Actualizado el 20 de febrero de 2017

Leonardo Acosta:

La memoria otra

Por: . 14|2|2017

La clausura de Lunes de Revolución, el caso Padilla, los vericuetos del Quinquenio Gris, la incisiva carta de los diez, y el prolongado silencio del poeta Rafael Alcides…Está a punto de cumplir sus 82 años. Me dice que una conversación no produce tanto como escribir y, además, es peligrosa. Leonardo Acosta recibe a pocos periodistas en su casa. Responde por e-mail mayormente; de modo que me siento privilegiado.

También me siento tentado a hablar de música con uno de los estudiosos más importantes del tema en la región. Sus libros, controversiales, le dieron el empuje necesario para alcanzar en 2006 el Premio Nacional de Literatura.

Pero prefiero escarbar en la vida menos conocida del saxofonista, policía y reportero. Únicamente cedo al preguntarle por la pervivencia y alta difusión del reggaetón en Cuba. Me explica llanamente que causas fundamentales hay tres: influencia de las disqueras latinas asentadas en el sur de los Estados Unidos, la poca divulgación de otros géneros por parte de los medios de comunicación cubanos, y la conversión de la música en una rama del comercio.

Le gusta ordenar las cosas; hace listas. Lista de colegas de Prensa Latina, listas de Premios Nacionales de Literatura, lista de cubanos que regresaron a la Isla con el 59. Él los ha sobrevivido. ¡Ah!, y añade una más: la de los comemierdas que producen música en Cuba.

—Se habla poco de esto, pero usted fue fundador de la Agencia Latinoamericana Prensa Latina…

—Ahí conocí a Rodolfo Walsh, que escribía muy bien pero que era un pesado. Trabajamos juntos en el Departamento de Servicios Especiales. Nos hicimos amigos en uno de los aniversarios de la agencia cuando llevé un grupito musical en el que toqué también. Pero un día le dejé un papel en la oficina pidiéndole que organizara unos libros por mí. Se molestó y me dijo que yo no era nadie para darle órdenes.

Estuve un año en México como corresponsal de Prensa Latina (PL). Allá teníamos un equipo de mexicanos mucho mayores que yo que nos apoyaban. Fui nombrado por Masetti tomando whisky.

Después estuve un año en Praga junto con Leoncio Fernández, y eso me sirvió para viajar a Alemania. El trabajo que hacíamos era más bien de ayudar a los cubanos que pasaban por Europa del Este. La capital checoslovaca era el peldaño para seguir rumbo a Moscú, adonde iba la mayoría de los cubanos que pasaba por allá.

En esos rumbos me encontré con Heberto Padilla que iba a la URSS, y me lo llevé a pasear por la ciudad. Me decía: ¿Cómo tú resolviste este cargo tan bueno?.

—Entonces, la oficina de PL en ese país era estratégica, y funcionaba como una extensión de la embajada…

—Así es. A veces salíamos en recorridos por todo el país a visitar a los estudiantes cubanos.

Todo lo que PL mandaba lo hacía a través de la ČTK, que era la agencia checoslovaca de información. Nos ayudaban también dos españoles, excombatientes de la Guerra Civil Española.

Allá leí en los diarios, y escuchaba dondequiera sobre una inminente invasión a la isla. “Esto no me puede coger lejos de Cuba”, me dije, y llegué a La Habana antes de Octubre de 1962.

—¿Qué hace cuando llega?

—Me metí en las milicias enseguida, y pasé a trabajar con la Policía Nacional Revolucionaria. Dejé temporalmente PL, donde trabajé nueve años. Aquello estaba malo, y aparte, yo quería estar donde más dura estuviera la cosa.

Estuve un año aproximadamente en la motorizada de Atarés. Acuartelados, durmiendo en el piso, cubríamos una zona grande de la ciudad, que iba desde Regla hasta El Vedado. Llegó un punto en que me aprendí las chapas de los carros que estaban circulados.

En las patrullas éramos tres: el chofer, otro adelante, y atrás el artillero por la cosa de los sabotajes.

Una vez nos bajamos en Malecón con las metralletas checas preparadas para intervenir un auto en que habían encontrado armas. Había un molote de gente tremendo.

—Imagino que eso supuso un cambio tremendo en su vida. De saxofonista en clubes de Estados Unidos y La Habana a policía…

—Sí, pero aprendí mucho. Yo seguía tocando el saxofón en mi casa. Hubo un tiempo en que si no tenía trabajo me iba a tocar en algún club.

—¿Y no tuvo problemas con el asunto del saxo? Cabrera Infante escribió que a inicios de la Revolución se consideraba un instrumento imperialista…

—Esa es una jodedera de Guillermito. Incluso, en el mismo 1959, junto con algunos amigos inicié un club cubano de jazz en La Rampa.

