Actualizado el 6 de abril de 2017

Retorna, trova mía, que te espero

Por: . 3|4|2017

Lino Betancourt: He pensado enviar mis archivos a la Biblioteca Nacional, pero ahí hay piezas valiosas echándose a perder. Así ha pasado también con el legado de Ezequiel Rodríguez en el Museo Nacional de la Música. Tengo dos malas impresiones de archivos importantes que están echándose a perder sin que nadie se ocupe. Así que el mío no sé quién lo cogerá cuando yo no esté.

Fotografía de Roberto Bello

Solo hay un motivo por el cual Lino le teme a la muerte. Conserva 87 años de historias y a estas alturas comprende que ha hecho bastante, «más de lo que él pensaba», me dice una mañana en que desbordo la sala de su casa bajo la mirada de 367 lechuzas.

Es oportuno decir que Lino Betancourt no canta, ni siquiera ha compuesto una canción en su vida; pero hay pocos que como él puedan descifrar el valor de un verso a tiempo. Los libros El bolero y la trova. Apuntes para una historia, Compay Segundo, La trova en Santiago de Cuba y Lo que dice mi cantar, son su mayor poesía; el modo en que cumple con sus muertos y se mantiene fiel a ese canto que aprendió, aferrado a un viejo tocadiscos, en los primeros años de su juventud.

Una rosa me espera, como gesto aprendido en aquel Santiago que lo vio montear la vida, a golpe de serenata y ron; entre amigos trovadores que le legaron un camino más allá de la guitarra.

Durante 50 años ha acumulado en su bitácora personal numerosos recortes de periódicos, entrevistas, notas, testimonios y canciones que se convierten en ventana  a la música y la cultura cubana. Hoy no puede definir cuál será el destino de su archivo personal cuando él no esté. «No son materiales para mí, son para Cuba», asegura el periodista devenido historiador.

«Tengo un archivo grande conformado por grabaciones muy valiosas en cintas magnetofónicas y no sé qué sucederá con ellas cuando yo muera. Conservo testimonios del mismísimo Sindo Garay contando el origen de sus composiciones más conocidas; a Rosendo Ruiz cantando; hasta una entrevista realizada al gran maestro cubano Wilfredo Lam.»

Ese archivo que nos mira es la puerta a todas las preguntas.

No había músicos cerca, pero se balanceaba por allí el esqueleto frondoso de la guitarra de Sindo Garay y Manuel Corona; ese instrumento que, en medio de la conversación, nos latía.

La luz que en tus ojos arde…

«Cuando yo era niño había un programa radial que conducía Pablo Medina, un erudito y gran melómano. Él me convidó a escuchar música buena. Mi amor por la trova comenzó cuando trabajaba como locutor en Santiago de Cuba, allá por los años ´50. Yo tenía un espacio en CMKR que terminaba a las 12 de la noche. A esa hora salía de la emisora y me iba al mercado a comer. Allí me encontraba con algunos trovadores. En el trayecto hacia el hogar escuchaba las guitarras.»

Tome un trago -decían alcanzándole la botella, la amistad, la melodía. Se aficionó tanto a esa «gente maravillosa» que se iba con ellos a cantar cada vez que podía. Llegaba muy tarde a la casa. No en vano su esposa reclamaba «¿pero tú eres músico o locutor?». Ese fue el comienzo de su amor por la trova, uno de los más grandes que ha sentido en la vida.

Como la rosa, como el perfume…

En la barriada del Cerro, justo en la calle Santa Rosa, un taller de hojalatería y herrería era sitio de encuentro para músicos de diversas generaciones. A ese lugar llegó un día con el encargo de realizar una crónica. El espacio era conducido por Alfredo González Suazo (Sirique).

«Vi en primer lugar a un ídolo mío, Sindo Garay, sentado en un estrado como si fuera “el faraón de Cuba”», nos revela este hombre que otra vez se estremece con  los acordes del santiaguero Manuel Poveda, de Walfrido Guevara y hasta de Óscar Hernández mientras entona «en el sendero de mi vida triste hallé una flor».

«Todos los grandes músicos de Cuba se reunían allí, en la Peña de Sirique. Para mí los trovadores eran personas muy soñadoras que trabajaban por amor a su arte. Iban a cantar con verdadera pasión; a veces no tenían dinero ni para el tranvía. Recuerdo que María Teresa Vera, la autora de esa joya que es Veinte años, ganaba unos 10 centavos, lo exacto para regresar a su casa después de cada actuación.»

La canción que escribió Martí

Fue en la Peña de Sirique donde escuchó aquel relato.

«Un día anunciaron la presentación de una canción compuesta por Martí que era interpretada por la niña María Granados. Fue bastante gracioso porque después subió ágilmente al escenario una señora con más de 90 años, vestida de blanco. La acompañaba el guitarrista René Rizos. La canción se titulaba “El proscrito”.»

Unos minutos después Lino conoció su historia.

