Actualizado el 23 de noviembre de 2016

Alfredo Martirena Hernández:

Toda caricatura es política

Por: . 20|11|2016

—Yo siempre me pongo del otro lado, para no ser injusto ni irrespetuoso. Si voy a criticar a un funcionario trato de comprender su punto de vista, aunque a veces resulte difícil o imposible.

Fotos: Yariel Valdéz González

No es economista ni sociólogo, pero puede penetrar la sociedad cubana (y mundial) con agudeza provocadora. Si se compilaran las más recientes obras del caricaturista Alfredo Martirena Hernández, uno llegaría a tener una idea bastante exacta de los principales conflictos y debates de Cuba durante las últimas décadas.

Desde Santa Clara, la ciudad de toda su vida, Martirena no para de dibujar. Nutre a Melaíto,1 al semanario Vanguardia,2 al Dedeté,3 a Palante,4 incluso a periódicos impresos y digitales de América Latina y Europa. Desde Santa Clara, también, ha alcanzado altísimos premios del humor gráfico, conferidos en Cuba y el extranjero por su capacidad para sintetizar conflictos sociales en líneas sagaces, apresuradas.

A mi pedido, lanzó sobre la mesa de trabajo periódicos y revistas de todas partes. Se pueden hojear las páginas sin atender las firmas: los trazos, los diálogos sencillos más no simplistas, la sátira o la sutileza de su humor político, lo descubren dondequiera que publique. Pero vamos al revés: que Martirena descubra hoy la caricatura, que penetre al humor gráfico cubano, como penetra “el bolsillo”, “el mercado”, “la calle”…

—Martirena, a pesar de la tradición tan estimable de la caricatura cubana, los planes de formación de artistas plásticos de nuestro país obvian esa especialidad. ¿Por qué cuando se estudia Artes Plásticas la caricatura queda en medio de un vacío, en terreno de nadie?

Caricatura de Alfredo Martirena Hernández—Cuando tú vas a una escuela de Artes Plásticas, por razones lógicas, los profesores quieren enseñarte las reglas básicas, académicas, de la pintura. Y la caricatura deforma esas reglas. Ese, creo yo, puede ser el primer prejuicio que afecta la enseñanza de la caricatura.

Sin embargo, a diferencia de Cuba, en Argentina y España hay escuelas privadas. Son iniciativas de dibujantes de prestigio a quienes les interesa sentar un legado, ya sea por razones económicas o por el gusto de enseñar. En México creo que existió una academia de caricatura. Pero en Cuba, que yo sepa, esa enseñanza no ha pasado de los círculos de interés.

Y es una gran contradicción, porque nuestro país se habituó, mucho antes de la época revolucionaria, a contar con la caricatura editorial, con la opinión gráfica en la prensa. ¿Y qué pasó luego? Gracias a esa tradición hubo un boom de periódicos y revistas como Pionero, Palante y otras publicaciones cómicas que reproducían historietas.

Pero hoy, aunque se mantengan Palante, el Dedeté, Melaíto, nos falta en gran medida el soporte impreso. La Editorial Pablo publicaba cómics hasta que la falta de papel, en medio de la crisis económica de los noventa, dio al traste con esas publicaciones y afectó la evolución natural de nuevas generaciones de caricaturistas. No obstante, siempre aparecen artistas. Siempre hay oleadas de dibujantes que surgen. En los ochenta aparecieron Boligán, Ares, Gerardo Hernández, Laz, Adán, Garrincha, hasta yo… Y ahora, de nuevo, hay un grupo de jóvenes, sobre todo en La Habana y en la parte oriental del país, que ha ido creciendo de manera autodidacta. Alguien siempre les ayuda, pero el trabajo de los caricaturistas sigue siendo un oficio solitario.

—Mucha gente piensa que quizá la caricatura no se estudia en la academia cubana porque se le considera un arte menor.

Yo respeto a cada dibujante en cada lugar, mientras sea consecuente con su obra. No todo el mundo tiene que defender los mismos criterios. Podemos tener puntos de vista diferentes, sin tener que ser enemigos.

Foto: Yariel Valdéz González

—En alguna medida… Es obvio que las instituciones han promovido ese prejuicio: nada más hace falta notar que la caricatura ni siquiera se valora como una asignatura opcional. Por otro lado, hay dibujantes y pintores que viven con el complejo de que el humor gráfico es un arte menor. Yo particularmente no tengo esa idea: sé que en la pintura hay cosas que nunca podría lograr, pero me imagino que los pintores tampoco puedan alcanzar la síntesis de la línea con tanta facilidad como un caricaturista, por ejemplo.

