Actualizado el 29 de agosto de 2016

José Alberto Collazo Oramas:

Hemos adquirido el vicio de tomar posiciones extremas… ¿Y los grises?

Por: . 25|8|2016

José Alberto Collazo Oramas: Todo autor aparece en lo que escribe, ya bien disfrazado o al desnudo. Propongo una aproximación a alguien conocido por sus excelentes recomendaciones en la sección de corte y costura del programa “De tarde en casa”; un sastre, diseñador y profesor de manualidades pero que es, también, escritor y merece una mirada hacia ese otro perfil creativo suyo.

Tercera Arista (Editorial Unicornio, 2002) es un cuaderno que puede ser leído —más bien abordado— desde múltiples prismas. El estilo del lenguaje aunque claro, es intencionado y con una notable carga de ironía. Los personajes nos toman de la mano y nos hacen vivir sus tribulaciones en la piel propia. La autenticidad, el manejo de los recursos narrativos y el patente sarcasmo de las historias son los rasgos que otorgan a este libro una esencia que permanece viva, ardiente aún en los días que corren.

Toco entonces a la puerta de José Alberto Collazo Oramas; y soy bien recibido, al tiempo que disfruto de la connivencia y buen clima que permite esta entrevista, la cual llega ahora a los lectores un poco aderezada con pespuntes, recortes de tela y lentejuelas.

Tercera Arista mereció los Premios Félix Pita Rodríguez y de la UNEAC 2001 en el género de narrativa; y recibió además buena acogida por parte del público. ¿Qué significó para ti haber obtenido estos galardones y la aceptación de los lectores?

Justo en el momento que has sido premiado, pasas por un estado de aturdimiento. No te lo crees y al mismo tiempo dices: “Me salí con la mía”. También fue un proceso de sentimientos encontrados. Mi libro no fue escrito para un concurso, lo hice como un arma para enamorar a alguien y no surtió efecto. Cuando te enamoras cometes los actos más ridículos a los ojos de otros. No te avergüenzas, ni te arrepientes por lo hecho. Como “quien tú sabes” no tenía hábito de lectura, el libro tomó un rumbo más inteligente. En lugar de una sola, unas cuantas personas se han enamorado de lo que escribí —amén de los detractores—. ¿El significado?

Me acordé de una compañera de viajes cuando yo iba a la Plaza Roja, al pre de la Víbora. Ella fue la primera en decirme: “Un día vas a escribir un libro”. Teresita, una bibliotecaria de los ochenta, que atendía al público en una institución cultural poco visitada: una bibliotequita empolvada en Trocadero. Con dieciséis años me enteré de que hubo alguien llamado Lezama Lima; y al verlo retratado junto a Cintio Vitier, me dije: “Este hombre no es cualquier cosa”. Yo conocí a Lezama antes del fenómeno Fresa y Chocolate.

Muchos consideran que la temática abordada en tu libro coquetea con situaciones homoeróticas, aunque los conflictos proyectados en el mismo sean inherentes a cualquier relación de pareja. Sin embargo, ¿por qué utilizas para tu primer libro este tópico que —sin llegar a estereotipos— ha sido siempre un asunto tan polémico, controversial?

Mira, Milho, no sé en otras partes, pero la mayoría de los cubanos hemos adquirido el vicio de tomar posiciones extremas: eres blanco o negro. ¿Y los grises? Entre líneas muchos dirán: “el autor quiso decir…” Eso lo dice el lector, no yo. Fui extremadamente meticuloso en escribir un libro sexualmente ambiguo. Si observas, en el texto hay un único nombre: Eraz. ¿Y a qué género pertenece? Si pones “te vi sentada”, “te vi sentado…” ¡Ahí tú estás definiendo! No es lo mismo a “Vi cuando te sentaste…”

Escribí para que muchos se sintieran reflejados, sin importar lo que les gusta hacer a puertas cerradas. Tercera Arista puede verse como un libro homoerótico, y también “heteroerótico”, si es admitida la palabra… No caigamos en el vicio de que, por tener la cabeza cuadrada, hay que martillarla en un taller de chapistería para tenerla redonda como el resto de la gente. Nunca tuve miedo a que la publicación del libro fuera censurada.

¿Consideras que tu propuesta narrativa arrojó algo diferente a la urdimbre de narradores emergentes de aquel entonces? ¿Cómo crees que sería recibido tu libro hoy, a 14 años de su publicación?

