Actualizado el 21 de febrero de 2017

Ahmel Echevarría:

Poniendo en primer plano a la vida o bosquejo para un itinerario de su literatura.

Por: . 30|9|2015

 Si tras sucesivas pruebas de ensayo y error alcanzas a crear una obra como “Las señoritas de Avignon”, pues un suceso para nada despreciable ha acontecido. Pero eso es harina de otro costal, porque el olvido es el espacio destinado a la mayoría de todos nosotros.(Releo el diálogo. Evoco a mi entrevistado, sus pasos por la ciudad, la influencia de lo in-frecuente, trazo la encrucijada…)

Él le llama “ingeniería interna del texto”, algo que en lo particular me gustaría subrayar como ingeniería interna del Ser, una palabrita que de tanto cruzarse con creadores y lectores en las páginas de nuestra literatura, pasa a veces inadvertida. Pero la memoria nos salva, y Ahmel Echevarría Peré apuesta y ha puesto sus páginas en esas coordenadas desde donde desfragmenta la realidad que le impele. La memoria como utensilio de trabajo o como un personaje más, acaso.

Un ser y un estar, un dentro y un afuera –¿del juego?- que le imprime a la literatura que suscribe algo más que una generatriz por contraste. Bien acotado lo tiene Claudia Apablaza (escritora chilena residente en Barcelona) con el sintagma “consciencia narrativa”, un andamiaje de asertos y aciertos estéticos del que ya pueden hacer galas algunas de las jóvenes voces de nuestra narrativa más reciente. Les dicen generación 00.

(Paseo 152, Apto 10, la tarde apacible dispone juicios que atraviesan por esta página, una pleca sobre la elle alista otro párrafo. Café amargo para continuar.)

Seduce el nombre de Ahmel Echevarría, sus títulos, premios, raptos y actos literarios como para acercarnos con ánimo cuestionador a sus inflexiones sobre literatura. Un autor que justiprecia en su obra activa y pasiva (con otras entrevistas incluso), esa virtud del talento o ese talento de la virtud que es vivir a golpes de interrogantes contra/para todas las realidades que se nos yuxtaponen, dicho también a la manera sin par de Apablaza “entrenarse en la isla para sobrevivir a través de múltiples formas narrativas”.

(Una lluvia torrencial da de bruces sobre la Habana Vieja. El polvo y la humedad hacen otra vuelta de noria. Es 2 de octubre, pasan las tres de la tarde. La Librería Fayad Jamis subsidia a romper silencios)

En todo caso, conversar con Ahmel no deja de ser un privilegio con el que estimular la inteligencia, sortear lagunas cognitivas, conceptuales y epistémicas en torno a nuestra más reciente narrativa y a la manera en que su propia obra teje un paralelo de crecimientos ideo-estéticos que se cosechan tanto en  su persona como en su literatura. Formas “muy simples, que no sencillas” —permítanme ahora decirlo con sus propias palabras extrapoladas— de hilvanar personajes y personas, referencias y referentes, circunstancias vitales y condicionantes históricas para “llevar a la par vida y literatura, pero poniendo en primer plano a la vida”.

(Fracciono el monólogo. Interrogo. Ahmel Echevarría responde.)

¿No te parece que la narrativa cubana contemporánea precisa desprenderse ya de la “literatura dentro de la literatura” y explorar nuevos campos, sobre todo a partir del cambio de paradigmas que vive la realidad cubana contemporánea, no ya desde la ensayística o la vaga historiografía, sino dese la propia ficción?

No creo que sea una marca característica de la narrativa cubana contemporánea. Si revisaras parte del catálogo de Anagrama verás que literatura y escritores, en novelas y cuentos, no solo es patrimonio de los narradores cubanos. Rápido y mal podría decirte tres autores a manera de ejemplo: Roberto Bolaño (Los detectives salvajes, 2666), Thomas Mann (Muerte en Venecia), Paul Auster (su Trilogía de Nueva York: Ciudad de cristal, Fantasmas y La habitación cerrada).

