Actualizado el 28 de agosto de 2017

La solitaria milla 45

Por: . 24|8|2017

Los niños de la Operación Peter Pan, fluctuaban en una edad comprendida entre los 5 y los 16 años en su mayoríaAquella mañana de julio de 1962, de pie frente a la escalerilla del avión, Alex López recordaría el día, apenas dos o tres años atrás, cuando pidió de regalo a sus padres una cámara fotográfica. Intrigado por el deseo del hijo, el padre quiso saber entonces para qué quería él una cámara fotográfica y López, seguro de sí, respondió que para ir al aeropuerto de La Habana a tomarles fotos a los aviones.

–¿Para hacerles fotos a los aviones?

–Sí, sobre todo a los cubanos –respondió.

–¿Y eso por qué?

–Porque cuando yo sea grande viajaré el mundo entero y lo haré como dirigente de Cubana de Aviación.

Inocente o no la respuesta, el caso es que ahora, 55 años después y mientras camina por la 5ta Avenida de Miramar, López ríe cuando hace el cuento y ríe, valga aclarar, no por lo ingenuo que pueda parecer, sino por lo bien que profetizó, pues hasta el día de hoy, 1ro de octubre de 2016, no solo ha puesto pie en 129 países sino que además, por si fuera poco, ejerció durante algún tiempo como representante en los Estados Unidos de Cubana de Aviación.

–Yo soy así –dice luego, soberbio, mientras cruzamos la calle–. Cuando me pongo una meta es para lograrla. Me vuelvo criminal, vaya. Me pongo metas muy duras para probarme siempre que estoy vivo.

A sus 67 años López aparenta ser más joven de lo que en realidad es. No sobrepasa los 1.70 de estatura y lleva encima un ligero sobrepeso, pero aun así se muestra ágil, activo, de movimientos rápidos. Camina siempre erguido, con pasos cortos pero rítmicos, y al conversar da la impresión de ser alguien altivo, aunque no por ello menos extrovertido. Por lo demás, parece el tipo de persona a la que poco gustan los rodeos, y si de casualidad deja escapar alguna de esas frases con dardo, se excusa irónicamente con un gracioso disculpa mi francés.

Alex López: –Para mí, eso fue iniciado por la CIA y apoyado por el Departamento de Estado y la Iglesia Católica, por supuesto. Desde entonces yo jamás he vuelto a poner pie en una iglesia.López es, asimismo, un hombre práctico y sencillo, alguien que, sin darle demasiada importancia al hecho de ser dueño y presidente de la agencia de viajes Interplanner Travels, fundada por él mismo en 1974, llega al restaurante en camiseta deportiva, short y sandalias como si nada, y que solo más tarde, ante un ligero descuido, dejará notar una cadena de oro, muy fina y elegante, que lleva colgada al cuello.

En cualquier caso, lo cierto es que allá donde entra la gente le reconoce y sale sonriente a saludarlo mientras él, solícito, encuentra tiempo para todos. Eso sí, no le gusta que lo traten de usted, al menos no quienes le inspiran confianza. Prefiere casi siempre que lo tuteen.

–¿Lo de siempre, Alex? –pregunta una de las camareras a su entrada al restaurante, luego de un saludo cómplice.

–Lo de siempre, querida. Y, además, una copa de vino para mí –responde él y toma asiento en una de las mesas más apartadas del lugar.

Alejandro López Viejo, cardenense de nacimiento, fue uno de los más de 14.000 niños cubanos que emigraron solos, durante los primeros años de la Revolución y como parte de la Operación Pedro/Peter Pan, hacia los Estados Unidos, donde reside desde entonces. La historia de su ida, y también la de sus cientos de regresos, comenzó aquella mañana de julio del 62 cuando, de pie frente a la escalerilla del avión, recordara la vieja profecía.

–Bien –dice López, ya acomodado y con las manos cruzadas sobre la mesa–. Tú dirás.

–Hablemos primero sobre su niñez acá en Cuba.

–La mía fue una infancia muy normal. Asistí siempre a buenas escuelas, todas privadas, porque mi familia era pudiente y podía permitírselo. El kínder, por ejemplo, era norteamericano. Los padres nos mandaban allá para que aprendiéramos el idioma inglés desde pequeños. La escuela fue la del Sagrado Corazón de Jesús, dirigida por monjas canadienses, muy estrictas ellas. El resto del tiempo solía pasarlo como voluntario en la biblioteca de Matanzas o jugando con los muchachos del barrio…

–¿Notó cambios a raíz del triunfo de la Revolución?

"Niños" Peter Pan se reúnen en California cada año a compartir experiencias–De inmediato –dice López y toma un sorbo de vino–. Imagínate, en mi escuela estaban el hijo del Alcalde de Matanzas, el del Gobernador, los hijos de varios cónsules… Mis compañeritos desaparecieron así –hace un chasquido de dedos–, de un día para otro. Fueron tiempos de mucha confusión. Se escuchaba por todos lados que había que irse, que vendrían grandes problemas. Después los colegios fueron intervenidos por el gobierno, un buen número de profesores y monjas se marcharon del país y muchos padres decidieron sacar a sus hijos de las escuelas, como fue mi caso, que no cursé la última mitad del curso 61-62. También empezó a correrse por aquel entonces el rumor famoso aquel sobre la pérdida de la patria potestad. Se decía que a los niños se los llevarían desde chiquitos para la Unión Soviética y todas esas cosas…

–¿No le parecieron extraños esos rumores en medio de tantas leyes populares, o de la Campaña de Alfabetización, por ejemplo?

