Actualizado el 8 de febrero de 2018

La danza como fuente, como inicio, pero nunca como fin

Por: . 7|2|2018

Desde que tengo una idea más o menos clara de lo que debe ser un artista, Marianela Boán está entre los creadores que más admiro y creo.Más de una vez he descrito el instante en que la conocí. Habana, día de un año de mil novecientos ochenta y pico. Ella fumaba con impaciencia y nosotros, un grupo de alumnos asfixiados por el humo intimidante de su presencia, esperábamos que nos revelara todos los secretos que se esconden sobre un escenario.

Más de una vez, también, he descrito todo lo que hemos compartido desde que ella y su esposo, el escritor Alejandro Aguilar, se mudaron para Santo Domingo y se convirtieron en nuestra familia. Como cada vez que nos reunimos no paramos de hablar, esta entrevista se ha estado haciendo por semanas, meses, años…

Desde que tengo una idea más o menos clara de lo que debe ser un artista, Marianela Boán está entre los creadores que más admiro y creo. Su honestidad es directamente proporcional a su talento y eso, en los tiempos que corren, la convierten en una especie en extinción.

Hemos hablado tanto, que cuando le hice estas preguntas creía saber sus respuestas. Pero Marianela se reinventa tanto que es incapaz de volver a decir nada del mismo modo. Por tanto, a partir de esta línea soy un lector más. Como cualquiera de ustedes, me siento a mirar el movimiento que tienen las palabras cuando están en boca de Marianela Boán.

¿Cuál es tu mayor deuda con la Escuela Nacional de Arte de Cubanacán?

Viví fuera de Cuba hasta los 9 años y a los 11 comencé a entenderla, a través de la Escuela Nacional de Arte (ENA) y de la danza. Desde entonces danza, vida y creación son para mí lo mismo. Pero la danza está en la base de la comprensión de todo lo demás. Desde el cuerpo de la niña que se vuelve adolescente mientras baila, viví el choque frontal y la transformación de la vida, la cultura y la política cubanas entre 1966 y 1973, años de grandes conflictos ideológicos y éticos.

La idea de apertura y contaminación, esenciales en mi obra, tienen su origen en la educación integral que recibí en la ENA una educación que preconizaba que cada artista debía tener el mayor conocimiento posible de todas las artes. En esa época, la escuela tenía una vocación ecuménica que trataba de poner en relación las diferentes artes y artistas; que veía la especialidad excesiva como un límite y la apertura e inclusión de otras artes como algo fundamental.

Desde entonces empecé a ver la danza como un acto colaborativo, que se expande y se contrae con la intervención de otras artes. La danza como fuente, como inicio, pero nunca como fin.

Vistas desde ahora, ¿qué significan para ti las experiencias de Danza Contemporánea de Cuba y DanzAbierta?

Danza Contemporánea: el lugar donde aprendí el oficio.

DanzAbierta: el lugar donde me desaprendí de él.

¿Por qué te fuiste de La Habana?

No me fui de La Habana ni legal ni espiritualmente. Uno puede estar físicamente en un lugar y no estar presente… y viceversa. Cada vez que visito Cuba siento que la distancia me ha hecho más presente. Definitivamente, el plano en que un artista y su obra se perciben, no es geográfico.

En Cuba las palabras “irse” o “quedarse” están llenas de un contenido que me es ajeno. No obstante, hace tres lustros que no vivo geográficamente en La Habana. Después de 15 años en Danza Contemporánea de Cuba y 15 en DanzAbierta y a mis casi cincuenta, necesitaba estudiar.

Sentía que ya había dado demasiado y que debía poner en riesgo todas las seguridades del estatus y la aceptación; experimentar con tecnología, con otras formas de producción, con otras culturas y cuerpos. Reinventarme para crecer. Siendo una coreógrafa tan alimentada de la realidad circundante, necesitaba un cambio, con realidad incluida.

¿Por qué te fuiste de Filadelfia?

En Filadelfia nunca estuve con carácter permanente por lo que tampoco me fui. Filadelfia es una de las mejores ciudades para la danza contemporánea en Estados Unidos. Allí decidí pasar un curso de primer mundo mientras hacía un Master en danza.

Allí estrené obras para la compañía BoanDanz Action, que fundé con bailarines americanos. Con ella, realicé giras internacionales y participé en algunos de los más importantes festivales de Estados Unidos. Me proyecté por todo el país y pude absorber, investigar y crear con intensidad todo lo que necesitaba sobre ese mundo postecnológico en crisis (Bush, la guerra de Irak, la crisis financiera del 2008) que me tocó vivir.

Ese período me cambió, me aportó, fue fascinante, pero también me reveló la importancia de tener una misión: “ser mejor que mi misma en sí mismo”, sin la ilusión de que a través de la obra estás cambiando algo afuera, no tiene sentido para mí.

Entonces descubrí que el Caribe aún me dolía y que “el curso” había llegado a su fin.

¿Por qué te quedaste en Santo Domingo?

Me quedé en Santo Domingo porque me da el don de la ubicuidad. Desde aquí puedo seguir interactuando con Cuba y Estados Unidos.Me quedé en Santo Domingo porque estoy en el tiempo de dar y el sentido de misión es aquí lo más importante. Cada acción artística que ejecuto está destinada a fundar, formar o enseñar. Aquí soy creadora, curadora, gestora y formadora.

La sed de aprender de los jóvenes con los que formé la Compañía Nacional de Danza Contemporánea y el interés de las autoridades, los intelectuales, los artistas y el público por la danza contemporánea me cautivaron. Pero aún más me ha cautivado ver cómo la danza contemporánea ha ganado terreno y respeto en estos siete años.

Me quedé en Santo Domingo porque me da el don de la ubicuidad. Desde aquí puedo seguir interactuando con Cuba y Estados Unidos. Cada año viajo a ambos países, creando, presentando obras y enseñando.

Los territorios conquistados se vuelven un archipiélago alrededor de esta isla.

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