Actualizado el 25 de septiembre de 2015

Yunier Pérez:

Una de las criaturas más libres

Por: . 22|9|2015

Me gusta pensar que hacer arte es crear, traer a la existencia algo que un segundo atrás no era. El artista es el sujeto social con esta sagrada misión...La peña de nuestra revista en el patio de los Estudios Areito es el terreno donde en los últimos años he experimentado mayor disfrute espiritual. En ese tejido trovadoresco encontré a Yunier Pérez, que hace mucho se ha convertido en uno de los acentos fundamentales de la plaza. Por eso traigo aquí sus reflexiones, después de unas cuantas preguntas.

Chico, si tú supieras que mi vocación artística es de toda la vida. Sin embargo, ha venido a ser como la última estación de este viaje. De pequeño fue la pintura lo que más robó mi atención. De hecho estuve a solo un pasito de matricular en San Alejandro, pero en el camino me detuve y pensé: ¿Por qué castigar al mundo con colores si puedo hacerlo con sonidos? Ese alto en el camino fueron mis estudios secundarios.

Hubo un muy corto lapso en que la lectura me hizo querer ser poeta, la edad cosmonauta y la televisión, superhéroe encapuchado, pero, aunque las tres tienen que ver con volar, entendí pronto que en ninguna llegaría lo suficientemente alto, al menos dentro de mí, como soñaba. Y en eso pasó el tiempo de papalotes y llegó al barrio el de guitarras. Tuve que vender muchos aguacates para agenciarme la mía; y para cuando había aprendido a tocarla mediocremente, que es el nivel que con mucho esfuerzo conservo hasta hoy, ya estaba en tercer año de la licenciatura en Historia del Arte en la Universidad de la Habana. Mientras tanto no sé si buscaba la trova, pero encontré a los trovadores. Todavía ignoraba mi vocación para el martirio ajeno cuando ya hacía mucho que había descubierto, al menos pasivamente, a una buena cantidad de cantautores, sobre todo de habla hispana, portuguesa e inglesa.

Bueno, no te lo había contado, pero a mis 18 quise ingresar el ISA por canto lírico, y lo habría conseguido de no haber sido por un microscópico inconveniente: era en aquel entoncesla antípoda del canto lírico y de todos los tipos de canto. Por otra parte, mi madre tenía la ilusión de verme titulado, y por eso procuré la carrera que creí más cercana a mi vocación: Historia del Arte. Así estuve a lo largo de cinco años disfrazado de alguien que aspiraba a vivir oficialmente de lo que había estudiado, pero en realidad tenía una misión superior: absorber todo el conocimiento posible para tener luego algo medianamente decente, más ancho, más largo y más hondo que decir.

Nunca aprendí a tocar guitarra. La diferencia es que antes la tocaba mal mal, y ahora la toco mal nada más. No obstante, a fingir que lo hago aprendí con unos muy raros pero buenos profesores particularmente particulares, llamados Mis-oídos y Mi-vista. Mucho video musical, mucho escuchar música sin discriminar y mucho ejercicio de la composición.

Mis nervios y en especial el respetable, son quienes más sufren actualmente no haber recibido nunca una clase medianamente seria de guitarra. Solo los acordes naturales mayores y menores me fueron enseñados por mis amigos, que sí tenían guitarra desde mucho antes de la temporada de aguacates. Luego sí me tocó llenarme de muchas cosas, incluso de un poco de valor, para escapar del bombardeo de canciones idiotizantes que los medios colocaban a domicilio en mis oídos, y buscar otras armonías. Tocar la guitarra como la toco, es sin dudas la principal causa de que luego decidiera interpretar algunas canciones a capella, y otras, faltándoles el mayor respeto a los actores de profesión.

Mis primeras canciones surgen en 2009. Antes, por supuesto, transité de la natural etapa de interpretar solo a otros, a la no menos necesaria de explorar, desechar y reinventarme. La composición musical, como todo acto de creación, es también un oficio que la mayoría de las veces comienza por no ser feliz. Muchas canciones tuvieron que acabar al fondo del cesto para que pudiera ver la luz la primera que no me inconformó cuando la escuché por segunda vez. Hoy ando a mi corta edad lleno de achaques. He ritualizado el acto de componer, y no solo tengo siempre que regular las persianas para que entre la luz exacta en la habitación, sino que solo consigo crear desnudo, y entre las 10 de la mañana y las 12 del mediodía. Sin embargo, hoy consigo sentirme más satisfecho porque se parece más lo que soy a lo que pienso y lo que pienso a lo que plasmo.

Creo que la trova es de por sí un género bendecido. La intención que la genera constituye el criterio esencial para desligarla de otros tipos de música. Desde el momento en que el fin supremo del género es comunicar, incluso por encima de vender a toda costa, que no es lo mismo que vender, ya le queda abierto un horizonte de infinitas posibilidades temáticas. Esta libertad es para mí cuando menos cómoda. Nadie imagina a Cristian Castro o a Daddy Yankee dedicando un tema a una palangana vieja o a Piero della Francesca, porque la intención es otra, quizá tan lejana de la trova que ya se le opone. Me gusta creer que soy un cantautor a la sombra afortunadísima de la canción trovadoresca. Los temas de mis canciones son todas las cosas que existen.