–Sí, claro, porque a pesar de los rumores, era obvio que sucedían cosas completamente diferentes. Y fíjate qué interesante: yo apenas tenía edad para ir a alfabetizar, pero aun así deseaba participar de aquello, porque la campaña era para mí una cosa extraordinaria, algo increíble que hacía la Revolución por tal de enseñar a leer y escribir a gente que no sabía. En ese entonces yo tenía una fascinación inmensa por los faroles que llevaban los alfabetizadores, y tanto pedí uno que un día mi padre cogió un pomo grande de aceitunas, le hizo el ribete de arriba con un pedazo de cartón, le pasó un cable de lado a lado para poder agarrarlo y le puso dentro una vela, y así mismo nos íbamos por la calle tres o cuatro muchachos del barrio, cantando aquello de Somos la Brigada Conrado Benítez, somos la vanguardia de la Revolución… Y mira qué cosa tan absurda: ya en ese momento yo estaba esperando la visa para salir del país.

–¿Cuándo comenzaron sus padres a hablarle sobre la idea de enviarlo al extranjero?

–Yo recuerdo el día que Fidel entró a La Habana y dio su primer discurso, aquel muy famoso de la paloma, cuando dijo que la Revolución era para el pueblo y con el pueblo… Pues ese día estábamos todos en casa mirando la televisión para ver cómo serían las cosas en lo adelante, y fue entonces que escuché a mi madre decir por primera vez: hay que irse, porque esto va para el comunismo. En qué lo basó, no tengo la menor idea, pero ciertamente acertó. Fue luego, cuando comenzó a correrse el rumor sobre la patria potestad, que me dijo un día muy tajante: te vas, tienes que irte.

–¿Fue entonces decisión de su madre?

–Sí, ella no quería que me quedara más tiempo en Cuba y todos en casa parecían estar de acuerdo, excepto mi padre, que era el único en contra.

–¿No le preguntaron su opinión?

–¿Qué opinión voy a dar yo a los doce, trece años? Mi madre me convenció de que estaba en peligro. Eso fue todo.

–¿Eran sus padres contrarios a la Revolución?

–No sé… Yo creo que estaban más confundidos que nada.

–¿Tenía familia que apoyaba el proceso?

–Sí. Uno de mis tíos hasta peleó en Playa Girón. Sin embargo, en casa nunca hubo división por motivos políticos, para que veas. Sencillamente se aceptaban entre sí.

–¿Cómo se enteraron sus padres de la operación para sacar niños del país?

–Como era todo bajo el tapete, uno tenía que preguntarle a alguna otra persona que ya hubiese hecho el trámite con anterioridad. Lo que yo sí recuerdo es que un día fui con mis padres a casa de un hombre de aspecto bien siniestro, con quien hablaron para ponerme en la lista de las famosas visas waivers. Después, con los años, supe que aquel hombre era uno de los contactos de Polita (Grau) en Matanzas. La visa la recogimos a las pocas semanas, en la parroquia de la Iglesia de San Carlos.

–¿Eran creyentes sus familiares?

–Católicos de tradición, pero no practicantes.

–¿Cómo se sintió a partir de ese entonces, sabiendo que se marcharía solo de un momento a otro?

–Vivía con miedo, esperando una motocicleta que llegara de un momento a otro con un aviso. Cualquier motor que pasaba por la calle hacía que el corazón me dejase de latir. Hasta que llegó. El telegrama decía que me presentara en Inmigración, en el centro de Matanzas, que era donde se hacía el papeleo. Después tuve que ir varias veces con mis padres, para buscar mi nombre en una lista que pegaban en la puerta del local, a la vista de todo el pueblo, y ver cuándo me marchaba.

–¿Le asustaba la idea de viajar solo?

–No –hace un gesto vago con la cara–, la verdad es que no. En ese entonces pensaba que iba a montar avión y me entusiasmaba la idea. Eso es lo que yo tenía en mente: volar.

–¿Qué recuerda de sus últimos días en Cuba?

–Mucho silencio en casa, un silencio de tumba, como si todos estuviesen reservándose lo que realmente pensaban. Sin embargo, no puedo decir que me sentí mal, porque en realidad eso no sucedió hasta el día de la partida, cuando vi a mis padres llorando al otro lado de la “Pecera”, y también más tarde, cuando subí la escalerilla del avión. Esos últimos días los pasamos más bien como a la espera, y la tarde antes de mi partida tuvimos una cena familiar en el mirador del Puente de Bacunayagua, que entonces era un restaurante de lujo… Y hablando de comida –señala a la camarera que se acerca con los platos, el suyo albóndigas en salsa suave y ensalada de vegetales.

–Cuénteme del día de la partida.

–Fue el 4 de julio de 1962, Día de la Independencia norteamericana.

Operacion Peter Pan Caso De Guerra Psicologica Contra CubaHace entonces una breve pausa para probar su plato de albóndigas, seguido de un gracioso gesto de satisfacción. Tras tomar otro sorbo de vino y limpiarse los labios con la servilleta, continúa su relato.

