Actualizado el 5 de septiembre de 2017

Eudris Planche:

Un escritor del divorcio

Por: . 1|9|2017

Eudris Planche: Lo importante es ser sincero –vuelve Eudris, como una advertencia-. Si eres sincero estás en el camino de ser auténtico. El compromiso del arte es consigo mismo. Por eso a la hora de escribir me olvido totalmente de lo que puedan pensar los demás.

Fotografía Racso Morejón

Eudris Planche, junto a su mejor amigo, creó un comando antibooling en Guantánamo. De 7 de la mañana a 4 y 20 de la tarde, pasó la primaria planeando venganzas secretas contra «los niños malos». El lema de los kamikazes enanos era «si te meten mete». Para «meter», lo que menos emplearon fue la musculatura; el arma mejor fue la inteligencia. Eudris-chama, moro de hueso flaco, disponía para ello de su disfraz favorito: el tímido, el zorro.

-Lo que sí te garantizo es que siempre ganamos –díceme Eudris-escritor, aún, moro de hueso flaco-. Hay quien nunca supo que había perdido.

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De esa niñez imperfecta y feliz, nació el Eudris escritor; en un país cuya realidad le sigue pareciendo absurda, y en dos barrios-disparate.

El primero era aburrido, le parecía el lugar más silencioso del planeta. Allí tuvo que inventarse un mundo en la casa, jugando solo generalmente, imaginando, leyendo. Una vez cansado de leer los mismos pocos libros armaba castillos con ellos.

El otro barrio lo puso en contacto con personas muy diversas. Perdió la timidez endilgando apodos en aquel sitio donde todo se sabía. Quién era el ladrón, los pocos intelectuales, el policía bueno, el malo, el cuentero, el chismoso, el cómico y el jinetero.

Una manada de niños, de la que Eudris se sentía un ejemplar, niños que jugaban en la calle toda clase de juegos de grupo. Cuando alguien se peleaba era en la calle, y gente de todos los barrios iba corriendo a chismear. Y las calles se llenaban como un estadio de béisbol.

-Ya dije una vez que mi barrio era un cuento esperando quien lo contara.

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En 2013 Eudris terminó su primera novela. Hermanas de intercambio fue Mención única del Premio David ese año; pero creyéndola para más, fue vuelta a imprimir en tres folios iguales y enviada en 2015 al Premio Pinos Nuevos.

-Camila es de una época muy actual y de alguna forma no se calla lo que piensa. En mi infancia no siempre se podía hacer eso y de haberlo hecho habría tenido consecuencias. De haber mostrado una interpretación pública de cosas que vi cuando niño habría sido, quizás, un escándalo.

-¿Por qué te interesó tratar el tan tratado tema de los niños ante la separación de los padres?

-Quise verlo desde una vertiente que no había encontrado en mis lecturas: la separación de dos hermanas. Fíjate que se las reparten como objetos, junto con el ventilador, la olla arrocera o el aire acondicionado roto. No se trata de una niña que se va con la mamá o el papá una vez separados. Ni por el contrario, dos niñas que se van con la mamá o el papá. Se trata de dos hermanas que son repartidas constantemente como naipes. Camila y Yunieska, sin derecho a opinar, forman parte de un intercambio absurdo. ¿Te imaginas toda tu niñez yendo de un lugar a otro? ¿Ver a tu hermana un fin de semana no y dos sí, porque el día que a ella le toca quedarse con tu mama a ti te toca ir con tu papá y viceversa? Y por supuesto el intercambio no termina ahí, pero no voy a contar la novela…

Los dedos flacos de Eudris me alcanzan el libro. Es pequeño, ilustrado por Ares. Prometo que lo leeré en un próximo viaje a Camagüey.

-Lo importante es ser sincero –vuelve Eudris, como una advertencia-. Si eres sincero estás en el camino de ser auténtico. El compromiso del arte es consigo mismo. Por eso a la hora de escribir me olvido totalmente de lo que puedan pensar los demás.

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Camila tiene una capacidad peculiar de observación e interpretación de su entorno y realidad, yo diría que pasada por cierta antipatía y cinismo, poco probable para un humano de «casi 10 años», pero necesario en el texto para responder –o cuestionar, que a veces es mejor- cómo subsisten los hijos en medio de ese abismo que algunos llaman divorcio.

Entre la madrugada y el aire de la Yutong el frío me abre los huesos. El señor a mi lado cree que mi hombro es su almohada. Camila, la niña de Eudris, le hubiera puesto un apodo y escrito alguna maledicencia en su diario. Yo, que no tengo diario, me limito a carraspear y reacomodarme en el asiento. El hombre despierta y yo sigo leyendo Hermanas de intercambio.

A ese castillo de letras que la imaginación de Eudris erigió le viene muy bien el desenfado y un humor trashumante. «En la vida siempre hay un momento para la risa por muy mal que nos vaya», recuerdo, casi al final del libro, que me ha dicho Eudris.

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La escritora y periodista Ivette Vian no estaba segura de si Hermanas de intercambio era una novela o telenovela infantil. El padre, la madre, la abuela, la tía judoca y dos niñitas «se aman, pero no todos se comprenden y, de pronto… ¡el divorcio! ¿Quién se queda con qué? ¿Quién con quién? Una situación común y corriente, una historia sin invento», le parecía a Vian.

En esa casa en que vive Camila: la hermana que observa y pregunta, que apunta en su diario y protesta, critica… En medio de la típica división de bienes, Camila reclama sus derechos de hija. Ella es la protagónica. Una niña cómica que «hace pensar riendo, nos obliga a tener opinión; e incluso a decidir». Y Vian decidió en 2015, otorgar el Premio Pinos Nuevos a Eudris, o a Camila, que no es lo mismo, pero es igual.

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