Actualizado el 8 de mayo de 2017

Jorge Mata:

Sinfonía de ideas forjadas al andar.

Por: . 6|5|2017

Jorge Mata: No existe para mí circunstancia más liberadora y democrática que la creación misma, por eso nunca me limito, que sean otros quienes levanten los muros, la vida es dura y no queda otra que lucharla, esa es mi voz.Jorge Mata es un excelente artista plástico, pero también gestor de actividades culturales, promotor, articulista -cuando de algo merece la pena hablar- y curador de exposiciones. No se adjudica ninguna de estas etiquetas, simplemente navega y acciona donde ve que puede accionar, de manera sencilla para que las cosas queden bien, o como dice un amigo músico, para sentirse vivo.

Lo conocí, primero, como coordinador del concierto infantil que realizó la cantautora Tania Moreno en el Centro Hispanoamericano de Cultura, institución con la que colabora sin remuneración ni plantilla; por “amor al arte”, frase que suena fuera de época y hasta cursi, pero que sigue siendo la esencia de todo lo valioso que podamos hacer en el campo de la creación. Después supe de su obra pictórica, sus vídeos y esa actitud renacentista de abrazar tantos oficios con la que me sentí identificado.

Ángel Alonso: Siendo un artista tú mismo: ¿Qué te ha impulsado a promover la obra de otros?

Jorge Mata: La inconformidad con prácticas cada vez más extendidas, donde abundan tendencias de moda ligadas al mercado, las cuales intentan regir la cultura por su rentabilidad. No se puede medir la rentabilidad del legado cultural desde la mera ganancia mercantil, la
cultura es un cúmulo de prácticas, costumbres y experiencias que definen la identidad de un pueblo, ¿cómo puede medirse esto en términos netamente monetarios? Puede que en la actualidad el Danzón no sea rentable económicamente, pero ¿la cultura cubana sería la misma sin “Las alturas de Simpson” de Miguel Faílde?

A.A.: ¿Influyó en esta toma de conciencia tu larga estancia en España?

En España, como en Cuba, he llevado una vida social y cultural activa, la cual me ha impulsado a interactuar en distintos proyectos y disciplinas artísticas; Linkgua Ediciones, proyecto con sede en Barcelona y los Estados Unidos, es uno de esos casos. En esta editorial trabajé como director creativo, diseñador, coautor de distintos títulos o en la creación y realización de portadas. La editorial cautivó mi atención de la mano de Radamés Molina, entrañable amigo y fundador, quien trabajaba incansablemente en su afán de crear un catálogo lo más completo posible de literatura Hispanoamericana. Una editorial pionera en apostar por la impresión de ejemplares bajo demanda y en los libros en formato digital, también en líneas de creación editoriales experimentales vinculadas a Internet, de estas experiencias surgió la colección Netbook, con más de veinte títulos y de la cual soy cofundador.

Hablo de principios de la década del 2000, cuando hablar de libros digitales para muchos entraba en terrenos intangibles. En pocos años el desarrollo galopante de las nuevas tecnologías y la aparición de nuevos soportes masificaron el acceso a la información, hoy en un viaje en metro, avión o en un parque cualquiera, disfruto mientras veo a distintas generaciones ojeando un libro en sus tablets.

La información es otro de los fundamentos que impulsan mi labor creadora, la posibilidad de compartir y expandir nuestra cultura e identidad a otros mapas, para ello utilizo herramientas que la era digital pone a nuestra disposición. En el contexto de la editorial nace en 2009 mi proyecto “Tuyomasyo”; irrumpe de manera natural dentro de un espíritu interdisciplinario, de colaboración y cultivando el auge de redes sociales como Blogger, YouTube, Facebook o Twitter, nuevos canales que nos permiten acceder a herramientas más eficaces, autónomas, de gran capacidad de almacenamiento y lo mejor de todo: la ausencia de intermediarios.

Con “Tuyomasyo” la difusión de contenidos culturales cubanos puede proceder de cualquier parte del planeta, sin excluir a nadie por vivir dentro o fuera de la Isla. Siempre me movieron ideales de un acceso a la cultura de calidad y gratuita, por increíble que pueda parecer nunca he cobrado un solo céntimo por los trabajos realizados en el portal.