Y si no hay academia, ¿cómo se forman los caricaturistas cubanos?

—En la formación autodidacta siempre influye la posibilidad de tener un espacio para publicar. El espacio impulsa a la gente a hacer caricatura, a hacer humor general, erótico, editorial… Pero si los caricaturistas (incipientes) no tienen dónde publicar, generalmente optan por no hacer nada. Y claro, si tuviéramos mejor conexión a internet, si todos pudiéramos mantener un blog, el panorama sería diferente. Pero en Cuba la infraestructura digital no nos acompaña. De momento, buscamos el soporte de papel, y la formación de los caricaturistas depende de ese espacio físico.

Siempre me ha llamado la atención que el humor gráfico sea un arte eminentemente masculino. ¿Por qué apenas aparecen algunos pocos nombres de mujeres en la caricatura cubana?

—Ese es un problema que trasciende a Cuba. Pero ahora mismo, gracias a la liberación de la mujer, me parece que el panorama está cambiando. Antes la gente veía mal que una mujer fuera pintora o caricaturista porque existe el mito de que los artistas plásticos en general tienen una vida un poco mundana. Por eso, que haya poca presencia femenina en el humor gráfico tiene que ver con la discriminación que han sufrido las mujeres. Por todos los prejuicios de género, a los hombres se nos ha facilitado más que a ellas el trabajo como caricaturistas.

Por suerte, hoy en todo el mundo ha surgido un grupo de excelentes caricaturistas: te puedo hablar de Maitena, de Argentina; y de Elena Ospina, top de las mujeres en el mundo. Sin embargo, en Cuba tenemos unos pocos nombres, nada más. Alicia de la Campa, por ejemplo, además de ser una pintora fabulosa, hizo caricaturas para el Dedeté por algún tiempo. Y también está Miriam [Alonso Cabrera], la subdirectora y diseñadora de Palante. Ahora mismo Roland5 tiene a muchachitas de 14 y 15 años en su Círculo de Interés de dibujo. A mí me parece un fenómeno muy interesante, porque las mujeres tienen un punto de vista diferente.

—Yo he visto siempre que cada artista propone su definición particular de caricatura, de humor gráfico. Es obvio que hay caricaturas que no provocan risa. ¿Se le puede llamar humor gráfico a todas las caricaturas?

Caricatura de Alfredo Martirena Hernández—Esa es una cuestión de criterio. Yo creo que hay caricaturas que están entre los límites de la ilustración y del humor. En mi caso, siempre trato de poner mi propia perspectiva en los dibujos. Si te fijas, cada ilustración que hago se puede publicar como humor. Pero, claro, hay un límite: necesariamente no tienes que reírte con una caricatura. Sin embargo, cuando tú logras que la gente se ría, sea cual sea el tema que hayas tratado, tu trabajo es una genialidad. Y yo aspiro a esa excelencia.

Si puedes transmitir un mensaje y a la vez lograr que la gente se percate de sus dobles sentidos, ya sea en temas tan terribles como el terrorismo o la masacre discriminatoria que acabamos de ver en Orlando, por ejemplo; si la gente reflexiona y sonríe, aunque sea irónicamente, pues ¡felicidades! No obstante, la caricatura editorial tiende a la reflexión más que a la risa. Incluso, hay quien piensa que ese tipo de trabajos no debe provocar risa, sino una reflexión. Yo considero que ambas posibilidades deben ir de la mano: el humor consagra cualquier obra.

—Quien analiza tus obras puede suponer que vives muy cerca de la realidad social cubana, muy cerca de “la calle”. ¿Tú estás verdaderamente atento al panorama nacional, o es que solo atiendes muy bien el sentido de los textos que ilustras?

—El buen caricaturista, como el buen periodista o el buen artista, debe estar informado sobre todas las cosas. Yo era un mal lector, apenas leía cuando era un joven; pero desde hace unos años me he vuelto un perseguidor de noticias, un lector de todo lo que trate sobre la actualidad cubana o internacional. Todas las mañanas paso dos o tres horas leyendo en varios sitios de internet. Analizo las noticias que me interesan y a veces hasta me inspiro y dibujo caricaturas que me sirven para otros espacios. Si ilustras en un periódico, estás obligado a tener cultura noticiosa.

—Y aunque tú solo ilustres el texto que escribió otra persona, ¿sientes que estás creando una obra independiente?

—Yo quiero dar testimonio de la realidad. Cuando miro las colecciones de Melaíto me doy cuenta de que estoy frente a una crónica de la Revolución...

