastante atención de la crítica no solo en Cuba. Varios investigadores han abordado algunos rasgos comunes de esa generación, Salvador Redonet fue sin dudas el más apasionado y uno de los más lúcidos. Pero “el significado real que tuvieron los novísimos” es algo que está por definir, y es lógico que así sea, porque todavía no somos tan viejos y porque si alguna influencia hemos ejercido habrá que buscarla en los escritores más jóvenes, que recién ahora se empiezan a estudiar.

 En su comunidad, el intelectual ¿debe apagar el fuego o llamar a los bomberos?

 El intelectual debe mantener el fuego encendido, debe cuidar y alimentar con su propia vida esa llama sagrada, y defenderla contra todos los bomberos, contra todas las lluvias. Sin fuego no hay luz, y sin luz no hay civilización. El fuego es peligroso y por eso los intelectuales son mirados con recelo en todas partes, pero no vamos a renunciar al legado de Prometeo.

 ¿Te defines como un rebelde?, aunque en la sociedad cubana casi todo el que se decida por el oficio de escritor puede considerarse como mínimo un inconforme…

 Yo no me defino como un rebelde. Soy rebelde en ciertas circunstancias, pero soy manso y flexible en otras. Aprendí leyendo a Juan Ramón Jiménez que uno nunca debe tratar de definirse, sino expandirse, superarse. Solo es definible lo restringido, lo limitado; sin embargo, nuestra tarea es trascender. La inconformidad es una virtud, pero el exceso de virtud es un vicio. Bueno, basta ya de frases lapidarias. Dicen que uno debe conformarse con lo que no puede cambiar. El hombre no es un pájaro, no tiene alas, y debe conformarse con andar sobre la tierra. Por eso nadie inventó los aviones.

Mira, todos somos bastante inconformes y un poco rebeldes. No solo los escritores ni solo los cubanos. Pero la rebeldía y la inconformidad no son suficientes para cambiar las cosas: uno no puede conformarse con ser rebelde, es necesario ser un rebelde respetuoso, un inconforme satisfecho de lo que ha logrado; porque de lo contrario jamás será feliz ni hará felices a otros. Y por otra parte, el problema no es cambiar las cosas, sino cambiarlas para mejor. Hay que ser atrevido y prudente para hallar cierto equilibro entre lo que uno quiere y lo que quieren los demás.

Aunque, si tú me lo preguntas, te diría que los escritores cubanos deben ser mucho más rebeldes e inconformes, exigirse más a sí mismos, y entregar lo mejor de sí. Los escritores y el resto de los cubanos.

 Has expresado que vivimos en “tiempos de decepción y angustia”. ¿En algún momento ese tiempo terminará o en tu opinión debemos resolverlo en lo personal y dejar que arda Troya?

 Te refieres a un artículo que me publicó La gaceta de Cuba en 2011: La poesía en tiempos de decepción y angustia. Allí hablaba del poco interés que despierta hoy la poesía en las grandes editoriales y en el público, que cada vez parece leer menos y peor literatura; trataba de entender las causas por las que esto sucede, e intentaba explicar lo que la poesía es y lo que ofrece en tiempos signados por la prisa, la frivolidad y la apatía. No hablaba exclusivamente de Cuba, sino en general, y me concentraba en cuestiones espirituales del mundo contemporáneo: la crisis de valores, el pragmatismo, la fascinación que ejerce el mercado no solo de objetos sino de entretenimiento, la falta de hondura y la obsesión con los placeres físicos más que con los del espíritu.

Se trata de problemas colectivos pero la única manera de solucionarlos es en lo personal, porque son las personas ―no las sociedades― las que piensan y sienten, las que se angustian y decepcionan o se alegran e inspiran. Cierto que la sociedad puede ejercer una influencia considerable sobre los individuos, pero cada uno de esos individuos, en su reducido espacio interior y en su relación con los demás, ejerce también una influencia que no se puede despreciar. La cuestión es, entonces, que cada quien busque su solución personal a la decepción y la angustia, al asalto constante de la trivialidad y la indolencia, para impedir así que el vacío le robe el alma y que la humanidad decline sus valores más altos. Es casi un contrasentido, una paradoja.

Tú preguntas si ese tiempo terminará alguna vez y yo te aseguro que no. Pero no hay que entristecerse por eso, porque cada tiempo colectivo, cada época en la historia de la humanidad es un haz de muchos tiempos personales que se entretejen como hebras para formar una gruesa cuerda. Nuestro deber como individuos es crecer, adquirir sabiduría y cultivar la bondad, trabajar por nuestra propia felicidad sin entorpecer el avance de los otros; así es como dejaremos nuestra huella en el tiempo. No se trata ―como suelen exigir los tiranos―, de sacrificar nuestra realización personal para que los demás sean felices, no se trata de renunciar, sino de ser tan felices como podamos para que los demás también lo sean. No hay egoísmo en eso, porque tu alegría me alegra a mí y mi dolor te duele. Así que siempre serán tiempos de decepción y angustia, siempre serán tiempos de trabajo y crecimiento, y siempre habrá que asumir el reto de la vida con sus trampas, sus misterios y sus satisfacciones. Tal vez arda Troya, pero la reconstruiremos.

 Como escritor y como ser humano: ¿cuáles son tus fuentes nutricias?

 Soy omnívoro, como escritor y como ser humano. De las piedras admiro la firmeza y de las nubes la veleidad, dejo que el sufrimiento muela mis huesos y que la infinitud del universo me empequeñezca, amo la candidez de los niños y la profundidad de las furnias, la plenitud del vacío y la insolencia de los dragones, confío en lo imposible y dudo de lo evidente.

 ¿Maestros de tu vida? ¿Algún discípulo?

 Ni maestros ni discípulos.

 En una ocasión expresaste que tuviste problemas por lo primero que escribiste: ¿qué clase de problemas fueron? ¿Se han repetido?

 Tuve dificultades para publicar, sobre todo después que gané el Premio Abril en 1998 con mi segundo libro, en·trance. Pasaron seis años hasta que se publicó el tercero. Pero en realidad no me interesa hablar de eso ni jugar el papel del “censurado”. Yo no soy una víctima: escribo lo que siento, critico lo que pienso que debe cambiar, no acepto que se coarte la libertad natural de los individuos para forzar su adscripción a una ideología o un molde que se quiere incuestionable. Eso sucedió aquí no solo en el “Quinquenio gris”, sino también en los Ochenta y los Noventa, cuando yo era un muchacho, y sucede todavía, aunque cada vez menos. Ahora es casi una moda escribir sobre homosexuales y prostitutas, o sobre personas que desean emigrar; pero cuando yo empecé a escribir todo eso era tabú.

Mi generación asumió ese desafío: escribimos sobre los balseros, las drogas, las cárceles, la guerra en Angola, el fraude en las escuelas, sobre los marginados por sus preferencias sexuales o musicales, o por sus creencias religiosas, sobre los corruptos en posiciones de poder. Hay aún temas que espantan, hay injusticias y errores siempre, y muchos prefieren cerrar los ojos. La literatura no tiene que asumirse como un medio de denuncia y transformación social, pero puede hacerlo con total legitimidad, sin renunciar a su condición de arte. En tal caso, es normal tener problemas.

 Además de las obvias diferencias que caracterizan los géneros literarios: ¿te has propuesto una estética única en todo lo que escribes?

 No, nunca me propuse algo así. De hecho creo que mi forma de escribir ha cambiado un poco desde que empecé hasta hoy, y supongo que seguirá cambiando en la medida que yo cambie.

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