Yo le eché con el rayo, pero fue amigo mío. Cuando desde Lunes de Revolución empezaron a echarle a Lezama Lima y a la gente de Orígenes yo hice un trabajo defendiéndolos porque eran personas respetables. Se lo mandé a Guillermo para el semanario, pero él me dijo que era demasiado largo. Y tenía toda la razón, se me fue la mano… entonces empezaba a escribir.

Y se lo mandé a la gente del periódico El Mundo. Salió en un dominical, y verdad que era un masacote. Nadie se metió conmigo. Habrán dicho: “Este no es Lezama que se queda callado. Este sí nos manda pa’l carajo”.

La mayoría de los que escribían eso pensaban que podían joderle la vida a uno así como así. Muchos de ellos venían de Nueva York, porque estaban “exilados”. No habían tirado un tiro aquí, le tenían miedo a la situación aquí; además, no había nada para los intelectuales. Y en cuanto triunfó la Revolución vinieron para acá corriendo a coger los cargos de la prensa.

—¿Había otras personas que compartían esta visión suya sobre los exiliados que retornaron a la isla con el 59?

—Mira, ahí vino gente que servía, como Pablo Armando Fernández, Humberto Arenal. Eran otra cosa.

—Da la sensación de que la cultura en los 60 se vivía desde capillas: Lunes de Revolución, El PuenteEl Caimán Barbudo. Sin embargo, usted no puede inscribirse en ninguno de esos grupos. ¿Cuáles son los riesgos de vivir al margen?

—Vivir de ese modo es una decisión personal, porque eso es algo que me molesta: los grupitos con poder. A muchos escritores cubanos los conocía desde los años 50. Por ejemplo, a Antón Arrufat lo conocí en la librería que tenían Orlando Álvarez (un productor de agencia publicitaria) y su mujer Eloísa, hermana de Lezama, cuando yo era estudiante de Arquitectura en la Universidad de La Habana. Te hablo de 1953 aproximadamente.

—Usted formó parte del Movimiento 26 de Julio. ¿Cómo vivía esos momentos?

—Cuando aquello también trabajaba en la música. En el Cabaret Tropicana hice por mucho tiempo la suplencia a otros músicos. Allí vendía bonos del 26 por un peso. Era riesgoso, la gente me decía “te lo pago pero no me lo des”; y yo “tienen que cogerlo, porque si no queda como que me estoy robando el dinero, vendiéndolos dos veces. Ustedes lo cogen y lo queman o lo tiran por el inodoro”.

A Virgilio Perera lo conocí por ese tiempo. Él tenía escondido a Masetti en su casa, un apartamento cercano a la Universidad de La Habana, cuando la dictadura lo perseguía. Recuerdo que Masetti quería que le llevaran información sobre Cuba, pero publicado por medios extranjeros. Eso lo vendían por toda La Habana, pero la gente de Batista recogían todo lo que informara sobre a Sierra y esas cosas.

Mi padre que estuvo entre los comunistas fundadores del partido aquí, y trabajó junto a Juan Marinello, Mella, Rubén Martínez Villena, era fotógrafo. Él había vivido en Estados Unidos, y era fanático a las revistas americanas, tenía dicho al revistero que siempre le guardara un ejemplar. Me mandaba a buscarle el New York Times y otras publicaciones en el Carmelo de Calzada o en el de 23. Yo compraba dos, uno para mi padre y otro para mí. Ese para mí, era en verdad para Masetti, a quien conocí personalmente unos días después del triunfo de la Revolución.

El primero de enero de 1959, yo había salido del Hotel Saint John en el Vedado. Acababa de tocar con un quinteto, y me fui con Cachaíto Hernández a tomar un trago, ahí nos enteramos que Batista había caído.

—Sé que su casa se convirtió a inicios de los 60 en un sitio muy visitado por los amigos…

Le gusta ordenar las cosas; hace listas. Lista de colegas de Prensa Latina, listas de Premios Nacionales de Literatura, lista de cubanos que regresaron a la Isla con el 59. Él los ha sobrevivido. ¡Ah!, y añade una más: la de los comemierdas que producen música en Cuba.

Fotografía de Yoe Suárez

—Yo trabajaba cuando aquello en hoteles y cabarets como músico. Y cuando acababa el espectáculo comprábamos una botella y seguíamos bebiendo en mi apartamento que tenía tres cuartos, Sergio Vitier, Eduardo Galeano y mil gentes más.

Aquí Roque Dalton cantaba sus famosas coplas. Era un jodedor tremendo, chévere. Yo siempre le dije que no se fuera para El Salvador, que esperara que tumbaran al gobierno. Pero bueno, él decidió otra cosa.

De las coplas que te decía: no están escritas en ningún sitio, sino que han quedado en la memoria de quienes las escuchamos. Aquí una que he anotado:

Vasco de Gama,

navegante oscuro,

introdujo en Europa

el chancro duro.

Pues ya desde tiempos de Brando

existía en Europa el chancro blando.

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