Foto: Yariel Valdéz González

—Siempre quiero crear una obra con valor propio. Cuando yo no aporto nada mío —y me ha sucedido a veces—, me siento frustrado. Yo intento siempre que las personas capten mi visión del tema tratado por el periodista.

—En la prensa cubana se publican caricaturas para ilustrar comentarios u otros textos, pero ¿acaso se respeta el espacio de la opinión gráfica como género independiente?

—No. Haciendo un paneo por Cuba puedo decir que los medios (salvo el semanario Vanguardia) no se toman el trabajo de convocar a dibujantes, ni creo que asuman la importancia que tiene la opinión gráfica. En los órganos nacionales no se les concede ningún espacio privilegiado, ni siquiera en Granma, que publicó por muchos años una caricatura diaria de René de la Nuez (Premio Nacional de Periodismo y del Humor).

Juventud Rebelde tiene una plantilla de tres dibujantes y concede espacio a la opinión gráfica, pero si los editores consideran que hay informaciones más importantes, el espacio se va del aire. No creo que en Cuba se reconozca el valor de la caricatura. Sin embargo, cuando miras periódicos extranjeros como El Universal de México, Clarín y Página 12 de Argentina, El Comercio de Ecuador, todos le dan espacios al caricaturista para expresar su opinión, mucho más que para ilustrar un texto. De hecho, cuando ilustran un trabajo tienen tanto espacio que parece que el texto acompaña la ilustración y no al revés. La caricatura se despliega a veces hasta en una página completa. En Cuba no hemos comenzado a recorrer ese camino. Pero eso lo deben comprender los editores, mucho más que los dibujantes.

—La caricatura cubana tiene una tradición gloriosa. Ni siquiera el tiempo, tan implacable, dejará en el olvido a Liborio, al Bobo de Abela, al Loquito y a un creador tan genial como Conrado Massaguer. Ahora bien, a juicio de todos los especialistas la época dorada de la caricatura quedó atrás…

—Otra vez volvemos a los efectos de la depresión. Las grandes crisis siempre rompen la soga por la parte más débil, y la parte más débil corresponde a la gráfica y a la poligrafía en general. Cuando hay una gran crisis, inmediatamente la poligrafía se contrae por razones obvias. En los años noventa no había otra opción que reducir las publicaciones gráficas: no había papel, apenas había electricidad… Y eso provocó un corte. La crisis económica desmotivó a los dibujantes para hacer sus propuestas y se descuidó el humor gráfico hasta hoy.

—En ese panorama, ¿tú crees que exista el humor político?

Caricatura de Alfredo Martirena HernándezSí, en Cuba existe humor político sobre todo dirigido al ámbito internacional. Pero yo creo que toda caricatura es política. Si en una obra te refieres, por ejemplo, a que el arroz llegó tarde a la bodega, detrás de ese asunto tan simple en apariencia, se puede ver un problema de manejo de los funcionarios, de burocracia, y eso forma parte de una política que impide que el sistema funcione bien, aunque sea a nivel local.

Las cosas más sencillas del mundo pueden ser políticas. Cuando criticas el mal funcionamiento de una empresa, estás apuntando a un responsable, que tal vez no está en la máxima dirección del gobierno, pero aparece en algún punto de la cadena. Cuando criticas un bache de la calle —que es lo que la gente siempre dice que criticamos—, apuntas a toda una estructura: al Ministerio del Transporte o al Ministerio de la Construcción. Y si empiezas a dar vueltas, llegarás a un problema mayor, relacionado con la crisis, el bloqueo y la política.

Así, yo creo que en Cuba siempre nos hemos mantenido haciendo caricatura política. Fíjate, en la última edición de Melaíto criticamos la doble moral, la corrupción… Y nada es más político que eso en Cuba. Ahora, aquí no se hace ese tipo de caricaturas que critican directamente a los dirigentes, a los líderes políticos, como sucede en toda América Latina o España.

El humor político en nuestro país se ha visto con miedo por parte de los funcionarios. No se le podían hacer caricaturas a Fidel ni a Raúl, ni a ninguna personalidad política; es decir, no se podían hacer entre comillas, porque no estaba escrito en ninguna parte lo que se podía o no. En los ochenta Ajubel6 publicó una gran caricatura de Fidel, y mucho más acá Pedro Méndez7 alcanzó un premio con un dibujo de Raúl, aunque tuvo que someterlo a muchas consultas para publicarlo. En Cuba la falta de este tipo de trabajos ha estado influida por la censura y la autocensura. Y aunque el panorama actual ha cambiado, los dibujantes siguen autocensurándose. Es una cuestión que va desde quienes dirigen hasta los mismos dibujantes: todos tenemos culpa.