–Ese día el reparto donde yo vivía se levantó sin mí, como quien dice. Salimos para La Habana muy temprano en la mañana, mucho antes de que la gente despertara. Yo iba con traje beige y corbata carmelita. Mi madre llevaba el mismo vestido que usó cuando tomé la primera comunión: negro completo, los bolsillos dos cestas de flores blancas. Tía tenía puesto un vestido floreado, que es como siempre la he recordado, y papi llevaba pantalón negro y guayabera blanca. Lo recuerdo todo perfectamente. Antes de entrar a la “Pecera” me dijeron que hiciera caso allá en los Estados Unidos, que no llorara y que más tarde, cuando anunciaran la salida del vuelo, subiera las escaleras sin mirar atrás. Ya una vez dentro era imposible hablar con el exterior, ni siquiera por entre las rendijas, porque los milicianos no lo permitían. Nos metían miedo. Decían que si intentábamos conversar con los de afuera no podríamos salir, cosas que a lo mejor eran hasta mentira, quién sabe, pero sí sé que era un lugar feo, estéril… Después nos registraban los documentos, el equipaje y hasta nos quitaban cosas. Yo, por ejemplo, lo perdí todo: reloj, cadena, anillo… y no pude recuperar nada, porque ellos decían que sacar esas cosas del país iba en contra de la ley. Más tarde, cuando llegó la hora de abordar, tomé aire y subí las escaleras, pero justo cuando iba por la mitad bajé, porque me entró miedo. Sin embargo, bajé de espaldas, para no mirar atrás, como me habían dicho antes. Fue al pie de la escalerilla, cuando vi de nuevo aquel pájaro inmenso de acero en toda su magnitud, que tomé impulso y subí completo, pero siempre sin mirar atrás.

–¿Sintió miedo cuando despegó el avión?

–Confusión más que nada. Recuerdo que miraba por la ventanilla y veía cómo Cuba iba alejándose y las palmas haciéndose diminutas… Despegamos a las 11:45 de la mañana, en el 422 de la Pan American Airways.

–¿Qué más recuerda del vuelo?

–Éramos como diez niños, los demás todos adultos. Ellos gritaban de alegría por irse y nosotros, los más pequeños, tristes, llorando; un contraste muy extraño. Me acuerdo también que la azafata vino, me dio un chicle, luego una Coca Cola. Era la primera vez que viajaba en avión. Ya antes había ido a Cayo Hueso, dos veces, con mi abuela, pero siempre en ferry. Ese primer vuelo fue el más horrible de mi vida.

–¿Y la llegada a Miami?

–Nos habían dicho que al llegar debíamos preguntar por un tal George, pero él aún no estaba allí, así que comencé a dar vueltas por el pasillo de la Aduana hasta que finalmente apareció él un poco más tarde. Traía galleticas dulces y un potecito de leche para cada uno y, después de organizarnos a todos, nos llevó para los campamentos –prueba otro bocado de su comida.

–¿En cuál lo dejaron?

–Por mi edad (13) debía haberme tocado el de Florida City, pero estaba a tope en ese momento. Entonces me llevaron para Matecumbe, que por regla general era para los varones mayores, los de 16, 17 y 18 años.

–¿Cómo era el campamento?

–Era un infierno verde, que es el mote que se le ha quedado. Estaba ubicado en medio de los Everglades[1]. Aquello era terraplenes, tierra, fango, animales, gatos monteses…. Vivíamos en casas de campaña de lona del ejército y dormíamos en literas de tres niveles. Como yo fui de los últimos en llegar me tocó dormir arriba. El techo de la carpa me quedaba a un par de palmos de la cara, una cosa espantosa. Los baños siempre estaban rotos, porque no eran suficientes como para 500 muchachos, por lo que debíamos hacer las necesidades en el monte. Había también un comedor grande y, por supuesto, una capilla de iglesia y una enfermería. Un par de maestras cubanas impartían clases por las mañanas, pero muy malas; aquello era todo un relajo. Allí me encontré con un muchacho de mi reparto que era unos años mayor que yo, quien también se había ido de Cuba mediante la Operación. Mientras estuve en Matecumbe él fue mi “protector”, porque si eras jovencito y carne fresca…, ponte en cola.

–¿Qué significa eso?

–Que te violaban.

–¿Quiénes?

–Los mayores, que se aprovechaban de los menores.

–Pero usted estaba protegido por el muchacho de Matanzas, ¿no?

–Él me protegía, sí, pero como pago tenía que servirle –responde con tono frío, dejando sobre el plato el tenedor que disponía llevarse a la boca.

Toma entonces otro sorbo de vino y se toca los labios con la servilleta. Se nota ligeramente nervioso aunque lo disimula bien. Durante los segundos siguientes apenas hace contacto con los ojos.

–¿Abusó él de usted?

–Claro. De alguna manera tenía que pagarle…, pero yo prefería pagar al que me cuidaba antes que ser abusado por el resto… Es que éramos muy pocos los menores… –intenta explicar luego–. Pero los mayores también estaban entre sí. Eran hombres, sin mujeres alrededor, y de alguna manera necesitaban tener relaciones. Igual sucedía con los curas, sobre todo con el padre Joaquín Guerrero, de Camagüey, con quien tuve problemas.

–¿Qué problemas?

–Él me violó varias veces. Iba por las noches hasta la litera, me tapaba la boca y se ponía a tocarme los genitales…

–¿Cómo es posible que sucediera eso, si en el campamento había más curas y muchachos por doquier?