Percibir ingresos mejoraría sustancialmente la manera en que hacemos nuestra labor dentro de la Isla, el acceso a la cultura es gratuita… pero cuesta y por ahora todo ha salido de mi bolsillo. Si fundaciones, inversionistas, mecenas o promotores, se animaran a financiar nuestros trabajos, bienvenidos serían, pero no puedo esperar por ellos, las limitadas condicionantes económicas no pueden sesgar nuestros empeños.

“Tuyomasyo” acumula hasta ahora más de 3.000.000 de visitas reales, esto demuestra que no somos una isla perdida en el océano virtual, cibernautas de todo el mundo consumen nuestros contenidos.

A.A.: Imagino que es muy difícil llevar a cabo este proyecto sin acceder fácilmente a Internet.

J.M.: Las dificultades para el acceso a Internet dentro de la Isla hacen más esporádicas nuestras publicaciones, por tanto, “Tuyomasyo” está evolucionando hacia otras propuestas creativas, donde destacan la producción de contenidos propios en el campo audiovisual, la organización de conciertos, curadurías y realización de exposiciones nacionales e internacionales, la fundación de una colección de artes visuales y colaboraciones en el campo de la salud.

A.A.: ¿No crees que el hecho de repartirte entre tantas labores reduce la posibilidad de profundizar en una sola? Es una pregunta que siempre me ha molestado, te la hago más bien como una provocación, es decir, para conocer cómo enfrentas los prejuicios sobre este tema de la especialización.

En mis obras pictóricas se evidencia una vertiente antropológica mezclada con investigaciones sociológicas y políticas de la sociedad contemporánea, mis trabajos se estructuran como un diario donde escribo en imágenes todo aquello con lo que me relaciono de forma positiva o negativa, según experiencias vividas, quizás a ello deba mi pasión por el dibujo, los textos y la acción energética e irrepetible del grafismo en estado puro. J.M.: Estructuro mis pensamientos concertando un orden de prioridades, el paso lo marca la vida misma, no soy de los artistas que se encierran en el estudio las 24 horas del día, creo que eso envicia al tiempo que te aísla del entorno en el cual vives. Las ideas nacen en un ejercicio constante de intercambio con otros artistas, con la familia, en la calle, la guagua, comprando el pan o jugando a la pelota con niños del barrio.

Conozco muchas personas que me hablan de proyectos posibles, pero al final no los realizan, por tanto no hablo y trabajo como una hormiga, no pienso en cosas irrealizables. Cuando desfallezco atribulado por condiciones adversas ajenas a mi voluntad, pienso en alguien como Samuel Feijóo, recorriendo los caminos más intrincados de nuestra isla, registrando toda esa rica herencia rural que conforma su fructífera obra, al tiempo que escribía poesías, esbozaba un personaje como Juan Quin Quin, dirigía la revista “Signos” o pintaba obras que maravillaron al París más exigente y a su entrañable amigo Jean Dubuffet.

Me reconozco como un artista visual que utiliza distintas disciplinas e intercambia labores con naturalidad, como hicieran autores de la talla de Fernando Ortiz, Fayad Jamís, o Argeliers León. Creo firmemente en la idea de un activismo cultural más allá de una línea de trabajo personal. Mi obra es una sinfonía de ideas forjadas al andar, evito por todos los medios su desafine, lo cual es agotador. Se me hace imposible separar una cosa de otra pues fluyen naturalmente como un organismo vivo.

A.A.: Háblame un poco de tus vínculos con el Centro Hispanoamericano, especialmente sobre la colección de arte cubano que has logrado y que allí se exhibe.

J.M.: A finales del 2014, en el mes de octubre, visité el Centro Hispanoamericano de Cultura, invitado por el escritor y amigo Ernesto Sierra, su anterior director. La invitación personal terminó por convertirse en profesional, como suele ocurrirme frecuentemente. Sierra, conocedor de mis inquietudes para la cultura y su divulgación, me mostró amablemente las instalaciones del Centro. Mientras descubría los distintos espacios del inmueble, una cosa nos fue llevando a la otra. Y ese mismo día, explorando las entrañas del magnífico edificio, comenzamos a satisfacer un viejo anhelo de Ernesto Sierra, invitar a otros artistas plásticos, a apoderarse de las paredes desnudas del Centro.