—¿Cuáles son los límites entre el respeto y el irrespeto? ¿Cómo llega a ser irrespetuosa una caricatura?

—Yo siempre me pongo del otro lado, para no ser injusto ni irrespetuoso. Si voy a criticar a un funcionario trato de comprender su punto de vista, aunque a veces resulte difícil o imposible. Yo sería incapaz de ridiculizar a nadie, aunque se trate de alguien tan irrespetuoso como Donald Trump, por ejemplo. No me burlaría nunca de un defecto físico, ni usaría motivos racistas o religiosos… Recuerda la masacre injustificable de Charlie Hebdo, en Francia: allí se cruzaron los límites del respeto, desde todas partes.

En realidad, la caricatura no tiene por qué ser irrespetuosa. En todas partes los políticos compran y se llevan a casa los dibujos que les dedican. Todo el mundo sabe que la caricatura personal es un arte.

—Y cuando tú estás en pleno proceso creativo, ¿te autocensuras porque supones que un editor por encima de ti vetará la publicación de tu caricatura?

—Mira, eso me pasaba mucho al principio. Uno tiene ya como un chip de la autocensura, no solo para cuestiones políticas sino también para el humor erótico o el humor negro. A veces se me ocurren dibujos geniales que archivo por si los puedo suavizar más adelante, y a veces los envío a concursos o a revistas en el exterior, donde se pueden publicar sin que los lectores se ofendan.

Y también es verdad que algunos editores alegan sus inconvenientes siempre para publicar alguna caricatura. Pero antes de cambiar lo que pienso, antes de cambiar la idea que expresé, prefiero que no me publiquen.

—La colaboración de los humoristas gráficos cubanos con los medios extranjeros hoy es más notable que nunca antes. ¿Tú crees que los caricaturistas de la Isla sienten que tienen más libertad expresiva en esos espacios?

—Yo nunca he sentido la necesidad de tener un doble discurso, pero no puedo hablar por otros creadores. Por lo que he “escaneado” en otras publicaciones, me parece que mis colegas de aquí y de allá publican lo mismo en todas partes. A un amigo muy querido que se fue a los Estados Unidos, le propusieron trabajar en revistas contrarias a Cuba. Él se negó, porque no tenía sentido hacer en otro país las caricaturas que no había hecho en Cuba. Y eso creo yo, también.

—Yo estaba pensando en Garrincha8

Caricatura de Alfredo Martirena Hernández—A mí me encanta la forma de Garrincha de hacer humor. No sé qué circunstancias de la vida lo llevaron hasta dónde está ahora, ni sé por qué escogió el tipo de humor que hace en este momento. Yo lo respeto. Yo respeto a cada dibujante en cada lugar, mientras sea consecuente con su obra. No todo el mundo tiene que defender los mismos criterios. Podemos tener puntos de vista diferentes, sin tener que ser enemigos.

—Un caricaturista también es un cronista de su tiempo, como apuntaba Alejo Carpentier de los periodistas. ¿Cuáles son tus pretensiones?

—Yo quiero dar testimonio de la realidad. Cuando miro las colecciones de Melaíto me doy cuenta de que estoy frente a una crónica de la Revolución, por lo menos hasta la década de los noventa. Aspiro a graficar una parte de la historia, y a que, ojalá, en el futuro la gente se guíe por esas huellas. Una sola caricatura puede dar la idea de lo que pasó en una época, aun cuando la prensa general haya permanecido en silencio.

 

NOTAS:

1. Melaíto: Publicación humorística del periódico Vanguardia, fundada en 1968 para apoyar la zafra de los Diez Millones.

2. Vanguardia: Órgano oficial del PCC en Villa Clara.

3. Dedeté: Suplemento humorístico del diario Juventud Rebelde.

4. Palante: Mensuario humorístico cubano. El más antiguo de los periódicos satíricos que se editan en Cuba.

5. Rolando González Reyes: Caricaturista y redactor-fundador del suplemento humorístico Melaíto.

6. Alberto Morales Ajubel: Caricaturista sagüero actualmente radicado en España. Ilustrador de El Mundo y de otras publicaciones europeas.

7. Pedro Méndez Suárez: caricaturista villaclareño, director y fundador de Melaíto. Premio Nacional de Periodismo José Martí 2016.

8. Gustavo Rodríguez: Caricaturista cubano que actualmente radica en los Estados Unidos.

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