Creo que el asunto o el problema es determinar cuánto de nuestra literatura contemporánea agrupada en la categoría “literatura dentro de la literatura” puede ser catalogada como buena o pésima obra. Si aspiras a narrar una historia donde el conflicto es aparente, porque solo se trata de un escritor que no consigue superar el temor a la página en blanco, o si es una recreación del minicuento de Monterroso —el del dinosaurio—, o cualquier asunto baladí, pues nada de valor encontrarías. Pero si en el empeño del escritor está en develar claves políticas en relación a una obra literaria determinada, a un autor en específico, a un período adverso si de tensiones entre el Estado y los artistas se trata, o una trama de crímenes y conspiraciones, de nuevos puntos de vista en la obra y vida de un autor ya sea clásico o un “gran pequeño” escritor olvidado, entonces ya estamos ubicados en otro tipo de texto, de verdaderas ambiciones.

No debe olvidarse que hablamos de literatura. Ese texto debe estar acompañado de una inconformidad, de un reto de orden artístico, aquel con el que se busca modelar o construir o narrar de manera única una historia. El activismo político o social, el panfleto, el relato histórico tiene un escenario diferente.

Por cierto, si revisas nuestra historia literaria, verás que hay temáticas que fueron tomadas por asalto por no pocos escritores: Girón y los milicianos, el Escambray y los bandidos, las becas, las jineteras y policías, los balseros, las drogas y el rock… De cuanto se escribió, de todo aquello que militó en esos bolsones de nuestra literatura, solo quedará el texto que no dejó a un lado la alta apuesta literaria.

 

La noria apunta hacia una época y sus cazadores, a mi modo de ver la realidad versus literatura atizan las cenizas de una circunstancia que late aún en la memoria de muchos de nuestros intelectuales —fíjate que no digo escritores, sino intelectuales— podría esperarse por parte de Ahmel Echevarría, como preocupación ética, una saga en ese sentido, que regrese sobre esos años, sus ordalías y sus “personajes”?

En relación a La noria, es decir al tema, te preguntarías por qué no lo utilizo en nuevas ficciones si te mostrara el material recopilado para conocer y entender el propósito de esa “inverosímil” política cultural, para realizar una suerte de retrato de grupo con las víctimas y posibles victimarios. Me enrolé en un proceso de investigación que trató de no quedarse solo en los predios de la literatura y los escritores.

Es tentador; en la calle me han abordado personas para comentarme su experiencia de lectura y de vida a propósito mi libro. Pero no creo que escriba una saga sobre ese período de nuestra historia, no creo que vuelva sobre esa estructura (correspondencia apócrifa, insertar otro personaje ficticio en un espacio cultural, político y social real, una historia de amor y otros demonios).

¿Qué sentido tiene repetir, repetirse? La vida está ahí, delante de nosotros, con más de una sorpresa; por otro lado están los “centros de poder” haciendo de las suyas, cualquier toma de decisión influirá en tu mesa, en tu ropero. Hay que tener paciencia, propiciar la lucidez en el preciso momento de escoger, y siempre apostar en grande aunque sean mínimas las posibilidades de ganarse el premio gordo.

Sin embargo, no olvido una frase: nunca digas nuca.

David/Daniel es un sujeto-personaje que se me antoja recurrente, a través de toda la obra no hice más que pensar en la posibilidad de una próxima novela tuya con este personaje-sujeto como pilastra de la trama, (si se nota el parangón con Mario Conde, no es pura coincidencia) sentí como lector la necesidad de seguirlo en sus peripecias, en sus disímiles “Davices”. ¿Podemos esperar resultados literarios tuyos en ese sentido?

Portada de Esquirlas: Por el momento no deseo que conmigo envejezca un personaje de alguna historia mía. Lo hice en mis tres primeros libros, ese personaje se llamaba Ahmel. Inventario, Esquirlas y Días de entrenamiento integran lo que llamo “Ciclo de la Memoria”...Empezaré por el final de la respuesta anterior: nunca digas nunca. Puestos ya en la aceptación de una posibilidad más o menos cercana de retomar a este personaje, te diría que tal cual no lo haría, por las mismas razones explicadas anteriormente.

Por el momento no deseo que conmigo envejezca un personaje de alguna historia mía. Lo hice en mis tres primeros libros, ese personaje se llamaba Ahmel. Inventario, Esquirlas y Días de entrenamiento integran lo que llamo “Ciclo de la Memoria”; a saltos, digamos mejor: con una alta dosis de concentración o selección, hay en esos tres libros casi cinco décadas de nuestra historia reciente: desde 1959 a 2007. Como deben suponer, toda selección implica no solo un interés, también una carencia.