Conocí a Omar Felipe Mauri y a Pedro Pérez Rivero el día de la premiación. No era miembro de ningún taller literario, ni siquiera me senté a ver el programa “Universidad Para Todos”, con las Técnicas Narrativas. Llegó a mis oídos por muchas voces especializadas que sería muy difícil que yo escribiera un libro capaz de superar a Tercera Arista. Yo no escribo para opacar a este o al otro; ni para hacer alardes técnicos. Si el tecnicismo sale, eso que lo descubra el investigador o el crítico literario. Hago esto por darme el soberano gusto de escribir, asumiendo los riesgos.

He leído algunos narradores noveles y me he quitado el sombrero ante ellos; pero nunca me he propuesto ser el mejor, ni el más prolífero. En cambio, abogo por lo diferente, lo raro. Antes de tu entrevista, releí el libro. A mi juicio, no ha envejecido y… si el tipo se mantiene, no es tan malo. ¡Creo yo!

¿Cuánto hay de José A. Collazo en Tercera Arista? ¿Son estos personajes el reflejo de una realidad ajena, o llevan en algún modo esencias de la persona que eres?

Cuando uno escribe, se nutre de las historias vividas y de lo que te han contado. Súmale a eso tu propia imaginación. Por ética, “cambias el vestuario y el maquillaje”. Quise mostrar un eje de personajes que puede aparecer en cualquier época y lugar. Es por eso que no tienen nombres, aunque algunos lectores vean el libro “como una novelita”. Mis historias tienen un orden dramatúrgico: el conocimiento, la interacción, la cúspide, la encrucijada. Los cuentos funcionan por separado, pero si los quieres hilvanar, te cabe el derecho. Puedes quedarte con el final que te apetezca, o con los dos. Hay quien precisa de más de una persona para compartir afectos y sentimientos. ¿Por qué no puedes, entonces, quedarte con los dos finales? ¿Aparece algo de mí en las historias? Cuando descubras una vis cómica, algo de sarcasmo y un toquecito frívolo… ¡ponle el cuño!

¿Por qué no has publicado otro cuaderno? ¿No temes ser olvidado, borrado de la memoria literaria de la isla?

Reconozco, por mi parte, cierto abandono. También resulta difícil cuando no dispones de un ordenador a tiempo completo. Escribir reclama un aislamiento, pues cuando te cortan una idea… ¡tú quieres matar a quien te interrumpe! Dicho en el mejor sentido, claro. En lo personal, yo no puedo ir a un Joven Club donde muchas veces el silencio no se respeta. Con gente “cotorreando” a tu alrededor, resulta imposible. Dichoso quien se enquista y lo puede hacer. Sí te digo algo: no sé si “la próxima víctima” supere a la primera. Tengo plena certeza que será un libro mucho más maduro, profundo y desgarrador.

¿Miedo al olvido? Puede que la isla no me conozca como escritor. La TV, en cambio, me ha dado a conocer en otra faceta. Tú sabes…

Tras varios años de ausencia en la treta literaria insisto en preguntar: ¿Escribe José Alberto Collazo todavía?

Sigo escribiendo. Tengo preconcebido un nuevo libro de cuentos. ¡Ese sí te garantizo que es de tema gay! Aquí no hay mascaradas. Todo depende de que mis economías vayan viento en popa. Veamos “Si Luz Marina Romaguera compra el ventilador” o “Si a Lala Fundora le asignan el refrigerador al contado”. Hace más de diez años tengo una novela terminada, precisando de limar asperezas. Creo que sería muy buena para adaptarla como serie televisiva; pero reclama un presupuesto elevadísimo. Salen desde los quicos plásticos y los tenis cañeros pintados con betún; hasta las propuestas de Telarte vendidas en Fin de Siglo. ¿Te imaginas recrear más de seis décadas a lo Eric Grass?

Hay varios perfiles en tu quehacer artístico… Partiendo de estas realidades, ¿ha suplantado el diseñador/sastre al narrador, o estableces algún equilibrio entre ambos? ¿Son estos ejercicios un medio de sustento inmediato, o mecanismos para mitigar la avidez creativa del artista?

Mira, tú puedes escribir hasta en la envoltura de una caja de cigarros. Puedes hacerlo con limón, con sangre y hasta con los excrementos. Pero el estómago en blanco tiene una capacidad de resistencia. Cuando la responsabilidad doméstica te cae “como una entrada de cocotazos”, estableces prioridades. Tú no puedes sentarte a escribir con calma, sabiendo que está rota la cerradura de tu puerta. No censuro a quien tenga ese don; yo, en cambio, no clasifico. Mi realidad me ha condenado a ser un modisto que escribe cuando la economía se lo permite. Me gustaría ser un artista que vive de dos máquinas: la de coser y la de escribir. Y persisto en que el punto de equilibrio se haga realidad.

¿Qué autores llaman tu atención? ¿Cuál de ellos ha marcado tu obra escritural en algún sentido?