–Porque ellos eran los jefes –hace un gesto como si la respuesta fuese obvia–. ¿Quién iba a decir qué? Cuando yo me confesé ante el párroco del campamento y le conté lo mal que me sentía y las cosas que estaban sucediendo, me preguntó: ¿te está ocurriendo esto con el padre Joaquín Guerrero? O sea, él lo sabía, pero no podía hacer nada porque yo se lo contaba dentro de la confesión, que es sagrada. Pero él sabía todo lo que pasaba allí y, aun así, nadie hizo nada.

–¿Abusaba Guerrero solo de los menores, o también de los mayores?

–Yo recuerdo a tres muchachos más, menores ellos, que tuvieron la misma situación con Guerrero, aunque eso ocurría también en otros campamentos, no solo en Matecumbe…

–¿Llegó alguna vez a acusarlo formalmente?

Niños Peter Pan a su arribo a los Estados Unidos de América–No –responde mientras juega con la servilleta–. No quise abrir esas heridas, pero sí fue acusado por un muchacho que yo conozco y la iglesia tuvo que pagar buen dinero por su causa. Él murió hace algunos años ya. Murió de cáncer en la garganta, como dije que iba a ser.

Toma nuevamente la copa en su mano y bebe algo de vino, los sorbos siempre pequeños.

–¿Quién dirigía el campamento?

–La Orden de los Hermanos Maristas.

–¿Cuánto tiempo estuvo allí?

–Poco más de un año, contando unos meses intermedios en los que me trasladaron al campamento de Florida City.

–¿Cómo era allá?

–Mejor en cuanto a condiciones, porque eran casas en las que un matrimonio cuidaba de varios niños. Yo estuve en dos, primero con los Arias, cubanos de ascendencia gallega, y después con los Baiza. Cuando los padres sustitutos salían de descanso se quedaban el doctor Guerra y su esposa Tula, que antiguamente habían sido los médicos de mi familia en Matanzas. Allá ayudé mucho. Como el resto de los niños eran más chiquitos, les enseñaba a planchar, a fregar, a hacer las cosas de la casa…

–¿Daban clases?

–Sí. La escuela era mejor, con pupitres y todo, y los profesores bastante buenos.

–¿Había abusos en Florida City?

–No que yo sepa. Allí me sentí siempre a salvo.

De vez en cuando López mira su plato, aunque no hace por seguir comiendo.

–¿Por qué lo reenviaron a Matecumbe?

–Porque ya había cumplido 14 y el límite para Florida City era 13. Ya después me trasladaron para el campamento Opa Locka, que fue el último donde estuve. Era como una base del ejército, con naves de dormitorios, buena comida, varones nada más. La escuela, que era dirigida por monjas, no quedaba allí, sino afuera, en la ciudad.

–¿Se comunicó con sus padres mientras estuvo en los campamentos?

–Sí, siempre que podía los llamaba. En mi caso era más fácil porque mi abuela era la directora telefónica de Matanzas. Hablaba bastante con ella y a veces con mis padres, aunque no mucho, porque ya para entonces les habían cortado el teléfono. Recuerdo que durante la primera llamada, desde Matecumbe, les pedí que me sacaran del “infierno verde”, que me dejaran regresar…

–¿Y qué dijeron ellos?

–Que eso no era posible. Nosotros vamos para allá, me respondieron. Y se demoraron cinco años para lograrlo, ya ves…

–¿Les habló durante esas llamadas de los abusos en los campamentos?

–No, no tenía sentido preocuparlos. Igual no podían hacer nada…

–¿Tuvo problemas mientras estuvo en Opa Locka?

–Guerrero se aparecía de vez en cuando por allí y yo, por supuesto, entraba en pánico, porque él se me reía en la cara así, con una risa bien vil… El caso es que un día, estando en la escuela, dejé que se fuera la guagua del campamento. Al poco rato una de las monjas me encontró y preguntó qué sucedía, que por qué no me había ido con el resto, y decidí entonces contarle de los abusos de Guerrero, para ver si podía ayudarme de alguna manera. No sé cómo, pero el punto es que los demás muchachos terminaron enterándose de todo y a los pocos días me acorralaron en una esquina del campamento, terminada ya la cena, y comenzaron a golpearme con palos y piedras, diciendo que era un mentiroso por haber acusado al cura de abusador.

–¿Había buena relación entre Guerrero y el resto de los muchachos?

–Claro –sonríe irónicamente–. Para quien no tuvo la experiencia que yo, él era muy bueno…

–¿Qué pasó a continuación de la golpiza?

–El padre Maximiliano, que era el director del campamento, intervino y decidió que lo mejor era sacarme de allí, primero, por mi seguridad, y segundo, por mantener la paz. Me enviaron entonces a Ohio, supuestamente a una de esas becas donde, según les habían dicho a los padres en Cuba, continuaríamos nuestros estudios, pero cuando aterricé allá descubrí que en realidad no me habían enviado a ninguna beca, sino a un orfelinato de niños con problemas psicológicos: el Saint Joseph Orphanage, en la ciudad de Dayton.

–¿Lo engañaron entonces?

–Me engañaron, sí –y suelta un suspiro, alzando a continuación la mano para ordenar más vino.