El período elegido para el “Ciclo de la Memoria” está marcado por una entrada y una salida: el Comandante en Jefe Fidel Castro entra en La Habana a bordo de aquella mítica caravana (1959), ese mismo comandante va en retirada tras hacer pública una proclama en donde, producto de una enfermedad, cede de manera temporal la presidencia.

Si vuelvo a David —quizá tenga otro nombre—, es porque me interesa esa dualidad que somos. Más que buscar respuestas ando tras la formulación de preguntas que de antemano no sé su respuestas. Preguntas para entender el espacio cultural, económico, social y político llamado Cuba, es decir, formular preguntas no solo para mí, también para quien decida dedicarle un espacio de tiempo de su vida a mis libros. Por supuesto, todas tienen al hombre y a la mujer como centro, porque en lo más indómito del ser están los mejores y los peores paisajes del alma humana.

¿Acaso es inverosímil que un hombre sea capaz de desear el bien y salvar la vida de millones de seres humanos, y para llevar a cabo ese hermoso performance deba acabar con la vida de no pocas personas en una cifra para nada despreciable? ¿Se trata simplemente de una vida por otra? ¿Por qué hay quien decide formar parte del cuerpo de protección de un hombre que no es familia suya, por qué está dispuesto a poner su pecho delante de una bala dirigida a otro cuerpo, por qué apenas dedica tiempo a una familia que creó? No son pocas las preguntas. Lo que activa tales decisiones sería la guinda de mi pastel.

¿Qué interrogantes te hacías antes de tu entrada al Centro Onelio, y cuáles te haces desde que egresaste de ese centro de formación literaria, y desde luego, cómo inciden ella en la literatura que haces y que procuras?

Si te refieres a cuestionamientos de orden literario antes de mi entrada al Onelio, la mayoría tenían que ver con las ilusiones, los sueños. Eran preguntas muy simples, que no sencillas: ¿podría encontrar la felicidad en un país que ya no se parecía al que había dejado atrás, porque la mayor parte de mis mejores amigos se habían largado?, ¿qué rostro tendría esa felicidad y dónde podría encontrarla? Transcurría la dura década de los noventa.

Debo precisar que antes del Onelio estuve en otro espacio literario. No solo fue un taller y lo coordinaba el escritor Jorge Alberto Aguiar. Los dos, según el propósito de sus creadores, fueron fundamentales para mí.

Tras procesar toda aquella información, tras incorporar nuevas experiencias de vida, luego de nuevas lecturas, entre signos de interrogación quedó lo siguiente: qué hacer para encontrar un estado de plenitud.

La pregunta me ha servido para conocer la imagen que me devuelve el espejo. El cuerpo que produce esa imagen trata de llevar a la par vida y literatura, pero poniendo en primer plano a la vida.

¿En qué medida te has propuesto alcanzar con tu literatura eso que el Cortázar de La Noria llama “el lector cómplice”?

Supongo que un escritor trata de pensar un lector modelo o lector cómplice muy parecido a cómo se ve en tanto escritor —y para escribir hay que leer, y pensar (tal como diría Eco: “pensar difícil”), y hay que situarse (y como diría el Julio que citas: situarse y pensar antes de escribir cualquier oración subordinada). Si no disfrutas a Lezama, si no puedes encontrar una comunión de intereses con la obra de Carpentier o Borges, tus textos no deberían aspirar a tener en tu haber a los lectores de Lezama, Carpentier, Borges. Pero el diablo son las cosas y puedes sorprenderte con el diapasón de gustos de los lectores, esos que leen por puro placer, por un hábito digamos indómito; puedes experimentar con ellos no solo una maravillosa sorpresa, también un sofocón porque no pocos podrían demostrarte que la literatura también es su patrimonio.

En este interminable proceso de ensayo y error, de modelar personajes e historias, de formularme preguntas cuyas respuestas no sé de antemano, he tratado de acercarme a un tipo de texto que no solo pudiera provocar el placer en mí. Por lo tanto, puedes inferir que no solo escribo para complacerme. La escritura como acto ejecutado en total soledad, pero pensado para establecer futuras conexiones con un lector. Por supuesto, se piensa un lector modelo con el deseo de que esa unidad se pareciera a una comunidad cada vez mayor.

