Actualizado el 27 de junio de 2016

Elaine Vilar:

Me falta confesar todo: no dejaré que llegue el silencio

Por: . 22|6|2016

Elaine Vilar madruga: Me falta todo, porque la realidad es mutable y una, que es un ente de la realidad —sometida a sus leyes de semejanza y diferencia— también cambia. Durante la Feria Internacional del Libro de Antofagasta (FILZIC, 2016) que prodigó efervescencia cultural en dicha ciudad de Chile, la escritora cubana Elaine Vilar Madruga hizo notar su presencia en aquellos lares con el lanzamiento de Sakura (Ed. Desbordes, 2016), lo más novedoso de su creación poética.

Cuando repaso las páginas de este poemario descubro madurez, una voz clara que pulsa desde el alma misma, versos que logran conmover. Tras la lectura despiertala ansiedad de descubrir un poco más, de conocer cómo nace este libro, qué motivaciones sedujeron a la autora, su visión sobre las tendencias escriturales más actuales. Para atenuar tal circunstancia, me arrimo a la poetisaque en la confabulación de una entrevista —la cualaceptó de una manera afable, con una alegría sincera—permite acercarme, más bien adentrarme en ese universo creadorsuyo que le ha concedido un lugar dentro de la literatura cubana y que no repara en develar al ritmo de las interrogantes.

¿Qué significa Sakura para ti como autora? ¿Qué pretensiones te conllevaron a su escritura?

Cuando se habla de literatura no se tienen pretensiones, sino proyecciones, un deseo, una idea de poetizar que, de alguna manera, se va nucleando alrededor de tus textos. Es entonces que germina el árbol, la poesía, el sakura. Escribí este libro como un florecimiento y también como una desgarradura. Está formado por textos muy variados, que guardan una distancia temporal de varios años, aunque todos están trazados en una misma ruta, en un mismo mapa de reconocimiento, quizás porque aún no estaban agotados para mí ciertos temas o porque —y esta es la verdad— forman parte de las necesidades que debo contar: el tiempo, la muerte y su otra cara, que es la vida, la distancia, la eternidad. No son esos mis temas —sería muy pretensioso afirmarlo— sino los temas de la poesía, que andan por ahí, como al descuido, y uno se prende a ellos en determinado momento de su vida y cree que le pertenecen.

No sé si Sakura intenta hacer una nueva poesía, o contar nuevas cosas, no creo que lides semejantes me preocupen, sino otra corriente subterránea, una corriente-iceberg, que pretende lanzar su hilo al alma de los lectores y, en susurros, contarles una parte de mi vida: también eso es la poesía. A mí los grandes aspavientos formales me derrotan cuando existen porque sí, para hacer ruido y atraer miradas, no creo en lo antinatural: quiero ser el árbol, pero un árbol sembrado en la periferia, que no da gritos ni arroja frutos para que lo miren, soy un árbol que no se desgaja innecesariamente por un lauro. Crezco en soledad. Si alguien se sienta a la sombra de mi poesía, y la encuentra, bienvenido sea, pero no creo en el arte de vitrina, en el arte de exhibición, en el arte necesitado de luces y fanfarrias, sino en la disciplina de crecer, y crecer bien. Por eso te repito, una vez más, que no escribo —este poemario ni cualquier otro de mis libros— pretendiendo algo, y menos a la espera. Créeme, desde la periferia se contempla mejor el bosque y florecer aparte —con un plan personal— también da sus frutos.

Sakura es un punto más en mi escritura, en esa senda que te comentaba, en ese camino de experiencias que constituye, para mí, el arte y la vida. No califico a mis libros y me cuesta trabajo verlos desde la cercanía, porque a todos los amo y es difícil ser imparcial cuando eres juez y parte de una historia. Pero es un libro de satisfacciones, que me hace feliz. Por él, conocí a decenas de maravillosos poetas chilenos que me robé y convertí en amigos. Y viví las noches de Santiago de Chile, por primera vez en toda mi experiencia, como una escritora bohemia. Y salí a conocer, junto a Oscar Saavedra —de los buenos poetas de allá— los colegios donde florecen niños escritores, con una sensibilidad a prueba de balas, deseosos de escuchar y de aprender. ¡Cuántos regalos en tan poco tiempo!