Hasta ahora, no ha vuelto siquiera a mirar la comida.

–¿Cómo fue la estancia en el orfelinato?

La obra de Enrique Martínez Celaya (Cuba, 1964), esculpida en bronce y de 3,3 metros de altura, muestra a un niño en muletas que porta a la espalda un bulto en forma de casa. Pretende recordar a los miles de menores cubanos que llegaron solos a Estados Unidos entre 1960 y 1962.–Yo creo que hasta cierto punto ese fue mi mejor tiempo dentro de la Operación, porque era todo muy tranquilo, además de que aprendí mucho con las monjas. Estaba también la madre Mary Agathonia, la directora del orfelinato, que me ponía llamadas a Cuba para que pudiera hablar con mi familia y se sentaba largos ratos a conversar conmigo. Por eso diría que, en general, fue una buena experiencia. Los muchachos tampoco es que estuviesen locos. Eran niños abandonados por sus padres que tenían problemas psicológicos, nada más, y ese ni siquiera era mi caso. Yo estaba allí sencillamente por una cuestión política.

–¿Cuánto tiempo pasó en Saint Joseph?

–Varios meses, aunque no muchos. Ya después la trabajadora social que me atendía por Caridades Católicas consiguió una familia norteamericana de crianza para mí, los Mulvihill, quienes me llevaron con ellos a Nueva Jersey durante casi dos años, hasta la llegada de mis padres. Ella era enfermera y él maestro de Biología, ambos excelentes. Para ese entonces ya tenían la primera de sus cinco hijas, todavía muy chiquita.

–¿Cómo fue el tiempo con ellos?

–Muy bueno –responde rápidamente, esbozando una sonrisa por primera vez en mucho rato–. Llegó incluso un momento de complacimiento en el que comencé a quererlos como se quiere a la familia, y en el high school era popularísimo, quizá por ser el único latino en todo aquello…

–¿Le dolió luego separarse de los Mulvihill?

–Horriblemente, aunque siempre hemos mantenido el contacto. Hoy día las hijas son como mis hermanas.

–¿Cómo se enteró de la llegada de sus padres?

–Fue durante una noche de carnaval. Cuando llegué a casa, tarde ya, me dijeron que mi madre finalmente había llegado. Lo hizo a través de los Vuelos de la Libertad. Meses antes yo le había escrito a la Primera Dama, a la señora Johnson, pidiéndole de favor que no dejaran de poner a mis padres en la lista de personas a reclamar. A los pocos días recibí respuesta de la Casa Blanca. Decía que no había motivo para preocuparse, pues ambos serían prioridad. No mucho después de su llegada hablé por teléfono con ella. Estaba en Miami. Lo primero que hice fue preguntarle por mi padre. Dijo que le habían negado la salida hasta que entregase la casa y el carro, pero aun así llegó bastante rápido, como a los cuatro días. Ya después fueron los dos para Nueva Jersey.

–¿Cómo fue el reencuentro con ellos después de tantos años?

–Cuando los vi por primera vez no sentí nada –hace un gesto vago con la boca y luego una pausa prolongada–. Eran… como dos extraños para mí. Enseguida se pusieron a discutir. Él le echaba la culpa de la separación a ella, ella a él… En realidad fue horrible.

Bebe otro poco de vino. El plato aún intacto.

–¿Se mudó con ellos?

–Sí. El gobierno norteamericano les dio dinero el primer mes para rentar un apartamento. Además, la Iglesia Presbiteriana local anunció que había llegado una familia cubana necesitada y mucha gente nos ayudó, sobre todo los Mulvihill y mis compañeros de high school. Papi comenzó a trabajar apenas a los tres días como asistente en una fábrica y terminó años después como capataz de la farmacéutica Johnson & Johnson, en la propia Nueva Jersey. Mi madre también tuvo un par de empleos durante algún tiempo y hasta yo me iba a un restaurante por las tardes, después de la escuela, a pelar papas, limpiar mesas y hacer lo que fuese necesario por tal de mantenernos a flote económicamente y comprar camas, porque a todas estas estábamos durmiendo en catres. Hice todo lo que estuvo a mi alcance por encaminarlos y al año y medio, cuando creí que ya estaban aclimatados, les dije que me iba.

–¿Cómo se tomaron la noticia?

–Como la traición más grande de la vida. Ellos creyeron que aun después de cinco años de separación todo seguiría igual, pero no, porque para ese entonces ya yo estaba independizado y mi cultura había cambiado. Además, tampoco soportaba las peleas constantes entre ellos ni mucho menos el carácter de mi madre, que siempre fue muy difícil. Yo tenía necesidad de irme de su lado y finalmente me marché a California.

–¿Qué hizo allá?

–Estudié Pedagogía en la UCLA[2], justo cuando estaba todo aquel jaleo revolucionario de Angela Davis[3] en el campus. Supuestamente iba a ser profesor de Español, pero nunca llegué a ejercer como tal, sino que me introduje en el mundo del turismo y así llegué a ser, entre otras cosas, Director de Viajes de la OEA[4] y del Banco Interamericano de Desarrollo, hasta que más tarde, en 1974, creé mi compañía, Interplanner Travels, y decidí especializarme en el turismo con los países socialistas. Después de eso nadie, ni en Washington ni probablemente en todos los Estados Unidos, hacía arreglos turísticos con la URSS y con China como yo.