Permíteme una digresión: personajes que vayan tomando cuerpo y vida, escenas y escenarios en donde el lector pueda escuchar tanto una suerte de banda sonora (el ruido de la cuidad, una música de fondo, los sonidos dentro de una casa) como sentir los olores de la vida (el aroma del agua de violetas, de la comida recién servida, el del cuerpo tras el sexo), diálogos que animen a la deducción, a la interrogación, a completar supuestos vacíos en la historia, la tensión del Eros, el desgarramiento cuando Tanatos asoma, las líneas de fuerza generadas al interior del Estado y proyectadas hacia el espacio privado con sus consecuencias; relato de intrigas, dudas y emociones, relato de placer y dolor donde el hombre (la mujer y el hombre —en estos tiempos es menester especificar) es el centro mismo, pero un relato que no olvide un propósito digamos artístico: el arte de la escritura (pensar en Borges o el mismo Cortázar), los demonios que habitan la escritura (pensar en Virgilio —el nuestro— o Guillermo Rosales); estas podrían ser las claves del escritor que creo ser, también de cómo puedo verme en tanto lector.

Claro está, hay lecturas bien arduas cuyo disfrute opera en otro nivel, que forman parte también del lector que soy, pero terminan en lo que no pocas veces he llamado “la ingeniería interna del texto”.

A mi modo de ver —leer— la literatura que has producido me puedo dar cuenta de que Ahmel Echevarría es un autor que sabe lo que quiere comunicar, cómo lo quiere comunicar y hasta se ha creado un modo muy personal de comunicarlo que lo distingue del resto de la literatura; o de muchos de nuestros más jóvenes autores que apenas disciernen sobre estos particulares y se extravían en “ismos” inapelables. Lo que es peor, se la pasan mirándose el ombligo en términos literarios. Coméntame un poco sobre estas sospechas mías y pon tus in-quietudes estéticas al centro de tus observaciones.

He deslizado detalles de mi “modo muy personal de comunicar” a lo largo de nuestra conversación. En pos de redondear la explicación no debiera dejar en el olvido las historias. En la medida en que el escritor apuesta por otorgarle pluralidad y densidad a cuanto desea narrar, comienza a operar un cambio en los textos. No se trata, por ejemplo,  de poner en palabras la noche en que una anciana o un niño murieron de cáncer, sino el vacío que deja esa ausencia, el porqué de ese vacío, las consecuencias; tampoco puedes perder de vista el modo en que construyes tu prosa.

Justo en el momento en que empiezas a valorar de manera crítica una obra cualquiera ya sea literaria, audiovisual o musical, teatral, o de las artes visuales, cuando estableces una comparación con los clásicos o los principales artistas y escritores contemporáneos, en el preciso momento en que esa obra te revela porqué ha resistido el paso del tiempo, entonces, solo entonces, estarías en condiciones, en tanto creador, de intentar algo. Si tras sucesivas pruebas de ensayo y error alcanzas a crear una obra como “Las señoritas de Avignon”, pues un suceso para nada despreciable ha acontecido. Pero eso es harina de otro costal, porque el olvido es el espacio destinado a la mayoría de todos nosotros.

 No se trata, por ejemplo,  de poner en palabras la noche en que una anciana o un niño murieron de cáncer, sino el vacío que deja esa ausencia, el porqué de ese vacío, las consecuencias; tampoco puedes perder de vista el modo en que construyes tu prosa.En “Las señoritas de Avignon” se resumen no pocas cosas. Allí no solo hay un modo de hacer; es interesante, muy, la manera en que Picasso, ese viejo zorro, llegó a concretar la obra. Y del resultado, ni te cuento. Esa obra y Picasso forman parte de mi modelo literario. Por supuesto, lo lógico es fracasar, la derrota, quedar en la vera del camino, pero tal asunto no debe robarte el sueño.

Categoría: Entrevistas | Tags: | | |

Director: Fidel Díaz Castro

Diseño web: Héctor Otero

Relaciones públicas: Racso Morejón

Redacción digital: Editor: Racso Morejón y Darío Alejandro Escobar

webmaster: Racso Morejón

Desarrollador web: Escael Marrero

El Caimán Barbudo © Todos los derechos reservados