Al finalizar la visita me comprometí a donar una obra de gran formato, luego surgió el proyecto conjunto para dotar al Centro Hispanoamericano de Cultura de una colección de arte contemporáneo con carácter permanente, que convirtiera el edificio en una galería informal, manifiesto físico de su devenir en el quehacer de la institución en esa área de trabajo.

Desde entonces voy con periodicidad al Centro como colaborador externo, su actual directora, María Lucía Bernal, y todos sus trabajadores, me acogen como parte de la familia, por tanto, es una segunda casa para mí, me siento privilegiado y muy agradecido, procuro organizar eventos culturales de calidad en sus instalaciones, a la altura de esa institución enclavada en el Malecón habanero.

La Colección Permanente de Artes Visuales Fernando Ortiz hoy acoge obras de más de treinta artistas cubanos y foráneos. La principal motivación por la cual Ernesto Sierra y yo nos involucramos en la fundación de esta colección de artes visuales, fue la necesidad de retener institucionalmente, algunas obras de arte que testimonien las producciones creadoras de artistas de distintas generaciones.

Con la irrupción de cierto mercado de arte a principio de los años noventa, la mayoría de las obras producidas en Cuba se encuentran en colecciones privadas y públicas en el extranjero. Ese enorme legado va marchando de la Isla sin que nos queden evidencias, lo cual es muy preocupante, por ello se hace necesaria una política institucional que apueste por la permanencia de fragmentos de ese legado en nuestra tierra. Sería fantástico crear un fondo monetario público, para la adquisición de obras originales y ellas sean destinadas a entidades de todo el país. Una presencia más activa del arte cubano en nuestras instituciones públicas debe ser algo natural.

Invertir en obras de arte no solo garantiza la preservación de las mismas, también se crean bienes patrimoniales que amplifican el capital cultural y monetario de las instituciones poseedoras de las obras y permiten a muchos artistas vivir de su trabajo.

Nuestra colección se ha ido conformando gracias a la generosidad de muchos creadores y amigos que confían en nuestro proyecto y han donado una o más obras. Como todo en la vida, las relaciones interpersonales juegan un importante papel, no puedo tirar la toalla ante el más mínimo obstáculo, ya no se trata de mí o de Sierra, sino de un grupo de creadores a los que representamos, a los cuales debemos lealtad.

En la actualidad trabajamos conjuntamente con las especialistas de la biblioteca del Centro para crear fichas por autor, en las cuales el público pueda encontrar catálogos, recortes de prensa, entrevistas, currículums, audiovisuales y fotografías de los artistas pertenecientes a la colección Fernando Ortiz, de esta forma la divulgación se hace más efectiva y el proyecto va más allá de meras obras colgadas en la pared. También planeamos realizar algunos spots, un catálogo digital y tener mayor presencia en Internet, acciones todas enfocadas en difundir la colección.

A.A.: Más allá de los temas generales que saltan a la vista en tu obra… ¿cuáles crees que son las principales bases que la sostienen? Me refiero al lado consciente, al que puede definirse con palabras, aunque sabemos que las palabras no alcanzan, claro… pero al mismo tiempo me imagino que hay un planteamiento, una propuesta que se puede definir racionalmente y que pueda servir como ruta.

J.M.: En mis obras pictóricas se evidencia una vertiente antropológica mezclada con investigaciones sociológicas y políticas de la sociedad contemporánea, mis trabajos se estructuran como un diario donde escribo en imágenes todo aquello con lo que me relaciono de forma positiva o negativa, según experiencias vividas, quizás a ello deba mi pasión por el dibujo, los textos y la acción energética e irrepetible del grafismo en estado puro. Doy también gran importancia a los títulos de las piezas, de las series o de las exposiciones personales.