Como cantautor, mi primera presentación se produce en el año 2012 en el llamado patio de los estudios Areíto de la EGREM, en Centro Habana, o Patio de la EGREM, como lo conocemos la mayoría. Antes ya había efectuado algunas presentaciones comunitarias organizadas por la casa de cultura de Altahabana, solo que interpretando temas de otros compositores. También me había presentado en actividades dirigidas por mi profesora de canto popular Robertina Morales, y ya me presentaba profesionalmente bajo la tutela del maestro Ulises Aquino con la Ópera de la calle, compañía a la cual pertenezco actualmente. Luego una cosa llevó a la otra y como varias personas, habiéndome escuchado, me habían aconsejado acudir a la peña de El Caimán Barbudo, decidí una tarde llegarme allí con mis canciones, que hasta ese entonces solo compartía con los amigos y mi madre.

Antes te decía que no me considero para nada actor. Son las circunstancias las que me han llevado a, digamos, cometer este crimen de lesa humanidad con los verdaderos actores, que tanto se sacrifican en sus carreras, y contra la población civil en general. Yo solo procuro apenas evitar la guitarra en algunas canciones para mí complejísimas, a la vez que intento el modo de explorar y contar la canción de otra manera. Para mi sorpresa he descubierto que esta funciona como una muy efectiva estrategia para captar la atención del público, por eso suelo en no pocas ocasiones comenzar con alguna de estas canciones a capella. Me divierto mucho interpretando a Serrat, al Bola y hasta a mí mismo desde esta perspectiva.

Yo llego a Ópera de la calle en noviembre de 2011 a través de un riguroso casting. Siempre soñé con pertenecer a una compañía así, donde todos somos una gran familia, pero donde pudiera explotar a fondo mis inquietudes interpretativas. La Ópera… me ha aportado sobre todo confianza en mí mismo; kilometraje sobre el escenario, que siempre es de máxima importancia para los de nuestra raza creativa;  salud física y espiritual; ha profundizado mi amor y mi respeto por el arte, y me ha mostrado rincones de mí que ya sospechaba que existían, pero no conocía a ciencia cierta. Siempre tendré que agradecer a todas las personas que he conocido dentro y a través de mi compañía, y en especial al maestro Ulises Aquino, por haber tenido la vista larga para comprender que, como sentenciaba la Reina Roja en Alicia a través del espejo: hay que correr si se quiere permanecer en el mismo sitio; y haber creado una compañía que considerablemente ha deselitizado el género y lo ha acercado a las masas populares.

Digamos que mis inicios son de comienzos del siglo. Por un lado andaba Habana Abierta en su mayor auge, por otros me había convertido en asiduo asistente a las presentaciones de Polito Ibañez, Santiago Feliú, Gerardo Alfonso y Frank Delgado. Recuerdo también, además con mucha nostalgia, las muchas noches que me quedaba despierto en mi litera del preuniversitario en el campo, con un mini-radiecito pegado al oído, esperando En el jardín de la noche, un programa que me fascinaba. Ahora mismo no sé si continúa en el aire. Siempre me atrapó de un modo muy raro el ambiente íntimo que generaba, y el finísimo repertorio que tenía. Silvio, Chico, Pablo, Tom Jobim, Serrat, Raúl Torres, Tosca, Sabina, Gema y Pavel, The Beatles, Carlos Varela y Fito Páez son solamente algunos de los que pude descubrir y disfrutar a través de aquella emisión radial. Luego vino lo mejor…

Creo que la trova es de por sí un género bendecido. La intención que la genera constituye el criterio esencial para desligarla de otros tipos de música.¿Tú has visto esas bombillas del alumbrado público, de cristal resistente que alumbran a los mismos muchachos que la quieren reventar a pedradas? Esas bombillas son para mí los trovadores: las bombillas que alumbran y se resisten hoy a los ataques de todos los que no han acabado de crecer aún. No deben caber en la fórmula del trovador el facilismo, la tontería, la falta de compromiso sobre todo con uno mismo, la originalidad y la ausencia de belleza en el decir, aun cuando se esté hablando de algo feo o nauseabundo. Me gusta pensar que hacer arte es crear, traer a la existencia algo que un segundo atrás no era. El artista es el sujeto social con esta sagrada misión, porque el científico, que es lo que más se le acerca, no crea sino que descubre. El trovador es, en el mundo del arte musical actual, una de las criaturas más libres. Así lo creo.

Una buena canción consta de una buena letra, una buena música, una buena interpretación, y algo más que nadie sabe lo que es, pero es lo único que importa. Esto es solo una mala paráfrasis de algo que alguna vez escuché y con lo que me sentí identificado. Mis mejores canciones: eso es lo único que me falta.

Categoría: Entrevistas | Tags: | | | |

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