Casi en silencio, te confieso que cada uno de mis libros de poesía que sale a la luz es una oportunidad de demostrarle a muchos que una, además de ser narradora y dramaturga, es también poeta. No son coyunturas para dar cuerpo a una vendetta personal, pero sí para reivindicar a aquellos que sí creyeron en mi poesía. Sakura es solo un paso más en mi búsqueda: quiero creer que un paso sólido, pero mi terreno no es el de la especulación. El tiempo dirá.

Cuando confronto las páginas de este cuaderno descubro temáticas como la familia, el amor, la soledad, el miedo al tiempo. ¿Cuánto hay de Elaine Vilar en él? ¿Cuáles esencias lo distinguen del resto de tus poemarios?

Casi toda mi poesía es un retrato, un daguerrotipo; para ser más modernos, un selfie. Aun en aquellos poemas que no son míos, que escribí partiendo de una vivencia ajena (la que te roza de lejos pero deja marcas), hay pautas del ser que soy. Dicen que el escritor escribe desde lo que conoce… yo agregaría, también, desde lo que desconoce, porque el deseo por llegar algún sitio y correr un velo es un poderoso motor poético. Independientemente de esto, el campo de la experiencia es enorme, yardas y yardas de sentidos que conforman tu cotidiano y van grabando un mapa, un cierto trazado de las circunstancias que, más tarde, son útiles para la poesía. Yo estoy presente en toda mi escritura. A veces en silencio. Otras, necesito gritar. Pero también viven, en ella, a quienes he amado y ya no están, a quienes amo y están, tantas y tantas criaturas que me han permitido observar y ser testigo de sus particulares devenires. Escribo por ellos y por mí. Este juego tan serio de la literatura habla siempre de la comunión con el otro. Mi presencia en la poesía es solo la de una partícula, pequeña como tantas, que a veces se pierde y luego reaparece al abrazar otras partículas.

Si tuviera que mencionarte algunas esencias que distingan a Sakura del resto de mi producción, no sabría responderte. Para mí la poesía no es ruptura, sino continuidad; no es farallón, es bloque; no es monodía, es polifonía. Sakura es la continuación de un poemario que fue escrito y la sucesión de otro que quizás aún no lo ha sido. Es centro y es periferia. No se corta: fluye.

Hay arquetipos, diversas corrientes que impulsan y nutren el universo poético de un autor, en tu caso particular, ¿cuáles son?

El trabajo con los arquetipos siempre me ha interesado pues forman parte de una corriente, de un sentido del fluir que funcionan —sujetos individuales y colectivos— como asideros en el bosque de símbolos de la vida. Con ellos me sucede que puedo dialogar por un periodo de tiempo y luego desprenderme, y más tarde reciclarlos: todo depende de cierto espíritu, de cierta necesidad de contar determinadas cosas. Entre las figuras arquetípicas que encuentro en mi poesía —y fíjate que te ofrezco solo un mapa breve, ni siquiera profundo— se encuentra la Madre en su doble definición (la vida y la muerte, el útero atrofiado, el cáncer de seno, la imposibilidad de encontrarse) y el Clan que es —en vulgata y brevemente— la familia. Si tuviera que definir dos núcleos serían estos. Parecería simplificador aunque, si se mira de nuevo, se encontrará que los arquetipos están hechos con la misma materia que la teoría del iceberg: ocultan bajo las aguas más de lo que muestran al mundo.

Me preguntas también sobre corrientes, y te diré que estas me son confusas y tienden a ser tan focalizadas en su temporalidad que me aburren. Mi poesía se nutre de otras tierras y busca otros núcleos. Y se tiene que vivir casi religiosamente. No me refiero a hacer una poesía de claustro, una poesía de altar, intocable en sus alturas, sino que hablo del comulgar primigenio, de la poesía que se disfraza para bailar, corre y salta, del verso que no sabe que lo es pero que vive como tal, de la poesía como rito báquico, del misterio. Sigue siendo religión, porque yo creo en ella.