Soy un observador discreto y siempre estoy con las antenas desplegadas y una libreta en la mochila donde anoto todo aquello que brota de mi cabeza. Con el paso del tiempo revisito las libretas de apuntes y siempre descubro en ellas tela por donde cortar, rara vez me enfrento al papel en blanco sin tener algo que decir. Disfruto al máximo los procesos creativos e intento conectar con los espectadores, sin ellos no hay obra, ni comunicación, ni nada. De no ser así las obras nacerían muertas, como tantos cadáveres contemporáneos que el mercado despalilla expeditamente cuando pasan de moda.

A.A.: ¿Qué define tu voz propia como artista?

J.M.: Supongo llamas voz propia a una actitud ante la institución arte, nunca me he sentado a esperar por quien doblan las campanas, suelo trabajar en cosas extra artísticas para financiar mis proyectos, desde luego eso tiene sus riesgos y un precio elevado, la autonomía no agrada a quienes pretenden prosigas un camino preestablecido, lo asumo con naturalidad y duermo como un bendito, no busco un nombre a toda costa, si mi ego primara sería muy difícil articular propuestas que involucren trabajo en equipo y altas dosis de generosidad.

Mi formación tiene mucho de autodidacta, no estoy viciado por los discursos “formativos” de instituciones como el ISA (Instituto Superior de Arte), de la cual desde hace unos años egresan artistas como clones. Basta con dar un paseo por alguna de las galerías de La Habana para ver una interminable repetición de fórmulas, las cuales están enfocadas a la producción de obras que “funcionen” a tono con las “nuevas tendencias” y por ende agradar a un mercado sediento de sangre joven por explotar, leña de ocasión para una maquinaria sedienta de combustible, cuyo desenlace tiene como remate la pérdida de miradas propias. Por supuesto sería injusto decir que todo es así, encuentras excepciones, pero confirman la regla.

 A.A.: Sí, el paseo por las galerías se torna cada vez menos sorprendente, más aburrido…

Mi obra es una sinfonía de ideas forjadas al andar, evito por todos los medios su desafine, lo cual es agotador. Se me hace imposible separar una cosa de otra pues fluyen naturalmente como un organismo vivo.J.M.: Lo más preocupante es la falta de memoria histórica de nuestros artistas más jóvenes y no tan jóvenes, en su afán de aflorar toman como referentes a otros creadores cuyas obras han “funcionado” en nuestro circuito o el extranjero recientemente, dejando a un lado el rico legado atesorado por nuestros antecesores. Claro, no toda la culpa es suya, la difusión de nuestra cultura sigue siendo el talón de Aquiles de nuestras instituciones. Justo en este punto es donde mi trabajo se diferencia de otros tantos de la escena artística cubana.

En cuanto a medios de expresión plástica, por una parte, me encuentro más próximo a los modos de hacer de artistas Outsider o Art Brut, en ellos encuentro referentes orgánicos, me atrapa la libertad de sus propuestas y la utilización infinita de materiales. En mis libros de artista se muestran estos puntos de contacto con mayor claridad, en ellos utilizo todo lo que esté a mano: café, hilos, tierra, papeles manufacturados, sangre, ceras, collages, tintas, carbón, telas, fuego, fotografías…

En estos libros también utilizo “Ecco”, idioma creado por mí en 1993, en ellos no boceto, no pienso mucho a la hora de elaborar, solo hago, arranco y no puedo parar; en uno de ellos titulado “Nosotros los sobrevivientes” y que en estos días se expone en el Museo del libro de San Juan, Puerto Rico, estuve trabajando por diez años. Por otra parte, puedo abordar las piezas desde un conceptualismo depurado, quirúrgico si se quiere, donde los procesos creativos son más conscientes y controlados. En general parto de una idea, ella me dice cómo quiere ser elaborada, tan solo debo prestar atención y escuchar su voz.

No existe para mí circunstancia más liberadora y democrática que la creación misma, por eso nunca me limito, que sean otros quienes levanten los muros, la vida es dura y no queda otra que lucharla, esa es mi voz.

A.A.: No es frecuente encontrar, en una misma persona, cualidades para realizar diferentes actividades con idéntica intensidad, con igual nivel de seriedad. Gracias Jorge, por estas palabras para nuestro Caimán.

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