–¿Por qué lo dice?

–Porque sencillamente no había locos como yo dispuestos a marcarse con el comunismo.

–¿Y no temía usted marcarse de comunista?

–Yo no le tengo miedo a nada ni a nadie, ni siquiera a la muerte –responde a bocajarro-. Todo el mundo me preguntaba siempre que por qué trabajar con la URSS cuando era más fácil hacerlo con Europa, por ejemplo. En primer lugar, porque no había competencia en esa área, ya te digo, pero la verdad es que yo me había impuesto regresar a Cuba y si lo pude conseguir fue gracias a la relación que construí durante años con los soviéticos. Cuando comenzó la apertura de viajes durante la administración de Jimmy Carter, me llamaron desde la misión de Cuba en las Naciones Unidas para entrevistarse conmigo, allá en Nueva York, y estudiar la posibilidad de abrir lazos turísticos entre Cuba y los Estados Unidos, justo lo que hacía yo con China y la URSS.

–Y dijo que sí…

–Inmediatamente. Entiende que yo me puse en el lugar específico para lograr mi propósito. Lo hice conscientemente. Y regresé a Cuba. Lo logré. Vine por primera vez hace 40 años.

–¿Cómo se sintió ante el regreso?

–Al comienzo tenía miedo, porque iba a regresar a un lugar del que me había ido con miedo, pero nada…, enseguida se esfumó. Cuando llegué, lo primero que hice fue ir a Matanzas. Caminé por la ciudad, visité la casa de mi familia, hablé con los vecinos y la gente del barrio… Con ellos supe que cuando mi madre regresó del aeropuerto el día de mi partida, fue de casa en casa halándose los pelos y gritando: ¡no sé lo que he hecho, no sé lo que he hecho!

–¿Ella no se lo contó?

–No. Ella nunca se arrepintió de nada conmigo –dice con cierta dureza, casi con enfado.

–¿En qué consiste su trabajo con Cuba?

–En Interplanner no trabajamos con turismo regular, sino que organizamos delegaciones especializadas. En el caso de Cuba, por ejemplo, traemos grupos de arquitectos, médicos y otras áreas profesionales a todo tipo de congresos y convenciones, o bien mediamos en intercambios gubernamentales. Además, nuestros programas introducen a los visitantes dentro de la cultura cubana, o sea, les mostramos la música, el ballet, las tradiciones del país…

–¿Cuántas veces ha venido a Cuba, desde esa primera, hace 40 años?

–Cientos, cientos –y hace un gesto inexacto con las manos, como quien ha perdido la cuenta–. La cantidad de delegaciones y personalidades que yo he traído a este país ha sido increíble: Steven Spielberg, Kevin Costner, más recientemente al Alcalde de Houston… Fui, además, uno de los mediadores de los juegos de béisbol entre los equipos de Cuba y los Orioles de Baltimore, así como quien organizó los viajes del padre de Elián mientras el niño estuvo en Miami. Gracias a mi trabajo he tenido también la posibilidad de reunirme con altas figuras del gobierno cubano, entre ellos el Comandante en Jefe Fidel Castro, con quien he cenado y conversado varias veces…

–¿Habló alguna vez con Fidel sobre la Operación?

–No, porque en realidad nunca estuvimos a solas. Pero sí recuerdo una conversación que tuvimos en una ocasión, durante una visita de los Maceítos acá… Él quiso saber cómo me sentía yo respecto a Cuba. Le expliqué: Comandante, cuando yo vengo a Cuba, vengo de mi casa, y cuando me voy de Cuba, voy para mi casa. Me preguntó él: ¿qué tú consideras tu casa? Le respondí: donde vivo y trabajo, donde me siento protegido, donde tengo mi almohada. Y entonces Fidel me dijo: eso está muy bien, pero recuerda que este también es tu país y que aquí tendrás siempre una almohada… Una cosa impactante –bebe un sorbo de vino.

–¿Qué siente por Fidel?

–Una admiración increíble. Fidel es[5] un hombre sumamente inteligente, alguien con mucha visión. Desde luego, como todos los líderes, tiene seguidores y detractores, pero yo creo que si a él se le hubiese dado la posibilidad de no estar bloqueado Cuba sería diferente, muchísimo más avanzada…

–¿Simpatiza con la Revolución?

–Sí. Ya después que crecí y me di cuenta de lo que estaba pasando, que aprendí a discernir lo justo de lo injusto…, sí.

–¿Le resultó Cuba indiferente alguna vez?

–Nunca. Siempre quise regresar.

–¿Le ha ocasionado problemas el hecho de trabajar con la Isla?

–Bueno…, durante un tiempo hubo contactos por parte de la CIA y el FBI para reclutarme. Querían entrenarme para que sirviera como espía y vendiera información. Por supuesto, me negué. También estuve amenazado de muerte por Alpha 66[6], que le metía anónimos a mis padres por debajo de la puerta diciendo que yo era “el próximo”, sobre todo después del asesinato de Carlos Muñiz, a quien conocí personalmente. Bien visto, puedo hasta presumir de haber compartido lista con Fidel Castro –dice casi con orgullo.

–¿Sintió miedo ante esas amenazas?

–Yo siempre he sentido que voy a ser el próximo. Nunca he vivido en paz, sino a la espera de que me maten, pero igual, no les tengo miedo.

