Actualizado el 26 de mayo de 2015

Yoan Zamora:

El trovador de la guitarra rusa

Por: . 24|5|2015

Preferí quedarme con el espíritu inicial como recuerdo, antes de lidiar con el mercado y las lógicas concesiones que implica. La distancia casi nunca ayuda a lograr lo que uno se propone, por eso ha pasado tanto tiempo hasta tener en la mano estas pocas respuestas de Yoan Zamora, uno de los trovadores más singulares entre cuantos viven más allá del centro del país.

 Era 1984, mihermano mayor cumplía doce años y papá decidió que su regalo fuera una guitarra rusa, de las que entonces vendían en las librerías —¡qué hermosos tiempos!. Concebida al fin como juguete, cumplió sus expectativas.  Luego fue envuelta en un nylon y colgada de una de las varas que servían como estructura de aquella casa pastoral en la calle 9, Ciego de Ávila, de la cual éramos mis dos hermanos, abuela, mamá, papá y yo, los inquilinos de turno.

Cuando descansaba me entretenía mirando encima de mi cama las figuras que se formaban entre las sombras de aquel amarillo instrumento fabricado en la URSS, y los remiendos de chapapote con que el viejo tapaba las goteras del zinc. Un día, con solo ocho años, quise intentar mis primeros acordes.

Mi madre siempre estuvo en casa acompañada por mi abuela, mi segunda mamá. Entre las dos asumieron el hogar y sus quehaceres para que el viejo se fuera a la zafra y hacer dinero que respaldara los estudios de nosotros tres: “Mijo, estudien para que sean algo en la vida”, nos decía, como si la valentía de enfrentar la prédica cristiana de una iglesia pentecostal, con solo sexto grado, a la par del control económico de un campamento cañero, no significara una verdadera hazaña intelectual de quien es para nosotros, sin dudas, mucho más que algo en la vida: yo diría casi todo. Así, estudiamos los tres enla Universidad Central “Martha Abreu” de las Villas; en mi caso, el benjamín, con Servicio Militar como antesala.

Licenciado en letras desde 2000,  inicié una nueva etapa gracias a esa hermosa carrera, y a la música que allí aprendí. Ellas me condujeron a componer las primeras canciones, y a entender y hacer el arte.

También conocí a Martí. De allí, en parte, el humanismo que sirve de fundamento en las canciones que hago, inicialmente compuestas para Séxtasis, una agrupación de la que fui fundador y con la que aprendí mucho en este período como artista aficionado de la FEU. Cuando me gradué, después de dos años de intentos en escenarios de La Habana (con incipientes resultados, nada despreciables) decido ser el primero en abandonar Séxtasis, justo antes de que esta agrupación se convirtiera en Warapo. Preferí quedarme con el espíritu inicial como recuerdo, antes de lidiar con el mercado y las lógicas concesiones que implica.

Regreso a Ciego de Ávila, hago mi servicio social como filólogo-periodista, y luego surge el hermoso proyecto de la peña Trovándote, que organicé desde sus inicios junto al realizador audiovisual Jorge Luis Neyra para impulsar en esta provincia un movimiento a favor de la trova cubana. Cuando la peña cumple su primer año, celebramos un Encuentro Nacional de Jóvenes Trovadores que, por sus resultados, se convirtió en una cita anual que hoy llega a su décimo aniversario.

La Asociación Hermanos Saíz y el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau han significado el apoyo principal para llegar a la radio, la televisión y también realizar conciertos en vivo en distintas provincias del país. He contado  con el respaldo institucional y de los medios. En ese sentido no puedo quejarme.

Sí me quejo del estado actual de la promoción de los espacios públicos, donde incluyo por supuesto los dedicados a la canción trovadoresca. Sin embargo, siempre hay excepciones: desde hace ya varios meses organizo en la Fundación Nicolás Guillén de Morón, la peña Cuerda Rota, una suerte de oasis cultural que ha llegado justo a tiempo y que nos salva a todos los que amamos la trova en la provincia.

Me he propuesto, además de dar a conocer mi obra, trabajar a favor de la salvaguardia del patrimonio sonoro de Ciego de Ávila y, paralelo a mi carrera, invierto mucha energía en aprender, investigar y sensibilizar a las instituciones sobre la importancia de preservar la memoria sonora colectiva como uno de los baluartes que conforman nuestra identidad.

Todavía, cuando me acuesto a descansar, no puedo evitar el recuerdo de los inolvidables días en que mi padre quiso complacerme al desempolvar aquella guitarra rusa.

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