Es oportuno decir que Lino Betancourt no canta, ni siquiera ha compuesto una canción en su vida; pero hay pocos que como él puedan descifrar el valor de un verso a tiempo. Los libros El bolero y la trova. Apuntes para una historia, Compay Segundo, La trova en Santiago de Cuba y Lo que dice mi cantar, son su mayor poesía

Fotografía de Roberto Bello

«¿Es cierto que fue escrita por Martí? -pregunté a la anciana. Ella me aseguró que en el año 1891, cuando él se encontraba en Tampa, un tabaquero llamado Benito O´Hallorans pidió unos versos al “delegado” para ponerle música. Martí tomó un lápiz y escribió apoyándose en una mesa de mármol. La niña tenía solo 11 años cuando cantó a José Martí. De él evocaba unos hermosos ojos entre castaños y verdosos.»

Los trovadores se reúnen

En noviembre de 1967 Lino fue testigo de un acontecimiento singular: el primer foro de la trova cubana. «Vinieron personas de Santiago y Sancti Spíritus. El autor de “Pensamiento”, Teofilito, estuvo aquí junto al trovador  Manolo Gallo, que ya vivía en La Habana, también Sindo Garay y Rosendo Ruiz.»

Durante tres días, la Unión de Periodistas de Cuba se llenó de trova y mucho se discutió en las sesiones teóricas sobre ese género. «Qué lindo aquello, tremendo. El acuerdo fundamental era exigir la formulación del pago a los trovadores porque muchos de ellos vivían en una situación económica muy difícil.»

De modo especial, nos cuenta sobre una conferencia impartida por Jesús Orta Ruiz, el Indio Naborí, donde abordó la historia de la trova campesina.

¡Con Sindo… caray!

«Sindo vivía en la calle 15, en el Vedado. Muchas tardes me iba para su casa. No siempre hablábamos de trova, cualquier tema era bueno para conversar en su balcón. Recuerdo que un día pasó frente a nosotros una mujer hermosa y él me dice: quien tuviera 80 años, mi madre; creo que en ese momento tenía ya 99. Era muy ocurrente, pero siempre respetuoso. Algo que casi nadie conoce es que hacía abanicos para entretenerse.»

«Cuando ya estaba muy mal de salud uno de sus hijos me llamó por teléfono porque iban a llevarlo al hospital. Conversaba con nosotros como si nada pasara. Él nos preguntaba: ¿pero la cosa es de ambulancia y todo? Antes de entrar a la ambulancia él se quitó el sombrero y saludó con la mano a los vecinos. Esa fue su despedida. Nunca más regresó.»

«Tuve que redactar esa triste noticia para la emisora Radio Reloj, a pocos minutos de su muerte;» narra Lino, quien no ha logrado evadir cierta nostalgia.

«Nosotros lo llevamos a enterrar en la ciudad de Bayamo. El Festival de la Trova se estaba celebrando por esos días. Cuando llegamos al aeropuerto de Santiago de Cuba, aquello estaba lleno de trovadores; alguien me dijo que fue tan inteligente que supo hasta el momento exacto para irse cuando todos los trovadores estaban reunidos. Sindo quería que a su entierro se fuera en coche, fumando tabaco y bebiendo ron; así fue. Recuerdo que un coro de miles de personas cantó Mujer Bayamesa.»

En una de las grabaciones que integran su archivo -esas con futuro incierto, según Lino- el mismo Sindo describe cómo nació «Mujer Bayamesa». Entonces otra vez los recuerdos toman su voz.

«Sindo iba mucho a Bayamo a ver a su amigo Eleucipo Ramírez, relojero muy amante de la trova. Mientras dormía la siesta, a la sombra de unos árboles frutales, comenzó a soñar con las mujeres bayamesas que prendían fuego a sus casas. Cuando despertó tenía casi toda la letra. Ante la ausencia de papel, escribió en una puerta: “Lleva en el alma la bayamesa, dulces recuerdos de tradiciones…”»

«A Manuel Corona, el autor  de “Longina” y “Santa Cecilia”, no lo pude conocer. Coincidí con él un día. Yo estaba apurado, además, no imaginaba que iba a ser como un historiador de la trova. Lo encontré en un bar de la Calle Egido y Jesús María, en La Habana. Yo pasaba por allí, pero no me detuve a escucharlo.»

Lino se ha arrepentido toda la vida de no haber entrado a ese bar.

Pucho, el hombre que cambió pollo por guitarra

«De Miguel Matamoros te puedo decir que fue un hombre muy mimado en su juventud. Cuando se percató de que no tenía fuerza en su mano izquierda -afectado por una isquemia- se sintió triste y cambió un poco el carácter. Por desgracia, se dedicó a tomar bebidas alcohólicas. Cuando iba a Santiago de Cuba lo encontraba siempre en su casa; ya estaba semiparalítico y casi ciego.»