¿Qué tiempo, qué lugar ocupa la escritura en tu vida? ¿Escribes por placer, por oficio, o estableces cierto equilibrio entre ambos?

No, aquí no hablaré del tiempo (o el espacio, las categorías por lo general van unidas) que ocupa la literatura en mi vida, porque habría que invertir la oración: mi vida es la escritura. Cuando necesitas sentarte y poner tu sangre en papel, transformar tu alma en oración, escindirte en la gramática y las coordenadas de las historias, y aun así, en el proceso, ser feliz como ningún otro ser humano, entonces creo que uno se gana el derecho —porque sí, lo es— de llamarse escritor. Y yo lo soy. Muchos me han mirado por encima del hombro cuando he afirmado algo semejante a esto, lo que me ha permitido darme cuenta de que no todos los escritores lo son (que hay muchos “velocistas” de concursos por ahí, disfrazados bajo un nombre que no les pertenece), y que pocos viven la literatura desde la necesidad vital. Bueno, pues mi camino es otro, y entenderlo forma parte del aprendizaje que te ofrece el mundo de la literatura.

Siempre escribo por placer. Y por oficio. Si solo se escribe pensando en lo primero, se corre el riesgo de producir poco y muy malo (solo algunos privilegiados, algunos genios mantienen vivo el músculo de la escritura aunque medien años entre un libro y otro). Cuando se escribe solo por cumplir con determinadas rutinas, porque te afanan los concursos, el dinero, el glamour de las cámaras en una premiación o cualquier otro motivo que no sea el del verdadero placer de la escritura —ese que ha de llamarse amor, y no otra cosa— se gestan escritores vacíos, escribas sin alma, reproductores seriados de un producto que podrá ser cualquier cosa, pero no literatura.

En otras palabras, para mí, el hecho de desear escribir desde la pasión va siempre aparejado al rigor del oficio. Independientes, estos conceptos se convierten en incompatibles con la forma en la que yo vivo la escritura.

Has alcanzado diversos premios que acreditan tu calidad como autora, también cuentas con disímiles publicaciones en editoriales extranjeras y cubanas. ¿Qué significa para ti ser una de los escritores jóvenes más publicados y por ende más conocidos dentro y fuera de Cuba?

Es un privilegio que conlleva obligaciones porque, lo quiera o no, muchos ojos están pendientes de ti y tu obra. Algunos lo hacen desde la generosidad; son esas personas que aguardan por tu próximo libro, que te leen, te comentan y hasta te critican con buena fe. Otros… bueno, los otros son aquellos que tienden a adjudicar todos tus éxitos a la suerte y como esa —al ser un concepto tan medieval y abstracto— tiende a agotarse en algún momento, están a la espera del primer descalabro, entiéndase en sus múltiples conceptos. Hay un lugar común que funciona a la perfección: son los gajes del oficio. Pero cuando te hablo de obligaciones, me refiero también al respeto que le debo a mi propia obra y al público que la lee: he intentado, siempre, que todos mis libros dialoguen de manera diferente con sus lectores, que toquen otras zonas de su alma, que hablen de rutas diversas de mi camino personal. No me gusta repetirme, ni siquiera en los géneros en los que soy más productiva (al menos en cuestión de publicaciones, no en cuanto a escritura, estas no son constantes que se toquen). Cuando publico un libro es porque lo siento listo para salir de mis manos; dispuesto, entonces, a pertenecerle al público. Por eso es que todos mis textos, te decía antes, me ofrecen satisfacción.

También he intentado ser una autora consecuente, Milho. Quiero visibilizar a otros escritores jóvenes que lo merezcan —la competencia sana entre pares es siempre un motivo de alegría, nunca de miedo— porque me doy cuenta que no siempre se publica ni  se premia bien, y que muchas personas valiosas van quedando en el camino, como ofrendas para la no-historia. Y eso es doloroso. Pienso siempre que yo pude ser una: oportunidades no faltaron. Este es un compromiso que tengo como una bandera personal, como mi propia guerra silenciosa, que no tiene enemigos precisos porque no me interesan los descalabros ajenos, pero sí muchos amigos, muchos rostros y nombres que me interesa conocer y que deseo, además, sean conocidos por el público.