–¿Quién cree que lo va a matar?

–La gente de la contrarrevolución.

–¿Llegaron a realizarle algún atentado, o todo quedó en amenazas?

–Agresiones contra mi oficina, amenazas de bomba, atentados… Una tarde salía del garaje de mi trabajo, en Washington, y en eso entraron dos hombres montados en una moto. No los pude identificar porque ambos llevaban casco. Saltaron sobre mí y comenzaron a golpearme con palos mientras me gritaban: ¡Comunista! ¡Tú eres amigo de Sánchez Parodi!…, que era en aquel momento el primer jefe de la Sección de Intereses de Cuba en Washington.

–¿Hablaban inglés o español?

–Español.

–¿Asume que eran de la contrarrevolución?

–Claro. Luego lo reporté a la policía como si nada…

–Después de negarse a trabajar con la CIA y el FBI, ¿hubo más contactos de parte de ellos, o le dejaron en paz?

–No, siguieron intentándolo durante un tiempo pero ya me han dado por incorregible –se ríe–. Una de las veces fue aquí mismo, en Cuba, sentado en el Malecón.

–¿Quién, el FBI o la CIA?

–La CIA, porque el FBI es federal, solo trabaja dentro de los Estados Unidos. La que lo intentó esa vez fue la cónsul de la Sección de Intereses. Todos los cónsules son aparatos de la CIA.

–Volviendo a la relación con sus padres, ¿mejoró con los años, o siguió siempre igual?

–No, nunca volvió a ser la misma, al menos no de mi parte hacia ellos –suelta un largo suspiro y se echa hacia atrás en la silla–. Con ellos hubo un enfriamiento de lo que es el cariño, el amor, la aceptación…

–¿No le entristecía eso?

–Sí, pero se sobrevive…

Bebe otro poco de vino.

–¿Hizo por superar ese distanciamiento?

–Tal vez… Lo único que me frenaba era la mala relación entre ellos mismos.

–¿Alguna vez les habló sobre sus experiencias durante los años de la Operación?

–Muy poco, porque eran heridas muy profundas que preferí no desenterrar. Date cuenta que durante ese tiempo yo me sentí abandonado e indefenso, que no podía decir mami ni papi, que debí campeármelas por mi cuenta para sobrevivir…

–Pero precisamente por eso, ¿no era demasiado como para guardárselo usted solo?

–Si supieras… En realidad me ha hecho un hombre muy fuerte. Sí lo he conversado con mi pareja y con algunos amigos, pero con ellos no, más que nada porque podía crear rencor y yo nunca he sentido rencor hacia mis padres. Además, tampoco quería provocarles ningún sentimiento de culpa ni nada parecido…

–¿Cree que se sintieron culpables de algo?

–No sé, no sé, no sé… Yo creo, pero no lo sé de seguro, que mi madre pensaba que mi homosexualidad vino por esas experiencias, y eso no es correcto. Yo nací homosexual.

–¿Sintió herida su sexualidad a raíz de los abusos que sufrió durante la Operación?

–Mucho, sí. Tanto que durante algún tiempo me resultó difícil llegar a mantener una relación íntima, porque me sentía sucio, me sentía…

–¿Viven aún sus padres?

–No, murieron aquí, en Cuba. Se repatriaron hace siete años, porque extrañaban mucho. El día que regresaron fue muy glorioso para mí. Los esperé en el aeropuerto y cuando bajaron del avión les dije: Aquí les entrego lo que ustedes me quitaron

–¿Alguna vez pensó tener hijos, Alex?

–No.

–¿No le interesaba?

–Se me olvidó, estaba muy ocupado.

–¿Cree que su experiencia dentro de la Operación siendo apenas un niño y la separación durante tantos años de sus padres condicionaron esa decisión?

–No sé –hace un gesto vago con los hombros–. Es que no quise tener un hijo solo para que siguiera mi apellido o para que me acompañara de viejo, ¿sabes?, porque eso es egoísmo. Pero yo en realidad tengo hijos en muchos lugares. Hijos que me quieren.

–¿Quién cree que estuvo detrás de la Operación?

–Para mí, eso fue iniciado por la CIA y apoyado por el Departamento de Estado y la Iglesia Católica, por supuesto. Desde entonces yo jamás he vuelto a poner pie en una iglesia.

–¿Conoció a Monseñor Bryan O. Walsh[7]?

–Sí, él visitaba los campamentos.

–¿Tuvo trato con él?

–No.

–¿Qué opinión tiene respecto a su persona?

–Merece que alguien defeque sobre el monumento que le hicieron en Miami.

–¿Le hicieron un monumento en Miami?

–Sí, le hicieron un monumentico en Miami, increíble…

–¿Por qué las discrepancias entre los Pedro/Peter Pans?

–Porque tuvimos experiencias diferentes. Algunos se fueron a vivir con una familia en Coral Gables[8] nada más llegar, cierto, pero ¿y los que no tuvimos esa posibilidad? ¿Qué pasa con los que no sobrevivieron, con los que se metieron a la droga, al robo…?

–¿Conoce de casos así?

–Sí. Yo supe de dos que enfermaron y murieron jóvenes de SIDA sin ver nunca más a sus padres, por ejemplo.

–¿Piensa a menudo en la Operación?

–No, solo a veces, cuando algún amigo me pregunta.