De narradores cubanos, cuatro conforman mi “médula espinal”: Dulce María Loynaz, José Lezama Lima, Onelio Jorge Cardoso y Dora Alonso. Son como los cuatro libros de anatomía humana que todo graduado de medicina debe saber de la pi al pa. La Loynaz y Lezama son lo académico, la clase: la zapatilla de ballet en el pie derecho. Onelio y Dora son lo campechano, el hombre descalzo que sólo puede aspirar a la chancleta de palo, la alpargata o la bota embarrada de fango, cubriéndole el pie izquierdo. Me gusta ligar la danza cervantina y la harina de maíz seco, cocinada al carbón.

¿Qué opinión te merece la narrativa cubana actual?

De la narrativa de estos tiempos… Hace más de doce años “largué las tripas” leyendo a Ena Lucía Portela con Cien botellas en una pared. No quiero absolutizar, pero es una de las mejores cosas que he leído si de realismo sucio se trata. Tengo otro libro, de José Abreu Felipe, Dile adiós a la Virgen. Ahí si hay homoerotismo del bueno. De hecho, no lo presto para no perderlo. Otra voz (y no porque sea mi entrañable amiga) que va ganando puesto merecido es Dazra Novak, y te dejo la miel en los labios para la pregunta que sigue…

Eres egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, y esto es una magnífica credencial para cualquier narrador del país, pero, ¿cuánto queda del Centro Onelio en ti?

Tengo una gratitud infinita hacia el profesor Heras León y toda su cátedra. El Onelio “me echó a perder”. Es como cuando a un miope le ponen, por vez primera, los espejuelos graduados. Me he vuelto adorablemente insoportable cuando leo algo o cuando voy al teatro y veo una puesta. Vivo todo el tiempo analizando los parlamentos, si son bien o mal pensados. No sé si es que he envejecido, pero soy implacable con lo que leo y veo. Quizás por eso me exijo tanto a la hora de escribir.

Tuve el privilegio de tener un grupo… ¡para la historia! Como la canción de Gilberto Santa Rosa. Sin apasionamientos ciegos, tuve a mi lado, en todas las clases, sentados en lo último del aula a Dazra Novak (ese es el nombre artístico, porque yo sí me sé el del Carnet de Identidad). Imagínate, ella es “mi tierno azul”; y yo, “su esposo literario”. Con esto que te digo, ¿puedo pedir algo más?

¿Cuál tema de todos los posibles, esos que conciernen a la literatura, no abordarías nunca en tu obra?

Escribí para que muchos se sintieran reflejados, sin importar lo qué les gusta hacer a puertas cerradas. Tercera Arista puede verse como un libro homoerótico, y también “heteroerótico”, si es admitida la palabra… Las palabras “siempre” y “nunca” son como “blanco” y “negro”. Cuando en una pareja la cosa se pone crítica, el siempre y el nunca “se disputan el uno en el escalafón del vocabulario”. Pero si de nunca vamos a hablar… Hay un proverbio que dice: A lo que no puedas, nunca te atrevas. Tú no puedes defender una Tesis de Grado si no has hecho tú la investigación. Quien se respete un poquito, no debe escribir sobre temáticas que le queden grandes, por encima de su talla. Pues aparece el sabio, con todo el derecho a sacarte el sable y haces el ridículo.

Me parece (y no quiero ser absoluto) que nunca escribiría de deportes, pues siempre en eso fui un fracaso. Las notas que siempre me bajaban el índice académico eran las de geografía, biología y educación física. Yo del paramecio, lo único que conozco es la silueta; y de las rocas, que son calizas, ígneas y metamórficas. Y si existen otros tipos, que me decapiten los geólogos, no voy a molestarme por eso. Nunca escribas de lo que no sepas.

Si tuvieras que ocupar —inevitablemente— un sitio, ser parte de esa “Tercera arista” que has creado en tu cuaderno, ¿Cuál serías?

Todo autor aparece en lo que escribe, ya bien disfrazado o al desnudo. En Tercera Arista sólo aparecen cuatro personajes. De los cuatro, hasta ahora, me parece haber estado en tres. Comienzo por el ferviente enamorado que llegó a destiempo. He sido el rompecorazones, capaz de bañarme y esconder bien la ropa. Me encanta estar en la piel del colega, ese comodín celestino… Claro, cuando el caso bien lo merece. Puede que haya sido el cornudo. Quizás, si me toca serlo, me echo a reír al sorprenderlos in fraganti. Menos “darle candela al sofá”, haré cualquier otra cosa. La especie humana es impredecible. Quizás me da por escribir un culebrón mexicano, mexicano, mexicano…

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