«Vaya, cuatro pollos por un peso», pregonaba un singular trovador de Santiago de Cuba que vendía esas aves en el tiempo del machadato. Era aficionado a la trova y sobre todo, un gran admirador de Miguel Matamoros. Cuando Pucho oía que estaban poniendo la música del trío Matamoros, soltaba los pollos y se ponía a escuchar. Dentro de su miseria, centavo a centavo, fue reuniendo y se compró una guitarra en una casa de empeño. Aprendió a imitar magistralmente el modo de tocar de Miguel. Así andaba por la calle, con la guitarra y con el saco de pollos.

«Recuerdo que una mañana le llevé a la casa de Matamoros.

- ¿Es verdad que hay un negro que vendía pollos que toca igual que yo? ¿Lo has oído tocar? Me gustaría oírlo, caramba- dice Miguel Matamoros.

«Yo le hice señas a Pucho para que sacara la guitarra y enseguida comenzó a tocar.»

–¿Y eso que suena… trajiste una grabadora Lino?– me pregunta.

–Es una guitarra, óyela, porque ese es Pucho.

–Ay dios mío, me dijeron que tocaba parecido a mí, pero no es verdad, toca mejor que yo. Sigue muchacho, sigue…

«Pucho se puso muy contento, nunca había soñado con aquello.»

«Durante mi infancia, escuchábamos en un viejo tocadiscos “La mujer de Antonio”, “El que siembra su maíz” y nos reíamos muchísimo porque a la casa venía la viuda de nuestro tío Antonio y le poníamos la canción. Pasaron muchos años y pude conocer a ese maravilloso artista que fue Miguel Matamoros.»

El viejo tocadiscos no ha dejado de sonar

El día del funeral de Francisco Repilado, Lino caminó bajo el sol desde el Parque Céspedes hasta el cementerio de Santa Ifigenia. Tenía la boca seca y no encontraba agua. Cuando comenzó a hablar en el homenaje póstumo su voz estaba un poco débil.

Recuerda ese día. El día del adiós.

«Compay, ayúdame que yo estoy aquí por ti, ¿sabes? -pensé, aunque yo no soy religioso-. Me dirigí a él y creo que me hizo caso. No sabía ni qué iba a decir. Miré a lo lejos una palma. Entonces todo fluyó.»

«Nunca una palma herida por un rayo estuvo más erguida». Ese fue el comienzo, revela Lino. «Cuando terminé me esperaba un pepino de agua helada en manos de un amigo. Compay sí que me ayudó.»

Lino no solo escribió la biografía de Compay. Tenía muchos documentos de la trova en Santiago de Cuba y ese material formó parte de otro libro. «Me dio mucha satisfacción ver a trovadores muy humildes con el texto. Luego realicé el segundo volumen sobre Compay donde aparece la despedida de duelo que le dediqué.»

Escuche con atención lo que dice mi cantar

«He hecho más de lo que yo pensaba. Solo deseo seguir sacando a la luz los materiales de mi archivo personal», refiere Lino sin miedo a que sus más de 300 lechuzas lancen augurios de mala suerte sobre sus proyectos.

«Las lechuzas son las aves más ultrajadas, más vilipendiadas. En el campo dicen hasta que son indicios de muerte, pero yo no lo creo. Cuando pasaban, la gente se santiguaba. En otros países como en Colombia representan la sabiduría. Yo les rindo homenaje con una colección muy especial de lechuzas.»

Aparecen entonces en diversos tamaños y soportes: cristal, bronce, alambre, marfil, barro; tejidas; confeccionadas con caracoles. Están por todas partes.

«Ninguna pieza ha sido comprada -asegura Lino- me las han ido regalando los amigos.»

La primera que recibió es una lechuza de marfil en miniatura. Todo comenzó hace 30 años. Son lechuzas que vinieron de todas partes del mundo. La obsesión llega a tal punto que en cierta ocasión le pidió a un sobrino una lechuza muerta para disecarla. La encontró en una cueva y en su casa confundieron aquella ave envuelta en nailon con un pollo. Una vez descubierto el hecho por la señora de la casa, la lechuza fue a dar a la basura. En fin, de aquello solo se salvó el pico y las patas que luego Lino insertó en una lechuza de papier maché confeccionada por él.

Lino Bentacourt en compañía del trovado Augusto Blanca

Fotografía de Roberto Bello

Después de recorrer tantas imágenes y voces, regresa a su preocupación inicial; a esa constante búsqueda que le impide la paz. «Mi nieto es historiador pero no tiene ninguna intención de dedicarse a la música. No sé qué voy a hacer. He pensado enviar mis archivos a la Biblioteca Nacional, pero ahí hay piezas valiosas echándose a perder. Así ha pasado también con el legado de Ezequiel Rodríguez en el Museo Nacional de la Música. Tengo dos malas impresiones de archivos importantes que están echándose a perder sin que nadie se ocupe. Así que el mío no sé quién lo cogerá cuando yo no esté.»

Solo hay un motivo por el cual Lino le teme a la muerte. No sabe cuánto tiempo tomará hallar una respuesta, un camino. No lo hace por él, sino por nosotros; para salvar del olvido a esa guitarra que siempre retorna.

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