El resto de los lauros y reconocimientos que he recibido —los abrazos de apoyo, tanto los privados como los públicos— no creo que estén dirigidos a mí, a la escritora que soy. Quisiera pensar que todos y cada uno de ellos son para mi obra.

¿Cómo ves el trabajo que ha realizado la Editorial Desbordes en relación a tu libro? ¿Volverías a publicar con esta entidad nuevamente?

Fue un trabajo muy serio, de casi un año: e-mails mandados de un buzón de entrada al otro, algunas pausas necesarias, luego retomar el proceso con mayor energía. Mi satisfacción hacia Sakura radica, sobre todo, en la seriedad del equipo de trabajo chileno. Da mucha alegría cuando se entabla una buena relación, una química satisfactoria, entre editores, casa editorial y autor. Cuando no sucede, cuando los problemas o los traspiés comienzan a mediar entre las partes, entonces es mejor retirar un libro o renunciar a una publicación: no sería la primera vez que me ha pasado.

Con Editorial Desbordes —Alexis Donoso, Salvador Troncoso Curivil y Gonzalo Geraldo Peláez, estos son los nombres tras el nombre— viví una maravillosa experiencia: todos ellos son muy jóvenes y eso nos acercaba pues compartimos intereses poéticos y literarios semejantes; pero, amén de todo esto, viven su oficio, el de la edición y promoción de un libro, con intenso rigor. Además, ¡son buenísimos anfitriones!, organizan presentaciones estupendas y te hacen sentir como en casa. La relación humana cálida —porque un escritor y un editor son más que rostros o mentes detrás de una computadora, sino almas y creación en movimiento— es la base del respeto; y el respeto garantiza el éxito. Es una fórmula fácil y básica, pero que algunos editores —y también autores— han olvidado, desgraciadamente.

Con Editorial Desbordes volvería a publicar, claro que sí. Algunos planes futuros dan vueltas por mi cabeza y las de Salvador, Alexis y Geraldo: queda la concreción.

¿Qué lecturas atrapan tu atención en estos momentos? ¿Podrías citar algunos autores de preferencia?

En los últimos meses, casi todas mis lecturas están relacionadas con las investigaciones que realizo para la escritura de mis obras; se puede decir, de alguna manera, que son lecturas que hago por deber y no todas, la verdad, son placenteras. Como a veces tengo varios libros en proceso —transcurren paralelamente—, por lo general los textos que me acompañan son muy eclécticos. La lectura por placer, en ocasiones, se convierte en un lujo para mí: otra vez la obsesión del tiempo, que no me alcanza nunca. En este justo momento, estoy envuelta en una investigación histórica para una obra de teatro —la última que escribí semejante fue Raspute/Encrucijada, una visión sobre la Rusia zarista y el monje loco imperial: Rasputín, en su relación con los últimos miembros de la familia Románov; la búsqueda de material tardó cuatro años— que no tiene fecha fija de culminación, pues el acceso a los libros se me dificulta. Para hablar de investigación histórica se puede usar también el sinónimo de rastreo: es necesaria mucha paciencia y no perder las alas, ni frustrarte cuando no aparecen los manuscritos que precisas… o cuando el dinero no te alcanza para comprarlos. En este justo momento consumo mucha biografía en inglés. Me gusta la rigurosa, no la escritura con omisiones creada para un público ávido de chismografía. No siempre la encuentro, pero al menos lo intento.

Tengo muchos, muchos autores que admiro (no quiero usar la palabra preferencia, porque esa cambia con el tiempo): Lina de Feria, Gina Picart, Michel Encinosa, José Martí, Faulkner, Omar Khayyam, Jean-Paul Sartre, Rimbaud, Salman Rushdie, Heiner Müller, Sarah Kane, Alejandra Pizarnik. Estos son algunos nombres, quizás los que tengo más cerca del corazón, o de la memoria.