–¿Cómo cree que hubiese sido su vida de haberse quedado acá en Cuba?

–Eso es algo que me pregunto constantemente… Podría haber estado preso, porque acá en Cuba maltrataron mucho a los homosexuales, o podría ser un brillante diplomático. ¿Quién sabe? Sin embargo, creo que hubiera estado bien. De alguna manera hubiera estado bien.

–¿Siente orgullo de Cuba?

–Mucho –sonríe–. Vivo muy orgulloso de ser matancero y cubano, y si es verdad que uno vuelve a reencarnar, yo reencarnaré cubano de nuevo.

–¿Ha pensado alguna vez en regresar definitivamente y establecerse acá?

–Es posible, aunque no sé si mi pareja quiera venir. Pero al menos en mi testamento tengo establecido ser cremado y que mis cenizas sean echadas al río San Juan, en Matanzas, de vuelta a mis inicios. Eso está muy claro en mi testamento.

–¿Se considera un hombre exitoso?

–Completamente. Por eso creo en mi signo (Tauro), porque me describe a la perfección: lo que me propongo, lo cumplo; lo que toco, surge, sale dinero de allí. Tengo ese don. Lo sé hacer.

–¿Le falta algo por cumplir?

–Jubilarme –se ríe–. No, qué va, yo nunca me voy a jubilar. Yo voy a trabajar hasta que colapse, porque eso es lo que me da vida. Quiero seguir brillando con Cuba y que se me respete aquí, aunque a mí se me respeta, ¿sabes por qué? Porque me lo he ganado, porque soy una de las personas que ha ayudado, grano a grano, a que hoy exista una relación entre Cuba y los Estados Unidos –y levanta orgulloso la copa a manera de brindis.

De repente alguien lo llama al celular. Tras unos instantes de conversación, López cuelga y se disculpa pero debe marcharse. Hombre de negocios como es, tiene infinidad de asuntos que tratar aún antes de regresar a Washington.

–Una última. Después de todo este tiempo viviendo allá, ¿cómo se siente usted: cubano, norteamericano, cubano-americano?

Alex López: –Cubano ciento por ciento, nacionalizado en los Estados Unidos, que es otra cosa. Fíjate que siempre se dice cubano guion americano. Pues yo vivo ahí, sobre el guion, porque Cuba es mi país natal, pero Estados Unidos el adoptivo. Sin embargo, a pesar de que ambos me son necesarios, no creo pertenecer del todo a ninguno, porque en realidad no me siento totalmente aceptado ni aquí ni allá, ya ves… Por eso digo que yo vivo sobre un guion. –Cubano ciento por ciento, nacionalizado en los Estados Unidos, que es otra cosa. Fíjate que siempre se dice cubano guion americano. Pues yo vivo ahí, sobre el guion, porque Cuba es mi país natal, pero Estados Unidos el adoptivo. Sin embargo, a pesar de que ambos me son necesarios, no creo pertenecer del todo a ninguno, porque en realidad no me siento totalmente aceptado ni aquí ni allá, ya ves… Por eso digo que yo vivo sobre un guion.

Entonces sí, levanta la mano en dirección a una de las camareras, hace una seña para que le traiga la cuenta y termina gustoso el poco de vino que queda en la copa. Por la expresión de su rostro se deduce que seguramente, de haber tenido tiempo, hubiese ordenado más. El plato de albóndigas en salsa suave y ensalada de vegetales, en cambio, sigue casi intacto frente a él, apenas como lo trajeron. Solo llegó a probar par de bocados. La camarera repara en ello y pregunta si hay algo mal con la comida. López, pródigo en cortesía, le dice que no, querida, que todo estaba exquisito, que perdió el apetito recordando el pasado, solo eso, pero que nada de qué preocuparse, porque regresará pronto, como siempre, y volverá a pedir lo mismo.



[1] Everglades: Zona humedal subtropical localizada en el sur de la Florida, Estados Unidos. Actualmente se le reconoce como Parque Nacional de los Everglades, y constituye hábitat de diversas especies nativas.

[2] UCLA: Universidad de California, Los Ángeles.

[3] Angela Davis: Activista, política y profesora afroamericana. Fue expulsada de la UCLA en 1969 debido a su militancia en el Partido Comunista de Estados Unidos. Estuvo igualmente relacionada con el movimiento de Panteras Negras, y aun en el caso de “Los hermanos de Soledad”, por el que fue acusada de asesinato y secuestro en 1972. Debido a la connotación mundial que alcanzó dicho caso, quedó absuelta en 1973

[4] OEA: Organización de Estados Americanos.

[5] La entrevista se realizó el 1ro de octubre de 2016. Fidel Castro falleció casi dos meses después, el 25 de noviembre.

[6] Alpha 66: Organización terrorista contrarrevolucionaria surgida en 1960 y asentada en Miami, Estados Unidos.

[7] Sacerdote de origen irlandés, principal organizador de la Operación Pedro/Peter Pan.

[8] Coral Gables: Barrio residencial de Miami.

Categoría: Entrevistas | Tags: | | | | |

Director: Fidel Díaz Castro

Diseño web: Héctor Otero

Relaciones públicas: Racso Morejón

Redacción digital: Editor: Racso Morejón y Darío Alejandro Escobar

webmaster: Racso Morejón

Desarrollador web: Escael Marrero

El Caimán Barbudo © Todos los derechos reservados