¿Qué nuevos proyectos tienes en proceso de creación?

Muchos. Pero el primero de todos es El trono de Ecbactana, una trilogía de novelas que ha ocupado mis dos últimos años y con la que he sido una mala madre, pues la he abandonado por largos períodos de tiempo. Aun así, y porque la literatura sobrevive sin la intervención del escritor, comienzo en las próximas semanas, el tercero y último de los libros. La buena noticia es que el primero comenzará a publicarse en poco tiempo, así que viviré un proceso de escritura extraño y diferente a todos los que he experimentado hasta hoy: el hecho de que un libro sea publicado antes de que el último haya sido concluido. Luego, tengo tres proyectos teatrales en palestra: Abasiofilia, que es un intento de estudio sobre las parafilias; una obra sobre la vida de Marilyn Monroe, mujer ícono sexual del siglo XX; y, finalmente, un texto donde versiono Las brujas de Salem, de Arthur Miller (y sí, es pura coincidencia que Marilyn y Arthur se hayan encontrado en mi producción… o quizás no). A la par, estoy escribiendo poesía, no toda la que quisiera, pero qué se le puede hacer: la poesía no obedece órdenes.

Desde tu perspectiva como creadora, ¿qué opinión te merece la poética que vienen realizando los escritores más jóvenes? ¿Consideras que las ardides escriturales de hoy gozan de calidad?

No sé si Sakura intenta hacer una nueva poesía, o contar nuevas cosas, no creo que lides semejantes me preocupen, sino otra corriente subterránea, una corriente-iceberg, que pretende lanzar su hilo al alma de los lectores y, en susurros, contarles una parte de mi vida: Como toda generalización, se corre el riesgo del error. Creo que, si se mira a la escritura joven como un bloque —he aquí el primer craso desliz, porque existen tantas poéticas como individuos—, se tiende más a la experimentación formal que a la profundidad conceptual. Actualmente, a mí como público, especializado o no, me parece mucho más interesante la poesía joven cubana que la narrativa; creo que esta última ha llegado a un punto de estancamiento donde se repiten una y otra vez las mismas propuestas estéticas con títulos diferentes. El teatro, por otro lado, tiendo a verlo demasiado simple, demasiado centrado en un escenario de cuarta pared, muy poco propositivo en cuanto a potencial puesta en escena y, lo que es peor, en ocasiones calcando escrituras del pasado. Todo esto, y lo repito para evitar malos entendidos (pues la palabra tiene poder), lo hablo como generalización: dicen por ahí que cada regla tiene su excepción y esto, independientemente de ser una visión personal, tiene —según creo— varias y honrosas excepciones. De cualquier manera, y lo dejo como una estela final, me preocupa mucho la liviandad con que se escribe y se asume la literatura hoy en día.

¿Podrías mencionar una palabra con la que definir tu escritura poética?

Árbol. Bosque. Raíz. Movimiento. Acción. Teatro.

Si tuvieras que elegir un poema de Sakura, uno que fuera síntesis, alma del libro —quizás de ti misma—, ¿qué texto entre todos seleccionarías?

Permíteme el riesgo de elegir dos: Frida Kahlo se me parecía y Sakura.

Pero, como siempre, temo que estas no sean mis esencias definitivas. Es demasiado peligroso definirlas como los núcleos del libro. En otras palabras, vale más decir que todos los otros textos, esos que no mencioné, están presentes en estos dos que sí.

¿Qué le falta a Elaine Vilar por decir, confesar mediante su obra?

Me falta todo, porque la realidad es mutable y una, que es un ente de la realidad —sometida a sus leyes de semejanza y diferencia— también cambia. No cada diez años, cada quince, sino casi que instantáneamente. La poeta, la mujer, el ser humano, la escritora/yo, cree/creo en la transformación. Me falta confesar todo: no dejaré que llegue el silencio.

 

17 de junio de 2016

Categoría: Entrevistas | Tags: | | | |

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